En estas páginas se percibe la sombra de Rimbaud y de los necios de Kennedy Toole o los cronopios y las famas de Cortazar, el Augusto Pérez de Unamuno o los personajes de Pirandello y de Ionesco, y junto a todos ellos el monstruo de Mary Shelley. Un narrador demente para unos personajes huidos del Jardín de las Delicias. Esta obra es la demostración material de que algo muy importante se está tramando entre los escritores españoles actuales, los cuales, como ocurre en este libro, se enfrentan a la imposibilidad de publicar.

SOBRE LA IMPOSIBILIDAD DE PUBLICAR.

Un libro que hable de un libro, una novela en cuyo interior se escriba otra novela no resulta ya demasiado novedoso, pues los últimos dos siglos nos han proporcionado tantas obras sobre el acto de la escritura, lo literario y lo libresco que los especialistas hasta acuñaron términos tan técnicos como pomposos para definir esa práctica: autorreferencialidad, metaficción…

Pero en el caso de este libro de relatos, la pirueta va aún más allá: no sólo se convierte al propio libro en un objeto de ficción dentro de uno de los relatos, sino que incluso se muestra gráficamente en la cubierta. El autor fabula con un escritor inédito, Antonio Fernández York, que desesperado por no encontrar editor, empieza a autopublicar sus propios libros, fabricándolos uno a uno de manera artesanal y dejándolos luego en las librerías, sin previo aviso. Y en otro relato posterior, ‘El síndrome York’, el escritor enloquece, no sin antes recorrer todas las librerías españolas preguntando por su inexistente libro.

Pero no terminan aquí las sorpresas: la literatura abandona su habitual reducto libresco y salta a ámbitos hasta ahora vedados para la ficción; por ejemplo, las reseñas de libros. Y es que, a poco que el lector dé rienda suelta a su curiosidad y bucee por internet, se topará con varias reseñas del libro en webs especializadas. Claro que la fecha de estas es muy anterior a su publicación (en este mismo año 2016), e incluso las portadas son diferentes, y hasta los sellos que lo editan –editorial Anglicana o Amalgama, entre otros), lo que nos lleva a la fantástica suposición de que en 2011 el escritor ya andaba haciendo de las suyas no sólo en la imaginación de Casanova, sino en el muy real mundo de la crítica de libros.

Y abundando en este discurso de la ficción, la propia editorial presenta el libro como un apoyo a los nuevos e ignorados narradores españoles, pero a la vez desmonta esa ‘imposibilidad’ en la que se basa el juego literario de York. Delicioso.

Pero la cuadratura del círculo llega cuando el autor no sólo crea un personaje, recurrente a lo largo de varios relatos del libro, sino que la creación acaba por devorar a su creador, pues el personaje llega a suplantar al autor incluso en el mundo real –si es que podemos marcar alguna diferencia entre ficción y realidad, en este caso–. Veamos: tenemos a un autor real, Ángel Casanova Grima (Madrid, 1975) y al personaje que idea para sus cuentos, Antonio Fernández York. De la existencia de York ya teníamos constancia hace años por la aparición en internet de algunos relatos, que incluso llegaron a ser elogiados por otros escritores como Gabriel Noguera, y un perfil de Facebook muy activo pero que desapareció hace algunos años; de Casanova sabemos que publicó varios artículos en la revista digital Rebelión y que fue finalista de un premio regional de poesía en Murcia a comienzos de siglo. Sin embargo, incluso esos artículos ya no aparecen con su firma, sino con la de su heterónimo York. Así, el autor nos sume en una duda maravillosa: ¿realmente existe Casanova? ¿No será también ficción? Porque apellidándose Casanova Grima, ¿qué sentido tiene buscarse otro pseudónimo?

En cualquier caso, la lectura de este libro de relatos supone una maravillosa experiencia, tanto por la calidad estilística como por el derroche de imaginación de su autor, sea quien sea.