Uno no puede dejar de preguntarse qué hubiera sido de la cultura francesa si Francia, en vez de estar situada donde está, hubiera estado, por ejemplo, en Australia. Probablemente no habría superado todavía su para ellos gloriosa Edad Media de los troveros y las canciones de gesta. Tampoco puede uno evitar preguntarse cuál hubiera sido la suerte de Europa si un país tan vasto y tan densamente poblado como Francia no hubiera ocupado su centro, actuando como tamiz deformador de las creaciones originales procedentes de Alemania, Italia, Inglaterra o España. El caso es que Francia está donde está y desde antiguo sus habitantes supieron explotar con notoria avidez y no menor habilidad lo que un economista llamaría su renta de situación.
Decía Unamuno que las ideas cobran su fuerza del comercio, que rigen el mundo no los forjadores, sino los repartidores de ideas. Nadie entiende esto mejor que los franceses, y nadie practica mejor que ellos el arte de saber vender lo corriente como extraordinario. Su presunto «espíritu clásico», ciertamente no en el sentido helénico, sino de una disciplina comprensible para todos, no puede ser más opuesto al espíritu heleno, latino y español, que es independiente, demócrata, ateniense, republicano, romano e individual. La moda, el buen tono, la deferencia de una filosofía asequible a las damas han sido las especialidades del genio francés, consecuente, ordenado, lógico, metódico, enfático, académico y prosaico, excelentes cualidades para andar por la vida arregladamente, pero totalmente inservibles para las elevadas empresas del espíritu.

  • El cas del desvergonyiment dels Intel·lectuals no és molt diferent. La seva denúncia es libeloscombina amb una desautorització sistemàtica dels autors que critica per la seva escassa solvència analítica, plena de comentaris despectius, i rematada amb l'observació del que internacionalment inusual que resulta que els escriptors publiquin columnes d'actualitat.
    Sent legítim exigir rigor en l'anàlisi, no ho és desqualificar l'opinió política per la seva eventual debilitat argumental. L'opinió política, per complir la seva funció, ha d'estar lliure de censura (com assenyala J. Rawls en tractar de l'libel sediciós en Liberalisme Polític) tant de la seva forma com del seu fons. És aquest un terreny on cal llavors legitimar el libel.
    En canvi, el valor de l'anàlisi sociopolític si depèn de l'escrutini intel·lectual. Si la tesi és que els escriptors són dolents analistes polítics, és legítim exposar-lo. Però si es tracta de que això els desautoritza per opinar políticament, anem malament. Afortunadament, la seva amortització la decidiran els mitjans que els contracten i els seus lectors, sense major censura moral.
    Malauradament, però, a Espanya el libel és la fórmula habitual d'expressió pública, i no només en política. Des de les tertúlies als blocs, comentaris de lector, columnes d'opinió i en aquest cas els llibres, el territori es cartografia pel principi que qui no està amb mi, està contra mi. Això sí, una estar místic, en cos i ànima.
    Tan imbricat es troba el libel en la història nacional que el seu major exponent es dóna ja al segle XVI. Quan Fernando d'Herrera va escriure un prolix anàlisi de l'obra de Garcilaso, un text tècnic i acadèmic d'enorme interès i erudició, va topar amb un libel encès que deixava clar que qualsevol crítica al príncep dels poetes era un acte de traïció. I encara que la soflama portava el pseudònim de Prete Jacopin, provenia del Condestable de Castella i va ser seguida de la censura i la misteriosa desaparició de diversos textos inèdits d'Herrera.
    No resulta llavors estrany que el públic, acostumat des de fa tant al libel, ni esperi ni desitgi que ningú li repassi l'argumentari que s'amaga després d'una presa de postura. És una cosa que simplement es dóna per sabut. Encara que clar, com en els exàmens, por dóna pensar que algú formuli la pregunta inesperada. Por i preocupació, perquè, efectivament, si com assenyala Arroyo-Stephens França ens queda molt lluny i ens vilipendia, i com indica Sanchez-Cuenca, la nostra premsa és més nostra que premsa, no sé molt bé en què llimbs quedem ubicats.

  • En 1980, apareció Contra los franceses, confeso libelo de autor anónimo que fue devorado con regocijo y no poca estupefacción, pues pese a la presunta manía que en España se tiene a Francia –al menos desde la invasión napoleónica-, no todo el mundo estaba preparado para digerir su contenido, que el subtítulo del libro enuncia con claridad: “Sobre la nefasta influencia que la cultura francesa ha ejercido en los países que le son vecinos, y especialmente en España”.

    Al contrario, ya desde antes de la Guerra de la Independencia -y, luego, a pesar de ella- abundaron, como es sabido, entre las élites culturales españolas -jamás entre el pueblo- los llamados afrancesados, admiradores sucesivos de la Ilustración, la Revolución -con cautelas- y, en general, de cuantas manifestaciones artísticas produjo y vinieron del país vecino, todavía hoy visto con envidia y tomado como ejemplo por su estímulo y protección a la cultura, sin olvidar su papel de acogedor de los numerosos españoles que tuvieron que huir de los demonios de su patria.

    Todo ello, con gran despliegue de erudición, argumentos y humor, Arroyo-Stephens se lo pasa por el arco del triunfo, como podrá comprobar el lector que, ahora con su firma, lea la edición de Contra los franceses que acaba de editar Elba.

    Después de sus logros en la Edad Media (y eso, con reservas), muy poco de interés ve el libelista en Francia, un país cursi, de escasa inventiva, experto en copiar y saquear bienes y hallazgos ajenos, ducho en aparentar un genio del que carece y en dar gato por liebre con su innegable capacidad para imponer modas y traficar con sus fules mercancías culturales.

    ¿Piensa realmente así Arroyo-Stephens? La pregunta hará sonreír, indignará o motivará su desprecio (o todo a la vez), pues, sea como fuere, el libelista ha elegido, sobre todo, el camino de hacer pensar al lector con un arsenal de datos y razonamientos que, pese a su apariencia de categóricos, disfrutan -y se disfrutan- transcurriendo por el filo de la navaja de la ironía, la exageración, el sofisma inteligente y, ¿por qué no?, la provocación.

    Muy pronto establece Arroyo, sin despeinarse, la superioridad y originalidad de la creación cultural española frente a la francesa, aprecio entusiasta que hace extensivo a las aportaciones de Italia, Inglaterra y Alemania.

    El título del primer capítulo del libelo es, a la vez, una premisa y una conclusión sobre los franceses: “Su vanidad fue siempre mayor que su talento”. A partir de ahí, Arroyo arremete contra su teatro -muy inferior al nuestro del Siglo de Oro y copiado de él-, contra Corneille -se solaza llamándole Cornelio-, contra su pintura -del rococó al neoclasicismo-, contra Voltaire -¡menudo zarandeo!- y los ilustrados, contra la Revolución y Napoleón -“esa vedete sangrienta”-, contra su novelística del XIX y, para redondear y hurgar donde más pueda doler ahora, contra los escritores y pensadores franceses del pasado siglo, con el “locuaz pillo” de Sartre a la cabeza.

    Contra los franceses es una formidable cacería de los grandes animales de la cultura francesa, servida a la mesa, entre guiños y risas, con la guarnición de un sinfín de apetitosos y picantes comentarios, como, por ejemplo, cuantos vituperan el culto galo a la diosa Razón.

    Muy pronto se atreve Arroyo-Stephens con afirmaciones de envergadura: “Los franceses han conseguido que su historia de la literatura cuente y sea importante en Europa, a pesar de no tener verdaderamente una literatura propia en el gran sentido de la palabra. La literatura de España ha creado géneros como la picaresca, la poesía mística, el romancero, un teatro nacional; personajes como Lázaro, la Celestina, don Quijote, don Juan, Segismundo (…) Pero a los franceses, ¿qué les queda después de casi seis siglos de literatura nacional? Muy poco”.

    Hace años, Félix de Azúa publicó una conversación con Manuel Arroyo-Stephens, que le dijo: “¿No podría leerse este libelo que me ha hecho pasar tantas vergüenzas como un sarcasmo sobre el complejo de los españoles?” ¡Acabáramos! Y añadió: “Una cosa es escribir libelos y otra ser tonto”.

  • Manuel Arroyo-Stephens

    Manuel Arroyo-Stephens (Bilbao, 1945) estudió Derecho y Economía. En 1971 fundó la librería Turner, luego English Turner Bookshop, y dos años más tarde ediciones Turner. En México ha publicado Por tierra (El Equilibrista, 1992) e Imagen de la muerte (Aldus, 2002), en España Pisando ceniza (Turner, 2015). Contra los franceses fue publicado de manera anónima en Madrid en 1980.