LA DESAPARICION DEL UNIVERSO

Gary Renard, autor del éxito de ventas La Desaparición del Universo, nació en la histórica costa norte de Massachussets. Llegó a ser un afamado guitarrista profesional, pero durante la Convergencia Armónica de 1987 escuchó una llamada y empezó a orientar su vida en otra dirección. A comienzos de los 90 se trasladó a Maine, donde vivió un poderoso despertar espiritual. Tal como le habían instruido, escribió lenta y cuidadosamente La Desaparición del Universo a lo largo de un periodo de nueve años. En otoño de 2003, tras recibir ánimos de otros oradores y alumnos, Gary empezó a ofrecer conferencias y talleres públicos.

Combina un sentido del humor encantador con información metafísica radical y vanguardista y ejercicios experimentales, habiendo sido descrito como uno de los conferenciantes espirituales más valientes e interesantes del mundo. Actualmente Gary Renard ofrece cursos y conferencias en Los Estados Unidos, Canadá, Australia, Europa, Centro-América, Sudamérica y Japón; y ha sido el principal orador en la Conferencia Internacional de Un Curso de Milagros celebrada en San Francisco (California) en los años 2009 y 2011.

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ARTEN Y PURSAH APARECEN Durante la semana de la Navidad de 1992, me di cuenta de que tanto las circunstancias de mi vida como mi estado mental lentamente habían ido mejorando en el transCurso del último año. La Navidad anterior las cosas no me habían ido bien, sintiéndome muy descontento por la aparente escasez que había en mi vida. A pesar de haber logrado cierto éxito como músico profesional, no había conseguido ahorrar mucho dinero. Ahora me esforzaba en mi nueva profesión como agente de bolsa, y tenía abierto un pleito contra un amigo y antiguo socio comercial que, en mi opinión, me había tratado injustamente. Entretanto, aún estaba recuperándome de una quiebra financiera ocurrida cuatro años antes, resultado de la impaciencia, de gastar despreocupadamente y de inversiones aparentemente buenas que salieron mal. No lo sabía, pero estaba en guerra conmigo mismo, e iba perdiendo. Entonces tampoco sabía que prácticamente todo el mundo está en guerra y va perdiendo, aunque parezca que van ganando. De repente, algo cambió en lo más profundo de mí. Durante trece años había estado en una búsqueda espiritual en la que había aprendido muchas cosas pero sin haberme tomado el tiempo necesario para aplicar las lecciones recibidas, pero ahora me sobrevino una nueva certeza. Las cosas tienen que cambiar, pensé. Tiene que haber un modo mejor de hacer las cosas. Escribí al amigo al que estaba demandando y le informé de que iba a abandonar la acción legal para empezar a retirar conflictos de mi vida. Él me llamó y me dio las gracias, y así comenzamos a reconstruir nuestra antigua amistad. Más adelante supe que este mismo tipo de situación se había repetido, de distintas formas, miles de veces durante las décadas anteriores: personas en conflicto habían empezado un proceso de dejar atrás sus armas para rendirse a una sabiduría mayor, existente dentro de sí mismos. A partir de ahí empecé a tratar de activar el perdón y el amor, tal como los comprendía entonces, en las situaciones que afrontaba cotidianamente. Obtuve algunos buenos resultados, pero también me topé con serias dificultades, especialmente cuando alguien sabía provocarme en mis zonas más sensibles. Pero al menos parecía que estaba empezando a cambiar de dirección.

Durante este periodo comencé a observar pequeños estallidos de luz en el rabillo del ojo, o que se producían entorno a ciertos objetos. Estos estallidos luminosos no ocupaban todo mi campo visual, sino que se concentraban en ciertas áreas concretas. No entendí su significado hasta que se me explicó posteriormente. A lo largo de aquel año de cambio recé regularmente a Jesús, el profeta de sabiduría a quien admiraba más que a ningún otro, para que me ayudara. Sentía una misteriosa conexión con él, y en mis oraciones solía decirle cuánto deseaba volver dos mil años atrás y ser uno de sus seguidores para poder aprender de él en persona. Y así, durante la semana de la Navidad de 1992, mientras meditaba en el salón de mi casa en una zona rural del estado de Maine, me ocurrió algo excepcional. Estaba solo porque trabajaba en casa y Karen, mi esposa, viajaba todos los días por su trabajo a Lewisnton. Como no teníamos hijos, disfrutaba de un entorno muy tranquilo, interrumpido sólo por algún ocasional ladrido de nuestro perro Nupey. Cuando volví de la meditación, abrí los ojos y me quedé anonadado al comprobar que no estaba solo. Con la boca abierta, aunque sin pronunciar ningún sonido, miré fijamente hacia el otro lado del salón, viendo a un hombre y a una mujer que estaban sentados en mi sofá, mirándome directamente, con sus sonrisas amables y unos ojos lúcidos y penetrantes.

La Desaparición del Universo - UCDM