Reeditan «Mazurca para dos muertos», la obra que Cela dedicó a la Galicia rural
Publicada originalmente en 1983, Ediciones del Viento reivindica su radical modernidad

Mazurca para dos muertos toma su título de un asesinato y una venganza, sucesos que no son sino dos puntos de referencia en el vasto hilo conductor de la obra, que se erige en un extenso retablo de unas vidas señaladas por la sexualidad, la barbarie y la violencia física, bajo la recurrencia cíclica de temas que, como la lluvia o el eje de carro, aluden a la continuidad inmutable del tiempo. El soporte principal de la novela es el finísimo e infalible oído de C. J. C., su sentido de la sonoridad (en lo armonioso tanto como en lo estridente y terrible) y de la rotunda música verbal, que impone cada pasaje como una realidad irrefutable en virtud de su contundencia expresiva. La guerra civil, irrumpiendo en primer plano en el centro del libro, sitúa en una perspectiva histórica este recitativo de una maestría técnica y expresiva indeclinable, que llega al máximo refinamiento y a la magia tribal desde una estética que no elude enfrentarse a lo fatal o bárbaro. Mazurca para dos muertos, que obtuvo el Premio Nacional de Literatura, es una de las obras maestras de su autor y ya actualmente un clásico mayor de la literatura de todos los tiempos en nuestra lengua.

El Cela de Mazurca para dos muertos, Opinadores grandes profesionales

Camilo José Cela Trulock nació el 11 de mayo de 1916 en la población gallega de Iria Flavia (Padrón, provincia de La Coruña, España), de padre español y madre inglesa (el abuelo, John Trulock, había sido gerente de la primera línea ferroviaria gallega). Su nombre completo era Camilo José Manuel Juan Ramón Francisco de Jerónimo Cela Trulock.

Allí vivió, aseguraba él, una infancia feliz («[…] yo tuve una niñez dorada. De pequeño era tan feliz que cuando las visitas me preguntaban qué quería ser de mayor, me echaba a llorar porque no quería ser nada, ni siquiera deseaba ser mayor»). En 1925, cuando tenía nueve años, toda la familia se trasladó a Madrid, adonde había sido destinado el padre.

Antes de concluir sus estudios de bachillerato cayó enfermo de tuberculosis pulmonar, y durante los años 1931 y 1932 tuvo que ser internado en el sanatorio de tuberculosos de Guadarrama. El reposo obligado por la enfermedad lo emplea Cela en inacabables sesiones de lectura.

En 1934 ingresa en la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid. Sin embargo, pronto la abandona para asistir como oyente a la Facultad de Filosofía y Letras, donde el poeta Pedro Salinas da clase de literatura contemporánea. Cela le muestra sus primeros poemas, y recibe de él estímulo y consejos. Este encuentro resultará fundamental para el joven Cela, ya que, según él mismo creía, fue lo que decidió definitivamente su vocación literaria.

En la facultad se hace amigo de Alonso Zamora Vicente, María Zambrano y Miguel Hernández, y a través de ellos entra en contacto con otros intelectuales del Madrid de esta época, que termina con el estallido de la Guerra Civil, en la que Cela formó parte del bando nacional. Fue herido en el frente y de nuevo hospitalizado. Antes, en plena guerra, había terminado su primera obra, el libro de poemas Pisando la dudosa luz del día.

Fotografía en blanco y negro de Cela joven, de pie en el campo
De viaje por La Alcarria
En 1940 comienza a estudiar Derecho, y este mismo año aparecen sus primeras publicaciones. Su primera gran obra, sin embargo, no verá la luz hasta dos años después, en 1942: La familia de Pascual Duarte. A pesar del éxito casi unánime de esta novela, la aspereza del tema tratado le hace tener problemas con la Iglesia, lo que concluye en la prohibición de la segunda edición de la obra (que acabará siendo publicada en Buenos Aires). Poco después, Cela abandona la carrera de Derecho para dedicarse profesionalmente a la literatura.

Los que quedan de esta década son años muy importantes en la biografía del escritor: entre 1944 y 1948 se casa con María del Rosario Conde Picavea; comienza a escribir La colmena; nace su único hijo, Camilo José Cela Conde; lleva a cabo dos exposiciones de sus pinturas; y aparecen Viaje a La Alcarria y El cancionero de La Alcarria.

En 1951 se publica en Buenos Aires La colmena, que de inmediato es prohibida en España.

En 1956 sale a la luz la revista Papeles de Son Armadans. Dos años antes, Cela se ha trasladado a la isla de Mallorca, donde habría de vivir buena parte de su vida. Este mismo año es elegido para ocupar el sillón Q de la Real Academia Española; el 26 de mayo lee su discurso de ingreso, que trata de la obra literaria del pintor Solana.

Muerto el general Franco, la época de la transición a la democracia llevó a Cela a desempeñar un papel notable en la vida pública española por motivos distintos de su trabajo como escritor: entre 1977 y 1979 ocupó por designación real un escaño en el Senado de las primeras Cortes democráticas, y como senador le cupo participar en la revisión del texto constitucional elaborado por el Congreso.

En los años siguientes Cela siguió publicando a buen ritmo, como tuvo por norma a lo largo de toda su carrera. De este período cabe destacar sus novelas Mazurca para dos muertos y Cristo versus Arizona.

Fotografía en color de Camilo José Cela en su madurez
Camilo José Cela en su madurez
Ya consagrado como uno de los grandes escritores del siglo, durante las dos últimas décadas de su vida se sucedieron los homenajes, los premios y los más diversos reconocimientos, entreverados ocasionalmente con algunas polémicas. Entre aquellos es obligado citar, en orden cronológico, los tres más importantes: el Príncipe de Asturias de las Letras (1987); el Nobel de Literatura (1989), y el Miguel de Cervantes (1995).

El 10 de marzo de 1991 se casó con Marina Castaño. En 1996, el día de su octogésimo cumpleaños, el Rey don Juan Carlos I le concedió el título de Marqués de Iria Flavia; el lema que Cela adoptó para el escudo de marquesado fue El que resiste, gana.

Camilo José Cela falleció en Madrid el 17 de enero de 2002.

 

Si bien Mazurca para dos muertos inscribe el tiempo histórico de la Guerra Civil española como recurso central instigador de los distintos fragmentos narrativos, no se puede afirmar que sea una novela centrada en tal acontecimiento; antes bien, y como ya dije más arriba, se trata de una loa, un canto a la vida rural gallega, la más ancestral y folclórica, también la más genuina y profunda. En este sentido, la novela plasma a la perfección (y de una manera como sólo Camilo José Cela ha sabido hacer), el léxico, la sintaxis, las costumbres, en suma, los modos de vida tan peculiares de la Galicia rural en torno a los años treinta y cuarenta.

Con el fin de convertir el espacio y el tiempo rurales gallegos en un cronotopo atemporal y mítico, Cela establece como motivo dominante y soberano del mismo a la lluvia: una lluvia perenne, sin fin, paciente como la eternidad. El recurso a la lluvia es, en mi opinión, el mayor logro de la novela, ya que permite borrar cualquier posibilidad de cambio y de movimiento, afirmando, de manera dramática, la monotonía y la impasibilidad de la existencia en el ámbito rural de Galicia.

Camilo José Cela conocía muy bien y amaba, más todavía, a las gentes, las tierras, las costumbres, que tan magníficamente retrata en Mazurca para dos muertos.

 

Mazurca para dos muertos se ha considerado una novela híbrida en el sentido que inscribe y participa de ciertos artificios retóricos ya existentes en la obra ficticia anterior de Camilo José Cela. Por un lado, plasma elementos de la vida rural y del folclore gallegos un tanto similares a los desplegados en su primera novela La familia de Pascual Duarte (1942); por otro lado, Mazurca se complementa con aspectos reconocibles en los múltiples personajes que Cela creó de manera tan magistral y artística en La colmena (1951), de ahí que se pueda asegurar que la novela inicia un camino autorreferencial a la experiencia de vida colectiva; por último y, de modo semejante a San Camilo, 1936 (1969), Mazurca resiste los totalitarismos y la comodidad de la metaficción a través del uso continuado de estructuras discursivas fragmentadas que resultan, a veces, incluso caóticas.

Sin duda, se trata de una novela dialógica en la más pura acepción de este concepto y su fuerza emerge de la forma en que convoca, para luego dispersarlas, múltiples voces que, a través de diferentes niveles simultáneos y yuxtapuestos, constituyen y revelan la asfixiante tensión que se establece en la conjugación del tiempo y el espacio novelescos. Un tiempo y un espacio situados en la Galicia venerada por el autor, quien quiso inaugurar con esta obra la trilogía-homenaje a su tierra natal para recorrerla como una alabanza a la vida rural; a Mazurca para dos muertos le siguen diferentes atisbos a sus ciudades en La Cruz de San Andrés (1994), y se cierra, de forma poderosa, con un canto a su cotidianeidad marinera en Madera de boj (1999).

Si bien Mazurca para dos muertos inscribe el tiempo histórico de la Guerra Civil española como recurso central instigador de los distintos fragmentos narrativos, no se puede afirmar que sea una novela centrada en tal acontecimiento; antes bien, y como ya dije más arriba, se trata de una loa, un canto a la vida rural gallega, la más ancestral y folclórica, también la más genuina y profunda. En este sentido, la novela plasma a la perfección (y de una manera como sólo Camilo José Cela ha sabido hacer), el léxico, la sintaxis, las costumbres, en suma, los modos de vida tan peculiares de la Galicia rural en torno a los años treinta y cuarenta.

Con el fin de convertir el espacio y el tiempo rurales gallegos en un cronotopo atemporal y mítico, Cela establece como motivo dominante y soberano del mismo a la lluvia: una lluvia perenne, sin fin, paciente como la eternidad. El recurso a la lluvia es, en mi opinión, el mayor logro de la novela, ya que permite borrar cualquier posibilidad de cambio y de movimiento, afirmando, de manera dramática, la monotonía y la impasibilidad de la existencia en el ámbito rural de Galicia.

Camilo José Cela conocía muy bien y amaba, más todavía, a las gentes, las tierras, las costumbres, que tan magníficamente retrata en Mazurca para dos muertos