Pasaron más de veinte años de silencio mientras recomponía mi vida en el exilio. Para cada cosa hay un tiempo y este libro, al igual que su autor, necesitaban un proceso de maduración, autocrítica y humildad. Solo así estaría listo para sentarme a escribir historias que aún hoy para la sociedad colombiana siguen siendo un interrogante.
Colombia también ha madurado para escuchar y por eso consideré que era hora de compartir con los lectores mi vida al lado del hombre que fue mi padre, a quien amé incondicionalmente y con quien por imperio del destino compartí momentos que marcaron una parte de la historia de Colombia.
Desde el día en que nací hasta el día de su muerte, mi padre fue mi amigo, guía, maestro y consejero de bien. En vida, alguna vez le pedí que escribiera su verdadera historia, pero no estuvo de acuerdo: “Grégory, la historia hay que terminar de hacerla para poder escribirla”.
Juré vengar la muerte de mi padre, pero rompí la promesa diez minutos después. Todos tenemos derecho a cambiar y desde hace más de dos décadas vivo inmerso en reglas claras de tolerancia, convivencia pacífica, diálogo, perdón, justicia y reconciliación.
Este no es un libro de reproches; es un libro que plantea profundas reflexiones sobre cómo está diseñada nuestra patria y sus políticas, y por qué surgen de sus entrañas personajes como mi padre.
Soy respetuoso de la vida y desde ese lugar escribí este libro; desde una perspectiva diferente y única en la que no tengo agenda oculta, contrario a la mayoría de los textos que circulan sobre mi papá.
Este libro no es tampoco la verdad absoluta. Es un ejercicio de búsqueda y una aproximación a la vida de mi padre. Es una investigación personal e íntima. Es el redescubrimiento de un hombre con todas sus virtudes pero también con todos sus defectos. La mayor parte de estas anécdotas me las contó en las frías y largas noches del último año de su vida, alrededor de fogatas; otras me las dejó escritas cuando sus enemigos estaban muy cerca de aniquilarnos a todos.
Este acercamiento a la historia de mi padre me llevó a personajes ocultos por años, que solo ahora estuvieron dispuestos a contribuir con este libro, para que mi juicio y el de la editorial no estuvieran nublados. Pero sobre todo para que nadie, nunca más, herede estos odios.
No siempre estuve al lado de mi padre, no me sé todas sus historias. Miente quien diga que las conoce en su totalidad. Me enteré de todas las memorias que contiene este libro, mucho tiempo después de que sucedieron los hechos. Mi padre jamás consultó ninguna de sus decisiones conmigo, ni con nadie; era un hombre que sentenciaba por su propia cuenta.
Muchas ‘verdades’ de mi padre se saben a medias, o ni siquiera se conocen. Por eso contar su historia implicó muchos riesgos porque debía ser narrada con un enorme sentido de responsabilidad, porque lamentablemente mucho de lo que se ha dicho pareciera encajar a la perfección. Estoy seguro de que el filtro de acero que puso Planeta con el editor Edgar Téllez contribuyó al buen suceso de este proyecto.
Esta es una exploración personal y profunda de las entrañas de un ser humano que además de ser mi padre lideró una organización mafiosa como no la conocía la humanidad.
Pido perdón públicamente a todas las víctimas de mi padre, sin excepciones; me duele en el alma profundamente que hayan sufrido los embates de una violencia indiscriminada y sin par en la que cayeron muchos inocentes. A todas esas almas les digo que hoy busco honrar la memoria de cada una de ellas, desde el fondo de la mía. Este libro estará escrito con lágrimas, pero sin rencores. Sin ánimos de denuncia, ni revanchismos y sin excusas para promover la violencia ni mucho menos para hacer apología del delito.
El lector se sorprenderá con el contenido de los primeros capítulos del libro porque revelo por primera vez el profundo conflicto que hemos vivido con mis parientes paternos. Son veintiún años de de-sencuentros que me han llevado a concluir que en el desenlace final que condujo a la muerte de mi padre varios de ellos contribuyeron activamente.
No me equivoco si digo que la familia de mi padre nos ha perseguido más que sus peores enemigos. Mis actos hacia ellos tuvieron siempre su origen en el amor y en el respeto absoluto por los valores familiares, que no debieron perderse ni en la peor de las guerras y menos por dinero. Dios y mi padre saben, que yo más que nadie soñé y quise creer que esta dolorosa tragedia familiar, fuese solo una pesadilla y no una realidad a la que me tuviera que enfrentar.
A mi padre le agradezco su cruda sinceridad, aquella que por la fuerza del destino me tocó comprender pero sobre todo sin justificarlo en absoluto.
Ante mi pedido de perdón en el documental “Pecados de mi Padre”, alguna vez los hijos de los líderes asesinados Luis Carlos Galán y Rodrigo Lara Bonilla me dijeron: “Usted también es una víctima” y mi respuesta sigue siendo la misma desde entonces: si acaso lo soy, seré el último en la larga lista de Colombianos.
Mi padre fue un hombre responsable por su destino, de sus actos, de sus elecciones de vida como papá, como individuo y —a su vez— como el bandido que le causó a Colombia y al mundo, unas heridas que no pierden vigencia. Sueño que algún día cicatricen y puedan transformarse para bien, para que nadie ose repetir esta historia, pero sí aprender de ella.
No soy un hijo que creció siendo ciegamente fiel a su padre, pues en vida le cuestioné duramente su violencia y sus métodos, y le pedí de todas las maneras posibles que abandonara sus odios, que depusiera sus armas, que encontrara soluciones no violentas a sus problemas.
En el universo de opiniones que hay en torno a la vida de mi padre, en una sola coincidimos todos: En su amor incondicional por esta, su única familia.
Soy un ser humano que espera ser recordado por sus actos y no por los de su padre. Invito al lector a que no me olvide durante el paso por mis relatos, ni me confunda con mi padre, porque esta es también mi historia.

Documental de Pablo Emilio Escobar Gaviria

Autor: Juan Pablo Escobar.

Editorial: PLANETA
La fallida guerra contra el narcotráfico de la pasada administración -que ahora evolucionó a la negación del gobierno mexicano- tuvo un impacto en la cultura mainstream. Las historias de capos trascendieron los corridos y se colaron al mundo editorial, con un boom de novelas y libros de no ficción que todavía satura los estantes de las librerías.
Así como, de algún tiempo a la fecha, las corrientes activistas del periodismo descubrieron a los migrantes, también han hecho del narcotráfico uno de sus tópicos favoritos. Sin embargo, aunque la problemática no ha sido superada, el tema parece agotado, por lo menos, en el plano editorial. Los libros publicados en los últimos años poco o nada aportan a la comprensión y construcción cultural del fenómeno, porque sólo son caprichos de autores o editoriales que de manera poco velada pretenden explotar la comercialidad del género.

Por ello, es comprensible que al recibir Pablo Escobar. Mi padre, de Juan Pablo Escobar, la reacción lógica sea de hastío. Más aún cuando se trata de un personaje tan popular del que se ha contado mucho y es protagonista, incluso, de una serie de televisión actual.
Esta crítica, sin duda, fue prevista por la editorial o el propio autor, y en la cuarta de forros van directo a la justificación del libro: la novedad de que la historia sea contada “desde adentro” del seno familiar, con la parte que faltaba del rompecabezas. La pregunta que plantea: ¿qué pasa con el entorno de un capo caído?
“La realidad indicaba que hasta los viejos amigotes de mi padre ahora estaban en contra nuestra. Ya no nos veían como a la familia de su patrón que los hizo inmensamente ricos, sino como un botín. De los hombres de mi padre que sobrevivieron después de su muerte puedo decir con certeza que sólo uno le ha sido leal. De los demás únicamente observé ingratitud y codicia.”
Es posible aceptar esta excusa porque la primera parte del libro consigue ser interesante. De la preocupación por un familiar herido en un atentado, el relato lleva al descubrimiento de una telaraña de traiciones que colaboró en la muerte del capo y pretende dejar a sus hijos en la miseria. Se perdona la incitación al morbo con la frase introductoria: “Las historias que no deberíamos saber” porque, aunque esta promesa no es cumplida del todo, la narración consigue enganchar.
El autor afirma que su intención no es reivindicar a Pablo Escobar, pero lo cierto es que sí lo intenta al recordar su popularidad entre la gente humilde, que lo veía como benefactor. También apela a la empatía del lector al relatar el dolor y la impotencia de un hijo al que se le impide acudir al funeral de su padre. Aunque a las víctimas -no sólo de Escobar, sino de la lacra del narcotráfico en general- no les causaría piedad alguna el incidente, éste es un recordatorio de que los “villanos” de la realidad, como en las buenas ficciones, no son unidimensionales.
Ésta es la verdadera aportación del libro: lo que cuenta desde el punto de vista de alguien que fue parte de los hechos. De igual manera, resultan interesantes los recuerdos evocados en el álbum fotográfico familiar y las anécdotas personales del autor que, lamentablemente, se pierden en una contextualización excesiva de una historia ya contada.
Tras la descripción de las mezquindades familiares y las negociaciones que fueron necesarias para salvar la vida de la viuda de Escobar y de sus hijos, el libro cae en la tentación de hacer el trillado recuento del rag to riches del capo más famoso de la historia. El título de hijo de Escobar difícilmente le concede algo de novedad este ejercicio porque el autor no es testigo directo de los acontecimientos, sino que los cuenta a partir de los recuerdos de otros, lo que podría hacer sin mucha dificultad cualquier otro escritor.
Peor aún, Juan Pablo Escobar aniquila la posible indulgencia del lector con un repaso de los clásicos excesos de narco en el que dice no querer alardear, pero alimenta el morbo de manera innecesaria, se aleja de la promesa original y sorprende a nadie con las excentricidades infantiles de Pablo Escobar. De la compasión por el hijo que no puede despedir a su padre, se pasa a las ganas de abofetear al chiquillo que tiene su zoológico particular y entierra entre sus tiliches, sin consideración alguna, la espada de Simón Bolívar.
El problema de Pablo Escobar. Mi padre es que abarca más de lo necesario y no termina de decidir cuál es la historia que quiere contar. ¿Es el ascenso del narco y su caída en desgracia? ¿Es la trama de traiciones y disputas tras la muerte del capo? ¿Es la relación de un hijo con su padre y el legado que le deja, para bien o para mal? ¿Es el impacto de la violencia en una familia? Un buen libro elige un camino narrativo y lo explora a profundidad, en lugar de limitarse a insinuar todos los rasgos posibles de un personaje histórico complejo y multidimensional.
Pablo Escobar, Mi padre será, sin duda, interesante para los fans de la producción literaria sobre el narcotráfico y, tal vez, para aquellos que conozcan poco o nada sobre el capo. Sin embargo, al alejarse de la intención original y no reconocer sus limitaciones, el texto de Juan Pablo Escobar fracasa en mover a la reflexión y ser trascendente.

El primogénito de Pablo Escobar renunció a su identidad después de que el 2 de diciembre de 1993, el llamado Bloque de Búsqueda, perteneciente a las fuerzas armadas colombianas, acabara con la vida del narcotraficante.

Hace años que Juan Pablo Escobar dejó de ser él mismo para convertirse en Sebastián Marroquín. El primogénito de Pablo Escobar renunció a su identidad después de que el 2 de diciembre de 1993, el llamado Bloque de Búsqueda, perteneciente a las fuerzas armadas colombianas, acabara con la vida del narcotraficante. Cuando Sebastián todavía se llamaba Juan Pablo, era el heredero del fundador del cártel de Medellín. Su padre fue responsable de un imperio levantado sobre el tráfico de cocaína (llegó a controlar hasta el 80 por 100 del volumen mundial), urdidor de múltiples actos terroristas y vinculado directa o indirectamente con la muerte de más de 10.000 personas.

Tras perder al cabeza de familia, empezaron los verdaderos problemas para Juan Pablo, su madre y su hermana: muchos antiguos socios les reclamaban cobrar las deudas que el capo dejó tras su muerte. Así que decidieron salir de Colombia y cambiar sus identidades. Así nació Sebastián Marroquín.

 

sebastián Marroquín

Licenciado en Arquitectura e instalado en Argentina, se ha armado de valor para recopilar en un libro los recuerdos de una infancia que transitó de la opulencia a la clandestinidad. La carga de ser el heredero del rey del narcotráfico colombiano, los asesinatos, los encarcelamientos, las negociaciones con las autoridades, las huidas... de todo eso habla Marroquín en «Pablo Escobar: Mi padre» (Planeta). «Lo hago sin titubeo alguno, porque es momento de que la verdadera historia sea finalmente conocida», explica tajante.

«Pasé mi infancia junto a un hombre que siempre se mostró amoroso, que fue mi amigo y mi compañero de juegos. En el hogar, Pablo Escobar era un hombre muy diferente del que estaba en la calle. Hizo mucho daño a mi país, pero a los suyos nos dio mucho amor. Una contradicción que se suma a todas las que tuvo a lo largo de su vida», escribe en un correo electrónico.

A finales de los años 70 y principios de los 80, la familia Escobar llevaba tal vida de lujo y derroche que casi rozaba el esperpento. Tenían tanto dinero, que se gastaban 2.000 euros al mes en gomas para amarrar fajos de billetes. Marroquín recuerda cómo correteaba entre lagos artificiales y animales exóticos (guardaban hasta 200 especies diferentes) por la «Hacienda Nápoles», la finca familiar. «Se gastó un millón de dólares en un guacamayo, yo le decía que se lo gastara en cuadros», recordó una vez María Victoria Henao, esposa del traficante. Hasta que comenzaron a vislumbrar el lado oscuro de ese hombre «amoroso».

En 1984, y bajo la presión del gobierno, los Escobar se fueron a Panamá y de ahí se instalaron en Nicaragua. Sebastián tenía siete años y sintió que vivía «como un delincuente. Escondido y huyendo de la Justicia». Durante ese tiempo amargo, cuenta que Escobar no descuidó sus deberes paternos: «Nunca me alentó a seguir sus pasos. Siempre me recordaba que debía estar agradecido con la vida porque tenía muchas cosas que él no tuvo a mi edad. Me decía que no probara la droga: ‘‘Valiente es aquel que no la prueba’’», recuerda.

La situación familiar no mejoraba fuera de Colombia, así que los Escobar decidieron regresar. Y las cosas fueron a peor. En el tiempo en que el cabecilla del cártel de Medellín estuvo en el extranjero, el cártel de Cali se había convertido en su mayor competidor en el dominio el narcotráfico. Estalló la guerra entre ambos cárteles, que se sumó a la persecución gubernamental. A finales de los 80, Pablo Escobar vivía protegido por cerca de 40 guardaespaldas. Sus días estaban contados.

«Mi padre no habría sido ni la mitad del delincuente que fue de no ser por la corrupción y la complicidad estatal. Eso no le resta responsabilidades, pero sí deja claro que había una ideología a la que todos los sectores eran afines: la del dinero», sentencia.

Sebastián Marroquín siente la necesidad de condenar y luchar contra el narcotráfico tal vez más que nadie. «Alguien que como yo es hijo de la guerra contra las drogas no podría mostrarse indiferente ante un problema que es de todos». Cree que «Colombia hoy es un país mejor», pero que todavía queda mucho por hacer. «La violencia asociada al narcotráfico está garantizada por la prohibición, al igual que la corrupción global y la altísima rentabilidad del negocio», explica. «Lo único que han demostrado esas políticas en los últimos 40 años es su ineficacia absoluta, lo que invita a que se replanteen las formas de abordar el problema».

Pese a ello, Marroquín sentencia: «Pablo Escobar me educó con amor. Jamás me insultó, jamás me maltrató».

 

 

ASESINAN A CUÑADO DE ESCOBAR

 

El secuestro y posterior asesinato de Carlos Arturo Henao Vallejo, cuñado de Pablo Escobar Gaviria, y de un allegado a la familia ocurrido ayer en Medellín, puso en evidencia ante los organismos de seguridad que el grupo clandestino denominado Perseguidos Por Pablo Escobar (Pepes) podría estar aún activo y actuando en contra de los intereses del capo. Voceros cercanos al Bloque de Búsqueda en la capital antioqueña le dijeron a EL TIEMPO ayer que esta sería una segunda estrategia de dicho grupo en su guerra contra Escobar. Una guerra, que prefieren sin mucha publicidad, a diferencia de la primera parte de la persecución contra el confeso narcotraficante.

Por: NULLVALUE

 4 de junio de 1993

Esa estrategia habría comenzado, de acuerdo con las fuentes, con el secuestro de Nicolás Escobar Urquijo, sobrino del capo e hijo de su hermano Roberto, recluido en Itagí, cuyo objetivo habría sido enviarle un mensaje de advertencia a Escobar y personas cercanas. Los voceros no descartan que la liberación del joven haya sido producto de un trueque de prisioneros entre las dos fuerzas enfrentadas.

Las primeras averiguaciones, según la información del Bloque de Búsqueda, indican que los crímenes de ayer y de otras seis personas allegadas a Escobar fueron realizados por un grupo que está cobrando venganzas por las muertes de los integrantes de las familias Moncada y Galeano, quienes fueron asesinados por órdenes del capo cuando aún estaba confinado en la cárcel de La Catedral. Ese grupo podría ser los Pepes , dijeron las fuentes.

El secuestro de Henao Vallejo, contador de 43 años, y de Francisco Luis Toro Zuluaga, su acompañante de 36 años, ocurrió a las 2 de la tarde del miércoles cerca al aeropuerto José María Córdova, jurisdicción de Rionegro, oriente antioqueño.

 

El cuñado de Escobar y su compañero habían llegado minutos antes en un vuelo procedente de Cartagena. Testigos del hecho informaron a las autoridades que los dos hombres fueron interceptados en un sitio cercano al aeropuerto, por un numeroso grupo de hombres fuertemente armados, quienes se movilizaban en varios automóviles.

 

El grupo bajó del vehículo a Henao y Toro, los obligó a subir a uno de los automóviles en que viajaban y se los llevó con rumbo desconocido.

 

En el organigrama Familiares de Henao denunciaron inmediatamente su desaparición ante la Oficina Permanente para la Defensa de los Derechos Humanos, adscrita a la Procuraduría de Antioquia. Allí, los funcionarios realizaron todo tipo de averiguaciones en organismos de seguridad del Estado, inspecciones, hospitales y anfiteatro, pero con resultados infructuosos.

 

Tres horas después, como a las 5 de la tarde, varios ciudadanos alertaron a las autoridades sobre la presencia de dos cadáveres en el sitio conocido como Altos del Tesoro, en el exclusivo sector de El Poblado, suroriente de Medellín.

 

Un fiscal permanente realizó las diligencias del levantamiento, pero no se pudo identificar a las dos víctimas que estaban atadas de pies y manos, tenían signos de tortura y presentaban numerosos impactos de arma de fuego.

 

Sólo hasta la media noche las autoridades pudieron establecer, con certeza, que se trataba de Henao Vallejo y Toro Zuluaga.

 

Estos asesinatos son, sin duda, una retaliación contra Escobar. Son una venganza , dijeron los voceros del Bloque de Búsqueda.

 

Por su parte, voceros de los organismos de inteligencia de Medellín le dijeron a este diario que tanto Henao como Toro aparecen en el organigrama que se tiene de los hombres con que cuenta actualmente Escobar. El cuñado y su acompañante aparecían vinculados a las actividades de tráfico de drogas del Cartel de Medellín hacia Estados Unidos , dijo la fuente.

 

Henao y Toro, según la misma fuente, se conocieron en el barrio La Paz de Envigado y desde entonces hacen parte de la organización de Escobar. Francisco Luis Toro es, al parecer, hermano de un hombre conocido como Kiko Toro y hacía parte del clan de los toritos.

 

El asesinato de Henao y Toro se suma a los de otras seis personas, ocurridos en el último mes y que al parecer fueron perpetrados por el mismo grupo armado.

 

Un mayo negro A principios de mayo fue sacado de una urbanización en El Poblado y asesinado Jesús Acosta Mesa, Chucho , encargado de expedirle pasaportes y documentos falsos al cartel. Tenía dos oficinas de trámites de visas y pasaportes en El Poblado y el centro de Medellín.

 

Acosta Mesa aparece en una nota manuscrita enviada por Escobar a un tal César, la cual fue conocida por EL TIEMPO, en la que el capo le pide que arregle la salida de un conocido suyo al extranjero.

 

 

HIJO DE PABLO ESCOBAR: Lo que mi padre nunca

¡Popeye sale de la cárcel!

 

El único sobreviviente de los grandes sicarios de Escobar queda en libertad esta semana.

 Jhon Jairo Velásquez Vásquez, alias Popeye, pasó 23 años detenido por cuenta de los crímenes que cometió. Los últimos 11 estuvo en la cárcel de máxima seguridad de Cómbita. Foto: León Darío Peláez / Semana

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SEMANA: ¿Cuántos años pasó en la cárcel?

 

Popeye: Veintitrés.

 

SEMANA: ¿Y qué siente de salir libre?

 

P.: Mire. Yo soy creyente. Yo siempre he creído que el destino de uno está en las manos de Dios. Así que entiendo los problemas que me esperan en la libertad, pero sé que nada depende de mí, sino de él.

 

SEMANA: Ya que habla de los peligros que le esperan en la libertad, ¿cuántas personas ha matado usted?

 

P.: Yo personalmente creo que alrededor de 300. Pero he participado y coordinado alrededor de 3.000 muertes.

 

SEMANA: ¿Y eso le parece normal?

 

P.: En este momento no. Pero cuando lo hacía sí. Yo sentía que estaba en una guerra justa contra la extradición y que en esa guerra todo se justificaba. Ahora veo las cosas dentro de otra perspectiva y me parece increíble lo que hice y lo que ha sido mi vida.

 

SEMANA: Hablemos de los protagonistas de la violencia que usted conoció. Comencemos por Pablo Escobar.

 

P.: Pablo Escobar era un genio, tal vez un genio del mal, pero en todo caso un genio. Tenía una mente privilegiada y un detector de mentiras en el cerebro. Si usted decía algo que no era verdad, inmediatamente lo captaba. Y eso podía costarle a uno la vida. Inspiraba una lealtad infinita en todos los que creíamos en él. Yo llegué a creer que era inmortal. El día más triste de mi vida fue el día que lo mataron.

 

SEMANA: ¿Escobar era un asesino?

 

P.: No, él no era un asesino. Yo creo que él no mató a más de 20 personas en toda su vida. Él ante todo era un líder, un organizador de bandidos y un gran secuestrador.

 

SEMANA: Pero usted sí mató a muchas personas por órdenes de él. Hablemos de algunas. ¿Cómo fue cuando él dio la orden de asesinar policías en Medellín a 2 millones por cabeza?

 

P.: Eso fue una reacción cuando la Policía le mató a su cuñado, Mario Henao. Él y Gustavo Gaviria habían sido los verdaderos fundadores del cartel de Medellín. Fueron los primeros en importar la pasta y en organizar la exportación. Era muy cercano a él y era el hermano de su esposa María Victoria.

 

SEMANA: ¿Y qué pasó?

 

P.: Pues una vez estábamos en una finca en Monte Loro. El patrón tenía sus aberraciones y le gustaba mucho el lesbianismo. Había organizado una sesión con el equipo de básquetbol femenino departamental y estábamos en eso cuando llegaron los helicópteros artillados de la Policía y empezaron a disparar. El patrón, siempre tranquilo, dijo calmadamente: “Nos vamos”. Jorge Luis Ochoa también arrancó. Pero Mario dijo: “Yo quiero correr fresco, me voy a echar un duchazo”. Se metió en la ducha y el techo era de zinc y lo acribillaron desde arriba. 

 

SEMANA: ¿Y qué tiene eso que ver con los policías?

 

P.: Que el patrón quería tanto a Mario que se derrumbó cuando se enteró de la muerte. Al otro día nos citó y nos dijo: “Vamos a matar policías. Eso es mas útil que matar jueces porque finalmente son ellos los que nos llevan donde los jueces”. Y nos dio la tarifa: 2 millones por policía, tres por sargento, diez por teniente, 30 por mayor, 50 por coronel y 100 por general.

 

SEMANA: ¿Y usted a cuántos mató?

 

P.: Yo directamente a unos 25. Pero yo dirigía casi todos los operativos y yo creo que en total matamos unos 540.

 

SEMANA: ¿Usted es consciente de que las personas que lean esto van a creer que usted es un psicópata?

 

P.: Le respondo lo que le dije hace un momento. Hoy eso me parece una barbaridad. Pero cuando uno está en medio de una guerra, esas cosas le parecen justificadas. 

 

SEMANA: En la serie de Pablo Escobar hay un capítulo en que él le ordena matar a su novia. ¿Eso fue verdad?

 

P.: Es uno de los episodios más dolorosos de mi vida. Ella se llamaba Wendy Chavarriaga. Era una mujer muy hermosa, podía ser una reina de belleza. Ella había sido novia del patrón, pero quedó embarazada y para él la familia era sagrada. Un hijo fuera del matrimonio era impensable. Entonces la hizo abortar a la fuerza y a partir de ese momento ella decidió vengarse. Como yo la había conocido, nos encontramos una vez en una discoteca, comenzamos a salir y nos enamoramos. Como al patrón había que informarlo de todo, le pedí permiso para ennoviarme con ella, me lo dio, pero me dijo que tuviera cuidado.

 

SEMANA: Entonces, ¿por qué la mató?

 

P.: Resulta que ella en su obsesión de vengarse del patrón por haberle hecho perder el niño se volvió informante del bloque de búsqueda. Y el patrón, que tenía su servicio de inteligencia por todas partes, llegó a grabarle una conversación en la cual ella estaba hablando con un tipo que tenía contactos con la DEA. El patrón me llamó, me puso el casete y me dio la orden. “Popeye, vaya y mátela”. Como las órdenes no se discutían, me tocó. Usted no sabe lo que es matar a una persona a la cual uno adora.

 

SEMANA: Pero usted también tuvo que participar en asesinatos de amigos suyos. ¿Cómo fue el episodio de los Galeano y los Moncada?

 

P.: Cuando estábamos en la cárcel de La Catedral se había establecido un acuerdo. El patrón pagaba cárcel para que todos los otros pudieran traquetear, siempre y cuando le pagaran a él una cuota fija mensual de lo que daba el negocio. Los jefes del cartel de Medellín cuando estábamos en la cárcel eran Quico Moncada y Fernando Galeano. Y el compromiso es que tenían que girarle al patrón 500.000 dólares mensuales. El problema es que se les subió el poder a la cabeza y una vez mandaron un cheque de 50 millones de pesos. 

 

El patrón dijo: “Popeye, devuelva ese cheque, yo no estoy pa’ recibir limosnas”. Y por esos días accidentalmente aparecieron en una caleta de Moncada 23 millones de dólares. Los encontró el Titi y se los llevó al patrón. Al ver él que le estaban poniendo conejo con millones de dólares y que solo le estaban girando 50 millones de pesos al mes, tomó la decisión: hay que ejecutarlos.

 

SEMANA: Pero esa fue la masacre que obligó al gobierno a tratar de sacarlos de La Catedral.

 

P.: Sí, eso fue muy duro. El patrón los citó a La Catedral, pero como habían sido los compañeros de lucha de toda la vida, no se atrevió a ponerles la cara. La sentencia de muerte se las comunicó Roberto, su hermano. Y las órdenes de matarlos nos las dieron a mí y a Otto.

 

SEMANA: ¿Y usted qué tan amigo era de ellos?

 

P.: Más amigos no podían ser. Para que usted se dé cuenta, un día Quico Moncada me dijo: “Pope, en el doblemuro de este apartamento hay 15 millones de dólares. Si algo me llega a pasar a mí, esa plata es tuya”.

 

SEMANA: ¿Y a usted le tocó matarlo?

 

P.: Sí, yo maté a Quico y Otto mató a Fernando. En el mundo de los bandidos las órdenes no se discuten. Uno se aprieta el corazón, hace lo que le dicen y sigue pa’ delante.

 

SEMANA: ¿Y cómo reaccionó Quico Moncada cuando vio que lo iba a ejecutar su mejor amigo?

 

P.: En el mundo nuestro uno siempre está listo para esas cosas. Cuando uno es bandido, la muerte le puede llegar en cualquier momento. Uno tiene una preparación para eso diferente que el resto de la gente. Yo esposé a Quico y lo bajé al sótano. Él era muy varón y lo único que me dijo era que si podía leerle algunos salmos de la Biblia antes de disparar. Conseguí la Biblia y le leí todo lo que me pidió y después de eso le metí un tiro.

 

SEMANA: ¿Y qué tan cierta es la leyenda de que después de eso los quemaron vivos o se los dieron de comer a los perros?

 

P.: Eso es mentira. Nosotros somos sicarios profesionales, no caníbales. La verdad es que hicimos una hoguera enorme para quemar los cadáveres. Eso duró toda la noche y se veía desde Medellín. Quemar cadáveres toma mucho tiempo y después de toda la noche quedaban algunos restos. Esos los picamos con una maceta y los echamos en ácido. No quedó nada.

 

SEMANA: Pero hubo mucho más de dos muertos en ese episodio.

 

P.: Es que mientras matábamos a Quico y a Fernando en La Catedral, el patrón dio la orden de matar a los hermanos de ellos que estaban por fuera. Entonces el Arete, el Chopo y unos muchachos nuestros los citaron en diferentes partes de la ciudad y mientras matábamos a los que teníamos en la cárcel, ellos mataban a los de fuera. El que se nos escapó fue don Berna, que era el jefe de escoltas de Galeano. 

 

SEMANA: Se ve que la vida costaba poco en ese mundo, era muy fácil morir o que les ordenaran a ustedes matar a alguien.

 

P.: Era mas fácil de lo que usted cree. Por ejemplo, al doctor Guillermo Cano el patrón mandó matarlo cuando leyó un titular en El Espectador que decía: “Se les aguó la fiesta a los mafiosos”. Acababan de reestablecer la extradición y eso fue exactamente lo que sentíamos. Cuando leyó esa frase, ahí mismo dio la orden.

 

SEMANA: Ya que hablamos de eso, hay asesinatos del cartel de Medellín que siguen en el misterio.

 

P.: Para nosotros en la guerra todo tenía una justificación. Por ejemplo, al periodista Jorge Enrique Pulido el patrón mandó matarlo solamente porque entrevistó en televisión a la mamá de Rodrigo Lara. Al jefe de la Policía de Medellín, el coronel Valdemar Franklin Quintero, solamente porque paró en un retén a su esposa María Victoria y a su hija Manuela, y retuvo a la niña dos horas. Al exgobernador de Antioquia Antonio Roldán Betancourt lo habíamos matado unos días antes por accidente. Él tenía un Mercedes Blanco igual al del coronel Franklin Quintero. Cuando pasó frente a nosotros por equivocación lo volamos. En esa época todos los días había un muerto. 

 

SEMANA: El primer magnicidio que el cartel cometió fue el de Rodrigo Lara. ¿No pensaron que eso iba a cambiar para siempre sus vidas? 

 

P.: Es que el ministro Lara le montó al patrón el debate para quitarle la inmunidad parlamentaria. Él era un gran orador y el patrón era corto de expresión y se sintió humillado y derrotado en ese debate. Como Lara había denunciado ante el mundo entero a Pablo Escobar como narcotraficante y estaba decidido a acabarlo, el patrón decidió adelantársele. 

 

SEMANA: A Lara lo reemplazó Enrique Parejo González y también atentaron contra él en Budapest. ¿Cómo hicieron para entrar a la cortina de hierro?

 

P.: Cuando al patrón se le metía algo en la cabeza, no tenía fronteras. Él consiguió un profesor universitario de izquierda en Colombia, cuyo nombre no les voy a dar. Le ofreció 500.000 dólares por matar a Parejo, que estaba de embajador en Hungría, porque había firmado extradiciones. El hombre al que se le encargó esa vuelta nunca había disparado una pistola, pero aceptó el encargo.

 

Le metimos la pistola desde Madrid encaletada en un carro, pero como no tenía puntería, le disparó varias veces, y aunque lo hirió, no lo mató. Cuando regresó a Colombia para cobrar su plata, el patrón le dijo: “Los muertos que vos matáis gozan de cabal salud”. Y como Parejo estaba vivo, le pagó solo 200.000 dólares.

 

SEMANA: Y ¿por qué mataron a Enrique Low Murtra una semana antes de la eliminación de la extradición en la Constituyente?

 

P.: Ese es el asesinato más arriesgado que hizo el cartel de Medellín en toda su historia. Teníamos cuadrada la votación en la Constituyente para prohibir la extradición en la nueva Constitución. Habíamos sobornado a un poco de constituyentes y muchos otros estaban de acuerdo aunque no nos habían recibido la plata. Pero faltando unos pocos días le dijeron al patrón que Low Murtra estaba dando clases en la Universidad de La Salle y para él, todo el que había firmado una extradición, tenía que morir. 

 

Low Murtra era un hombre sencillo y no tenía ni escolta, ni carro y tomaba taxi. Asesinarlo era una locura porque podía presentarse una reacción nacional que cambiara la votación contra la extradición. Pero él era un duro y calculaba sus riesgos y, una vez tomada una decisión, no le temblaba la mano. Mandó a un muchacho a asesinarlo en una moto y luego, para que no quedaran testigos, dio la orden de matar al muchacho y enterrarlo con moto y todo. 

 

Apenas explotó la noticia, llegó Alberto Villamizar escandalizado gritando: “Pablo, por Dios, estás loco. Cómo se te ocurrió matar a Low Murtra”. Villamizar había sido el negociador, pues teníamos secuestrada a su señora Maruja Pachón y a Francisco Santos, y él había contribuido a la liberación y a crear un ambiente a favor de la eliminación de la extradición. Cuando le reclamó al patrón, este se hizo el indignado y le dijo: “Usted a mí me respeta, doctor Villamizar. Yo no he mandado matar a nadie. Low Murtra firmó extradiciones y cualquier familiar de uno de los extraditados pudo haber ordenado ese asesinato con solo 20 millones de pesos. A mí no me va a echar usted ese muerto”. Villamizar le creyó y la votación prosiguió sin mayores obstáculos.

 

SEMANA: ¿Por qué volaron el avión de Avianca?

 

P.: Porque teníamos información de que ahí iba a volar César Gaviria, que era candidato a la Presidencia en ese momento en reemplazo de Galán. A Galán lo matamos porque vimos que iba a llegar a la Presidencia y nos iba a extraditar. Nos preocupaba que a Gaviria le diera por lo mismo.

 

SEMANA: Hablemos de la toma del Palacio de Justicia por el M-19. ¿Cómo participaron ustedes?

 

P.: Ya que habla del M-19 quiero aclarar algunas cosas. Cuando ese movimiento secuestró a Martha Nieves, la hermana de los Ochoa, nosotros inmediatamente secuestramos a varias cabezas, los apretamos y tuvieron que liberarla. El patrón, una vez que los derrotó, les cogió respeto y de ahí en adelante hubo una relación muy estrecha con Iván Marino Ospina y cordial con Carlos Pizarro.

 

Nosotros les dimos 2 millones de dólares para financiar la toma para que nos quemaran los expedientes. Eso pasó, pero lo que quiero aclarar es que todos los asesinatos que se le atribuyen al patrón son verdad, menos los de la izquierda. Él no tuvo nada que ver con la muerte de Pizarro. A él lo mató Carlos Castaño con la colaboración del DAS. Tampoco tuvo que ver con la muerte de Jaime Pardo Leal y Bernardo Jaramillo. Eso fue una alianza de la extrema derecha y el Mexicano. 

 

SEMANA: ¿Cómo fue lo de la extradición de Lehder? 

 

P.: Carlos Lehder, que era aliado nuestro, se enloqueció con la política y le dio paludismo cerebral. Creyó que iba a ser presidente y empezó a decir boberías por todas partes. Un día estábamos en una rumba en la hacienda Nápoles con unas prostitutas y él era el que guardaba la cocaína en su alcoba. En esa periquera estaba encerrado con su pareja, cuando uno de nuestros muchachos le golpeó en la puerta para pedirle un poco de coca.

 

Lehder le abrió con un revólver y ahí mismo le pegó un tiro en la frente. Se armó un gran revuelo y cuando el patrón vio eso, decidió cortar por lo sano. Tenía que escoger entre matar a Lehder o entregárselo a las autoridades. Como la Policía, que estaba con nosotros, nos decía que la estaban presionando por no dar resultados, se decidió entregar a Lehder como trofeo. Yo y el Chopo lo llevamos en moto a una finca en Guarne e inmediatamente después le contamos a la Policía dónde estaba. 

 

SEMANA: Cuéntenos cómo fue lo de La Catedral. ¿Cómo se construyó esa cárcel?

 

P.: Cuando negociábamos con el gobierno los decretos para nuestra entrega, en un momento dado nos dijeron que teníamos que ser recluidos en la cárcel de Itagüí como los Ochoa. El patrón dijo que él tenía demasiados enemigos y problemas de seguridad diferentes a los de todo el mundo.

 

Inicialmente no le aceptaron ese argumento y tomó la decisión de ejecutar a Pacho Santos. Cuando eso se filtró, se volvieron más flexibles y, como a él lo quería todo el mundo en Envigado y los políticos de allá eran nuestros, compró los terrenos donde se construyó la cárcel y la mandó diseñar él mismo. Nos reuníamos con los ingenieros y los arquitectos y sobre los planos les decíamos cómo tenía que ser la distribución, dónde tenían que estar cada una de nuestras celdas, etcétera. 

 

SEMANA: ¿Y ustedes enterraron armas ahí cuando estaban construyendo la cárcel?

 

P.: No era necesario. Pues como todos los guardias eran nuestros, porque tenían que ser de Envigado, las armas de ellos eran las nuestras. Era una situación ideal para reconstruir el cartel de Medellín. Un anillo del Ejército nos protegía y los guardias dentro de la cárcel eran nuestros.

 

SEMANA: Pero entonces Pacho Santos se salvó de milagro.

 

P.: Sí, pero el patrón decidió ejecutar a Marina Montoya, la hermana del secretario general de la Presidencia, don Germán Montoya. Durante la negociación para liberar a su hijo que teníamos secuestrado, se había llegado a un acuerdo para iniciar una negociación sobre cómo tratar los problemas jurídicos del cartel de Medellín. El patrón sintió que le estaban dando largas a ese asunto y cambió la decisión de Pacho por la de Marina.

 

SEMANA: ¿Y cómo se escaparon de La Catedral?

 

P.: Cuando mandamos a hacer la cárcel habíamos dejado en un muro unos ladrillos con yeso pero sin cemento. De manera que si algún día teníamos que irnos, esos ladrillos los quitaba uno con la mano sin mayor problema y quedaba un hueco. Cuando llegó el Ejército a cambiarnos de cárcel con el viceministro Mendoza y con el director del Inpec, el patrón ordenó retenerlos y engañó a todo el país mientras sacábamos los ladrillos del muro y nos íbamos.

 

SEMANA: Hay otra leyenda de que a Escobar le gustaban mucho las mujeres, pero que después de que habían estado con él, con frecuencia las mataba para que no pudieran dar información sobre su ubicación.

 

P.: Eso es mentira. Son inventos que el bloque de búsqueda le metió a Germán Castro Caycedo. Al patrón sí le gustaban mucho las mujeres, pero él era un caballero con ellas. Cuando eran informantes las mataba, pero eso es otra cosa.

 

SEMANA: ¿Quién fundó los Pepes?

 

P.: Los Pepes lo fundaron Fidel Castaño, Carlos Castaño y don Berna. Después ellos invitaron al cartel de Cali, a Guillo Ángel, a Rodolfo Ospina y a otros. 

 

SEMANA: Pero esos habían sido aliados de ustedes.

 

P.: Sí, pero de los de Cali nos abrimos por problemas con Pacho Herrera. De los Castaño también nos abrimos cuando asesinaron a Pizarro y a Jaramillo. Guillo Ángel, que era de los nuestros aunque no participaba en los asesinatos, no quiso pagar la cuota de dinero que el patrón les exigía a todos los miembros del cartel de Medellín para la guerra. Entonces fue declarado objetivo militar. Y Rodolfo Ospina, que era nieto del expresidente Mariano Ospina Pérez, había sido aliado nuestro, pero nos estaba jugando sucio con la DEA.

 

SEMANA: Pero ustedes atentaron contra él.

 

P.: Sí, tratamos de matarlo saliendo de una discoteca y le echamos bala con todos los fierros. Pero ese hombre resultó un superteso para manejar carro y no entiendo cómo se nos pudo escapar. En todo caso, después se entregó a la Fiscalía y a la DEA como testigo contra nosotros. Fuimos a Bogotá a matarlo y como no lo encontramos, matamos a su hermano Mariano, que no tenía nada que ver. Rodolfo quedó libre y creo que hoy está en Estados Unidos como testigo protegido.

 

SEMANA: Usted dijo al comienzo que Escobar más que asesino era secuestrador. ¿Qué quiere decir?

 

P.: Como estábamos enfrentados simultáneamente al gobierno de Colombia, al de Estados Unidos, al cartel de Cali y a los Castaño, se necesitaba mucha plata para financiar todas esas guerras. Como traquetear se volvía difícil, el patrón decidió que la fuente de financiación iba a ser los secuestros. Secuestramos a nuestra propia gente, a la clase dirigente antioqueña y al que fuera. Llegamos incluso a hacerles seguimiento a la señora de Julio Mario Santo Domingo en Nueva York y a Lina Botero en Bogotá. Pero cuando todo estaba listo, el patrón desactivó esos dos operativos. El riesgo era demasiado grande y él conocía sus límites. 

 

SEMANA: Entonces, ¿Escobar no murió rico?

 

P.: Él murió sin un peso. Tenía edificios, fincas, diamantes y cuadros, pero cero liquidez.

 

SEMANA: Cuéntenos episodios de su vida como criminal que no han sido revelados.

 

P.: Uy, son tantos. Por ejemplo, yo secuestré personalmente al doctor Andrés Pastrana. Entré a su oficina cuando era candidato a la Alcaldía. Le puse un revolver enfrente y bajé con él las escaleras con el cañón contra su cabeza. Él estuvo valiente y tranquilizó a toda la gente en el edificio que estaba horrorizada. Jaime Garzón, que también estaba ahí, al ver que era un secuestro, pidió que también nos lo lleváramos. Uno de mis hombres le pegó una patada y le dijo que el asunto no era con él. Y sobre ese secuestro hay más cuentos.

 

SEMANA: ¿Como cuáles?

 

P.: Cuando yo le estaba haciendo el seguimiento al doctor Pastrana, yo no conocía casi Bogotá, pero me fui al norte y entré a un restaurante. Cuál no sería mi sorpresa cuando vi en una de las mesas al doctor Mauricio Gómez, el hijo de Álvaro Gómez. Él no tenía escolta, mientras que Andrés Pastrana tenía varios. Entonces llamé al patrón y le pregunté si cambiábamos de personaje. Él me dijo: “No sea bruto, Pope. A mí solo me sirven los que quieren ser presidentes”.

 

SEMANA: ¿Y cómo le fue a usted con Pastrana?

 

P.: La verdad, él estuvo muy controlado mientras creía que éramos un comando del M-19. Lo metí en un baúl de un carro, y el hombre, tranquilo. Después lo metimos en un helicóptero y seguía controlado. Pero él en un momento dado se dio cuenta de que lo estaba engañando. Yo soy muy bruto y él es muy inteligente. Entonces me frenteó y me pidió que le dijera quiénes éramos. Cuando le dije que estaba retenido por orden de Pablo Escobar, se derrumbó. Ahí se le acabaron las fuerzas.

 

SEMANA: ¿Y cómo fue que se salvó?

 

P.: La tropa estaba peinando la zona y accidentalmente llegaron a él. Él, otra vez en control de la situación, logró que un policía se prestara como voluntario para canjearse por él. Así fue que se nos fue.

 

SEMANA: Pero ese mismo día ustedes mataron al procurador Carlos Mauro Hoyos.

 

P.: Sí, yo había encabezado el operativo contra él en la carretera de Las Palmas. En la balacera se había encunetado el carro y el procurador había quedado levemente herido de bala en un pie. Cojeando lo saqué de ahí y llamé al patrón. Él me dijo que como acababa de ser liberado el doctor Pastrana, podíamos perder credibilidad si no actuábamos con energía. Me ordenó hacerle un juicio por traición a la patria, ya que tenía contactos con la DEA, y ejecutarlo. Yo seguí las órdenes, le dije que era su juez y que por traición a la patria estaba sentenciado a muerte. Él protestó indignado y empezó a gritar: “¿Cuándo traicioné a la patria?”. Y ahí lo maté.

 

SEMANA: Pero usted se reunió recientemente con Pastrana y me imagino que intercambiaron opiniones sobre todo esto.

 

P.: Sí, pero hay un tema que por delicadeza no me atreví a tocar. Fue el relacionado con su suegro, el doctor Eduardo Puyana. Ahí hay un cuento complicado que nunca se ha contado.

 

SEMANA: ¿Ustedes tuvieron que ver en ese asesinato?

 

P.: Directamente no, pero indirectamente sí. Yo era el jefe del brazo armado del cartel en Bogotá, pero cuando mi foto comenzó a aparecer en la televisión con los carteles de ‘Se busca’, me tocó regresar a Medellín y esconderme. En ese momento, el patrón nombró un nuevo equipo para reemplazarme. Esa gente secuestró al doctor Puyana por cuenta propia en circunstancias que yo no conozco y lo acabaron matando. Cuando el patrón se enteró, se puso furioso, pues él creía que el manejo de los secuestros de la clase alta lo podía dirigir solamente él y que no podía haber ruedas sueltas. Les ordenó a esos muchachos venir a Medellín y al llegar, fueron ejecutados todos.

 

SEMANA: Cada respuesta suya es más macabra que la anterior. Sorprende la tranquilidad con la que usted enfrenta su nueva vida al salir de la cárcel. ¿Qué le gustaría hacer en el futuro?

 

P.: Me gustaría usar mi experiencia para contribuir en el posconflicto. Lo que yo he vivido no lo ha vivido nadie. Fui sicario de Pablo Escobar. Fui compañero de celda de los peores enemigos de Pablo Escobar. He sido amigo o enemigo de todos los muertos de las guerras recientes de Colombia. Todo eso me da un conocimiento y unas experiencias que creo se pueden canalizar hacia algo constructivo. Quiero enseñarles a los jóvenes de Colombia que no tienen por qué vender sus vidas por un Mercedes-Benz o por los cucos de una reina de belleza, como hice yo. Ojalá que me den esa oportunidad.

El Final de Pablo Escobar

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