El músico, poeta y periodista Liao Yiwu ha vivido lejos de su China natal desde 2011, cuando logró huir de esa «colosal e invisible prisión que es China» a través de la provincia de Yunnan. Yiwu pasó cuatro años encarcelado tras la publicación de su poema «Masacre», un canto de denuncia sobre la matanza de estudiantes en la plaza de Tiananmén. Las memorias de su tiempo en prisión, Por una canción, cien canciones (Sexto Piso, 2015), muestran el horror que Yiwu tuvo que sufrir y explican las razones por las que, tras ser hostigado por la inteligencia de su país después de haber recibido una invitación de Salman Rushdie para asistir al PEN Festival de Nueva York, finalmente decidió salir de China. Desde el exilio en Alemania, Yiwu ha continuado desarrollando su obra con el objetivo de retratar la realidad de las centenas de millones de personas que viven en la pobreza y la marginalidad que se ocultan tras el boom económico chino de la última década.
En Dios es rojo, que sigue la estela de El paseante de cadáveres (Sexto Piso, 2012), Yiwu pone el foco en la región suroeste de China, donde pequeñas comunidades de personas han resistido, arriesgando sus propias vidas, al mandato estatal de eliminar cualquier forma de culto religioso. A pesar de su fuerte formación secular y atea, Yiwu encontró en la persecución de estas comunidades religiosas la oportunidad para profundizar en su denuncia del brutal aparato de represión estatal chino. El lirismo de su prosa y la capacidad de empatía con los personajes que retrata le otorgan un carácter casi mítico a historias como la de una monja nonagenaria que, a pesar de las palizas, la hambruna y las décadas de trabajos forzados a las que fue condenada, mantiene su lucha por restituir el derecho de su comunidad a practicar su fe, o la de un cirujano que abandonó una lucrativa posición como administrador en un hospital del Partido para atender gratuitamente a personas en montañas remotas de la región suroeste de China.
Dios es rojo confirma la vocación del autor por explorar las zonas más recónditas de la sociedad china, y muestra el valor y el coraje de mujeres y hombres que luchan por conservar los aspectos más elementales de la dignidad y la libertad humanas.

DIOS ES ROJO

 

Liao Yiwu (Sichuan, 1958) es un artista chino que vive desde 2011 exiliado en Alemania. Es, como se dice en el prólogo, “el escritor contemporáneo más censurado actualmente en China”. En su libro biográfico Por una canción, cien canciones1 cuenta su estancia en las cárceles chinas durante cuatro años tras ser detenido y condenado en 1990 por la publicación del poema Masacre, sobre los hechos de la Plaza de Tiananmen. También ha publicado El paseante de cadáveres (2012), libro que describe la vida de miles de chinos que viven en los márgenes de la sociedad comunista. Con este conecta en intenciones literarias Dios es rojo, pues también sus protagonistas son o han sido marginados por la dictadura china. El hilo conductor es que todos son cristianos. Liao Yiwu no ha escrito un ensayo sobre la presencia del cristianismo en una sociedad oficialmente atea. Su libro está formado por dieciocho entrevistas que realizó entre 2002 y 2010, con las que quiere mostrar la fortaleza y pujanza del cristianismo, a pesar de las persecuciones, especialmente violentas a partir de 1955. Entonces empezó a imponerse por la fuerza la ideología comunista, y el régimen obligó a abandonar China a misioneros católicos y protestantes, nacionalizó las iglesias y centros de enseñanza, multiplicó la propaganda atea y consideró a los cristianos espías y contrarrevolucionarios. También durante la Revolución Cultural2 , a partir de 1966, los cristianos fueron víctimas de una violenta represión. El origen del libro está en una conversación que tuvo Liao en 1998 en Pekín con el neurólogo Xu Yanghai, predicador de una iglesia protestante clandestina. Esta entrevista abrió los ojos a Liao, no creyente, a una realidad desconocida, la de la vida de miles de campesinos cristianos del suroeste de China que han conservado su fe, llevada por misioneros protestantes y católicos a finales del siglo XIX y principios del XX. Años después de conocer a Xu, Liao recorrió aquellas tierras en compañía del misionero Sun, antes un prestigioso médico. En sus viajes, entablaron conversación con numerosos cristianos, asistieron a ceremonias litúrgicas domésticas, compartieron conversación y comida con muchos de ellos. Buena parte de los entrevistados son hijos o nietos de los primeros cristianos chinos que se bautizaron. Y todos reconocen la heroica labor que realizaron aquellos misioneros en unas condiciones miserables. (Algunas de estas historias aparecen en el documental de Yuan Zhiming The Cross: Jesus in China3 .) El autor ha elegido las vidas de conversos que han vivido momentos personales muy críticos, con constantes enfrentamientos con las autoridades comunistas y con los dirigentes de la Iglesia Patriótica, manejada por el Partido Comunista. Solo aparece un converso reciente, un joven que considera cristianismo como una alternativa más moderna a las religiones tradicionales chinas. Ni su experiencia vital ni sus razones para convertirse tienen nada que ver con lo que cuentan el resto de los entrevistados, que han vivido su fe no como una moda, sino como un compromiso radical por el que pusieron en peligro hasta sus vidas.

Con un tono respetuoso, vitalista y esperanzador, Liao Yiwu quiere poner el acento de su libro en una realidad desconocida para los lectores occidentales y hasta para los propios chinos.