ntre la pléyade de cronistas de Indias, soldados de fortuna, predicadores, literatos de fuste o funcionarios al servicio del Estado o de los nobles, la figura de Fernández de Oviedo se destaca de forma inequívoca: es el único cronista que describe el Nuevo Mundo con una mirada científica y que narra los hechos con un nítido espíritu de historiador. Es, sobre todo, un humanista del Renacimiento con un sólido bagaje cultural y científico. Un científico social que está atento a la descripción de las costumbres y usos de los diferentes moradores del Nuevo Mundo, animales, hombres y plantas, y un científico naturalista que trata de encontrar explicaciones racionales a los hechos que observa y que aplica también su formación y conocimientos para obtener pingües beneficios de la explotación de la agricultura, ganadería y minería. Las minuciosas notas que el cronista guardaba en Santo Domingo para su futura y casi inmediata "Historia General y Natural de las Indias" son el germen del "Sumario", un texto que procede de la memoria personal de Oviedo y que tiene el particular encanto de ajustarse a una especie de relato oral. La excelente memoria de Oviedo le permite construir un ameno muestrario de lo que son las tierras, la fauna, la flora y las costumbres y peculiaridades de los indígenas, pensando en su narratario, el César Carlos. El contenido, científicamente apasionante, está escrito en un estilo periodístico y vivaz.

LA NATURAL HISTORIA DE LAS INDIAS

(Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés; Madrid, 1478 - Valladolid, 1557) Historiador, cronista de Indias y administrador español. En 1497 marchó a Italia, donde desempeñó diversos oficios, a través de los cuales conoció a artistas como Leonardo y Miguel Ángel, y se distinguió como militar en diversas guerras. Tras una breve estancia en España, marchó a las Indias en 1513 con la expedición de Pedrarias Dávila, gobernador de Castilla del Oro. Una vez allí, ejerció los cargos de veedor de las fundiciones del oro y escribano real. Su obra más famosa fue Historia general y natural de las Indias, en la que describe el descubrimiento y la colonización de las Indias americanas desde la óptica de un minucioso observador de la naturaleza y las costumbres del Nuevo Mundo. En sus memorandos se reveló como un firme defensor de los conquistadores y un encarnizado enemigo de los indígenas. También fue autor, entre otras, de la novela de caballerías Don Claribalte, de 1519, y de las Quincuagenas de la nobleza de España, de 1555, que constituyeron un fiel informe sobre la nobleza.

Fernández de Oviedo nace en un mundo medieval (1478) y le toca desenvolverse, de mozo y de hombre, en un mundo renacentista. Y si decimos medieval no es porque el año de su nacimiento pertenezca al siglo XV, sino porque la sociedad española aún se desenvuelve (porque América no se ha descubierto y porque hay todavía en la península los cinco reinos de la Media Edad) dentro de unas formas de monarquías mediatizadas por la nobleza, especialmente en Castilla. En Castilla se vivía aún en la prepotencia nobiliaria, nacida de las llamadas mercedes enriqueñas, o sea, de las dejaciones que el primer Trastámara --Enrique II, el fratricida de Montiel-- tuviera que conceder a aquellos de cuyo grupo había salido, para que olvidaran su nacimiento bastardo, y lo reconocieran como el soberano de Castilla. 

 

 

 

 


Los Trastámara se habían instalado en el trono aragonés desde comienzos del siglo XV, en la persona de Fernando I, llamado el de Antequera, castellano que llevó consigo a sus intrigantes vástagos --los luego llamados infantes de Aragón, aunque también fueran plenamente castellanos--. Uno de ellos llevaría las armas catalano-aragonesas a días de triunfo en la conquista del reino de Nápoles: Alfonso V, el Magnánimo, prolongado por la hegemonía de la Confederación Aragonesa, tradicional en la Corona de Aragón, por el Mediterráneo. El otro --Juan II-- sería el hábil político que pensó en una unidad peninsular mediante una política matrimonial, que introduciría a su hijo Fernando (el futuro rey Católico) a enlazar con su pariente, la princesa Isabel de Castilla, para que una sola pareja real fuera la dueña de los dos reinos. No olvidemos que en la mecánica política europea del siglo XV --que duraría hasta los finales de la llamada Edad Moderna-- los derechos dinásticos eran la base de la política internacional. En vez de alianzas y pactos, las grandes casas reales europeas echaban mano de las nupcias reales. Un slogan de los Habsburgos austriacos era, poco más o menos: Otros hagan guerras, Austria feliz se casa, y de ello sacarían harto provecho los reyes castellano-aragoneses. 


En otras palabras, los tiempos finales del siglo XV, que corresponden a los primeros dieciocho años de Fernández de Oviedo, eran tiempos de verdadero cambio, de transformación de la geografía de las nacionalidades europeas. ¿Cuál era ésta? Todos los manuales de historia lo recuerdan. Repasemos los datos esenciales. Había un poder centro europeo, germánico, la continuación del Sacro Imperio Romano-Germánico constituido muchos siglos antes, gran potencia que carecía de una verdadera unidad nacional. Todos sus miembros se sentían alemanes, por la comunidad de su lengua, pero eran prácticamente autónomos, salvo en problemas internacionales, porque éstos correspondían al Emperador, que para serlo había de ser elegido --no lo olvidemos-- por los grandes príncipes soberanos, entre los que se contaban tres obispos-reyes. El Pfalz (Palatinado), Sajonia, Baviera y Austria (tierra patrimonial de los Habsburgo, descendientes de los Stauffen) completaban el cuadro. El Imperio estaba institucionalmente ligado a Roma, porque los Emperadores, para serlo, habían de ser coronados por el Pontífice romano, pero su importancia estaba amenazada por la poderosa embestida del imperio otomano, que iba sometiendo a los territorios orientales de la cuenca del Danubio, otrora influidos por Bizancio o por el propio imperio germánico. 
El mapa de los pueblos cristianos consideraba al Imperio como la muralla oriental contra los ataques, musulmanes --porque los turcos otomanos se habían convertido al mahometismo-- y aún vivían en sus conflictos interiores, donde los grandes señores feudales desafiaban la autoridad de los reyes. Tal era el caso de Francia, que puede parecer a los ojos de hoy, si no se profundiza demasiado, como una nación homogénea, pero que en realidad era un mosaico de grandes Duques, como el de Borgoña, que se consideraba más poderoso que el propio Rey. La política sinuosa de Luis XI --contemporáneo de Juan II de Aragón-- había ido echando los cimientos de una unidad bajo una nueva monarquía fuerte. Preparaba la grandeza de un solo rey, Francisco I, el rival, ya en el siglo XVI, de Carlos I de España, y futuro Emperador, el monarca al que dirigirá esta obra El Sumario Fernández de Oviedo. 
Inglaterra no vale la pena mencionarla, pues aunque en un comienzo intentó imitar a los exploradores náuticos españoles, utilizando también a un italiano, Juan Caboto Montecaluña1, su ímpetu en aquellos años se apagó muy pronto, y no tuvieron repercusión sus hechos en el mundo en que le tocó vivir a Fernández de Oviedo. Si Enrique VIII, casado con una tía de Carlos I, se presentaba como candidato al Imperio, o titubeaba en obedecer a la Santa Sede o no, eran para el cronista incidentes que no le apartaron de su labor. No así lo de Italia. 
Porque Italia ha sido campo de batalla desde que los romanos expulsaron a los galos cisalpinos. Imperiales y pontificales, güelfos y gibelinos, vénetos y genoveses, mantuanos y florentinos habían ensombrecido y enrojecido las tierras italianas. Y desde siglos antes, normandos y Stauffen habían peleado por Sicilia, y después los aragoneses-catalanes, con sus mercenarios almogávares, se instalaban en aquellas tierras que por último señorearía el Magnánimo Alfonso V, un castellano aragonesado y, por último, napolitanizado y entronizado en el friso inmortal de la puerta mayor del Castel Nuovo, que él mismo ordenara construir. Italia sería luego presa de la política del Católico rey Fernando --el esposo de Isabel de Castilla-- en connivencia con el Rey de Francia. Aquello sí que le tocaría de cerca al futuro cronista de las cosas de las Indias... y de otros miles de folios de empresas literarias muy distintas, como veremos. El historiador Denifle --pensando en Lutero-- solía escribir que no se sabe si los tiempos hacen a los hombres, o si los hombres hacen a los tiempos; en el caso de Fernández de Oviedo no podemos pensar que él conformara el desarrollo de la historia europea --ni siquiera la indiana--, sino que, más bien, fueron los tiempos (sus tiempos) los que le conformaron a él. 
Los años finales del siglo XV y toda la primera mitad del siglo XVI --o sea, los de la vida de Fernández de Oviedo-- fueron el marco temporal de la gran transformación del mundo europeo, y del mundo en general. Son los años, como dirían los historiadores que encasillan los tiempos en siglos y épocas, de la transición de la Edad Media a la Edad Moderna, del abandono de las formas feudales --con la arquitectura gótica entre otras cosas-- por las monarquías absolutas, por la estabilización de las nacionalidades europeas, de la aparición (ya anunciada con pujanza desde 1420, en que Alfonso V de Aragón conquistara Nápoles) del que hoy llamamos Renacimiento, pero que como tal renacer de la Cultura grecorromana era ya un sentimiento generalizado entre las gentes del siglo XV, afirmado con plenitud en las de la siguiente centuria. Estos cambios afectaron sensiblemente a Fernández de Oviedo, que tan pronto se interesará por la Historia Natural --como prueba en el Sumario que editamos ahora-- como se preocupará por los viejos linajes nacidos en los siglos anteriores, o por las luchas heroicas de los tirantes y héroes de la lucha contra el invasor otomano. Nacido cuando había en la península cinco reinos (Portugal, Navarra, Castilla-León, Aragón y Granada), Fernández de Oviedo vería cómo, ante sus ojos, todo esto se transformaba en dos reinos --España y Portugal--, con la esperanza, por la política matrimonial de los Reyes Católicos, de que la Corona lusitana entrara en el juego de la Unidad. Que su Rey y Emperador casara con una princesa portuguesa era el anuncio de la posibilidad de que el hijo de esta unión pudiera cumplir el designio antiguo de conseguir la unificación peninsular. Su fallecimiento --muy anterior a 1580-- no le permitiría ver a las tropas del Duque de Alba avanzando hasta Lisboa, ni la derrota en las islas de los Azores de la flota del pretendiente, D. Antonio de Crato.