'Enparejarte', el libro sobre el arte de vivir con éxito tu relación

Enparejarte

OPINION VALENTI FAINÊ
Creo personalmente que es uno de estos libros, que te auto ayudan en los momentos en que los medios normales, empiezan a fallar, creemos que hay claves, en este libro que harían falta a infinidad de parejas, la falta de comunicación llega hay un momento que por las causas que sea llegan y puede ser un obstáculo de seguir con tu pareja y esto todo ello se puede superar con ganas está claro de no perder lo que uno ha sembrado.
Un buen libro de un gran maestro:

                ¿Y QUÉ TAL NOS COMUNICAMOS?

Escucha, pregunta y sigue escuchando

Recuerdo un curso sobre amor conyugal que hicimos mi mujer y yo hace ya unos cinco años. Estuvo muy bien. Eran cerca de diez sesiones, creo recordar, y muy interesantes. El ponente nos presentaba la cuestión, apoyándose en un caso práctico y luego en grupos pequeños de seis o siete parejas nos reuníamos otro día para debatir la cuestión. Sandra invariablemente solía apuntar: «Es un problema de comunicación» y realmente era así, por más que la cuestión afectara a un ámbito específico de la vida de pareja. Por eso, porque la comunicación es medular en la relación de pareja, empezamos por aquí. Si el libro habla de encontrar el arte de vivir con éxito tu relación, está claro que debemos empezar por poner la lupa en nuestras habilidades comunicativas.

 

 

¿Sabemos comunicar bien? Vamos a tratar de verlo en las próximas páginas. Para comunicar necesitamos algo que contar: un mensaje. Alguien que lo cuenta y alguien que lo escucha. Estos elementos no nos faltan en nuestra vida de pareja.

Pero ¿qué es comunicar bien? Siempre que pensamos en un buen comunicador nos imaginamos a una persona locuaz que sabe hacer llegar su mensaje a todos de forma clara y eficaz. Sin querer, ponemos en segundo plano la recepción del mensaje haciendo hincapié en quién lo emite.

 

 

En la pareja resulta tan importante o más que la capacidad de expresarse, la capacidad de escuchar. La capacidad de atender y entender lo que el otro nos dice. ¿Por qué te lo dice ahora y de esa manera? Eso exige un ejercicio muy atento de escucha. No importa si el emisor del mensaje, quien está hablando, tiene las dotes de oratoria de JFK o es tartamudo. Es, sin duda, la persona a la que mayor atención debemos prestar. Eso basta.

Al escuchar no nos quedaremos necesariamente callados. Iremos preguntando aquello que nos sirva para entender mejor y para hacerle llegar al otro el mensaje: «Te estoy entendiendo». Una vez contestada la pregunta que hemos hecho, continuamos escuchando hasta que el otro agote el tema. Hasta que se quede tranquilo. Hasta que veas que ha «desaguado» en ti.

Pero no sólo le hacemos preguntas al que habla. Nosotros mismos nos preguntamos al escuchar: «¿Por qué me dice lo que me está diciendo? ¿Cómo se siente para hablarme así? ¿Qué le estará pasando?».

Se trata de empatizar. Ponerte en los zapatos de la persona a la que escuchas. No juzgues ni pienses por ella.

Déjate sorprender por el otro

Cuando escuchamos, nunca podemos partir de la base de que ya sabemos lo que le pasa al que habla. Debemos acercarnos al otro con sencillez, sin ideas preconcebidas. Como si fuéramos ignorantes acerca del otro. Aunque no lo seamos, claro, y menos aún si llevamos años juntos. Pero debemos evitar «ir de listos». Las personas pueden cambiar. En sus vidas pueden ocurrir cosas que provoquen pensamientos, sentimientos, necesidades, emociones totalmente desconocidos para nosotros. Por eso debemos escuchar en blanco, dejando que quien habla vaya escribiendo el libro.

Pero ¿qué pasa cuando uno está escuchando —por decir algo— a la espera de que el otro acabe para empezar a contarle su historia?

No habrá preguntas para asegurarnos de que estamos entendiendo. Tampoco habrá preguntas dirigidas a nuestro interior que nos ayuden a conectar por dentro con la persona que tenemos delante. Habrá más bien comentarios del tipo:

—Ya, ya, pues anda que si te cuento lo que me ha pasado hoy. Resulta que esta mañana…

Y no hace ni mención de lo que el otro le acaba de relatar.

El mensaje que recibe el otro es: «No le importa nada lo que le acabo de contar, la próxima vez mejor me ahorro contarle nada, total…».

Los efectos que ha generado esta «no conversación» son: sensación de soledad, de aislamiento, de falta de comprensión y de interés por parte del otro. Retroalimentación negativa que nos desanima a volver a tratar de compartir algo con esa persona.

Por lo tanto, acerquémonos a nuestra pareja con una cierta capacidad de sorpresa, con sencillez, con ganas de saber, de escuchar.

¿De verdad sabes preguntar?

El otro se abrirá sin pensarlo, sobre todo si sabemos preguntar bien.

Si eres bueno preguntando encontrarás el camino hacia una comunicación densa y personal. A veces las cosas fluyen sin más, pero hay personas a las que les cuesta más salir de dentro a fuera y unas preguntas bien deslizadas pueden ser el catalizador perfecto. Pero no vale cualquier tipo de pregunta.

En primer lugar preguntamos para saber, no para confirmar lo que ya sabemos: no estamos en posesión de la verdad. Nos interesa algún aspecto concreto y estamos dispuestos a dejarnos sorprender incluso por lo que escuchemos. Pero no escuchamos preparados para disparar con nuestra versión acerca de lo que el otro piensa, desea, siente o pretendía en una determinada situación.

En segundo lugar, ponemos corazón, afecto, interés. Demostramos con el tono que nos importa lo que le pasa. No estamos haciendo el tercer grado a nadie, por eso el fondo agrio o crítico invalida la pregunta y seguramente producirá el efecto contrario al deseado: se cerrará completamente. No habrá más diálogo, o lo que es peor: responderá defendiéndose con un ataque y entraremos en una discusión que nos llevará a una situación peor de la que teníamos antes de sentarnos a dialogar.

 

No hace mucho hablaba con una pareja en la que él se negaba a hablar con ella acerca de su familia de origen.

—Mira, Belén, cuando preguntas por mi familia no pones nada de cariño y se nota. Preguntas para meterte, para opinar, para decir lo que crees que deberían hacer, lo que sea menos para interesarte de verdad por ellos. Si están bien, cómo les podemos ayudar…, eso nunca se te ocurre o al menos no lo manifiestas. Y por eso me cierro y no quiero ni entrar en esos temas porque sé que acabamos mal.

Belén la mayoría de las veces no pretendía criticar. Pero, desgraciadamente, Carlos guarda dentro acontecimientos pasados muy desafortunados en los que Belén sí que criticó abierta y amargamente a su familia. Por eso tiene esa percepción y hasta que no la cambie no habrá modo de avanzar.

Conclusión: cuando nos sentemos a hablar y sobre todo si se trata de «esos temas» que sabemos que suelen complicarse, nos esforzaremos en escuchar con unas orejas muy grandes; con una anatomía diferente, en la que las trompas de Eustaquio están directamente conectadas al corazón, y que se note. Prestando toda la atención posible, vibrando dentro de nuestro carácter y conectando a través de preguntas que nos aseguren que estamos entendiendo bien lo que nos dice.

NACHO TORNEL Mediador Familiar