Pasaron más de veinte años de silencio mientras recomponía mi vida en el exilio. Para cada cosa hay un tiempo y este libro, al igual que su autor, necesitaban un proceso de maduración, autocrítica y humildad. Solo así estaría listo para sentarme a escribir historias que aún hoy para la sociedad colombiana siguen siendo un interrogante.
Colombia también ha madurado para escuchar y por eso consideré que era hora de compartir con los lectores mi vida al lado del hombre que fue mi padre, a quien amé incondicionalmente y con quien por imperio del destino compartí momentos que marcaron una parte de la historia de Colombia.
Desde el día en que nací hasta el día de su muerte, mi padre fue mi amigo, guía, maestro y consejero de bien. En vida, alguna vez le pedí que escribiera su verdadera historia, pero no estuvo de acuerdo: “Grégory, la historia hay que terminar de hacerla para poder escribirla”.
Juré vengar la muerte de mi padre, pero rompí la promesa diez minutos después. Todos tenemos derecho a cambiar y desde hace más de dos décadas vivo inmerso en reglas claras de tolerancia, convivencia pacífica, diálogo, perdón, justicia y reconciliación.
Este no es un libro de reproches; es un libro que plantea profundas reflexiones sobre cómo está diseñada nuestra patria y sus políticas, y por qué surgen de sus entrañas personajes como mi padre.
Soy respetuoso de la vida y desde ese lugar escribí este libro; desde una perspectiva diferente y única en la que no tengo agenda oculta, contrario a la mayoría de los textos que circulan sobre mi papá.
Este libro no es tampoco la verdad absoluta. Es un ejercicio de búsqueda y una aproximación a la vida de mi padre. Es una investigación personal e íntima. Es el redescubrimiento de un hombre con todas sus virtudes pero también con todos sus defectos. La mayor parte de estas anécdotas me las contó en las frías y largas noches del último año de su vida, alrededor de fogatas; otras me las dejó escritas cuando sus enemigos estaban muy cerca de aniquilarnos a todos.
Este acercamiento a la historia de mi padre me llevó a personajes ocultos por años, que solo ahora estuvieron dispuestos a contribuir con este libro, para que mi juicio y el de la editorial no estuvieran nublados. Pero sobre todo para que nadie, nunca más, herede estos odios.
No siempre estuve al lado de mi padre, no me sé todas sus historias. Miente quien diga que las conoce en su totalidad. Me enteré de todas las memorias que contiene este libro, mucho tiempo después de que sucedieron los hechos. Mi padre jamás consultó ninguna de sus decisiones conmigo, ni con nadie; era un hombre que sentenciaba por su propia cuenta.
Muchas ‘verdades’ de mi padre se saben a medias, o ni siquiera se conocen. Por eso contar su historia implicó muchos riesgos porque debía ser narrada con un enorme sentido de responsabilidad, porque lamentablemente mucho de lo que se ha dicho pareciera encajar a la perfección. Estoy seguro de que el filtro de acero que puso Planeta con el editor Edgar Téllez contribuyó al buen suceso de este proyecto.
Esta es una exploración personal y profunda de las entrañas de un ser humano que además de ser mi padre lideró una organización mafiosa como no la conocía la humanidad.
Pido perdón públicamente a todas las víctimas de mi padre, sin excepciones; me duele en el alma profundamente que hayan sufrido los embates de una violencia indiscriminada y sin par en la que cayeron muchos inocentes. A todas esas almas les digo que hoy busco honrar la memoria de cada una de ellas, desde el fondo de la mía. Este libro estará escrito con lágrimas, pero sin rencores. Sin ánimos de denuncia, ni revanchismos y sin excusas para promover la violencia ni mucho menos para hacer apología del delito.
El lector se sorprenderá con el contenido de los primeros capítulos del libro porque revelo por primera vez el profundo conflicto que hemos vivido con mis parientes paternos. Son veintiún años de de-sencuentros que me han llevado a concluir que en el desenlace final que condujo a la muerte de mi padre varios de ellos contribuyeron activamente.
No me equivoco si digo que la familia de mi padre nos ha perseguido más que sus peores enemigos. Mis actos hacia ellos tuvieron siempre su origen en el amor y en el respeto absoluto por los valores familiares, que no debieron perderse ni en la peor de las guerras y menos por dinero. Dios y mi padre saben, que yo más que nadie soñé y quise creer que esta dolorosa tragedia familiar, fuese solo una pesadilla y no una realidad a la que me tuviera que enfrentar.
A mi padre le agradezco su cruda sinceridad, aquella que por la fuerza del destino me tocó comprender pero sobre todo sin justificarlo en absoluto.
Ante mi pedido de perdón en el documental “Pecados de mi Padre”, alguna vez los hijos de los líderes asesinados Luis Carlos Galán y Rodrigo Lara Bonilla me dijeron: “Usted también es una víctima” y mi respuesta sigue siendo la misma desde entonces: si acaso lo soy, seré el último en la larga lista de Colombianos.
Mi padre fue un hombre responsable por su destino, de sus actos, de sus elecciones de vida como papá, como individuo y —a su vez— como el bandido que le causó a Colombia y al mundo, unas heridas que no pierden vigencia. Sueño que algún día cicatricen y puedan transformarse para bien, para que nadie ose repetir esta historia, pero sí aprender de ella.
No soy un hijo que creció siendo ciegamente fiel a su padre, pues en vida le cuestioné duramente su violencia y sus métodos, y le pedí de todas las maneras posibles que abandonara sus odios, que depusiera sus armas, que encontrara soluciones no violentas a sus problemas.
En el universo de opiniones que hay en torno a la vida de mi padre, en una sola coincidimos todos: En su amor incondicional por esta, su única familia.
Soy un ser humano que espera ser recordado por sus actos y no por los de su padre. Invito al lector a que no me olvide durante el paso por mis relatos, ni me confunda con mi padre, porque esta es también mi historia.

Documental de Pablo Emilio Escobar Gaviria

Autor: Juan Pablo Escobar.

Editorial: PLANETA
La fallida guerra contra el narcotráfico de la pasada administración -que ahora evolucionó a la negación del gobierno mexicano- tuvo un impacto en la cultura mainstream. Las historias de capos trascendieron los corridos y se colaron al mundo editorial, con un boom de novelas y libros de no ficción que todavía satura los estantes de las librerías.
Así como, de algún tiempo a la fecha, las corrientes activistas del periodismo descubrieron a los migrantes, también han hecho del narcotráfico uno de sus tópicos favoritos. Sin embargo, aunque la problemática no ha sido superada, el tema parece agotado, por lo menos, en el plano editorial. Los libros publicados en los últimos años poco o nada aportan a la comprensión y construcción cultural del fenómeno, porque sólo son caprichos de autores o editoriales que de manera poco velada pretenden explotar la comercialidad del género.

Por ello, es comprensible que al recibir Pablo Escobar. Mi padre, de Juan Pablo Escobar, la reacción lógica sea de hastío. Más aún cuando se trata de un personaje tan popular del que se ha contado mucho y es protagonista, incluso, de una serie de televisión actual.
Esta crítica, sin duda, fue prevista por la editorial o el propio autor, y en la cuarta de forros van directo a la justificación del libro: la novedad de que la historia sea contada “desde adentro” del seno familiar, con la parte que faltaba del rompecabezas. La pregunta que plantea: ¿qué pasa con el entorno de un capo caído?
“La realidad indicaba que hasta los viejos amigotes de mi padre ahora estaban en contra nuestra. Ya no nos veían como a la familia de su patrón que los hizo inmensamente ricos, sino como un botín. De los hombres de mi padre que sobrevivieron después de su muerte puedo decir con certeza que sólo uno le ha sido leal. De los demás únicamente observé ingratitud y codicia.”
Es posible aceptar esta excusa porque la primera parte del libro consigue ser interesante. De la preocupación por un familiar herido en un atentado, el relato lleva al descubrimiento de una telaraña de traiciones que colaboró en la muerte del capo y pretende dejar a sus hijos en la miseria. Se perdona la incitación al morbo con la frase introductoria: “Las historias que no deberíamos saber” porque, aunque esta promesa no es cumplida del todo, la narración consigue enganchar.
El autor afirma que su intención no es reivindicar a Pablo Escobar, pero lo cierto es que sí lo intenta al recordar su popularidad entre la gente humilde, que lo veía como benefactor. También apela a la empatía del lector al relatar el dolor y la impotencia de un hijo al que se le impide acudir al funeral de su padre. Aunque a las víctimas -no sólo de Escobar, sino de la lacra del narcotráfico en general- no les causaría piedad alguna el incidente, éste es un recordatorio de que los “villanos” de la realidad, como en las buenas ficciones, no son unidimensionales.
Ésta es la verdadera aportación del libro: lo que cuenta desde el punto de vista de alguien que fue parte de los hechos. De igual manera, resultan interesantes los recuerdos evocados en el álbum fotográfico familiar y las anécdotas personales del autor que, lamentablemente, se pierden en una contextualización excesiva de una historia ya contada.
Tras la descripción de las mezquindades familiares y las negociaciones que fueron necesarias para salvar la vida de la viuda de Escobar y de sus hijos, el libro cae en la tentación de hacer el trillado recuento del rag to riches del capo más famoso de la historia. El título de hijo de Escobar difícilmente le concede algo de novedad este ejercicio porque el autor no es testigo directo de los acontecimientos, sino que los cuenta a partir de los recuerdos de otros, lo que podría hacer sin mucha dificultad cualquier otro escritor.
Peor aún, Juan Pablo Escobar aniquila la posible indulgencia del lector con un repaso de los clásicos excesos de narco en el que dice no querer alardear, pero alimenta el morbo de manera innecesaria, se aleja de la promesa original y sorprende a nadie con las excentricidades infantiles de Pablo Escobar. De la compasión por el hijo que no puede despedir a su padre, se pasa a las ganas de abofetear al chiquillo que tiene su zoológico particular y entierra entre sus tiliches, sin consideración alguna, la espada de Simón Bolívar.
El problema de Pablo Escobar. Mi padre es que abarca más de lo necesario y no termina de decidir cuál es la historia que quiere contar. ¿Es el ascenso del narco y su caída en desgracia? ¿Es la trama de traiciones y disputas tras la muerte del capo? ¿Es la relación de un hijo con su padre y el legado que le deja, para bien o para mal? ¿Es el impacto de la violencia en una familia? Un buen libro elige un camino narrativo y lo explora a profundidad, en lugar de limitarse a insinuar todos los rasgos posibles de un personaje histórico complejo y multidimensional.
Pablo Escobar, Mi padre será, sin duda, interesante para los fans de la producción literaria sobre el narcotráfico y, tal vez, para aquellos que conozcan poco o nada sobre el capo. Sin embargo, al alejarse de la intención original y no reconocer sus limitaciones, el texto de Juan Pablo Escobar fracasa en mover a la reflexión y ser trascendente.

El primogénito de Pablo Escobar renunció a su identidad después de que el 2 de diciembre de 1993, el llamado Bloque de Búsqueda, perteneciente a las fuerzas armadas colombianas, acabara con la vida del narcotraficante.

Hace años que Juan Pablo Escobar dejó de ser él mismo para convertirse en Sebastián Marroquín. El primogénito de Pablo Escobar renunció a su identidad después de que el 2 de diciembre de 1993, el llamado Bloque de Búsqueda, perteneciente a las fuerzas armadas colombianas, acabara con la vida del narcotraficante. Cuando Sebastián todavía se llamaba Juan Pablo, era el heredero del fundador del cártel de Medellín. Su padre fue responsable de un imperio levantado sobre el tráfico de cocaína (llegó a controlar hasta el 80 por 100 del volumen mundial), urdidor de múltiples actos terroristas y vinculado directa o indirectamente con la muerte de más de 10.000 personas.

Tras perder al cabeza de familia, empezaron los verdaderos problemas para Juan Pablo, su madre y su hermana: muchos antiguos socios les reclamaban cobrar las deudas que el capo dejó tras su muerte. Así que decidieron salir de Colombia y cambiar sus identidades. Así nació Sebastián Marroquín.

 

sebastián Marroquín

Licenciado en Arquitectura e instalado en Argentina, se ha armado de valor para recopilar en un libro los recuerdos de una infancia que transitó de la opulencia a la clandestinidad. La carga de ser el heredero del rey del narcotráfico colombiano, los asesinatos, los encarcelamientos, las negociaciones con las autoridades, las huidas... de todo eso habla Marroquín en «Pablo Escobar: Mi padre» (Planeta). «Lo hago sin titubeo alguno, porque es momento de que la verdadera historia sea finalmente conocida», explica tajante.

«Pasé mi infancia junto a un hombre que siempre se mostró amoroso, que fue mi amigo y mi compañero de juegos. En el hogar, Pablo Escobar era un hombre muy diferente del que estaba en la calle. Hizo mucho daño a mi país, pero a los suyos nos dio mucho amor. Una contradicción que se suma a todas las que tuvo a lo largo de su vida», escribe en un correo electrónico.

A finales de los años 70 y principios de los 80, la familia Escobar llevaba tal vida de lujo y derroche que casi rozaba el esperpento. Tenían tanto dinero, que se gastaban 2.000 euros al mes en gomas para amarrar fajos de billetes. Marroquín recuerda cómo correteaba entre lagos artificiales y animales exóticos (guardaban hasta 200 especies diferentes) por la «Hacienda Nápoles», la finca familiar. «Se gastó un millón de dólares en un guacamayo, yo le decía que se lo gastara en cuadros», recordó una vez María Victoria Henao, esposa del traficante. Hasta que comenzaron a vislumbrar el lado oscuro de ese hombre «amoroso».

En 1984, y bajo la presión del gobierno, los Escobar se fueron a Panamá y de ahí se instalaron en Nicaragua. Sebastián tenía siete años y sintió que vivía «como un delincuente. Escondido y huyendo de la Justicia». Durante ese tiempo amargo, cuenta que Escobar no descuidó sus deberes paternos: «Nunca me alentó a seguir sus pasos. Siempre me recordaba que debía estar agradecido con la vida porque tenía muchas cosas que él no tuvo a mi edad. Me decía que no probara la droga: ‘‘Valiente es aquel que no la prueba’’», recuerda.

La situación familiar no mejoraba fuera de Colombia, así que los Escobar decidieron regresar. Y las cosas fueron a peor. En el tiempo en que el cabecilla del cártel de Medellín estuvo en el extranjero, el cártel de Cali se había convertido en su mayor competidor en el dominio el narcotráfico. Estalló la guerra entre ambos cárteles, que se sumó a la persecución gubernamental. A finales de los 80, Pablo Escobar vivía protegido por cerca de 40 guardaespaldas. Sus días estaban contados.

«Mi padre no habría sido ni la mitad del delincuente que fue de no ser por la corrupción y la complicidad estatal. Eso no le resta responsabilidades, pero sí deja claro que había una ideología a la que todos los sectores eran afines: la del dinero», sentencia.

Sebastián Marroquín siente la necesidad de condenar y luchar contra el narcotráfico tal vez más que nadie. «Alguien que como yo es hijo de la guerra contra las drogas no podría mostrarse indiferente ante un problema que es de todos». Cree que «Colombia hoy es un país mejor», pero que todavía queda mucho por hacer. «La violencia asociada al narcotráfico está garantizada por la prohibición, al igual que la corrupción global y la altísima rentabilidad del negocio», explica. «Lo único que han demostrado esas políticas en los últimos 40 años es su ineficacia absoluta, lo que invita a que se replanteen las formas de abordar el problema».

Pese a ello, Marroquín sentencia: «Pablo Escobar me educó con amor. Jamás me insultó, jamás me maltrató».

 

 

ASESINAN A CUÑADO DE ESCOBAR

 

El secuestro y posterior asesinato de Carlos Arturo Henao Vallejo, cuñado de Pablo Escobar Gaviria, y de un allegado a la familia ocurrido ayer en Medellín, puso en evidencia ante los organismos de seguridad que el grupo clandestino denominado Perseguidos Por Pablo Escobar (Pepes) podría estar aún activo y actuando en contra de los intereses del capo. Voceros cercanos al Bloque de Búsqueda en la capital antioqueña le dijeron a EL TIEMPO ayer que esta sería una segunda estrategia de dicho grupo en su guerra contra Escobar. Una guerra, que prefieren sin mucha publicidad, a diferencia de la primera parte de la persecución contra el confeso narcotraficante.

Por: NULLVALUE

 4 de junio de 1993

Esa estrategia habría comenzado, de acuerdo con las fuentes, con el secuestro de Nicolás Escobar Urquijo, sobrino del capo e hijo de su hermano Roberto, recluido en Itagí, cuyo objetivo habría sido enviarle un mensaje de advertencia a Escobar y personas cercanas. Los voceros no descartan que la liberación del joven haya sido producto de un trueque de prisioneros entre las dos fuerzas enfrentadas.

Las primeras averiguaciones, según la información del Bloque de Búsqueda, indican que los crímenes de ayer y de otras seis personas allegadas a Escobar fueron realizados por un grupo que está cobrando venganzas por las muertes de los integrantes de las familias Moncada y Galeano, quienes fueron asesinados por órdenes del capo cuando aún estaba confinado en la cárcel de La Catedral. Ese grupo podría ser los Pepes , dijeron las fuentes.

El secuestro de Henao Vallejo, contador de 43 años, y de Francisco Luis Toro Zuluaga, su acompañante de 36 años, ocurrió a las 2 de la tarde del miércoles cerca al aeropuerto José María Córdova, jurisdicción de Rionegro, oriente antioqueño.

 

El cuñado de Escobar y su compañero habían llegado minutos antes en un vuelo procedente de Cartagena. Testigos del hecho informaron a las autoridades que los dos hombres fueron interceptados en un sitio cercano al aeropuerto, por un numeroso grupo de hombres fuertemente armados, quienes se movilizaban en varios automóviles.

 

El grupo bajó del vehículo a Henao y Toro, los obligó a subir a uno de los automóviles en que viajaban y se los llevó con rumbo desconocido.

 

En el organigrama Familiares de Henao denunciaron inmediatamente su desaparición ante la Oficina Permanente para la Defensa de los Derechos Humanos, adscrita a la Procuraduría de Antioquia. Allí, los funcionarios realizaron todo tipo de averiguaciones en organismos de seguridad del Estado, inspecciones, hospitales y anfiteatro, pero con resultados infructuosos.

 

Tres horas después, como a las 5 de la tarde, varios ciudadanos alertaron a las autoridades sobre la presencia de dos cadáveres en el sitio conocido como Altos del Tesoro, en el exclusivo sector de El Poblado, suroriente de Medellín.

 

Un fiscal permanente realizó las diligencias del levantamiento, pero no se pudo identificar a las dos víctimas que estaban atadas de pies y manos, tenían signos de tortura y presentaban numerosos impactos de arma de fuego.

 

Sólo hasta la media noche las autoridades pudieron establecer, con certeza, que se trataba de Henao Vallejo y Toro Zuluaga.

 

Estos asesinatos son, sin duda, una retaliación contra Escobar. Son una venganza , dijeron los voceros del Bloque de Búsqueda.

 

Por su parte, voceros de los organismos de inteligencia de Medellín le dijeron a este diario que tanto Henao como Toro aparecen en el organigrama que se tiene de los hombres con que cuenta actualmente Escobar. El cuñado y su acompañante aparecían vinculados a las actividades de tráfico de drogas del Cartel de Medellín hacia Estados Unidos , dijo la fuente.

 

Henao y Toro, según la misma fuente, se conocieron en el barrio La Paz de Envigado y desde entonces hacen parte de la organización de Escobar. Francisco Luis Toro es, al parecer, hermano de un hombre conocido como Kiko Toro y hacía parte del clan de los toritos.

 

El asesinato de Henao y Toro se suma a los de otras seis personas, ocurridos en el último mes y que al parecer fueron perpetrados por el mismo grupo armado.

 

Un mayo negro A principios de mayo fue sacado de una urbanización en El Poblado y asesinado Jesús Acosta Mesa, Chucho , encargado de expedirle pasaportes y documentos falsos al cartel. Tenía dos oficinas de trámites de visas y pasaportes en El Poblado y el centro de Medellín.

 

Acosta Mesa aparece en una nota manuscrita enviada por Escobar a un tal César, la cual fue conocida por EL TIEMPO, en la que el capo le pide que arregle la salida de un conocido suyo al extranjero.

 

 

HIJO DE PABLO ESCOBAR: Lo que mi padre nunca

¡Popeye sale de la cárcel!

 

El único sobreviviente de los grandes sicarios de Escobar queda en libertad esta semana.

 Jhon Jairo Velásquez Vásquez, alias Popeye, pasó 23 años detenido por cuenta de los crímenes que cometió. Los últimos 11 estuvo en la cárcel de máxima seguridad de Cómbita. Foto: León Darío Peláez / Semana

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SEMANA: ¿Cuántos años pasó en la cárcel?

 

Popeye: Veintitrés.

 

SEMANA: ¿Y qué siente de salir libre?

 

P.: Mire. Yo soy creyente. Yo siempre he creído que el destino de uno está en las manos de Dios. Así que entiendo los problemas que me esperan en la libertad, pero sé que nada depende de mí, sino de él.

 

SEMANA: Ya que habla de los peligros que le esperan en la libertad, ¿cuántas personas ha matado usted?

 

P.: Yo personalmente creo que alrededor de 300. Pero he participado y coordinado alrededor de 3.000 muertes.

 

SEMANA: ¿Y eso le parece normal?

 

P.: En este momento no. Pero cuando lo hacía sí. Yo sentía que estaba en una guerra justa contra la extradición y que en esa guerra todo se justificaba. Ahora veo las cosas dentro de otra perspectiva y me parece increíble lo que hice y lo que ha sido mi vida.

 

SEMANA: Hablemos de los protagonistas de la violencia que usted conoció. Comencemos por Pablo Escobar.

 

P.: Pablo Escobar era un genio, tal vez un genio del mal, pero en todo caso un genio. Tenía una mente privilegiada y un detector de mentiras en el cerebro. Si usted decía algo que no era verdad, inmediatamente lo captaba. Y eso podía costarle a uno la vida. Inspiraba una lealtad infinita en todos los que creíamos en él. Yo llegué a creer que era inmortal. El día más triste de mi vida fue el día que lo mataron.

 

SEMANA: ¿Escobar era un asesino?

 

P.: No, él no era un asesino. Yo creo que él no mató a más de 20 personas en toda su vida. Él ante todo era un líder, un organizador de bandidos y un gran secuestrador.

 

SEMANA: Pero usted sí mató a muchas personas por órdenes de él. Hablemos de algunas. ¿Cómo fue cuando él dio la orden de asesinar policías en Medellín a 2 millones por cabeza?

 

P.: Eso fue una reacción cuando la Policía le mató a su cuñado, Mario Henao. Él y Gustavo Gaviria habían sido los verdaderos fundadores del cartel de Medellín. Fueron los primeros en importar la pasta y en organizar la exportación. Era muy cercano a él y era el hermano de su esposa María Victoria.