Buscar siempre la mejor lectura es dirigirme a la Editorial DRÂCENAS ,Menudos escritores :PARA PARAR LAS AGUAS DEL OLVIDO, menuda historia

Drácena no es una editorial ni dependiente ni independiente; es, sencillamente, una editorial pequeña, casi mínima, por no decir que etérea, cuya pretensión, si nada lo impide, es difundir textos editados y extraviados en el tiempo y, por supuesto, tantos cuantos originales nos gusten, con una única condición: que hayan sido concebidos en lengua española.

Hay otras editoriales que se ocupan de traducir; nosotros sólo de autores en castellano, preferentemente del siglo Veinte hasta nuestros días. No importa de dónde sean y cómo vengan, ni ellos, ni sus textos; lo que importa es su empeño, la literatura; o sea, su uso acendrado y particular del castellano para recrear el mundo. A eso nos atendremos siempre para editar un texto.

Y como dijo el indio que «el mundo es ancho y ajeno» y sus extremos son infinitos y recónditos, para alcanzar velozmente a todos, comenzamos editando en e-book, hasta que, de pronto y por los avances de la imprenta, descubrimos que podíamos ofrecer esos mismos títulos también en papel, para cualquier lector, se hallase dónde se hallase, y casi con idéntica celeridad. De modo que no fue asunto para pensarlo demasiado y ahí tienen,

Para parar las aguas del olvido

Ignacio Taibo I



Francisco Ignacio Taibo Lavilla nació en Gijón, el 19 de junio de 1924, y murió en la Ciudad de México, el 13 de noviembre de 2008. Con apenas diez años vivió su primer exilio en Bélgica, cuando su padre, dirigente de la UGT, huyó tras el fracaso de la Revolución de Asturias. Con el triunfo electoral del Frente Popular, en febrero de 1936, regresó a España, lo que propició que viviese la Guerra Civil y la represión posterior, que relata en Para parar las aguas del olvido. Por la influencia de su tío materno, Ignacio Lavilla, se convirtió en periodista. En España lo ejerció en El Comercio de Gijón y en El Correo Español de Bilbao, donde encaró desde el reportaje social hasta el periodismo deportivo, pero en 1959 se exilió a México. Allí, y también desde el periodismo, se convirtió en una figura en el ámbito cultural, frecuentando, entre otros, a Luis Buñuel y a Luis Alcoriza. Al punto que en 1965 fue nombrado director del Instituto Cultural Hispano de México, y desde 1980 se responsabilizó de la programación matutina del Canal 18. También, en 1981, fundó y dirigió la sección cultural de El Universal. Por todas estas tareas y algunas otras en el ámbito de la información, en 2008, recibió el Premio Nacional de Periodismo de México
Su obra literaria superó el periodismo con novelas como Juan N.M. (1956), Fuga, hierro y fuego (1979) o Pálidas banderas (1989), o con ensayos sobre el cine como María Félix, La Doña (1985), El Indio Fernández (1986) o Historia popular del cine (1996), e incluso con piezas teatrales como El juglar y la cama (1966) o Los cazadores (1967), y hasta con unas sui generis memorias, Para parar las aguas del olvido (1982).

 

Drácena recupera estas memorias editadas por Júcar en 1982, que son mucho másque las memorias de infancia y juventud de Paco Ignacio Taibo I, pues lo son también las de sus amigos: Ángel González, Manuel Lombardero o Carlos Bousoño, protagonistas con el autor de este recorrido por el Oviedo de la posguerra.

Cinco chavales que juegan entre los escombros, alquilan libros en la librería Cervantes –donde el bueno del dueño ha colocado de chico para todo a quien luego sería Ángel González– y que saltaban los muros del orfanato, hoy convertido en el lujoso hotel Reconquista de los premios Princesa de Asturias. Los tiempos cambian pero la memoria permanece.

 

Taibo marcharía a México en 1959 y seguiría escribiendo novelas, guiones, cuentos, historias y amistades. La de Buñuel, por ejemplo, que siempre se quedaba mirando los volúmenes de la Enciclopedia Asturiana. “Mayor que la Británica”, exclamaba, descojonándose de risa.

 

Aquel mundo gris, que, tratándose de Oviedo, entonces siempre estaba cubierto de niebla o de lluvia, o de ambas cosas, y los cinco chavales a falta de mejor cosa para superar ese aburrimiento de ciudad de provincias asistieron como unos caballeros sin caballo ni coraza a las tres películas de “interés nacional”, patrióticas, formadoras de nuevos varones y damas para la patria: Eugenia de Montijo, Lola Montes e Inés de Castro. Tres grandes éxitos de la cinematografía española de 1944.

 

Quien haya pasado por eso y luego sobrevivido con el hambre, el estraperlo, las cartillas de racionamiento… ¡Esos cinco chavales tenían más valor que una novela de Salgari! Pero convivían con los sapos, ese animal tan ligado incluso a nuestra infancia ovetense bastante más tarde que la de los cinco valientes. ¿Por qué aparece el sapo en La Regenta de Clarín incluso hasta incluirlo en el inquietante y equívoco final de la novela? Hay tesis variadas sobre el asunto. Pero salvo las personas que se parecen a los sapos, a los que damos unos comportamientos que quizá no corresponden al animal, nuestra infancia, no digamos la de ellos, está llena de sapos. Quizá se deba exclusivamente a la humedad, pero cuenta Taibo en una página car­gada de simbolismo que él llegó a tocarlos y que no eran viscosos como creíamos. Tiempo de sapos.

 

El mundo era gris y los sapos quizá fueran el juguete más barato, que se adaptaba al medio como si formara parte del paisaje. La alegría la daban los boleros de la radio, donde dominaba Agustín Lara y su Farolito. Cada época tiene su canción, así como inquietaban los sapos, que el tiempo ha ido haciendo desaparecer. No habla la novela de los grillos, o al menos no lo recuerdo, un insecto prácticamente desaparecido de nuestro imaginario colectivo y hasta de los campos. ¡Era el único animal doméstico que nos permitían tener en casa! Y eso que atronaba la escalera donde había que sacarlo todas las noches para que pudiéramos dormir, independientemente de lo que pudieran decir los vecinos, que quizá creyeran que estaban en el campo. Porque las capitales de provincia eran prados con casas, y las ciudades, aldeas de ringo rango.

 

Para parar las aguas del olvido, título tomado de un verso de Cervantes, es uno de los escasos recordatorios de una época que se cuidó mucho, por la cuenta que le traía, de no relatar un mundo que parece salido de un museo de la miseria, de esos que afirman que no existieron nunca y que sólo se pueden reconstruir gracias a la literatura. Nuestra escasa, humilde y harto falaz literatura provinciana de posguerra, donde no aparecía lo importante sino sólo la superficie de las cosas y el fulgor pálido de las ambiciones.

 

 

 

 

 

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Pero más allá de la enorme curiosidad por estos personajes decisivos en nuestra historia literaria reciente, Para parar las aguas del olvido son la vívida estampa de aquel Oviedo de las cartillas de racionamiento y de los himnos altisonantes, al punto de que se podría afirmar que, por su acierto en la condensación de escenas, Para parar las aguas del olvido son las memorias de toda una generación: la de los “niños de la guerra”, con sus anhelos y sus carencias, sus aspiraciones y sus decepciones.

 

Y, sin embargo, como señala con acierto Luis García Montero en su prólogo, Para parar las aguas del olvido lejos está en su relato del patetismo; es más, se sirve de la imaginación y de la ironía para dejarnos un retrato todavía más conmovedor y palpable de aquellos días herrumbrosos y destartalados cuando “media España ocupaba España entera”.

 

     Relato imprescindible para acercarse y sentir un tiempo crucial, aunque todavía nos pese, de nuestra historia.

 

 

Drácena recupera estas memorias editadas por Júcar en 1982, que son mucho más que las memorias de infancia y juventud de Paco Ignacio Taibo I, pues lo son también las de sus amigos: Ángel González, Manuel Lombardero o Carlos Bousoño, protagonistas con el autor de este recorrido por el Oviedo de la posguerra.

Pero más allá de la enorme curiosidad por estos personajes decisivos en nuestra historia literaria reciente, Para parar las aguas del olvido son la vívida estampa de aquel Oviedo de las cartillas de racionamiento y de los himnos altisonantes, al punto de que se podría afirmar que, por su acierto en la condensación de escenas, Para parar las aguas del olvido son las memorias de toda una generación: la de los "niños de la guerra", con sus anhelos y sus carencias, sus aspiraciones y sus decepciones.

Y, sin embargo, como señala con acierto Luis García Montero en su prólogo, Para parar las aguas del olvido lejos está en su relato del patetismo; es más, se sirve de la imaginación y de la ironía para dejarnos un retrato todavía más conmovedor y palpable de aquellos días herrumbrosos y destartalados cuando "media España ocupaba España entera".

Relato imprescindible para acercarse y sentir un tiempo crucial, aunque todavía nos pese, de nuestra historia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Para parar las aguas del olvido

  • Se publican las memorias del escritor y periodista asturiano-mexicano Paco Ignacio Taibo I, exiliado en 1959
  • En ellas, el autor evoca con humor los años duros de la Guerra Civil y la posguerraen los que un grupo de niños aprende el arte rebelde de la supervivencia

La policía sabe que es policía, sabe que tiene el poder, sabe ejercerlo, sabe que las puertas se le tienen que abrir y que al otro lado de cada puerta hay un rostro desencajado que intenta, inútilmente, reconstruir la calma.



La policía no usa nunca el timbre, aun cuando lo haya y esté funcionando.



La policía estrella el puño contra la tabla y espera que la tabla no caiga al suelo; pero lo que se cae, al otro lado, es el corazón y el pulso, y las rodillas. Hasta los calcetines de los muchachos se caen al otro lado, cuando se estrella el puño del policía.

Por todo esto, los perseguidos nos acostumbramos a llamar a la puerta con un toquecito liviano, con un suave rasguño, con un repiqueteo de dedos.

Con el puño, jamás.

Por todo esto, que muchos de ustedes comprenderán de inmediato, mi familia, al igual que miles de españoles, llamamos siempre a la puerta con amor.

 

El moro que se quiso casar con una puta


La cosa nunca estuvo muy clara; parece ser que el moro pidió permiso para casarse en Oviedo y que el comandante se lo denegó.

Después intervino la junta de señoras que atendían a que las fuerzas africanas no se sintieran desamparadas en tierra de cristianos y entonces autorizaron la boda.

La novia, se dijo, estaba dispuesta a no consentir, si el moro no se hacía católico, y el moro aceptó ser bautizado.

Por lo que se contaba en el barrio la novia había conseguido traer a un pagano a la verdadera religión y esto acaso haya sido lo que movilizó tanto entusiasmo alrededor de la boda y de los prolegómenos.

Sin embargo, las cosas se estropearon, súbitamente, cuando las señoras supieron que la

novia era puta y que seguía ejerciendo las actividades propias de su negocio.

La gente comprensiva afirmaba que si la novia seguía puteando era porque quería reunir un poco más de dinero, para poner un restaurante, con su marido, en Ceuta.

El moro, al que nunca conocí, le parecía bien que su futura esposa pensara en el mañana.

A las damas que atendían a los moritos, todo esto les sonaba a escándalo.

—Es que lo menos que se le puede pedir es que se regenere.

Pero ella no se regeneraba y el moro no se hacía cristiano mientras no supiera, claramente, lo que daban las señoras por cada católico conquistado.

La puta, el moro, las damas y el comandante, tuvieron una junta que debió ser deliciosa.

La puta quería el restaurante en Ceuta, el moro pedía cuatro mil pesetas y un traje de civil, con sombrero; las damas aconsejaban a la puta que dejara su negocio, ella se negaba a abandonar la casa mientras no estuviera claro su futuro y el comandante terminó enfadándose y diciendo una grosería tan grande que las damas le acusaron de ser digno de la zona roja.

Y no hubo boda.

Pero desde entonces la puta era señalada por todos, en Oviedo, con un gran respeto o, por lo menos, con una gran curiosidad.

—Mírala; es la puta que se quiso casar con un moro.

—¿Y el moro?

Extraña cosa, no se volvió a hablar de él y parece que jamás se hizo cristiano.

Una dama que estuvo en mi casa comprando a mi madre el reloj de pared que teníamos, le dijo, muy atribulada:

—No merecía esa bendición.

El moro que se quiso casar con una puta fue tema de conversación entre los amigos que tomaron diversos partidos, según su grado de politización, de ateísmo y de misterioso respeto por la prostitución nacional.

Sin embargo, y en líneas generales, la actitud del moro fue mejor comprendida que la actitud del comandante y de las damas.

A este se le señalaba falta de rigor en su análisis del temperamento moruno y a las señoras se les acusaba de contradictorias.

Primero: traen los moros de África.

Segundo: abren casas de putas en Oviedo.

Tercero: dan un traje a cada moro que se bautice.

Cuarto: patrocinan las bodas de militares.

Los amigos nos mirábamos, después de haber desarrollado toda la situación y nos decíamos:

—Entonces, si las cosas son así; ¿por qué coño se tienen que meter en cama de la novia?

Sin embargo, parece que el punto de vista de las damas que habían tomado a su cargo a los moritos no era el nuestro.

Cuando pasé por Ceuta andaba yo mirando los restaurantes y preguntándome: ¿habrá conseguido el moro otra puta en Oviedo?

 

Tuberculosis


En el año 1944, Ángel enfermó de tuberculosis.

Tenía diecinueve años y todos los amigos, aterrados, andábamos secándonos las lágrimas con la manga y ocultándole a Ángel tanta pena. Tío decía: «Se puede salvar; hay gente que se salva».

Entonces doña María decidió enviar a su hijo a Páramos del Sil, en tierras de León, para ponerle los pulmones a secar.

Comenzó con esto un epistolario juvenil, lleno de poemas, descripciones y periódicos manuscritos.

Iban y venían las cartas contándonos Ángel cómo miraba, desde su ventana abierta, pasar a las pastoras que iban al monte arreando ovejas y borricas.

Nosotros devolvíamos cuento por poema, noticia por noticia.

Páramo del Sil comenzó a ser un lugar amado e imaginado.

Benigno, Manolo, Amaro y yo mirábamos hacia Páramo del Sil en donde el quinto amigo había puesto al sol sus dos pulmones.

Ángel allá estaba haciéndose poeta, al mismo tiempo que secaba.

El día trece de octubre del año mil novecientos cuarenta y cuatro, Ángel me envía un Envío. Lo dedica: a P. I. T.
 

Mis versos están tuberculosos.
Por eso, como yo, necesitan reposo.
Léelos detenidamente
y acuéstalos en el lecho de tu mente,
y luego resucítalos si los crees curados
para ver si maduran sobre los verdes prados.


Decidimos reunir el dinero suficiente e irnos a pasar a Páramo del Sil la Nochebuena.

Viajamos en autobuses y en tren, llegamos al pueblo, que era pequeño, en una camioneta.

El pueblo tenía un puente y un río, una iglesia y algunas casas viejas y aplastadas en un suelo de roca.

Aquella noche entramos en la taberna y pedimos un anís cada uno: después llegó la Guardia Civil, dio las buenas noches y, uno por uno, fuimos mostrando los papeles.

La Guardia Civil usaba enormes capotes verdes, húmedos y olorosos a humo de leña y sudor humano. Los vecinos de Páramo del Sil bebieron sus cazallas mientras los cuatro recién llegados iban mostrando la documentación dentro de un silencio enorme, muy profundo.

Se fueron, después de habernos deseado unos días de descanso muy satisfactorios, y dejaron la puerta bien cerrada, porque por ella entraba un frío muy vivo.

Esa noche estuvimos los cinco muy cerca de las estrellas, que parecían brillar como recién cargadas de energía, y caminamos por el pueblo, cruzándonos con sombras que daban las buenas noches, dejando atrás a la luz amarilla de la taberna y entreviendo muy lejos ya, las dos sombras de los guardias que iban desgajando las piedras del camino.

Ninguno de nosotros sabíamos aún qué hacer o a dónde dirigirnos; qué modelar con la vida que quedaba, si es que quedaba.

La sombra de la tuberculosis de Ángel nos tenía a todos asustados.

Vivíamos en la casa de un cura que se había muerto hacía unas semanas y el ama del cura nos daba, como postre, flanes con doce huevos.

Al tercer día los cuatro recién llegados estábamos enfermos de comida.

Caminamos mucho, hablamos de poetas y de novelistas recién aparecidos, nos burlamos de los últimos poetas victoriosos, que eran una mierda pinchada en asta de bandera, dimos noticias de amores y de besos, de chicas que acababan de ponerse medias; de todo. Y nos fuimos dejando a Ángel con los carrillos enrojecidos de tanto viento, aire, sol, huevos y pastoras.

Había algo que teníamos seguro al marchar: ya no se iba a morir. Un tipo que recibe la visita de cuatro amigos así, ya no se muere.

Una camioneta nos bajó hasta el ferrocarril.

De aquellos días recuerdo la escena de la taberna, alumbrado el lugar con una luz que se nos iba y venía en un suave oleaje; recuerdo también los flanes, la mesa de Ángel con el papel blanco cuidadosamente alineado y también la máquina de escribir sobre la mesa. Las montañas, una pastora gordita, canciones en la noche, ese cielo tan alto y tan lleno de estrellas, y esa ternura que siempre siento cuando estoy con ese mismo grupo, con el que crecí, leí, me fui haciendo grande y luego esa cosa sutil que llamamos maduro.

*Paco Ignacio Taibo I (Gijón, Asturias, 1924 - Ciudad de México,  2008) fue escritor y periodista, autor de obras como Fuga, hierro y fuego, La risa loca. Enciclopedia del cine cómico o El juglar y la cama.