Editar en tiempos azarosos es en sí mismo un azar. Pero también, y eso es lo más satisfactorio, es un doble reto: para el editor, que se propone, con todas las cautelas, ser un modesto Virgilio –uno más– de ese infierno en que ha devenido la modernidad, y para el lector, al que se invita a ejercer su derecho a construirse un juicio crítico de la realidad.

Ediciones del Subsuelo nace con vocación literaria en dos de sus vertientes, el ensayo y la narrativa; en ambos, la palabra –tan maltratada en los últimos tiempos– adquiere su máxima dimensión como definidora de contenidos y como portavoz de ese confuso, contradictorio trasfondo de la voluntad de ser por y para el mundo; uno y otra contarán con obras cuidadosamente seleccionadas entre aquellas cuya independencia de criterio, audacia creativa y conexión con la realidad mejor respondan a nuestro propósito.

Ediciones del Subsuelo comienza un viaje que esperamos sea largo y venturoso. A él invitamos a los lectores; juntos nos gustaría recorrer esos paisajes luminosos, amargos a veces, siempre admirables, de la capacidad humana para transfigurar lo que le rodea.

  • Papillón

    Se olía el incipiente otoño. El aire era fresco, la noche caía
    pronto, los charcos formados por las lluvias se aferraban
    a los caminos para ya no dejarlos. Empezamos a recoger, a
    preparar las maletas, a guardar los enseres, a cerrar los
    postigos, dispuestos a clausurar nuestra casa de veraneo
    en Gloggnitz, en las estribaciones de los Alpes, y a dejarla
    al albur del silencio y de los insectos hasta nuestra próxima
    venida, prevista, como de costumbre, para Navidad.
    Había sido un verano tranquilo y agitado a la vez. Lo primero,
    porque nada nos sacó ni de quicio ni de nuestras
    rutinas. Lo segundo, porque no dejamos de hacer visitas a
    nuestros amigos y vecinos, ni de recibir las suyas, concluidas
    en largas y a veces tumultuosas sobremesas y acompañadas
    de la presencia molesta, inoportuna y punzante
    de los mosquitos. La nuestra era, a decir verdad, la casa
    más frecuentada, el polo de atracción de la zona, a ella
    acudían una y otra vez hombres y mujeres que veraneaban
    en los alrededores. Quién sabe, quizá por esa mezcla
    justa de orden y desorden, de ritual y libertad que seducía
    a los huéspedes. O porque mi marido y yo éramos los
    más jóvenes del vecindario y también los más voluntariosos,
    quienes más energía poseíamos y más tolerancia con las manías de los invitados. Nuestra veranda, que daba a
    un jardín laberíntico, se llenaba de humo de tabaco, de
    gritos, de discusiones, de cabezas coloradas por el alcohol
    y por el apasionamiento; algunos abandonaban las
    interminables tertulias para retirarse a alguna habitación,
    echarse un sueño y volver al cabo de un tiempo, al alba a
    veces, pues todos actuaban como si se hubieran desinflado
    los neumáticos de sus coches, impidiéndoles el regreso
    a sus hogares. Entre las visitas frecuentes estaban las
    de nuestro vecino más cercano, Hannes Lapidus, quien,
    fuese por aburrimiento, fuese porque, al oír las voces, prefería
    sumergirse en ellas a escucharlas desde la distancia,
    solía presentarse cuando había comenzado la improvisada
    cena. En un principio venía solo, pero con los años se
    acostumbró a traer a su perro o, dicho de otro modo, este
    se habituó a acompañar a su amo y a instalarse con naturalidad
    entre nosotros. Era un perrito negro con una
    mancha de color marrón claro en el pecho y otra en el
    morro, un animalito vivaz en cuya generación algo habían
    tenido que ver, alguna vez, un pinscher y quizá también
    un papillon, por las grandes orejas. De movimientos
    ágiles y mirada melancólica —cualidad esta que, según
    se dice, comparten todos los animales, más cercanos a la
    impenetrable gravedad del universo—, soportaba estoicamente
    los achuchones de los niños, pero prefería resguardarse
    bajo la mesa, donde no dormía, sino que se levantaba
    cada dos por tres para averiguar a qué se debía
    ese golpe en el tablero o aquel grito teatral. Papillón,

  • En 2011 nació Ediciones del Subsuelo, una editorial «pequeña
    » en volúmenes, pero, y no es un elogio, grande en
    contenidos. Hasta ahora, Ediciones del Subsuelo logra
    superarse título a título.
    Laura Claravall, la editora, no puede disimular que selecciona
    minuciosamente los autores que llegarán al lector
    y con el arte que requiere la edición va dando forma y vida
    a aquellos textos que formarán parte de su fondo de
    biblioteca.
    Los títulos de Ediciones del Subsuelo ofrecen el cuerpo
    y alma de sus protagonistas que parecen pedir al lector
    una lectura calmada. Uno puede leer donde quiera, faltaría
    más, pero leer renunciando al ritual de la lectura… los
    libros de Ediciones del Subsuelo son el andamio de ese
    ritual que es el encuentro del lector con el autor por medio
    del libro que ha escrito, que el editor ha editado y un
    librero ha ofrecido en sus estanterías.
    Entre «El latín ha muerto, ¡Viva el latín!» de Wilfried Stroh y
    «El maquinista del oído» de Gert Jonke, ¿ha cambiado mucho
    la idea original de Ediciones del Subsuelo?
    La idea original se mantiene desde el primer libro que publicamos.
    El deseo de Ediciones del Subsuelo es proporcionar al
    lector títulos de autores desconocidos o poco editados en español
    que aporten nuevas visiones o puntos de vista sobre la literatura,
    ya sea en el campo de la creación, en la colección Narrativa,
    ya sea en el de la interpretación y análisis de las obras literarias,
    en la colección Ensayo.
    ¿Se puede explicar el detonante que desencadena el nacimiento
    de Ediciones del Subsuelo?
    Tras diez años trabajando en el mundo editorial se fue abriendo
    paso la idea de crear una editorial en la que poder editar los libros
    que a mí me parecían interesantes y que no encontraba
    publicados por otros sellos. Para ello he contado con la inestimable
    colaboración de Xavier Grass, que en estos primeros
    años ha aportado toda su experiencia a este proyecto.
    Supongo que para usted la edición es un placer. ¿Cómo lo
    explica?
    En efecto, podría decirse que es un placer. Me costaría bastante
    tener que elegir sólo uno de los distintos pasos de la edición,
    desde la elección del texto, pasando por la traducción (en determinados
    casos también me encargo de traducir), la maquetación
    y las últimas correcciones de pruebas antes de llevarlo a la imprenta. Lo cierto es que disfruto enormemente de cada uno
    de ellos.
    ¿Qué supone para una editora como usted recibir el libro
    en el que ha invertido tantas horas, ya listo para la distribución
    y que empiece a correr solo?
    Este es el punto culminante de todo el proceso, el motivo por el
    que lo empezaste. Sin embargo, no puedes evitar cierto temor a
    que hayan quedado erratas, a si gustará la portada, si interesará
    el contenido o si conseguirás llegar a los lectores a los que
    sabes que puede gustar el libro. En ese momento empieza otra
    labor: la de intentar conseguir la máxima difusión.
    ¿Qué cree que ha pasado estos últimos años para que
    cualquiera se atreva a escribir un libro? Hace años que tengo
    la sensación de que se está desvalorizando al escritor
    vocacional, ese que no puede vivir sin escribir, que puede
    pasar días en busca de la palabra que más describe aquello
    que quiere transmitir.
    A mí personalmente me parece fantástico que la gente que
    siente la necesidad de escribir lo haga. Lo que no tengo tan claro
    es que valga la pena que muchos de ellos se publiquen. Para
    mí, el principal problema está en el escaso nivel de exigencia
    que se advierte en algunos escritores y, en igual o mayor medida,
    en la misma baja exigencia que a veces mostramos quienes
    editamos libros. Por suerte, ha habido, hay y seguirá habiendo
    buenos escritores.
    Hace poco conocí a una persona que había escrito un libro
    para un conocido autor, permítame que no de nombres pero
    sentí una enorme tristeza. ¿Cómo una editorial acepta
    un texto escrito por A pero que firma B?
    Aunque es sabido que existen lo que se conoce como "escritores
    fantasma" o "negros", es algo que francamente me resulta
    difícil aceptar. Me parece directamente un fraude.
    E n t r e v i s t a a
    Laura Claravall
    editora de
    Ediciones del Subsuelo
    © L. C

  • Adan Kovacsics

    Adan Kovacsics (1953) nació en Santiago de Chile, hijo de inmigrantes húngaros. Ha traducido a autores como Karl Kraus, Joseph Roth, Stefan Zweig, Imre Kertész y Béla Hamvas entre muchos otros. Como traductor del húngaro y del alemán ha ganado numerosos premios entre los que destacan el Premio Nacional de Traducción 2010 del Ministerio de Cultura por el conjunto de su obra y el Premio Estatal de Traducción de Austria. Es autor de Guerra y lenguaje (Acantilado, 2008) y Karl Kraus en los últimos días de la humanidad (Ediciones UDP, 2015).

Opinion: valenti fainè

Laura Caravall la editora comenta que el libro es como un puente entre la literatura centroeuropea y la literatura en castellano.

Acertadísima la resolucion Laura Caravall, una filósofa de los libros maestra de maestros en literatura, Una editorial arriesgada que cada vez que lanza un libro al mercado es como si te ofrecieran, la gran Enciclopedia de la literatura, metódica buscando lo que le puede gustar al gran lector, con El vuelo de Europa, ha buscado perfectamente en la novela Narrativa.

Laura nos sorprendes y siempre estamos esperando con que nos sorprenderás la próxima vez

Ediciones Subsuelo apuesta fuerte por esta editorial.

Entre la realidad y la fantasía, los cinco relatos tienen algo en común que te arrastra, y te encuentras también como no topándote con la comedia, la tragedia historias todas ellas, determinadas épocas de la historia de Europa.

Pasiones, impulsos, salvación y decadencia, componentes todos ellos que dan como resultado un excelente.