Año 387 después de Cristo: un joven hispano, Aquilio, llega a Constantinopla para unirse al comitatus, el ejército del emperador Teodosio, enfrentado a las invasiones bárbaras y a las usurpaciones de los comandantes romanos que aprovechan el caos del Imperio para reclamar la púrpura imperial, en un caos convulso de corrupción y desesperanza. Integrado en la élite de los últimos soldados de Roma, Aquilio luchará contra bárbaros y romanos, resistiéndose a la traición dentro y fuera del campo de batalla, afrontando el peligro tanto en los campos helados del Danubio como en los suelos de mármol de Rávena. Años después, Aquilio será destinado a Hispania, donde la anarquía romana facilita a los guerreros vándalos, suevos y alanos el paso por los Pirineos. La guerra entre Roma y los invasores ha llegado a la Península.


COMITATUS

 

El caballo rascaba nervioso el suelo con sus patas, y Aquilio tiró suavemente de las riendas, palmeándole el cuello para tranquilizarlo e impedir que relinchara. La mañana era muy fría; del río cercano surgían retazos de niebla húmeda que se enroscaba en las piernas de sus soldados. —Los exploradores regresan, tribuno. La voz de Furio le sacó de sus pensamientos, y Aquilio se volvió a mirar al veterano soldado. Éste señaló hacía la derecha, donde dos rastreadores vadearon el río y se acercaron corriendo a Aquilio, respirando afanosamente, las ropas empapadas hasta la cintura: —Tribuno, los alanos están en el fundo, la mayoría borrachos. —¿Cuántos son? —Es difícil contarlos, están desperdigados. Pero al menos unos cuarenta. —¿Caballería? —Hay unos treinta caballos, en el lado norte. —¿Guardias? —Hemos visto media docena, pero casi no se tienen en pie. Satisfecho, Aquilio hizo una seña a sus dos ducenarios. Furio y Quinto se acercaron a su jefe: —Furio, tus hombres vadearán el río rodeando el fundo por la derecha; cuando lo hayas sobrepasado y queden los edificios a tu izquierda, haz que los hombres giren a ese lado y ataquen. Quinto, tu columna esperará a que todos los hombres de Furio crucen el río, y entonces iniciáis el ataque por la izquierda. Yo iré con la caballería por el flanco izquierdo de Quinto y bloquearé el camino a Toletum. Si nos movemos con rapidez y en silencio los arrollaremos. Así se hará, tribuno —respondieron los oficiales. —Las órdenes en voz baja, sin utilizar tubas ni cuernos —insistió el tribuno. Los oficiales asintieron y marcharon a reunirse con sus soldados; aunque cada uno tenía el mando teórico de doscientos infantes, eran poco más de cien los guerreros que componían cada agrupación. Los ducenarios se ajustaron los cascos y en voz baja dieron la orden de formar columnas, que un par de optiones se apresuraron a transmitir entre susurros. Los hombres de Furio empezaron a vadear el río, haciendo muecas cuando el agua helada empapaba sus pantalones, subiendo hasta su vientre. El agua no era profunda, y la columna cruzó a la otra ribera sin más problemas que algún resbalón. Enseguida los infantes de Quinto descendieron también al río, y cuando la cabeza de la segunda columna empezó a desvanecerse en la neblina, Aquilio hizo una seña a su numerus de caballería: apenas unos treinta jinetes, dirigidos por el decurión germano Ubaldo. Con su jefe al frente, después de cruzar el río, los jinetes marcharon al paso abriéndose en un amplio semicírculo para evitar interferir el avance de la columna de Quinto. Entre la niebla surgió una cerca de piedra, y la caballería se desvió a la izquierda hasta encontrar el paso, lo que les llevó a una viña con cuyos troncos pelados tropezaban las patas de los caballos. Durante un largo minuto Aquilio dudó de la dirección de su caballería, pues, aunque el fundo quedaba a su derecha, debían llegar a su extremo norte para completar el cerco. Pero en ese momento se oyó un griterío, y el tribuno comprendió que debían darse prisa. —¡Al trote, detrás de mí! —ordenó. Aquilio espoleó a Cuprum, su caballo, guiando al numerus en una marcha oblicua hasta que vieron los edificios del fundo. Imponiéndose al ruido de los cascos sonaba una algarabía de gritos y golpes metálicos, y los jinetes pudieron ver como los infantes de Quinto llegaban a la carrera, pegados a los edificios. Había que apresurarse a ganar el lado, norte del fundo, pues la lucha la estaban soportando en solitario los hombres de Furio. Rodeando un amplio granero Aquilio llegó a una explanada donde había un carro volcado y dos cuerpos en el suelo. Campesinos, pensó el tribuno al ver sus ropas. A unos pasos del silo había unos establos, y delante de las puertas abiertas dos alanos se afanaban en sacar sus monturas. Uno de ellos iba desarmado, vestido con pantalones y túnica de lana; pero el otro llevaba una cota de escamas y un arco en la mano. —¡Ubaldo! —gritó Aquilio. No tuvo que decir nada más: el germano golpeó los flancos de su caballo y arremetió contra los enemigos, seguido de sus jinetes. El alano desarmado logró subir al caballo, pero apenas se había separado unos pasos del establo cuando dos jinetes le alcanzaron, sin que su montura tuviera tiempo de ganar velocidad. Las lanzas de los germanos se clavaron en su espalda, y el bárbaro cayó del caballo, agonizando. El otro guerrero intentó recuperar una flecha de la aljaba que había sujetado a su caballo. Ubaldo se le echó encima, la gran lanza negra embrazada, y la moharra de acero golpeó en el flanco al alano, separando las escamas y penetrando el cuero. El golpe lo empujó contra su caballo, aunque la hoja no agarró en su carne; el bárbaro no quería morir, y con esfuerzo extrajo un gran puñal del cinto e intentó acometer a Ubaldo. Éste le pateó, alejándolo, pues no podía utilizar la lanza tan cerca de su enemigo. Estaba dejando caer la lanza para sacar la espada, cuando otro jinete germano llegó en su ayuda, descargando la espada con un golpe brutal sobre la cabeza desnuda del bárbaro. Aquilio vio como sus hombres aseguraban el establo, y siguió adelante, escoltado por media docena de jinetes. En el lado oriental del fundo los soldados de Furio se habían trabado en una lucha cuerpo a cuerpo con unos pocos alanos. Pero estos, sorprendidos, sólo estaban armados a medias y los infantes pesados, vestidos de acero, les abrumaban con sus lanzas. Pronto los enemigos quedaron reducidos a un pequeño grupo que se defendía pegado a la pared de un edificio, y Furio reagrupó a sus hombres en un muro de escudos y lanzas, que no tardó en aniquilarlos. La lucha había terminado. Sin desmontar del caballo Aquilio se quitó el casco, que entregó a un soldado, para poder ver y oír mejor todo lo que ocurría en su entorno. Los hombres de Furio daban gritos de victoria, mientras los soldados de Quinto se les unían. El tribuno guió a su caballo entre sus hombres, que registraban los edificios rematando a todos los enemigos aun vivos. —Ese debía ser su jefe, tribuno —le dijo el optio Casio, señalando un cuerpo entre un grupo de tres. Aquilio se acercó al cadáver y desmontó: uno de sus hombres le retiraba de los dedos engarfiados una espada larga, con empuñadura de la Galia. A su lado una cota de escamas, de bronce estañado. El alano tenía la túnica desgarrada y el pecho abierto por las lanzas, la cara partida por un gran tajo. —Intentó cubrirse con la armadura como si fuera un escudo; no le dimos tiempo a ponérsela —siguió explicando Casio. El tribuno asintió, e indicó el edificio al lado de los cadáveres.

 

SEGUNDA PARTE DE “COMITATUS”
En el siglo V después de Cristo, vándalos y alanos luchan contra las últimas tropas romanas por el control de la His-pania romana. Los comandantes romanos tienen que vigi-lar tanto a sus enemigos bárbaros como a sus propios ca-maradas, prestos a traicionarles por el oro o la púrpura.
Genserico, rey de los vándalos y los alanos, se hace con el control de una flota y se traslada con su pueblo a las pro-vincias africanas, en las que luchará en los años siguientes contra las tropas romanas de Occidente y Oriente.
El Imperio romano de Occidente, sacudido por las guerras civiles y las invasiones germanas y hunas, resiste como puede a las naves de Genserico que se convierte en el due-ño del Mar Mediterráneo.
Los romanos lucharán desesperadamente por el control de su Mare Nostrum, sabiendo que el destino del Imperio se juega en las olas que mecen los cuerpos sin vida de los ma-rinos, dispersos entre los restos de sus naves destrozadas.
Hijo ilegítimo del rey Godegisilio (que significa “el azote de Dios”) y de madre no germana, probablemente una esclava romana o alana, no se sabe con certeza su fecha de nacimiento, quizá alrededor del 389 en las riberas del lago Batalón (a 100 Km. de Budapest, Hungría) Los vándalos eran originarios de las riberas del Báltico y, junto a otros pueblos germánicos, fueron migrando hacia tierras más cálidas hasta toparse con los limes imperiales. Su origen híbrido hizo que Genserico no fuese el germano típico, alto y rubio, sino más bien de facciones mediterráneas, moreno de pelo y piel y no muy alto, algo que siempre le fue recriminado por la nobleza vándala de pura estirpe germánica.

GENSERICO, REY DE LOS VÁNDALOS

 

Genserico nació alrededor del año 389d.C., como el hijo ilegítimo del gran rey vándalo Godegisilio. Cuando Genserico fue elegido rey en 428, los Vándalos habían sido durante mucho tiempo un pueblo errante. Impulsado por el avance de los Hunos, los Vándalos cruzaron la frontera norte del Rin del Imperio en 406 y encontraron su camino a España. Allí se instalaron, pero a medida que comenzó el gobierno de Genserico, fueron atacados por los Visigodos y pronto emigraron al norte de África.

 

En ese momento, el magister militum romano (Maestro de Soldados) del norte de África Romano, Bonifacio, temía de su posición debido a intrigas en Roma. Como resultado, estuvo de acuerdo con Genserico en que un número de Vándalos podría establecerse en África y trabajar como mercenarios para apoyar su posición. En una operación masiva, Genserico trasladó a todo el pueblo vándalo - más de 20.000 guerreros, junto con 60.000 familias no combatientes - a través del estrecho de Gibraltar.

 

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Genserico parece haber sido un hombre de pensamientos profundos y pocas palabras, desdeñoso de lujos, furioso en su ira, avaro, sagaz a la hora de ganarle a los bárbaros y experto en sembrar las semillas de la disensión en su propio beneficio.

 

Al llegar a Libia, se encontró con que Bonifacio ya no requería sus servicios y exigía que los vándalos regresaran a España. Pero Giserico pudo ver la gran oportunidad que ofrecían las tierras fértiles del norte de África. Se negó a irse y los vándalos derrotaron la fuerza romana enviada por Bonifacio para desalojarlos. Ellos luego conquistaron el territorio costero hasta la ciudad de Hipona y se dispuso a matar de hambre a la ciudad. Finalmente, después de catorce meses amargos, entró en la ciudad y la convirtió en la capital del nuevo reino vándalo en 435. La victoria fue la puerta de entrada al verdadero premio de Genserico: Cartago, una línea de suministro vital para los romanos, quienes la habían gobernado durante casi 600 años. Por cuatro años, Genserico dócilmente cooperó con los romanos, entonces de repente, en 339, mientras que las fuerzas romanas occidentales estaban ocupadas con los godos y los francos, hizo su movimiento, tomando Cartago en un ataque sorpresa.

 

 

En este brillante golpe, Genserico adquirió no sólo Cartago, sino también los barcos romanos amarrados en su puerto. Mostrando una vez más su ingenio, Genserico se dedicó a transformar a sus vándalos en los piratas más formidables del Mediterráneo. En 440, capturaron y saquearon el corazón del Mediterráneo, Sicilia, y aunque un contraataque romano en 441 recuperó la isla, los vándalos siguieron atacando libremente por el sur de Europa, mientras que Roma se esforzó para hacer frente a Atila.

En la década de 450 los Vándalos disfrutaron de una paz próspera con el Imperio. Genserico estaba presionando al reacio emperador a entregar a su hija Eudocia para el matrimonio planeado para su hijo. También podía ver cómo la creciente amenaza al Imperio planteada por los Hunos podría trabajar a su favor

 

 

 

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el envío de regalos de dinero para sobornar a Atila para atacar la frontera romana y evitar que los romanos dirigieran su ejército contra él.

 

En el año 455 el emperador Valentiniano fue asesinado en un golpe de estado, y, de nuevo, Genserico vio una oportunidad. Los Vándalos tomaron sus naves y se embarcaron hacia Italia y marcharon a Roma. Máximo huyó en el terror, pero fue capturado por una turba romana enojada y apedreado hasta la muerte por su cobardía.

 

El saqueo de Roma en el año 455 marcó el declive final del Imperio Romano de Occidente. No fue tan violento como cuenta la leyenda. Los Vándalos saquearon, pero dejaron una gran cantidad de edificios de la ciudad intactos.

 

Para el momento en que Giserico murió, en 477, luego de casi 50 años en el trono, había tomado una pequeña tribu germánica, en gran medida insignificante y la convirtió en una gran potencia mediterránea.

 

 

 

El contacto con los romanos hizo que estos pueblos comenzasen a comerciar y a civilizarse, y en el siglo II terminaron por confederase para luchar contra los romanos. Sin embargo, mientras el poder de Roma fue sólido, no supusieron más que una molestia. Pero a mediados del siglo III la situación política en Roma era caótica; incluso llegó a haber cuatro emperadores simultáneamente.

 

 

 

A la espera de la entrevista para los dos volúmenes del autor Jose Antonio López