Con solo 18 años, Amalia es famosa en su pueblo por tener una aguda inteligencia, una prodigiosa virtud musical y un mal carácter que la condena a vivir cual ermitaña en la granja de su padre. También posee el don de leer a la perfección las emociones de las personas. “Me llamo Amalia del Valle. Y ésta es nuestra increíble y surrealista historia. La mía y la del ser más arrogante y manipulador que he conocido”.

Inma Aguilera es periodista. Se dedica a la escritura, al dibujo y al doblaje profesional.

iNTRIGANTE HASTA EL FINAL

INMA AGUILERA (Málaga, 1991) es licenciada
en Periodismo por la Universidad de Málaga
y XXV Máster de RNE por la Universidad
Complutense de Madrid. Realizó sus prácticas
en la Casa de la Radio de RTVE, donde tocó
todos los géneros de su medio, sintiéndose
especialmente atraída por el humor y el
entretenimiento, temas en los que pretende
centrar una tesis doctoral.
De regreso a su ciudad natal, entró en la Escuela
de Locución y Doblaje de Luisa Ezquerra para
seguir trabajando como locutora freelance.
Fascinada por el arte y los dibujos animados,
desde muy temprana edad ganó algunos
concursos infantiles de pintura, cómic y manga
japonés. Su vocación literaria nace de la unión de
estas aficiones y de su época como narradora de
audiolibros en la etapa universitaria.
Actualmente se dedica tanto a la escritura y al
dibujo como al doblaje profesional.

Sus sollozos y alaridos eran desgarradores. Hacía ya varias horas que sus piernas habían cedido al peso de la impotencia, y sus muñecas, lacias y doloridas, sucumbieron al inútil forcejeo contra los grilletes. Parecían fabricados de un plástico muy duro, redondeado, concebido para no producir heridas. Pero lo que más lo inquietaba era ese extraño objeto que llevaba en la cabeza. ¿Por qué? ¿Por qué estaba en ese lugar? Se negaba a aceptarlo. —¡Soltadme! —gritó otra vez—. ¡Yo no he hecho nada! —aseguró desesperada—. ¡No sé lo que ha pasado, joder! La verdad, no tenía ni idea. Lloraba por ignorarlo. Su muerte le dolía a ella más que a nadie. Su muerte. ¿De verdad… estaba muerto? ¿Él? Apretó los dientes para tratar de contener las lágrimas. Pero resultaba imposible. Por más que analizaba, era incapaz de comprender nada de lo ocurrido. Solo había una cosa de la que estaba completamente segura: —¡Yo no estoy loca! Y sus gritos volvieron a ahogarse en aquella acolchada celda de manicomio.

Desde que era pequeña, siempre intenté ser como los demás querían que fuera. Imitaba cuanto podía y veía más correcto lo que ellos hacían o pensaban que lo que yo pudiera creer mejor. Reprimiéndome, consideraba que, más tarde o más temprano, llegaría a ser feliz. Pero me equivocaba. No tenía ni idea de lo desgraciada que había sido hasta que comencé a ser yo misma. Ni tampoco del infierno que eso podía llegar a desencadenar. Me llamo Amalia del Valle. Y esta es nuestra increíble y singular historia. La mía… y la del ser más arrogante y manipulador que he conocido

Aquella dama de considerable papada, que parecía llevar por peinado un caniche, me tendió la mano y sonrió mostrando sus dientes, un tanto desorganizados. Yo dejé su regordeta extremidad colgando. En lugar de estrechársela, entrecerré los ojos y la miré de arriba abajo, haciendo un escáner completo de toda su desagradable presencia. Cuando terminé mi examen, ante la estupefacción de todos los presentes, miré a mi padre y le dije sin pudor: —A mí me gusta más la morena. Se les desencajó la mandíbula, sí. El alcalde solía venir muy a menudo a nuestro hostal, acompañado de su joven y hermosa amante: la morena, a mi inocente entender. Contaba con la más absoluta discreción de mi familia, pero yo parecía tener un talento innato para mencionar los asuntos más escabrosos en el momento más inoportuno. Apenas unos segundos después, el alcalde tenía por sombrero la fuente de ensaladilla, y la primera dama local estaba cogiendo un taxi rumbo al despacho de su abogado. Teniendo en cuenta que el salón estaba repleto de periodistas, se lio una buena esa noche. Y yo, detonante de todo aquel percal, no podía sino mirarlos a todos sin comprender qué narices acababa de ocurrir. Para mí, aquello era la verdad. Y la verdad, la realidad, no era ni mala ni buena, sino solo la verdad. ¿Para qué cambiarla con las palabras si eso no la modificaría? Yo me mostraba tal y como era. No tenía secretos y creía que nadie más debía tenerlos. O quizás lo que me pasaba es que era demasiado ingenua, simple y llanamente. Por otra parte, otro de mis inconvenientes era la falta de ambición. No sé si mi familia me consideraba más rara por mi exacerbada y torpe elocuencia o por no manifestar ni un poquito de ambición. Intuyo que eso sí dependió de mi educación. La familia de mi madre, Mercedes, era una de las más ricas del pueblo. Sin embargo, ella se casó con un granjero, que aunque con muchas tierras, seguía siendo un granjero: Arturo. El que hoy es el campechano de mi padre. Mientras mis abuelos, mis tíos y mis primos hacían sus vidas en gigantescas casas, rodeados de lujos y comodidades, mis padres y yo disfrutábamos de la vida rural y sencilla que ofrecía la campiña. Mi madre había hecho un hostal de la enorme casa de campo que colindaba con el granero y lo regentaba como un lujoso hotel rural en toda regla. Yo me pasaba la mayor parte del tiempo ayudando a mi padre en la granja. Fue en el colegio donde me di cuenta de que era diferente a los demás. Mi gran capacidad perceptiva se hizo incluso más aguda con los años, y eso, en lugar de mejorar las cosas, solo las complicó. Siempre me adelantaba, tanto a las palabras como a los acontecimientos. Con respecto a las niñas, solía adivinar quiénes les gustaban, por qué les gustaban y por qué no deberían gustarles, por lo que me gané muchas enemistades. No me importó. Encontraba mucho más interesantes los juegos de los chicos. Solía ganar, tanto en agilidad como en ingenio. Los hombres no tenían secretos, para mí. Me parecían mucho menos complicados de entender que las mujeres. Pero, por lo visto, mi singular capacidad de percepción les resultaba tan desagradable a ellos como a ellas. Me veían como un bicho raro, y la verdad es que yo también