La fascinante historia de dos cazadores de tesoros a la búsqueda del más legendario de los barcos piratas en la costa del Caribe.

La historia de dos hombres que en el año 2009 se lanzaron a surcar los mares en busca de un barco pirata legendario, el Golden Fleece, dispuestos a arriesgarlo todo --tiempo, dinero y vida sentimental--, a sortear todo tipo de dificultades y a enfrentarse a rivales en duelos dignos de la época de los corsarios. Dos cazadores de tesoros empecinados en encontrar en las profundidades del Mar Caribe un navío capitaneado por el mítico Joseph Bannister, famoso en su época por haber derrotado a la mismísima Royal Navy, y emblema de la que fue la Edad Dorada de la piratería en el siglo xvii.

Esta es la historia de esa hazaña no exenta de locura y heroicidad, con dos personajes quijotescos que se acaban convirtiendo en versiones modernas de los piratas que tanto les han obsesionado y en la que se da cuenta también de la vida del corsario Joseph Bannister y de su buque, en un momento y un lugar en el que la piratería era un lucrativo negocio alrededor del cual funcionaba toda la vida económica y social del momento.

Fascinante y adictiva, una original combinación de personajes en la línea de Ocean´s Eleven, el reportaje periodístico y las novelas marinas de Patrick O’Brian. Un libro que sumerge al lector en las cálidas aguas caribeñas y lo traslada a los tiempos turbulentos de la piratería, relatando esos cuatro años consagrados a una hazaña sólo comparable a lo que supuso hallar los restos del Titanic o alcanzar la cima del Everest por primera vez.

LA MAYOR HISTORIA DE PIRATAS JAMÁS CONTADA

Robert Kurson es un escritor estadounidense, mejor conocido por su exitoso libro de 2004, Los buzos de la sombra, la verdadera historia de dos estadounidenses que descubren una Segunda Guerra Mundial alemán U-barco hundido a 60 millas de la costa de Nueva Jersey. Kurson comenzó su carrera como abogado, y se graduó de la Escuela de Derecho de Harvard, y la práctica de la ley de bienes raíces. la carrera profesional de la escritura de Kurson comenzó en el Chicago Sun-Times, donde se inició como un empleado de ágata deportivo y pronto ganó un tiempo completo Características de la escritura trabajo. En 2000, Esquire publicó "Mi profesor favorito", su primer artículo de la revista, que se convirtió en uno de los finalistas para el premio National Magazine. Se mudó de la revista Sun-Times de Chicago, a continuación, en Esquire, donde ganó un Premio Nacional Magazine y fue editor colaborador durante años. Sus cuentos han aparecido en la revista Rolling Stone, The New York Times Magazine y otras publicaciones. Vive en Chicago

 

La fascinant història de dos caçadors de tresors a la recerca del més llegendari dels vaixells pirates a la costa del Carib.

 

 

 

La història de dos homes que l'any 2009 es van llançar a solcar els mars a la recerca d'un vaixell pirata llegendari, el Golden Fleece, disposats a arriscar-ho tot -temps, diners i vida sentimental-, a sortejar tota mena de dificultats ja enfrontar-se a rivals en duels dignes de l'època dels corsaris. Dos caçadors de tresors entestats a trobar en les profunditats del Mar Carib un navili capitanejat pel mític Joseph Bannister, famós en la seva època per haver derrotat a la mateixa Royal Navy, i emblema de la qual va ser l'Edat Daurada de la pirateria al segle xVII.

 

 

 

Aquesta és la història d'aquesta gesta no exempta de bogeria i heroïcitat, amb dos personatges quixotescos que s'acaben convertint en versions modernes dels pirates que tant els han obsessionat i en la qual es dóna compte també de la vida del corsari Joseph Bannister i de el seu buc, en un moment i un lloc en el qual la pirateria era un lucratiu negoci al voltant del qual funcionava tota la vida econòmica i social del moment.

 

 

 

Fascinant i addictiva, una original combinació de personatges en la línia de Ocean's Eleven, el reportatge periodístic i les novel·les marines de Patrick O'Brian. Un llibre que submergeix el lector en les càlides aigües caribenyes i el trasllada als temps turbulents de la pirateria, relatant aquests quatre anys consagrats a una gesta només comparable al que va suposar trobar les restes del Titanic o aconseguir el cim de l'Everest per primera vegada .

 

 

 

 

 

 

J ohn Chatterton y John Mattera estaban a pocos días de comenzar una investigación que habían planificado durante dos años: la búsqueda del galeón

 

San Bartolomé, hundido en el siglo xvii y cargado con un tesoro de cien millones de dólares, por lo menos. Para encontrarlo viajaron a la República Dominicana arriesgando cuanto apreciaban y tenían. El descubrimiento iba a hacerlos más ricos de lo que podían haber soñado nunca y a poner sus nombres en los libros de Historia. El New York Times hablaría de ellos.

 

Los museos celebrarían recepciones de gala en su honor. Y lo mejor de todo era que sabían exactamente dónde buscar. Entonces sonó el teléfono. Era Tracy Bowden, un cazatesoros de sesenta y nueve años que había llegado a convertirse en leyenda. Dijo que tenía algo que conversar con ellos y les preguntó si podían volar a Miami para reunirse con él. Chatterton y Mattera no disponían ni de dos minutos libres antes de comenzar la búsqueda del San Bartolomé. Se habían comprometido a no dejarse distraer por nada. Pero la voz de Bowden traicionaba una urgencia que no habían oído en el año transcurrido desde que lo habían conocido, y Miami está a solo dos horas de avión de Santo Domingo; podían ir y volver el mismo día.

 

 

 

Al menos Bowden era un gran contador de historias y por lo que se refiere a búsquedas de tesoros, lo mejor después del oro era una buena historia. De manera que una mañana de comienzos de 2008 cogieron una bolsa, reservaron los billetes y allá fueron. El tesoro que llevaba a bordo el San Bartolomé estaba perdido desde hacía cuatrocientos años; podía esperar algunas horas más a que alguien lo encontrase. En Miami alquilaron un coche y se dirigieron a la casa de Bowden. Este no se parecía en nada a ningún otro buscador de tesoros que ellos conocieran. Parecía trabajar en las sombras, rehuía toda publicidad y casi nunca formaba equipo con otros cazatesoros. No se jactaba de sus expediciones ni presentaba reclamaciones absurdas. Y utilizaba muy poco la tecnología moderna que había revolucionado los rescates submarinos. Para encontrar barcos hundidos cargados de oro y plata se fiaba de dibujos antiguos, equipos viejos y sus propias notas, que tenían décadas. En el curso de su carrera, Bowden no había descubierto uno, sino dos galeones españoles, y había realizado trabajos productivos en un tercero, y sin embargo ni Chatterton ni Mattera podían adivinar el alcance de sus riquezas. Su casa de la República Dominicana era apenas más grande que un garaje, y su barco de exploración, el Dolphin, era bueno, pero nada especial. Como exitoso buscador de tesoros, Bowden podría estar viviendo en un palacio con puertas con pomos de oro y rodeado por un foso. Pero al llegar a la calle, Chatterton y Mattera tuvieron que confirmar la dirección. La casa era bonita pero exactamente igual a cualquier otra de un barrio suburbano de Miami. Bowden les ofreció café, pero ellos no parecieron oírle. Dondequiera que mirasen veían tesoros. En una habitación había monedas de plata incrustadas en corales; en otra, instrumentos de navegación de bronce de hacía siglos, por los que los museos habrían pagado fortunas. La vajilla del comedor de Bowden era porcelana de Delft del siglo xvii: seguía manteniendo el azul y el blanco como el día en que la habían fabricado, y se correspondía con un juego de valor incalculable que Mattera había visto en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York. Bowden les mostró otras monedas y artefactos, todos ellos con su historia y procedentes de algún pecio en el que él había trabajado. Les dejó tocar todo: opinaba que el tacto era importante porque sin él una persona nunca llega a conocer realmente los objetos. En un momento dado Mattera pidió utilizar el aseo. Apiladas en la bañera había bolsas de plástico llenas de reales de a ocho en plata, todos del siglo xvii. Alzó una de las bolsas e inspeccionó su contenido a través del fino plástico. Durante años había visto venderse monedas de plata como estas a mil dólares cada una en las subastas. Calculó que en la bañera había al menos cien bolsas y en cada bolsa unas cincuenta monedas. Mattera nunca había sido una lumbrera en matemáticas pero hizo el cálculo en pocos segundos. Sus ojos estaban contemplando cinco millones de dólares dentro de una bañera normal envueltos en las bolsas más baratas que existían: ni siquiera tenían cierre. Al volver al salón Mattera susurró al oído de Chatterton: —Ve a mear. —¿Qué dices? —Tú hazlo. Ve al lavabo. Chatterton alzó los hombros. Qué diablos, eran socios. Y fue al lavabo. Regresó cinco minutos después, con los ojos saliéndosele de las órbitas. Bowden les pidió que se reuniesen con él alrededor de la mesa del comedor y comenzó a hablar. Todo lo que tenía lo había conseguido en más de treinta años de carrera: trabajó en tres galeones, un barco esclavista y una mítica nave de guerra de la revolución estadounidense. Fue entrevistado dos veces por la revista National Geographic (Mattera había leído el primero de esos reportajes cuando tenía dieciséis años, y a partir de entonces lo volvió a leer muchas veces). Recuperó de los pecios tesoros cuantiosos y artefactos de valor incalculable. Pero ahora quería algo diferente de todo aquello, algo cuya rareza sobrepasaba la imaginación: un premio detrás del que iba hacía décadas. —¿Habéis oído hablar de Joseph Bannister? —preguntó. Los otros negaron con la cabeza. Bowden explicó que Bannister era un respetable capitán mercante inglés del siglo xvii, que transportaba todo tipo de cargamentos entre Londres y Jamaica. Un día, sin motivo aparente, robó el barco que mandaba, el Golden Fleece, y se dedicó a arrasar y destruir como hacían los piratas; fue un verdadero tipo legal que se volvió malvado durante la década de 1680, en la Edad de Oro de la Piratería. En pocos años se convirtió en uno de los hombres más buscados del Caribe. Cuanto más se empeñaban los ingleses en detenerlo, con más ingenio los desafiaba él. No tardó en convertirse en un proscrito a escala internacional y los británicos juraron que no pararían hasta darle caza y colgarlo. La Armada británica lo persiguió de mar a mar y utilizó todo su poder para encontrarlo. En aquellos días nadie era capaz de eludir una persecución semejante, pero Bannister lo consiguió. Sus fechorías eran cada vez más osadas. Finalmente dos naves de guerra acorralaron al capitán pirata y a su barco en una isla de la que era imposible escapar. A la vista de una sola de aquellas fragatas, la mayoría de los capitanes habrían alzado los brazos y se habrían rendido. Pero ¿a la vista de dos? Hasta los más duros habrían caído de rodillas y se habrían puesto a rezar. Bannister no. Él y sus hombres prepararon cañones y rifles y presentaron batalla a muerte a los dos buques de la Royal Navy. El combate duró dos días. La nave de Bannister, el Golden Fleece, se hundió durante el combate, pero Bannister acabó venciendo. Maltrechas y con muchos muertos y heridos, las fragatas inglesas regresaron como pudieron a Jamaica y Bannister escapó. Para los ingleses fue una derrota vergonzante que transformó a Bannister en leyenda. Sin embargo, con el paso del tiempo su nombre se fue difuminando. —Es la historia de piratas más grandiosa que existe —dijo Bowden— y nadie la conoce. Quiero el Golden Fleece. Y creo que vosotros dos podéis ayudarme a encontrarlo. Bowden no necesitaba explicarles lo infrecuente que es encontrar un barco pirata. Tanto Chatterton como Mattera sabían que el único descubierto e identificado positivamente hasta la fecha era el Whydah, perdido en 1717 frente a la costa del Cabo Cod y recuperado por el explorador Barry Clifford en 1984. Ese descubrimiento había inspirado libros, documentales y una exposición que más de veinte años después del descubrimiento seguía recorriendo los museos más importantes del mundo. Después del rescate del Whydah quedó claro que el mundo estaba ansioso de piratas reales. Y ahora Bowden hablaba de ir tras una nave pirata capitaneada por un hombre más audaz y auténtico que los mayores aventureros de las películas de Hollywood. Pero esta no era la única gran noticia: Bowden creía conocer la localización del pecio. La historia decía claramente que el Golden Fleece se había hundido frente a la costa de Cayo Levantado, una pequeña isla cercana a la costa norte de la República Dominicana. Chatterton y Mattera conocían el sitio: era un paraíso de playas con arena blanca y albergaba un hotel de cinco estrellas. Durante años se la conoció como isla Bacardí porque la empresa que fabricaba el ron la utilizó en su publicidad describiendo el paraíso en la tierra. Era una zona fácil para trabajar. La historia de Bannister llegó a ser legendaria en su día pero parece que los que buscaron el pecio fueron muy pocos. En una época se rumoreó que el fallecido dictador dominicano Rafael Trujillo había enviado submarinistas a Cayo Levantado en la década de 1960, pero los buzos regresaron con las manos vacías.