TÍTULO: La oniromarca secreta

AUTOR: Pilar Pascual

SAGA: Sí (Mundo Sueño)

PÁGINAS: 360

EDITORIAL: Edebé

AÑO: 2016

ISBN: 978-84-683-1918-6
PRECIO: 15,95€

La oniromarca secreta (Pilar Pascual)

Martín siguiendo con atención la dedicatoria de Pilar Pascual en su ejemplar fotos de la propia escritora

Los padres de Rebeca han desaparecido sin dejar rastro y ella ha tenido que ir a vivir con su abuelo, el profesor Balvatin. Se siente desorientada y perdida en la vieja y peculiar casa de este, un anciano distante y frío al que no ve desde que era muy pequeña. Rebeca descubrirá pronto que la desaparición de sus padres no es casual y que ella misma está en peligro. Su realidad se desmoronará para transportarla a una realidad oculta, a un secreto milenario que ha estado relacionado con sus ancestros desde el principio de los tiempos, y por el que será perseguida por inesperados y peligrosos enemigos. «Mientras haya una sola persona que sueñe, sus sueños podrán germinar y echar brotes en ambos mundos. La imaginación es una gota de sueño que Morfeo dejó en cada uno de nosotros, y que de padres a hijos se va heredando, a veces con más fuerza, a veces con menos. Gracias a ella, lo que una vez estuvo unido podrá volver a estarlo.

 

La casa fue descubriéndose, anciana y gruñona, según se acercaron. Era una casa singular, con carácter, desafiante incluso. Una casa por la que la vegetación había medrado sorprendentemente frondosa para ser invierno; de dos pisos, con ventanas arrebujadas entre la tupida madreselva, que no necesitaba esforzarse para intimidar a los curiosos. Una casa, pensó Rebeca al escudriñarla, que olía de lejos como un baúl antiguo donde se guardan libros olvidados junto a plumas de escribir y relojes de cuerda. Y allí, bajo su aspecto amenazante, se alzaba un muro de piedra que la rodeaba abrazando toda su estructura y sus jardines e impidiendo el paso a los extraños. Tan solo a través del portón enrejado, atrapado por el óxido, podía verse la parcela. A Rebeca le bastó un vistazo para comprender que hacía mucho tiempo que aquella verja no se abría para nadie. Percibió de golpe un cerrojo grande y pesado en ella, un jardín descuidado, las cortinas echadas, y sobre el tejado y en la columnata de la entrada, cuatro gárgolas de piedra tan tétricas que auguraban un mal recibimiento. ¿A quién se le habría ocurrido la idea de colocarlas allí? Todo, brazos, boca, pecho, espalda, piernas, estómago, todo se encogió en Rebeca con un escalofrío. La casa emanaba una profunda soledad y ella, con sus recién cumplidos doce años, sintió miedo. Sin embargo, el miedo de Rebeca realmente había empezado antes de su llegada a aquella casa. Había surgido días atrás, y con él se habían intensificado también las pesadillas que le impedían conciliar el sueño por las noches desde la ausencia de sus padres. La jueza tutelar, Felicia Kraus, una mujer mayor, flaca y con arrugas profundas en la cara y el cuello, la había mirado con unos afables y vivos ojillos verdes, y le había explicado que tenía que enviarla a la casa de su abuelo. Sus padres habían desaparecido sin dejar rastro aquel viernes. Tras las clases, ella había esperado a que volvieran del trabajo, como siempre, viendo una película en el salón dando por sentado que la puerta de su casa se abriría en cualquier momento. Pero pasó la tarde y llegó la noche, y continuó la espera hasta el amanecer cuando, asustada, había avisado a sus vecinos. ¿Cuántos días habían pasado desde aquello? Por lo menos veinte. Ya estaban en Navidad. Las vacaciones habían comenzado alegremente para sus compañeros de clase, pero para ella, atormentada por la súbita ausencia de sus padres, importaba poco ahora el interludio invernal que tanto había deseado disfrutar semanas antes. Madre y padre desaparecidos. Tal cual. ¿Así se sentían los niños huérfanos? ¿Abandonados, muertos de miedo, desvalidos y, en definitiva, solos? No quería pensar mucho en ello. Tenía que ser fuerte e intentar no preocuparse, le había repetido varias veces el afable asistente social que la traía en furgoneta hasta el caserón de su abuelo; un hombre muy grande y grueso, de prominente barriga, espeso mostacho y mejillas abultadas y sonrosadas, que la había tratado con especial simpatía durante todo el trayecto. Rebeca trató de olvidarse del miedo preguntándose cómo sería por dentro la casa y, sobre todo, cómo sería él, su abuelo. ¿Le reconocería? Por supuesto que no, imposible

 

 

MUNDO SUEÑO: EL SECRETO DE LA HISTORIA

Modesta opinion de valenti fainê

Mira me gustaría contar mucho de tu libro, pero los cuentos tampoco son mi fuerte, lo que si veo en tu escritura es que cuando escribes, haces volar tu imaginación y esta fuerza, que te sale de dentro creo realmente que la tienes que explotar, mucho más un cuento en el que resumiríamos, que realmente mucho de lo explicado nos a ocurrido por lo menos similarmente así que un aprobado y la vida no es un cuento es una realidad