Reencuentro de personajes germina del odio que Elena Garro le profesó desde su divorcio y de la forma más irritante posible a su exmarido, el Premio Nobel Octavio Paz. Un rencor que extendió a toda una clase social: la aristocracia mexicana, tan desdeñosa y misógina entonces. Pero, como tal rencor, no podía ser sino una torturadora obsesión que, para poder desfogarse en plenitud, tuvo que envolverse en las máscaras de este insólito relato.





Reencuentro de personajes germina del odio que Elena Garro le profesó desde su divorcio y de la forma más irritante posible a su exmarido, el Premio Nobel Octavio Paz. Un rencor que extendió a toda una clase social: la aristocracia mexicana, tan desdeñosa y misógina entonces. Pero, como tal rencor, no podía ser sino una torturadora obsesión que, para poder desfogarse en plenitud, tuvo que envolverse en las máscaras de este insólito relato.

Narrado como a tientas, Reencuentro de personajes nos sumerge en una atmósfera asfixiante, donde se adivina, a cada paso, el hálito sofocante de una sexualidad morbosa y, a la vez, extraviada en algún punto anterior a la primera línea de la novela. Y mientras avanzamos intrigados por descubrir ese momento original, acabamos presos, como su protagonista, de
un conciliábulo de fantoches, sometidos entre sí por la mera abyección sexual o por el más sórdido de los chantajes.

En definitiva, Reencuentro de personajes es un relato agónico y pasmoso sobre el envenenado pudridero en que pueden convertirse las ilusiones truncadas y los prejuicios de clase.

Reencuentro de personajes En el centenario de Elena Garro

Nació en Puebla, el 11 de diciembre de 1916, y falleció, el 22 de agosto de 1998, en Cuernavaca. Durante la Guerra Cristera, su familia se trasladó a Iguala, desde donde viajó, en 1936, a la Ciudad de México para estudiar en la UNAM, y donde conocerá a la figura determinante de su vida, Octavio Paz. Se casaron en 1937 y ese mismo año lo acompañó al célebre Congreso de Escritores Antifascistas, de Valencia. Fruto de aquel viaje a España es uno de sus libros más conocidos. En 1939, tuvieron una hija, Helena, que sería, tras su divorcio de Paz, en 1959, su compañera de andanzas hasta la muerte.
A mediados de los cincuenta ya escribió varios guiones cinematográficos y algunas piezas teatrales como Un hogar sólido (1958), pero su reconocimiento literario le llegó en 1964 con el premio Xavier Villaurrutia por Recuerdos del porvenir. Su chirriante vida social y sus intervenciones públicas, siempre enojosas y, finalmente, sus declaraciones tras la masacre de Tlatelolco, en 1968, concitaron el rechazo general de los intelectuales mexicanos, lo que irremediablemente la llevó a desterrarse. Primero a Estados Unidos, luego a España hasta 1983 y, finalmente, a Francia, donde permanecerá hasta 1993; acompañada siempre por su hija, viviendo de sus derechos de autor y, al parecer, del apoyo económico de su odiado Octavio Paz.
Aparte de Reencuentro de personajes (1982), sus obras más importantes son las novelas Recuerdos del porvenir (1963), Testimonios sobre Mariana (1981) y La casa junto al río (1983), a las que acompañan una variada obra cuentística, guiones cinematográficos y varias piezas teatrales, más el libro de recuerdos Memorias de España 1937 (1992).
Mujer de Octavio Paz,
amante de Bioy Casares, inspiradora de García Márquez y admirada por Borge

 

Relato -EL PAIS

 Atrapada en las redes del espionaje doméstico, la escritora Elena Garro se convirtió en informante del Gobierno represor mexicano de Gustavo Díaz Ordaz, que acabó a sangre y fuego con el movimiento estudiantil de 1968. Algunas versiones afirman que la autora, que fue esposa del Nobel de Literatura mexicano Octavio paz, abandonó el país tras la matanza de Tlatelolco perpetrada por el Gobierno, en la que murieron cientos de estudiantes. Garro escapó del régimen al que había servido. Su carrera de aprendiz de espía en algún momento la habría colocado ante Lee Harvey Oswald, el asesino del presidente de EE UU John F. Kennedy

 

La historia negra sobre las labores de Garro como informante ya había sido mencionada en otras ocasiones, pero esta vez las dudas han sido disipadas después de que el Instituto Federal de Acceso a la Información (IFAI) decidiera abrir un expediente del tema que se guarda en el Archivo General de la Nación,

El lado oscuro de Elena Garro se documenta en parte de las 21 hojas y cinco fichas correspondientes al archivo de Octavio Paz, con quien se casó en los años treinta y del que se divorció dos décadas después.

 

El premio Nobel de Literatura era en 1968, cuando ya estaban divorciados, embajador de México en India, y renunció a ese cargo como acto de protesta contra la represión gubernamental sufrida por los estudiantes que exigían libertad de presos políticos y una apertura democrática en el México autoritario gobernado por el Partido Revolucionario Institucional.

 

La decisión del IFAI deja entrever las actividades ocultas de la intelectual. El informe inicial sobre este episodio de espionaje señala que de los documentos "se desprende que Elena Garro era informante del Gobierno federal, a la vez que el Gobierno federal contaba con otros informantes que reportaban la actividad de los informantes, Elena Garro entre ellos. Es decir, en dichos documentos consta que una persona era espía del Gobierno a la vez que era espiada por el propio Gobierno, lo que constituye información cuya difusión contribuye, sin duda alguna, a transparentar la gestión de las autoridades en aquella época y favorece la rendición de cuentas a los ciudadanos".

 

Según el periódico Excélsior, existe además un comunicado interno de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de EE UU en el que se detalla una larga conversación de Garro con el hombre que más tarde sería señalado como asesino de John Kennedy. El texto de la agencia estadounidense tiene fecha del 10 de diciembre de 1965.

 

 

 

 

 

 

Elena Garro, que murió en 1998, fue una figura controvertida. Hay quienes sostienen que la escritora acusó a intelectuales como Luis Villoro, Emmanuel Carballo, Leopoldo Zea, Rosario Castellanos, José Luis Cuevas, Carlos Monsiváis, Eduardo Lizalde, Víctor Flores Olea, Leonora Carrington y al mismo Octavio Paz de ser los organizadores del movimiento estudiantil.

Algunos estuvieron en esa revuelta. Unos días después de que el Gobierno acabara con la rebelión estudiantil en la sangrienta noche de Tlatelolco, ella escribió en un diario local: "Yo culpo a los intelectuales de cuanto ha ocurrido. Esos intelectuales de extrema izquierda que lanzaron a los jóvenes estudiantes a una loca aventura, que ha costado vidas y provocado dolor en muchos hogares mexicanos. Ahora, como cobardes, esos intelectuales se esconden... Son los catedráticos e intelectuales izquierdistas los que los embarcaron en la peligrosa empresa y luego los traicionaron. Que den la cara ahora. No se atreven. Son unos cobardes...".

 

 

 

 

 

UNA VELADA CON EL ASESINO DE KENEDY

El mundo cambió el 22 de noviembre de 1963. Ese día, en Dallas, fue asesinado el presidente de Estados Unidos, John F. Kennedy. Su muerte cerró una época y desencadenó una gigantesca investigación que para muchos aún no ha terminado. Uno de los extremos menos conocidos de la trama corresponde al extraño viaje que Lee Harvey Oswald, considerado el autor del disparo mortal, efectuó a México dos meses antes del magnicidio. Una estancia en la que coincidió con Elena Garro.
Oswald entró en México el 26 de septiembre. Su objetivo era conseguir una visa para Cuba con destino final a la Unión Soviética. Para ello se dirigió a la Embajada cubana, donde mostró su afinidad con la causa castrista y soviética y logró hacerse amigo de una secretaria consular, Silvia Tirado Durán. Durante su estancia en la capital, aprovechó para ir a los toros e incluso se paseó por la Universidad.
Pese a su empeño, Oswald no logró su cometido y, el 3 de octubre, regresó a Estados Unidos. Pero antes de partir, fue invitado a una fiesta que celebraban funcionarios cubanos. Esa noche coincidió con Garro.
Tiempo más tarde, la escritora le contaría lo visto a Charles William Thomas, funcionario de la

 

 

 

 

“Elena Garro fue un ser lleno de contradicciones y enigmas. Para ella nunca hubo medias tintas... habló de la situación de la mujer cuando pocos lo hacían en una sociedad misógina y sexista.”

—Elena Poniatowska

Narrado como a tientas, Reencuentro de personajes nos sumerge en una atmósfera asfixiante, donde se adivina, a cada paso, el hálito sofocante de una sexualidad morbosa y, a la vez, extraviada en algún punto anterior a la primera línea de la novela. Y mientras avanzamos intrigados por descubrir ese momento original, acabamos presos, como su protagonista, de un conciliábulo de fantoches, sometidos entre sí por la mera abyección sexual o por el más sórdido de los chantajes.

En definitiva, Reencuentro de personajes es un relato agónico y pasmoso sobre el envenenado pudridero en que pueden convertirse las ilusiones truncadas y los prejuicios de clase.

UNA VELADA CON EL ASESINO DE KENEDY

Octavio Paz es intocable en México, y Elena es la parte débil; se le puede acusar de todo, incluso de paranoia, pero habría que haber estado ahí, en ese matrimonio, para entender lo que sucedió. No estaba obsesionada, sino que el divorcio fue traumático. Aún hace falta mucha investigación. Ella sufrió un largo silencio”, señala Luz Elena Gutiérrez de Velasco, directora y catedrática del Centro de Estudios Literarios y Lingüísticos en el Colegio de México.

UNA VELADA CON EL ASESINO DE KENEDY

 

 

El mundo cambió el 22 de noviembre de 1963. Ese día, en Dallas, fue asesinado el presidente de Estados Unidos, John F. Kennedy. Su muerte cerró una época y desencadenó una gigantesca investigación que para muchos aún no ha terminado. Uno de los extremos menos conocidos de la trama corresponde al extraño viaje que Lee Harvey Oswald, considerado el autor del disparo mortal, efectuó a México dos meses antes del magnicidio. Una estancia en la que coincidió con Elena Garro.
Oswald entró en México el 26 de septiembre. Su objetivo era conseguir una visa para Cuba con destino final a la Unión Soviética. Para ello se dirigió a la Embajada cubana, donde mostró su afinidad con la causa castrista y soviética y logró hacerse amigo de una secretaria consular, Silvia Tirado Durán. Durante su estancia en la capital, aprovechó para ir a los toros e incluso se paseó por la Universidad.
Pese a su empeño, Oswald no logró su cometido y, el 3 de octubre, regresó a Estados Unidos. Pero antes de partir, fue invitado a una fiesta que celebraban funcionarios cubanos. Esa noche coincidió con Garro.
Tiempo más tarde, la escritora le contaría lo visto a Charles William Thomas, funcionario de la Embajada de Estados Unidos, quien a lo largo de los años, como consta en los archivos de la CIA, informó a sus superiores de sus conversaciones con la intelectual mexicana.
En el informe no figuran grandes revelaciones. Aparte de dejar caer que Oswald era amante de Silvia Tirado, la escritora ofreció pocos detalles y se limitó a señalar que el futuro asesino presidencial se mantuvo la mayor parte de la velada callado junto a una chimenea y que sólo le vio hablar con dos personas. 
Fue una información que los servicios secretos consideraron de poco valor. No sólo por su parquedad, sino porque la interlocutora no era considerada muy fiable. Por el contrario, la CIA pensaba que “tendía a romantizar los acontecimientos”. No eran los únicos. 

La herida quedará para siempre. También su obra. Con el tiempo, su literatura no ha dejado de extenderse. Aunque ella lo rechazase, se la considera como una antecesora del realismo mágico. Cuentos como ‘La culpa es de los tlaxcaltecas’ (1963), y novelas como Los recuerdos del porvenir, Reencuentro de personajes(1982) o Un traje rojo para un duelo(1996) son leídos como piezas maestras. “Una generación de escritoras avanza por los caminos que abrió. Su poesía está saliendo a la luz, y su teatro al completo es espléndido. Es una autora incomparable que ahora está siendo reconocida de verdad”, dice Gutiérrez de Velasco. “Garro fue la escritora más poderosa y original del siglo XX mexicano, al menos hasta los años setenta”, indica Krauze.

La tardanza en este reconocimiento no es ajena a la propia senda de autodestrucción que eligió para sí Garro. A mediados de los sesenta, ya divorciada, se aproximó en exceso al poder y cayó en la órbita del presidente del PRI, el reformista Carlos Madrazo. Sin pudor le brindó su apoyo público mientras en la trastienda tentaba las tinieblas. Su anticastrismo declarado, su relación con Madrazo y también su apoyo a las causas campesinas llamaron la atención de la siniestra Dirección Federal de Seguridad, al mando del capitán Fernando Gutiérrez Barrios, el mismo que había detenido aFidel Castro y al Che Guevara. La escritora no mantuvo la distancia. Un memorándum, guardado en el Archivo General de la Nación, muestra que empezó a tratar con la policía secreta. “No fue una espía, como se llegó a decir, más bien se acercó y fue utilizada por el régimen”, señala el investigador Rafael Cabrera.

Eran tiempos peligrosos. La onda expansiva del Mayo del 68 francéshabía llegado a México. El movimiento estudiantil estaba en plena ebullición y el régimen de Gustavo Díaz Ordazhabía desatado una feroz persecución. El mundo estaba cambiando. Pero en México, el plomo aún mandaba. El 2 de octubre de 1968, los estudiantes fueron masacrados en la plaza de Tlatelolco.Garro, en un gesto delirante, producto posiblemente de la presión del régimen contra ella, culpó a los intelectuales de izquierdas, entre ellos a Carlos Monsiváis, Rosario Castellanos y Leonora Carrington, de haber provocado el derramamiento de sangre. Ya fuera de los focos, según el memorándum secreto, empezó a delatar.

Ese fue su punto de quiebra. Jamás se recuperó del todo. Repudiada por el núcleo de la intelectualidad mexicana, se autoexilió con su hija. Nueva York, Madrid y París. Durante 20 años, sobrevivió a duras penas, quemando las naves, despilfarrando, haciéndose perdonar con su infinita capacidad de seducción. “Era mágica y adictiva, pero vivía contra sí misma”, resume Poniatowska.

El éxodo terminó en 1993. A su regreso a México, algunas cosas habían cambiado. Aunque la traición todavía pesaba, su obra había ganado espacio. Era estudiada y leída. Y aún ejercía su fascinación. “Seguía siendo muy bella y atractiva, vestía colores suaves, como el durazno, y se ganaba con mucha facilidad a la gente”, recuerda Gutiérrez de Velasco.

Pese a los años transcurridos, el odio a Paz seguía ahí. Una animadversión que le granjeó el apoyo de los enemigos del Nobel, criticado por su proximidad al priis­mo, y también de sectores que la veían como una víctima del machismo. “Pero cuidado, ella no es nuestra Simone de Beauvoir, es nuestra Céline”, remacha polémicamente Domínguez Michael.

En cualquier caso, la vuelta de Garro a México, lejos de toda gloria, fue crepuscular. Pasó sus últimos años en un mísero piso de Cuernavaca con su hija. Rodeada de gatos franceses y mexicanos, alimentándose de largos sorbos de café, su tiempo tocó a su fin. El tabaco la minaba, el enfisema ahogaba su voz. Apenas podía respirar. El 22 de agosto de 1998 murió de cáncer de pulmón. Cuatro meses antes lo había hecho Octavio Paz. Hasta el último día le odió.

NOSTALGIA DEL FUTURO