El peligro de jugar con el azar es que puedes encontrarte de cara con tu destino. Y el peligro de lanzar una moneda es que puede salirte cruz. Max llega a Priden con su cruz a cuestas y allí se encuentra con Eva, también como él, en plena deconstrucción de su vida. Intentan reconstruirlas en un escenario donde la muerte nunca deja de estar presentando sus innumerables caras.

Durante un tiempo viajan desde el uno hasta la otra y desde la otra hasta el uno, entre vivos espectros de muertos y fantasmas muertos en vida… porque la muerte siempre está ahí, es la que conduce ese taxi movido por el tiempo que, quieras lo que quieras e intentes lo que intentes, siempre te acaba llevando al lugar donde perteneces: a ninguna parte.

FRANCISCO GONZÁLEZ MARÍN. SOLAPA

Nací en Murcia. Que es como si me hubieran dado a elegir. Pocos sitios mejores que este para nacer. Y vivir. Y escribir. Descubrí, desde muy pronto, que esto, escribir, es uno de los mejores trucos para engañar a la soledad. Porque vienen chicas. Sí, esas a las que llamamos musas. Desde muy pequeño convoqué a las musas y unas veces venían y otras no, porque son caprichosas y  la cosa solo marcha cuando son ellas las que  le convocan a uno. Convocado por  las musas descubrí la poesía para descubrirme a mi mismo y la narrativa para descubrir a los demás. Y el teatro para sobornarlas por horas veinticuatro. Encontré muy pronto que la ironía es la mejor de las formas para decir verdades sin que salpique demasiado y me tomé el escribir como un divertimento y un ejercicio mental. Pero esto parece más serio. Parece -tú, lector, lo dirás- , que estamos ante una novela… Esto ya es otro asunto, palabras mayores… Pero todos nos estamos haciendo cada vez más mayores… o, si te gusta escribir, cada vez menos: éramos más viejos entonces, cuando no escribíamos. Escribir para uno y, adicionalmente, para el mundo, es un ejercicio que te permite recuperar la juventud perdida, creer que puedes  ser eternamente joven. Pero no te aburro más, otro día seguimos hablando. Salvo, claro, que te apetezca tomar conmigo este Taxi.

 

Fefa Martí Maldonado

Nació, no va a negarlo. En Valencia. Cuando tenía tres años la trasplantaron a Castilla (primero a Dueñas, luego a Valladolid) y a ese hecho debe la suerte de tener dos terruños, dos patrias chicas. Tenía siete u ocho años cuando un día, casualmente, leyó una historieta gráfica cuya protagonista era una muchacha que escribía un libro. Y entonces vio la luz, como Pablo en el camino de Damasco, como Cantalicio Luna cuando llegó a Buenos Aires. Escritora, eso es lo que quería ser, lo que sería. Porque había pensado (y sucesivamente descartado) ser bailarina, maestra, azafata, periodista, enfermera… Y ninguna de esas opciones le satisfacía por la sencilla razón de que elegir una de ellas le obligaba a descartar las restantes. Pero ser escritora le permitiría no descartar ninguna opción, ser todas esas cosas y muchas más, trabajar en todas las profesiones y vivir todas las vidas. Quizás lo que ella quería era ser Dios -porque, cuando se escribe, se es un poco Dios: se está en todas partes, se sabe todo y se puede todo-, aunque entonces no supiera etiquetar correctamente su deseo. Aquella misma noche escribió mi primer cuento y, desde entonces, el papel y el bolígrafo le acompañan. Con ellos crea los escenarios, los mundos y las historias en los que, desde que se decidió a escribir, vive esas otras vidas.