Sinopsis
El autor, tras una intensa labor de investigación, nos muestra una nueva visión de los últimos años de Carlos II, basados en los documentos existentes en el Archivo Nacional Bávaro de Múnich (Bayerisches Hauptstaatsarchiv) y en la Biblioteca Nacional de España. El proceso del Tribunal de la Inquisición incoado contra fray Froylan Díaz, confesor del Rey, por su directa implicación en invocar al Demonio a través de las monjas posesas del Convento de la Encarnación de Cangas de Narcea, con el fin de averiguar el cómo, cuándo y quién hechizó a Carlos II impidiéndole procrear un heredero al trono de España, y los medios para deshacer los hechizos y aliviar sus endémicos males, nos trasladan a una delirante situación en la que el lector no saldrá de su asombro cuando lea lo que doctos y eminentes doctores de la Iglesia opinaban sobre las relaciones con el Diablo, y las causas por las que fray Froylan fue preso en las cárceles secretas de la Inquisición. Las conjuras de las potencias europeas, Francia, Inglaterra y Holanda, para repartirse las posesiones españolas tras la muerte del que fuera el último de los Austrias, sirven de telón de fondo a esta apasionante historia que transcurre entre los dos últimos años del siglo XVII y comienzos del XVIII.

Carlos II El Hechizado- Carlos II de España,(1661/11/06 - 1700/11/01)

Andrés Vázquez Mariscal, investigador y presidente del Centro de Estudios Históricos Juan de Herrera, nació en Chiclana de la Frontera (Cádiz) en 1941. Desde hace quince años, y simultaneando con sus actividades profesionales, ha dedicado sus esfuerzos a la investigación histórica prestando especial atención al siglo XVI español. Ha colaborado en diversas revistas especializadas e impartido conferencias en diversos lugares de la geografía española.

Tras dos años de intensa labor y constatación de datos, nos sorprende con esta obra; una investigación exhaustiva del paradero del Enchiridion Leonis Papæ, famoso libro de ensalmos y magia que el Papa León III regaló al emperador Carlomagno el día de su coronación en el año 800. La extensa documentación presentada —principal característica de sus escritos— y la amenidad del relato, atrapará al lector desde las primeras páginas.

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El autor, tras una intensa labor de investigación, nos muestra una nueva visión de los últimos años de Carlos II, basados en los documentos existentes en el Archivo Nacional Bávaro de Múnich (Bayerisches Hauptstaatsarchiv) y en la Biblioteca Nacional de España.



El proceso del Tribunal de la Inquisición incoado contra fray Froylan Díaz, confesor del Rey, por su directa implicación en invocar al Demonio a través de las monjas posesas del Convento de la Encarnación de Cangas de Narcea, con el fin de averiguar el cómo, cuándo y quién hechizó a Carlos II impidiéndole procrear un heredero al trono de España, y los medios para deshacer los hechizos y aliviar sus endémicos males, nos trasladan a una delirante situación en la que el lector no saldrá de su asombro cuando lea lo que doctos y eminentes doctores de la Iglesia opinaban sobre las relaciones con el Diablo, y las causas por las que fray Froylan fue preso en las cárceles secretas de la Inquisición.



Las conjuras de las potencias europeas, Francia, Inglaterra y Holanda, para repartirse las posesiones españolas tras la muerte del que fuera el último de los Austrias, sirven de telón de fondo a esta apasionante historia que transcurre entre los dos últimos años del siglo XVII y comienzos del XVIII.

Contrajo matrimonio en dos ocasiones, con María Luisa de Orleans (1679) y Mariana de Neoburgo (1689), sin tener descendencia. La primera de sus esposas, seguía siendo virgen al año de matrimonio. La reina confesó a su camarera que el rey padecía de "eyaculación precoz que impedía consumar el matrimonio". La esterilidad que padecía no se debía alhechizamiento, sino a una enfermedad genital. "La causa de la esterilidad radicaba en un hipogenitalismo, ya que el rey tenía un solo testículo y era atrófico". La historia de su hechiza miento empieza aquí.

"Un astrólogo de Bohemia le dijo al monarca que la causa de la esterilidad radicaba en que no se había despedido de su padre en el lecho de muerte, por lo que Carlos II se dirigió al monasterio de El Escorial, mandó sacar la momia de Felipe IV y durante unos minutos estuvo contemplándolo". Llegó al trono cuando aún no había cumplido los cuatro años, por lo que, de acuerdo con el testamento de Felipe IV, su madre, Mariana de Austria, ejerció la regencia, asesorada por una Junta de Gobierno. En este periodo sucedieron luchas entre la reina y sus favoritos (Juan Everardo Mitad y Fernando de Valenzuela) y la oposición política, encabezada por el hermanastro del rey, don Juan José de Austria.

En el año 1676, Carlos nombró primer ministro y grande de España a Valenzuela, lo que provocó el golpe de Estado de don Juan José, quien apartó a la reina madre y gobernó como primer ministro durante algo más de dos años (1677-1679) le siguieron el duque de Medinaceli (1680-1685) y el conde de Oropesa (1685-1691).

La Monarquía participó en cuatro guerras determinadas por el expansionismo del rey francés 
Luis XIV. Sus frecuentes enfermedades y la falta de sucesión provocaron negociaciones entre los príncipes europeos para el reparto de los territorios del reino. Aunque el testamento de Carlos II declaró heredero al duque de Anjeo, futuro Felipe V.

Carlos II falleció el 1 de noviembre de 1700 en Madrid.

 Cuenta el místico español San Juan de la Cruz, en una carta conservada en el Archivo de Simancas, que Juana la Loca, hija de Isabel la Católica y madre del futuro Carlos V, decía cosas tales como que "un gato de algalia había comido a su madre e iba a comerla a ella", extrañas fantasías de una mujer misteriosa. Sobre la regia locura de Juana se han esgrimido las más caprichosas hipótesis, desde la que afirma que no padecía enajenación ninguna, sino un intolerable protestantismo cruelmente castigado con el apartamiento, hasta la versión más común que pretende, según la tesis de Marcelino Menéndez y Pelayo, que "la locura de Doña Juana fue locura de amor, fueron celos de su marido, bien fundados y anteriores al luteranismo". Tampoco los historiadores han dejado de tachar a su hijo Carlos I de España y V de Alemania, a quien las circunstancias convirtieron en el más acendrado valedor del catolicismo de su época, de haber incurrido en la heterodoxia, y ello amparándose en el proceso que el papa Paulo VI mandó formar al emperador como cismático y factor de herejes.
 
Pero aquello fue un episodio motivado por aviesos intereses políticos, cuyas razones se compadecen mal con la rectitud de los sentimientos religiosos del emperador, quien en su retiro en Yuste confesaba a los frailes: "Mucho erré en no matar a Lutero, y si bien lo dejé por no quebrantar el salvoconducto y palabra que le tenía dada, pensando de remediar por otra vía aquella herejía, erré, porque yo no era obligado a guardarle la palabra, por ser la culpa de hereje contra otro mayor Señor, que era Dios, y así yo no le había ni debía guardar palabra, sino vengar la injuria hecha a Dios." Marcelino Menéndez y Pelayo apostilla que "al hombre que así pensaba podrán calificarle de fanático, pero nunca de hereje".

Carlos II de España: La época peor tratada por la Historia y los historiadores

El 24 de febrero de 1500, fecha en que los estados flamencos celebraban su día en Prinsenhof, cerca de Gante, el archiduque Felipe el Hermoso y la archiduquesa Juana, más tarde llamada la Loca, rendían pleitesía al nuevo rey de Francia, Luis XII, a pesar del enfado del emperador Maximiliano y de los Reyes Católicos. En medio de la ceremonia, Juana corrió al evacuador (un excusado especial) y se encerró en él sin que Felipe se inmutara. Al cabo de una espera excesiva las damas de honor, alarmadas, hicieron derribar la puerta, y Juana mostró la razón de su encierro. Sola y sin ayuda había dado a luz a su segundo hijo. Lo bautizaron con el nombre de Carlos en honor a Carlos el Temerario, bisabuelo del niño.

Como hijo de Felipe el Hermoso y Juana la Loca, llegó a manos de Carlos V una vasta y heterogénea herencia, en la que mucho tuvieron que ver la combinación de matrimonios dinásticos y una serie de muertes prematuras de los herederos directos de distintos tronos. Por parte de su abuelo paterno, el emperador Maximiliano de Habsburgo, recibió los estados hereditarios de la casa de Austria, en el sudeste de Alemania; por parte de su abuela paterna, María, obtuvo el ducado borgoñón, que sin embargo estaba en poder de Francia, y además los Países Bajos, el Franco-Condado, Artois y los condados de Nevers y Rethel. De su abuelo materno, Fernando el Católico, recibió el reino de Aragón, Nápoles, Sicilia, Cerdeña y sus posesiones de ultramar; y de su abuela materna, Isabel la Católica, Castilla y las conquistas castellanas en el norte de África y en Indias.
Una herencia fabulosa y conflictiva El verdadero problema residiría en la falta de cohesión de todos estos dominios, por lo que Carlos se propuso durante todo su reinado superar el concepto feudal del imperio y darle una nueva dinámica a través de un ideal común que justificase la reunión de territorios tan dispares bajo una sola corona. La figura del imperio surgió ante él como la entidad política idónea para aglutinar los distintos dominios y fundarlos sobre una universalidad religiosa. El ideal común era el cristianismo y, conforme al mismo, Carlos se erigió en el «guardián de la cristiandad», en momentos en que la unidad de convicciones que habían mantenido cerrado el mundo medieval estaban a punto de romperse. Según Menéndez Pidal, Carlos V asumió el papel de coordinador y guía de los príncipes cristianos contra los infieles «para lograr la universalidad de la cultura europea», de modo que la idea de cristianismo pasó a ser una realidad política. Sin embargo, ésta no fue tarea fácil en un siglo como el XVI, en el que los sentimientos nacionales se oponían al universalismo y los príncipes cristianos buscaban consolidar, cuando no ensanchar, su espacio vital en el viejo continente.



Carlos se formó intelectualmente con Adriano de Utrecht, que sería promovido al pontificado con el nombre de Adriano VI, y con Guillaume de Croy, señor de Chièvres, personaje sobre el que recaen las acusaciones de avaricia y fanfarronería. Pasó su infancia en los Países Bajos, y en sus estudios siempre mostró gran afición por las lenguas, las matemáticas, la
geografía y, sobre todo, la historia. Paralelamente, sus educadores no olvidaron que un hombre llamado a tan altos designios debía poseer un organismo robusto, de modo que estimularon los ejercicios físicos del joven Carlos, quien sobresalía en la equitación y en la caza, al tiempo que se mostraba singularmente diestro en el manejo de la ballesta. La firmeza de su carácter, rasgo del que dio sobradas muestras en el curso de su vida, parece ponerse en entredicho en sus primeros años, pues, llamado a gobernar Flandes en 1513, fue en realidad su ayo, el señor de Chièvres, quien llevó las riendas del Estado. Pero este hecho se comprende fácilmente cuando se cae en la cuenta de que Carlos tenía por entonces sólo trece años.
Juana la Loca con sus hijos Fernando y Carlos En 1516, con la muerte de su abuelo Fernando el Católico, se convirtió en Carlos I de España, pese a la oposición de los partidarios de su hermano, el príncipe Fernando, educado en España. Si bien Castilla dio su consentimiento al nombramiento de Carlos como rey de España, Aragón puso como condición que el nuevo rey jurara su Constitución en Zaragoza, lo que significaba que el monarca debía trasladarse de Flandes a España. Su viaje se retrasó de forma injustificada durante varios meses, y en este interregno había ejercido la más alta magistratura en España el cardenal Jiménez de Cisneros. Este último emprendió viaje, para recibirle, a las playas de Asturias, pero cayó enfermo y hubo de refugiarse en el monasterio de San Francisco de Aguilera, donde recibió la noticia de la llegada del rey con un séquito extranjero. El 18 de septiembre de 1517, después de una dificultosa travesía, Carlos V desembarcaba en el puerto asturiano de Villaviciosa. Lo acompañaban su hermana Leonor, el señor de Chièvres, el canciller de Borgoña y numerosos nobles flamencos. Unos días antes, el 31 de octubre, un monje alemán llamado Lutero había pronunciado las noventa propuestas contra el comercio de las indulgencias, que darían pie al movimiento de Reforma contra la Iglesia católica romana.

Cisneros mandó con urgencia una recomendación al monarca rogándole que despidiese a su séquito, temeroso, y con razón, de que ello no haría sino irritar a los cortesanos españoles. Desatendiendo tan prudentes consejos, Carlos mantuvo a su lado a sus amigos y se dirigió a Tordesillas, donde estaba recluida su madre. Obtuvo de ella que abdicara en su favor, formalidad sin la cual le hubiese sido imposible gobernar. Antes de llegar a Valladolid,
Carlos recibió la noticia de la muerte de Cisneros. El cardenal había muerto sin lograr entrevistarse con el mozo flamenco y atribulado por un inminente porvenir que él, mejor que nadie, preveía conflictivo.
Rey de España De todos los países que heredó, España fue el más difícil de consolidar bajo su dominio. Carlos se propuso reinar con el exclusivo apoyo de sus compatriotas, repartiendo entre ellos prebendas y altos cargos, lo cual indignó sobremanera a la nobleza local. El partido formado alrededor de su hermano Fernando, su condición de extranjero y el desconocimiento de la lengua castellana pesaron en su contra. Los tropiezos comenzaron inmediatamente después de que la ciudad de Valladolid recibiese con grandes agasajos, fiestas, justas y torneos al monarca extranjero. En febrero de 1518, durante la primera reunión de las cortes castellanas, se exigió al rey el respeto de las leyes de Castilla y que aprendiera el castellano. Carlos no dudó en aceptar estas exigencias, pero a cambio pidió y obtuvo un sustancioso crédito de 600.000 ducados. Las cortes de Aragón se demoraron hasta enero del año siguiente para reconocerlo como rey, y lo hicieron junto a su madre. También le concedieron un crédito de 200.000 ducados.

En las cortes de Cataluña las negociaciones fueron más arduas. El rey se encontraba aún en Barcelona cuando recibió la noticia de que el 28 de junio había sido elegido emperador con el nombre de Carlos V. El título imperial le era imprescindible para llevar a cabo el gobierno de las numerosas posesiones bajo el signo de la unidad. La corona de su abuelo paterno, el emperador Maximiliano, no era hereditaria sino electiva, y la Dieta reunida en Francfort, tras la renuncia de Federico el Prudente, hizo recaer la designación en su persona. Para conseguirla, Carlos había invertido un millón de florines, la mitad del cual fue financiado por los banqueros Fugger, quienes vieron en él la clave del desarrollo económico de Europa.

Carlos regresó a Castilla a fin de preparar la coronación imperial y solicitar un nuevo crédito. La existencia de una fuerte oposición a concedérselo, que encabezaba Toledo, lo llevó a convocar las cortes en Santiago y a continuarlas en La Coruña. La multiplicación de oportunidades facilitada por los consiguientes aplazamientos de las sesiones y el curso itinerante de las mismas allanó las reticencias al crear el clima adecuado que permitió que los
representantes de las ciudades fueran presionados y sobornados para la causa del rey. Después de violentas discusiones, los procuradores traicionaron el mandato de sus ciudades y otorgaron el nuevo empréstito. Tras esta votación, la mayoría no regresó a sus ciudades, y quienes lo hicieron fueron ejecutados. Carlos salió de España dejando tras de sí al reino castellano sumido en la «guerra de las Comunidades». Nunca recogió el dinero del préstamo.

El desprecio que los asesores flamencos del rey mostraban por los españoles, el favoritismo en el nombramiento de extranjeros para desempeñar cargos públicos de importancia, las grandes cantidades de dinero sacadas del reino y la designación de Adriano de Utrecht como regente durante la ausencia del rey fueron algunas de las causas de la revuelta de los comuneros. Ésta fue en un principio una verdadera rebelión contra la aristocracia terrateniente y el despotismo real. Fue ante todo una defensa de la dignidad y los intereses castellanos nacida en el municipio como un movimiento burgués.

Sin embargo, antes de la derrota de los últimos rebeldes en Villalar, el 23 de abril de 1521, el levantamiento había degenerado en una revuelta incoherente, identificada más con las tradiciones feudales que con las reivindicaciones económicas y políticas de la burguesía. También el reino de Valencia se sublevó por entonces. El movimiento fue animado por las germanías (asociaciones de artesanos) de Valencia y Mallorca, que lanzaron contra la aristocracia a las milicias reclutadas para hacer frente a los piratas del Mediterráneo. Carlos no pudo menos que respaldar a la aristocracia en su acción represiva. Las germanías fueron derrotadas en 1523 y sus seguidores duramente castigados.