Drácena pretende difundir textos editados y extraviados en el tiempo y, por supuesto, tantos cuantos inéditos nos gusten, con una única condición: que hayan sido concebidos en lengua española.

Hay otras editoriales que se ocupan de traducir; nosotros sólo de autores en castellano, preferentemente del siglo XX hasta nuestros días. No importa de dónde sean y cómo vengan, ni ellos, ni sus textos; lo que importa es su uso acendrado y particular de la lengua para recrear el mundo. A eso, a su literatura, nos atendremos siempre para editar un texto.

Y como dijo el indio que «el mundo es ancho y ajeno» y sus extremos son infinitos y recónditos, hemos dispuesto los medios, en papel y en e-book, para alcanzar velozmente a todos; tanto en esta ribera como en la otra del Atlántico e, incluso, más allá.




Publicar y leer El plano oblicuo es homenajear al que, según e Alfonso Reyes tudiso Hist, cuando se instalen Espa Borges, «es el mejor prosista en lengua española del siglo XX», pues no solo es el primer libro de relatos de Alfonso Reyes sino, además, fue editado en España, durante aquel decenio de 1914 a 1924, cuando Reyes se instaló en Madrid y trabajó al amparo de Menéndez Pidal en el Centro de Estudios Históricos. Un tiempo que dejó una profunda huella en su obra, casi tanta como él en los literatos del momento. Baste recordar aquí su homenaje a Mallarmé en el Real Jardín Botánico de Madrid, al que acudieron Ortega y Gasset, Antonio Marichalar, Eugenio D’Ors, José Bergamín, Enrique Díez-Canedo, Mauricio Bacarisse, José Moreno Villa y Juan Ramón Jiménez.

Pues la gavilla de cuentos que constituyen El plano oblicuo son una magnífica, por primeriza, muestra de la insólita y excepcional prosa de Reyes, al punto que como dice Colinas en el prólogo, «me lleva a pensar que estos relatos comparten también las virtudes del ensayo o de la poesía. O de una erudición exquisita… Ese sentido de universalidad de la obra de Reyes que sólo puede sostenerse en una rica cultura y en el don natural de una fecunda expresividad». Para rematarse con «un autor originalísimo y lamentablemente aún por descubrir, entre nosotros los españoles».

El plano oblicuo

Nació en Monterrey, el 17 de mayo de 1889, y murió en la Ciudad de México, el 27 de diciembre de 1959. Bastaría con añadir que Borges dijo que era «el mejor prosista del idioma español del siglo XX» para expresar su talla e importancia literaria. Por lo demás, cursó sus primeros estudios en Monterrey y se licenció en Derecho por la Facultad de México en 1913. Para entonces ya había fundado el Ateneo de la Juventud con Henríquez Ureña, Antonio Caso y Vasconcelos, y publicado su primer libro, Cuestiones estéticas, e incluso había sido nombrado secretario de la Escuela Nacional de Altos Estudios, antecedente de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde impartía Historia de la Lengua y Literatura Españolas.

En 1913, con la participación de uno de sus hermanos en los gobiernos de Huerta, aprovechó para ingresar en la embajada de México en Francia pero al año siguiente, ante el estallido de la Revolución, tuvo que exiliarse a España, donde residirá hasta 1924. Aquí, trabajó en el Centro de Estudios Históricos bajo la dirección de Menéndez Pidal y comenzó a publicar sus primeras obras fundamentales: El plano oblicuo, Barroco y Góngora, Cartones de Madrid, Visión de Anáhuac, El suicida, El Cazador... Mientras, colaboraba en la Revista de Filología Española, la Revista de Occidente y la Revue Hispanique, y hasta organizó el célebre homenaje de 1923 a Mallarmé, en el Real Jardín Botánico.

En 1924 se incorporó de nuevo al servicio diplomático mexicano en París. En 1927 era nombrado embajador en Buenos Aires, donde trabará amistad con Victoria Ocampo, Xul Solar, Lugones, Borges, Bioy Casares y Paul Groussac, y en 1936, fue embajador en Brasil. Además, en 1939, presidirá la Casa de España en México, fundada por los refugiados de la Guerra Civil, que después se convertirá en El Colegio de México. Mientras, seguirá publicando traducciones, estudios literarios e, incluso, sus títulos de creación que abundan en todos los géneros (poesía, teatro y narraciones) hasta completar una obra colosal y casi inabarcable. En 1940, fue nombrado miembro de la Academia Mexicana de la Lengua y, luego, su director desde 1957 hasta 1959. En tanto, recibía reconocimientos de su país e internacionales que no hicieron sino confirmarlo como un grande de la literatura.

 

Publicar y leer El plano oblicuo es homenajear al que, según Borges, «es el mejor prosista en lengua española del siglo XX», pues no solo es el primer libro de relatos de Alfonso Reyes sino, además, fue editado en España, durante aquel decenio de 1914 a 1924, cuando Reyes se instaló en Madrid y trabajó al amparo de Menéndez Pidal en el Centro de Estudios Históricos. Un tiempo que dejó una profunda huella en su obra, casi tanta como él en los literatos del momento. Baste recordar aquí su homenaje a Mallarmé en el Real Jardín Botánico de Madrid, al que acudieron Ortega y Gasset, Antonio Marichalar, Eugenio D’Ors, José Bergamín, Enrique Díez-Canedo, Mauricio Bacarisse, José Moreno Villa y Juan Ramón Jiménez.

Pues la gavilla de cuentos que constituyen El plano oblicuo son una magnífica, por primeriza, muestra de la insólita y excepcional prosa de Reyes, al punto que como dice Colinas en el prólogo, «me lleva a pensar que estos relatos comparten también las virtudes del ensayo o de la poesía. O de una erudición exquisita… Ese sentido de universalidad de la obra de Reyes que sólo puede sostenerse en una rica cultura y en el don natural de una fecunda expresividad». Para rematarse con «un autor originalísimo y lamentablemente aún por descubrir, entre nosotros los españoles».