Siempre resulta arriesgado encargar a un psiquiatra una introducción o un prólogo, y el riesgo nace de la “manía” o también llamada “deformación profesional” de estos sujetos por desentrañar los intríngulis psíquicos de aquello que prologan, de buscar los fantasmas inconscientes que siempre yacen tras las conductas humanas, y cómo no tras las palabras escritas como representación éstas últimas de la personalidad del autor.

Pero el que así arriesga, ya sea autor o editor, demuestra su valentía, y en cierto modo se desnuda para ofrecer con sinceridad una obra y el esfuerzo que ésta siempre comporta.

En este caso de CATALONIA PARADIS el riesgo es además doble, y tiene dos direcciones, ya que por una lado estamos ante una novela negra con contenido político criminológico, y un fundamento basado en la consabida “corrupción urbanística”, y por otro el autor que es un profesional de calado en la materia que la novela expresa, un arquitecto y abogado, ahí es nada.

Pero por añadidura el riesgo se vuelve además contra el prologuista ya que no es conocedor de las “bambalinas” de los asuntos de recalificaciones y otras “menudencias” de tipo urbanístico, a pesar de lo cual confiesa subyugado por la lectura de la novela el ardor y rotundidad de la misma.

Estamos en CATALONIA PARADIS ante el abismo del alma humana cuando se enfrenta a los intereses “terrenales”, cuando chocan las ideas y los ideales con la cruda realidad, estamos pues ante el eterno tópico de ¿cuál es el precio en que cada uno se valora a sí mismo?.

La novela, tejida en un lenguaje llano, pero denso, fácil pero técnico, y psicológico hasta el detalle, saca a la luz las oscuridades de los intereses del capital frente a cualquier otra consideración, desgrana las bajezas de los que gobiernan y deciden, disecciona con maestría y franqueza el “gran teatro socio-político” en el que se mueven todas las decisiones y al final coloca al “poder” en el lugar que le corresponde, las sombras.

El amigo Vaccaro con el conocimiento largo y tendido del mundo urbano, de la gestión, y de las leyes que nacen y mueren a conveniencia de unos pocos, ha sabido entregarnos a manera de un test proyectivo de su personalidad lo que debe ser el fiel reflejo del mundo de la política y los intereses comerciales, tras los cuales, como no podía ser de otra manera siempre hay personas.

En CATALONIA PARADIS además tenemos un amplio muestrario de seres humanos con sus luces y sus sombras, y tras cada diálogo se retrata una conducta, unos anhelos, y por así decirlo un deseo en el fondo de encontrar una verdad a la que agarrarse y dar sentido a la vida. Y es que la vida no se debe vivir sin un sentido o soportando una presión moral más allá de lo razonable.

Carles Granell no pudo más, y a pesar de tener un buen corazón, una gran inteligencia y unos principios morales notables para estos tiempos, finalizó su vida por la vía rápida ante demasiado peso sobre sus hombros, y en la carta que dejó a su mujer hizo el descargo de conciencia que necesitaba dando así al principio de una cadena apasionante de movimientos que la novela desgrana de manera meticulosa y que impiden coger siquiera el aliento hasta llegar al final.

Para un psiquiatra y forense como un servidor ha sido un placer leer un relato tan bien construido y con tanto fundamento moral como CATALONIA PARADIS, ahora bien un consejo: Prohibir su lectura a los políticos, por peligro de muerte psíquica.

CATALONIA PARADIS,

 

Carles Granell i Sobrevíes, director de urbanismo de la Generalitat de Catalunya desde hacía seis años, levantó su Parker de la hoja escrita y releyó atentamente aquellas manchas de negro sobre blanco, que debían ser el último testimonio de su paso por este mundo. Solamente añadió una coma, lo firmó y lo introdujo en un sobre con indicación del destinatario: «Para Marta». El texto lo tenía decidido y memorizado desde hacía días, por eso le fue posible escribirlo de corrido. Era un mensaje de despedida corto y preciso, propio de su estilo, en él pretendió resumir el cariño que le significaba su mujer y al tiempo, pedirle perdón por haber edificado aquellos más de treinta años de convivencia sobre una simulación y una mentira.

 

Se levantó, dejó el sobre cerrado encima de una de las dos banquetas del recibidor de su antiguo despacho profesional, para que quien entrara lo viera inmediatamente, y regresó al taburete colocado frente a su mesa de dibujo, en la cabecera de la hoy desierta sala de delineantes. Allí, donde tiempo atrás había desarrollado su trabajo de arquitecto liberal, ahora, de vez en cuando, acudía a lamerse las heridas que la vida y su labor al frente del urbanismo catalán le deparaban (claudicaciones, complicidades, verdades a medias, codicias y miserias), que en aquel lugar, como si del útero materno se tratara, completamente a solas y en silencio con sus pensamientos, era capaz, tras horas de reflexión, de cicatrizar y cerrar. Abrió el cajón del mueble auxiliar, situado entre los caballetes que sostenían el tablero de la mesa, y sacó la pistola Astra 300, comprobó que estaba cargada y le quitó el seguro, al tiempo que la miraba como algo extraño, a pesar de la cantidad de ocasiones en que la limpió, engrasó y usó. Veía la cuadrícula del grabado en relieve de la negra culata, la oscuridad y el rayado del ánima de seis estrías del cañón, su peso, el roce frío del metal y el pavonado del acero, dotados de un sentido y una imagen distintos a lo habitual. Posiblemente, esa diferente percepción del arma, tantas veces empuñada y disparada en Montjuich, respondía a la conciencia de ser el instrumento de muerte elegido para acabar con su vida.

 

Quemar pólvora las mañanas de los sábados servía para eliminar el sobrante de adrenalina que la dirección de urbanismo le generaba. Podía saberse su estado de ánimo por las cajas de munición gastadas en cada visita al túnel de tiro.

 

 

 

 

 

Siempre le habían atraído las armas. Le gustaba estudiar los detalles del percutor, ánima, calibre y centro de gravedad, pensando en el tiempo y la dedicación empleados en hacer aquellos objetos lo más eficientes a la hora de escupir dolor y muerte. El Astra 300, que empuñaba, era conocido por los coleccionistas con el sobrenombre del Purito. El apelativo le venía de que el modelo 300 tenía un hermano mayor, el 400 de calibre 9 largo. En la diferencia entre uno y otro había una explicación. Ambas fueron pistolas reglamentarias en el ejército español pero la 300, de menor peso y volumen, se empleaba en los desfiles y los trajes de gala para lucirla como un entorchado más, mientras que la 400, más pesada y potente, estaba destinada a masacrar en la lucha cuerpo a cuerpo. Se hizo con el Astra 300 en una subasta de reliquias procedentes de la División Azul, prefiriéndola a partir de entonces a la S&W 40, más moderna, anatómica y ligera, pero carente del tacto aristado de la otra. Como alguien le dijo, al Astra, cúbica y lineal, debías adaptarte tú, mientras que otras, como la S&W, eran ellas las que se ajustaban a la mano que las empuñaba. ¿Quizá su propia vida de flamante y triunfador urbanista —pensaba ahora— había sido una permanente adaptación y acomodo a lo que le venía desde fuera, sin cuestionamiento alguno por su parte?

 

 

 

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Con el arma en su mano, dirigió la vista a su alrededor. Objetos y detalles colocados aquí y allá, que traían a su memoria escenas y acontecimientos del pasado. De su época de becado estudiante de Arquitectura conservaba una regla de cálculo capaz de darle al momento, con solo mover el cursor, la cuantía de las armaduras del hormigón armado, un trasto ahora inútil frente a los ordenadores de bolsillo que permiten, tocando una tecla, conocer el número de hierros para cualquier estructura. Entre los libros, y en lugar preferente, los textos de Resistencia de Materiales y de Estática, rellenos sus márgenes de anotaciones y apuntes hechos con lápiz de mina dura y letra minúscula, los tres tomos de Análisis Matemático de Pi Calleja y, guardados en cilindros metálicos, varios rollos de planos de papel vegetal con sus trabajos de la asignatura de Proyectos en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Diagonal.

Destacaba el título, enmarcado con un ancho paspartú. Un diploma cargado de cenefas encabezado con la pomposidad de «S.M. el Rey Juan Carlos I y en su nombre el Ministro de Educación…», con la firma en uno de sus ángulos de un funcionario habilitado, que era quien al final certificaba su validez. Prácticamente ni un vacío en las paredes, empapeladas con perspectivas y distribuciones de sus primeros trabajos. Un bloque de apartamentos en Ocata que, como una parte importante de aquellos anteproyectos, no llegó a formalizarse, los esbozos en brillantes colores de un plan parcial en Badalona que le «pasó» el arquitecto del ayuntamiento y diversas propuestas de ordenación urbanística, especialidad a la que finalmente se dedicaría. Ese plan parcial de Badalona, que contaba desde el inicio con el interés y la «colaboración» del municipal, sí que llegó a hacerse, aprobarse y cobrarse, contrariamente al bloque de apartamentos de Ocata.

Allí estaba su vida, no solamente la profesional, sino también la familiar. Una fotografía de Marta, enmarcada y colocada encima de la mesa de dibujo, ocupaba un lugar preferente en sus recuerdos. Su despreocupada sonrisa, mirando a la cámara, le retrotraía al viaje a Grecia donde tomó la instantánea. Coincidió con el primer encargo de un edificio plurifamiliar, dejados atrás los remiendos y las mal remuneradas obras de apeo y reforma. Como escenario de fondo, detrás del rostro alegre de la mujer, se vislumbraban las Cariátides del Partenón y un nítido cielo azul haciendo juego con sus ojos. Fueron dos semanas llenas, aparte de horas de autocar, de momentos felices que regresaban ahora en cascada. Corfú, Mikonos, la plaza Sintagma, lugares recorridos a toda prisa, comandados por guías más empeñados en que compraran platos de cerámica y esculturas de terracota que en impartirles cultura, a los que él daba la vara con preguntas para las que no tenían respuesta (el segmento áureo, el canon de Fidias). Viaje hecho, de punta a punta, cogido de la mano de aquella mujer atenta y arrebolada ante las explicaciones que su hombre, él, pedante y erudito, le iba dando sobre arquitrabes, metopas, frisos. La emoción sentida ante el bronce del auriga de Delfos, su oráculo, la estatua de Poseidón, el estadio de Olimpia. Hubo después más viajes y más fotografías y videos, pero el de Grecia tuvo un sabor especial, para él y para Marta.

Y, como el momento de máxima realización profesional, su nombramiento como director de urbanismo reflejado en la carta enmarcada y colocada junto al título, firmada por el Honorable Conseller d’Obres Públiques i Urbanisme [Honorable Consejero de Obras Públicas y Urbanismo]. Recordaba los ojos de su mujer llenos de satisfacción y orgullo cuando le dio la noticia, viéndolo como el ser que había colmado todos sus sueños, la persona más inteligente y adorable de la creación.

Giró la vista al amplio ventanal, que mostraba el patio interior de manzana que daba fachada a su despacho, con la perspectiva de las azoteas del barrio de Gracia, surcadas por alambres con ropa tendida mecida al viento, un bosque de antenas por encima de los edificios y los tiestos amorosamente dispuestos en las terrazas, repletos de geranios, rosales o claveles. El mismo paisaje urbano, prácticamente inalterable hacía decenios y que él, tantas veces y durante tantas horas, había contemplado desde su mesa de dibujo sin verlo, meditando, abstraído en cómo resolver una fachada, una zona verde o un equipamiento. Un panorama que ahora tomaba un sentido especial y único, cual un amigo que le hubiera acompañado y protegido durante aquellos años, y que ese día estaba allí como un camarada fiel para escoltarle en su definitivo viaje.

En el dibujo asistido por ordenador, solo la pantalla de cristal líquido y el teclado tienen importancia, careciendo la luz natural de la mínima relevancia, al revés de lo que sucedía cuando el lápiz, la goma y el escalímetro eran los instrumentos a manejar. Ahora estaba uno obligado a concentrarse en el universo limitado y concreto del rectángulo luminiscente que contenía los puntos, las líneas y las superficies del plano que iba perfilando y a los que se iba acercando o alejando con periódicas órdenes de zoom acompañadas de alarga, recorta, perpendicular. La claridad del día representaba un incordio y una distracción, algo muy distinto a sus comienzos, en que era el don más preciado de un despacho de arquitectura. Pero Carles gustaba, tanto en sus inicios de usuario de lápiz de mina Faber Castell como luego con el ratón como herramienta de trabajo, de vez en cuando, y durante largos ratos, abandonar aquel hermético y cerrado entorno del papel cebolla o la pantalla informática y dirigir su mirada lejos, atravesar el ventanal situado a un metro y medio escaso y otear lo que ocurría en las azoteas del variopinto patio de manzana. Disfrutaba contemplando las labores de regado y cuidado de las plantas que una desconocida mujer, apareciendo por una puerta estrecha y carcomida, realizaba en su espacio de terraza cada tarde durante un par de horas, ya fuera invierno o verano, dedicada a la limpieza de las hojas secas, a la poda de las plantas, a rociarlas con antiparásitos y a abonarlas. O de la visión del viejo achacoso que sentado al sol de la mañana, entre acceso de tos y acceso de tos, fumaba con placer pecaminoso el caliqueño o el toscano, que el médico de cabecera le prohibió bajo pena de muerte, escondido en un rincón y atento a no ser sorprendido por su mujer, su hija o su yerno. Y también de la matrona que en verano tomaba el sol en bikini para regocijo de los delineantes de su despacho, a los que, en más de una ocasión, sorprendió agazapados tras el cristal para ver bajarse la tira del sostén con la esperanza, jamás colmada, de poder atisbar la areola del pecho. Tal vez esa contemplación de la vida que latía a su alrededor era un reflejo de su propio trabajo de arquitecto, la búsqueda de inspiración para que de los dibujos, surgidos de su lápiz o de su ratón, resultara la existencia de aquellas gentes anónimas —la jardinera, el bronquítico, la pechugona— más ordenada, más plena y feliz.

Sintió que el momento que estaba viviendo, aquella evocación, era el último instante feliz de su existencia y decidió apurarlo y alargarlo al máximo, aun sabiendo que su presencia, ausente de las reuniones previstas para esa mañana, ya había sido notada, convencido de que su móvil, puesto en la función de silencio y postergado en el bolsillo de su pantalón, tendría decenas de perdidas y mensajes. Pronto, dentro de unos minutos, ya nada importaría. El patio, sus recuerdos y, por supuesto, las llamadas por atender quedarían en una dimensión inaccesible cuando fuera un montón de carne inanimada.

La otra vida y lo que significaba aquel tránsito voluntario, para una persona creyente y practicante como él, había sido un problema a resolver. La doctrina de la Iglesia católica es muy clara y dura para con los suicidas, negándoles el pan y la sal de la gloria eterna, incluso, hasta hacía poco, la sepultura en tierra bendecida. Pero el arquitecto, además de la idea de Dios contenida en el catecismo y en los salmos, creía en un Todopoderoso misericordioso que, precisamente por serlo, admitiría sus razones para acabar con su existencia y lo sentaría a su diestra. Tanto esperaba esa acogida benevolente del Señor como dudaba encontrar comprensión en este mundo. Aunque, razonaba Carles Granell, con su acción a nadie estaba perjudicando excepto a sí mismo; más bien evitaba un futuro de sufrimiento en su entorno. Sobre todo en Marta. Sin duda, el Altísimo entendería sus motivos y perdonaría su pecado.

Marta. Dudó en explicarle todo, sincerarse con ella, buscar clemencia para su conducta, pero sabía que, aunque se la concediera de principio, al final vendría la ruptura. Cuando alguien con quien has vivido durante tantos años en la comunión de ideas y emociones que ambos compartieron, conoce de repente que esa vida ha estado basada en una mentira y en una simulación, todo se viene abajo. Fue la primera y única mujer para él desde los dieciocho años que tenían al conocerse, y él lo mismo para ella. Lo poco o mucho que sabían del otro sexo, del amor entre hombre y mujer, era consecuencia de una sola persona para ambos: de Carles para Marta y de Marta para Carles. Con frecuencia, al explicar a los demás ese prematuro y largo noviazgo y su exclusividad veían aflorar sonrisas de suficiencia a su alrededor, incapaz quien lo oía de entender el placer que les comportaba. Sabía que ella no podría asumir la nueva realidad, aceptarlo como la persona radicalmente diferente a la que conocía y junto a la que dormía, otro ser descubierto de repente, puesto en evidencia por su confesión, el reverso del hombre de quien no se separó jamás, estuviera donde estuviera, dando conferencias o cursos en el extranjero, de oyente, en la primera o la última fila, o dormitando en los vestíbulos de los aeropuertos. Con quien lo compartía o creía compartirlo todo.

Eso, una vez roto, estaba convencido de que no existía remedio ni medio capaz de recomponerlo. Se convertiría, de súbito, en un completo extraño. A partir de ahí, sería inevitable la separación. Y él no se sentía con fuerzas de soportar, no ya la soledad que conllevaría, sino el complejo de culpa que le acompañaría para siempre por ser el causante de la ruptura.

Regresó al momento y al entorno presentes desde sus meditaciones, que no hacían sino ratificarle en la decisión tomada. Se imaginó el aspecto que tendrían aquellas paredes decoradas y amuebladas, que constituyeron su espacio de trabajo habitual antes de ser nombrado director, —láminas, acuarelas y grabados amarillentos por la pátina del tiempo como testimonio de horas y horas buscando lo imposible, la perfección— y en cómo quedarían cuando hubiera apretado el gatillo. Los escasos espacios del estuco veneciano que asomaba entre tanto papel, la tapicería de las sillas, los libros ordenados en los estantes, la propia mesa frente a la que estaba sentado. Todo salpicado y manchado con los restos esparcidos de su cuerpo, la carnicería que la bala provocaría como algo necesario para lograr su muerte. Este pensamiento le devolvió a la inmediatez de aquello que debía hacer.

Quitó el seguro y dirigió el cañón hacia su boca. Quería morir, no quedar malherido, y para lograrlo solo existía un procedimiento seguro, que el proyectil penetrara por el paladar y masacrara su cerebro hasta salir por el parietal. Sabía que el espíritu de supervivencia de los humanos, de la carne, hacía que, con frecuencia y en el último instante, la mano del suicida desviara el arma o destensara la soga en un acto reflejo para evitar la muerte. A él no le ocurriría, deseaba un final rápido; pero sobre todo certero. Desconocía si, a pesar del contundente ataque a su cuerpo que se proponía llevar a cabo, habría células, terminaciones nerviosas o neuronas, que le transmitirían algún pensamiento o dolor durante segundos. Pero aunque tal cosa sucediera, estaba convencido de que el resultado final estaba garantizado.

Su boca, ante el duro contacto del metal en el velo del paladar, reaccionó de forma distinta a su voluntad de matarife, insalivando, como si quisiera tantear el contorno del incómodo y frío huésped recién llegado para integrarlo en su naturaleza, buscando una imposible simbiosis de vida con aquel instrumento de muerte, recibiendo la invasión del acero con una secreción de humedad, lo más parecido a la suavidad del capullo con que el gusano de seda envuelve su larva o la lascivia que se destila para seducir al amante.

Se concedió unos últimos instantes de sosiego antes de flexionar el dedo índice sobre el gatillo. Decían, los que habían estado al borde de la muerte, que en ese momento regresa en torbellino la vida entera, detalles olvidados de la infancia que se hacen presentes con exactitud fotográfica. Y debía ser así, porque sentía cruzar delante de él, a velocidad de vértigo, todo su pasado con una intensidad y nitidez absolutas.

Un minuto después resonó el estampido de un disparo, amortiguado por la puerta blindada del despacho. La ausencia de persona alguna en el rellano de la escalera y la densa circulación de coches en el cruce de la avenida Príncipe de Asturias con Gran de Gràcia, su guirigay de bocinazos y el petardeo de los tubos de escape de las motocicletas, camuflaron el sonido como uno más de los ruidos de fondo habitual en las grandes ciudades. Ello hizo que si alguien escuchó el trueno de la pólvora al explosionar lo asociara, en aquel entorno urbano de gente con prisa, con cualquier cosa distinta de lo que había sido, un tiro.