l mediano de tres hermanos, Sun Guanglin, se siente ignorado por sus padres. A la edad de seis años lo envían a vivir con otra familia, y regresa tiempo después, el mismo día en que la casa familiar queda
destrozada en un incendio, hecho que intensifica aún más su exclusión. Pero la posición de Sun como marginado en su familia y su pueblo lo emplaza en una situación única para observar la naturaleza cambiante de la sociedad china, mientras las dinámicas sociales y familiares se transforman bajo el mandato comunista. Una desgarradora historia de supervivencia narrada en primera persona que detalla la tumultuosa experiencia de una familia en la China rural.

GRITOS EN LA LLOVIZNA




Yu Hua nacido en 1960 en Hangzhou (Zhejiang), es un escritor chino. Estudió Odontología y durante cinco años estuvo ejerciendo como dentista, antes de decantarse definitivamente por la literatura en 1983.
Tanto ¡Vivir! (Huózhe, 1992) como Crónica de un vendedor de sangre (Xǔ Sānguān Mài Xuè Jì, 1995), fueron elegidas entre las diez novelas más influyentes en China en la década de los noventa. El director y fotógrafo chino Zhang Yimou llevó al cine ¡Vivir! en 1994.
Yu Hua es también autor de diversos relatos y ensayos. Gritos en la llovizna (Zaixiyuzhong Huhan, 2003) y Brothers (Xiōng Dì, 2005) son sus últimas novelas traducidas.
Fue el primer escritor chino galardonado con el James Joyce Foundation Award, en el año 2002. Actualmente vive en Pekín.

NANMEN En 1965, un niño empezó a sentir un terror indescriptible a la oscuridad nocturna. Recuerdo esa noche en que flotaba la llovizna; yo ya estaba acostado, era tan menudo que parecía un juguete que alguien hubiera dejado encima de la cama. El agua que goteaba del alero daba relieve a la existencia del silencio, y sólo olvidando paulatinamente ese goteo en medio de la lluvia fui conciliando el sueño; debió de ser entonces, mientras me quedaba dormido, tranquilo y seguro, cuando pareció surgir ante mí un sendero recóndito, abriéndose a mi paso los árboles y las matas. Llegó hasta mí la voz de una mujer, como un llanto lejano, un quejido ronco que irrumpió en la noche silenciosa. El niño de mis recuerdos se echó a temblar. Me veo a mí mismo: un niño asustado con mirada de espanto y el rostro apenas visible en la oscuridad. El lamento de esa mujer se me hizo eterno. ¡Con cuánta ansiedad y miedo esperaba que le respondiera otra voz que calmara ese llanto!, pero no apareció. Ahora me doy cuenta de la causa de mi terror de entonces: en ningún momento se elevó una voz que respondiera. No hay nada más estremecedor que un grito de soledad y desamparo en la inmensidad de una noche de lluvia. Otro recuerdo sigue de cerca al primero: varios corderos blancos vienen por la hierba de la ribera. Evidentemente, se trata de una impresión diurna, una caricia reconfortante tras el desasosiego producido por el recuerdo anterior. Sólo que no acierto a determinar en qué lugar me encontraba cuando recibí esa impresión. Unos días después, quizá, me pareció oír una voz responder al lamento de esa mujer. Estaba anocheciendo, acababa de pasar una tormenta y los negros nubarrones rodaban en el cielo como una densa humareda. Estaba yo detrás de nuestra casa, sentado junto al estanque, cuando un desconocido se aproximó a mí en medio de ese ambiente cargado de humedad. Iba de negro, y sus ropas ondeaban como banderas al avanzar bajo ese cielo sombrío. Esa imagen acercándose me trajo de nuevo a la mente con nitidez el lamento de la mujer. El desconocido no dejó de mirarme con ojos penetrantes desde que apareció a lo lejos hasta que llegó cerca de donde yo estaba. En el instante en que yo había quedado paralizado de terror, giró para enfilar un camino entre dos bancales y se alejó poco a poco. Su ropa holgada batía agitada por el viento. Al recordar mi pasado, ya de adulto, siempre me detengo un buen rato en ese episodio, intrigado por el hecho de que interpretara el aleteo de la ropa como una respuesta al lamento de la mujer en esa noche de lluvia. Recuerdo una mañana, una de esas mañanas límpidas y luminosas. Yo iba corriendo detrás de un grupo de niños del pueblo. Mis pies pisaban la tierra blanda y es ponjada, la hierba danzaba con la brisa. La luz del sol, más que una claridad cegadora, parecía un suave color que untara nuestros cuerpos. Corríamos como esos corderos de la orilla. Tras una carrera larga, creo, llegamos a un templo en ruinas y vi unas enormes telarañas. Un niño del pueblo nos había avisado. Aún recuerdo su palidez. —¡Allí hay un muerto! —había dicho con los labios temblorosos por el viento. El muerto en cuestión yacía bajo las telarañas. Reconocí al hombre que había visto venir hacia mí la tarde anterior. Me esfuerzo sin éxito en tratar de recordar qué sentí en aquel momento. Mis recuerdos del pasado han quedado vacíos de los estados de ánimo originales, como cáscaras; los estados de ánimo que contienen son los actuales. La muerte repentina del desconocido no pudo producir más que cierto asombro, sin grandes aspavientos, en el niño de seis años que yo era entonces. Estaba tumbado boca arriba, en la tierra húmeda, con los ojos cerrados y el semblante apacible. Me fijé en sus ropas negras cubiertas de manchas de barro diseminadas como las anónimas flores cenicientas que bordean los caminos entre bancales. Era la primera vez que veía un muerto, y parecía dormido. Ésa fue mi sensación real a los seis años: morirse era quedarse dormido. A partir de ese día tuve terror a la oscuridad. Me veía a mí mismo en la carretera de entrada al pueblo mientras caía la noche a raudales como una riada, anegando mis ojos y anegándolo todo. Durante mucho tiempo, permanecía tumbado en la cama, en la oscuridad, sin atreverme a dormir. El silencio que me rodeaba ampliaba infinitamente mi espanto. Una y otra vez luchaba contra el sueño: éste me agarraba con fuerza intentando arrastrarme y yo me resistía como gato panza arriba. Temía acabar como ese desconocido y no poder despertarme nunca más si me quedaba dormido. Pero al final me vencía el cansancio y no tenía más remedio que dejarme caer hasta sumergirme en la paz del sueño. Cuando me despertaba al amanecer, al descubrir que seguía vivo y que el sol se deslizaba por el resquicio de la puerta, me embargaba una alegría incomparable: ¡me había salvado! Mi último recuerdo de los seis años es de mí mismo corriendo. En mi memoria resurge el antiguo esplendor de los astilleros de la ciudad: el primer barco de cemento allí construido estaba a punto de arribar al puerto fluvial de Nanmen. Mi hermano mayor y yo corríamos hacia la orilla. ¡Cómo resplandecía el sol! Iluminaba a mi joven madre, con el pañuelo a cuadros azules que llevaba en la cabeza, flotando en la brisa otoñal, y mi hermano peque- ño sentado en su regazo mirándolo todo desconcertado. Mi padre, con su risa sonora, subió descalzo al camino del bancal. ¿Por qué tuvo que aparecer ese hombre alto y fuerte, vestido de militar? Llegó hasta nosotros como entra una hoja volando en el bosque. La orilla estaba atestada de gente. Deslizándonos entre las piernas de los adultos, cubiertos por el guirigay de las voces, mi hermano mayor y yo nos arrastramos hasta el borde y asomamos la cabeza entre las piernas de dos adultos como si fuéramos tortugas. El momento culminante estuvo acompañado por el fragor ensordecedor de los gongs y los tambores: entre los gritos de júbilo de la multitud, vi aproximarse el barco de cemento. Llevaba tendidas varias cuerdas largas a las que habían atado papeles multicolores como flores que eclosionaran en el aire. A bordo, una docena de jóvenes aporreaban los gongs y los tambores.

Modesta: Opinion. VALENTI FAINÊ

El mediano de tres hermanos, Sun Guanglin se siente solo abandonado por sus padres casi sin existencia familiar, hasta que llega un día y con solo seis años de edad, lo mandan a vivir con otra familia que nada tiene que ver con la suya natural.
Pasado un tiempo, vuelve a lo que era su hogar con tanta mala suerte que en el momento de su llegada solo queda de la casa sus restos pues queda
destrozada en un incendio, hecho que intensifica aún más su exclusión. Pero la posición de 
Sun como marginado en su familia y su pueblo lo emplaza en una situación única para observar la naturaleza cambiante de la sociedad china, mientras las dinámicas sociales y familiares se transforman bajo el mandato comunista. Una desgarradora historia de supervivencia narrada en primera persona que detalla la tumultuosa experiencia de una familia en la China rural.
A los lectores me dirijo no dejéis si sois buenos lectores de leer este libro el autor para mi forma de entender y solo he leído este libro del autor 
YU HUA una proyección que le llevara al premio más preciado de los Autores el Premio Nobel de Literatura.
Esta tragicomedia es una gran prueba de ello todo ello dicho por las personas más importantes de la Literatura Actual.