Bertrand Russell, uno de los más grandes filósofos, científicos y críticos sociales y políticos del siglo XX, desgrana en estas trece entrevistas, emitidas en su día por la BBC, sus controvertidas y poco convencionales opiniones sobre una buena porción de los problemas vitales de su tiempo, que, en buena medida lo son también del nuestro. Utilizando la antigua forma del diálogo socrático, Russell nos asombra con su inigualable versatilidad e ingenio." Caballero andante de la filosofía" , como se le ha denominado algunas veces, Russell no se para en barras a la hora de denunciar el prejuicio y la intolerancia que se interpone con tanta frecuencia a los intentos de lograr un mundo mejor. Contempla el escenario de su época, tan parecido al que nos ha tocado vivir, con una mezcla de escepticismo y esperanza. Deja traslucir su pesimismo en algunas ocasiones" Pienso algunas veces, afirma, que sería mejor que la gente no supiera todavía leer y escribir" , y su optimismo en otras" Sueño con un mundo de seres humanos felices, todos ellos vigorosos, todos inteligentes, ninguno de ellos opresor, ninguno de ellos oprimido" , pero por encima de todo, Russell aparece en las páginas de este libro como un intelectual cáustico, lleno de recursos, inimitable. Asuntos tales como el FANATISMO, la TOLE...

Conversaciones con Bertrand Russell. Religión Guerra y paz. El poder (Filosofía - Filosofía Y Ensayo)

Filósofo, lógico, matemático, escritor y propagandista británico, considerado como uno de los pensadores principales del siglo XX, abanderado del empirismo, el escepticismo y la defensa de la ciencia, cuando sin embargo su figura también podría interpretarse como la de uno de los metafísicos más radicales del pasado siglo, si nos atenemos a ciertas distinciones filosóficas tradicionales. De origen eminentemente aristocrático (su padre fue John Russell, vizconde de Amberley y de Katrine Louisa Stanley; su abuelo por parte paterna, lord John Russell, primer conde de Russell, fue dos veces primer ministro en tiempos de la reina Victoria; su abuelo materno, Edward Stanley fue segundo barón Stanley de Alderley), Russell tuvo un precoz interés por las cuestiones matemáticas y filosóficas, hecho seguramente influenciado por la soledad y reclusión a que le llevó la muerte de sus padres a temprana edad y la consiguiente educación rígida y conservadora por parte de su abuela. La transición del hogar paterno, abierto y liberal (su padre, que había sido buen amigo de Stuart Mill, se encontraba influenciado por las ideas de la Ilustración), a la residencia de su abuela, que emanaba puritanismo victoriano por todos los poros, marcada por tanto por rígidas costumbres morales y religiosas, convirtieron al joven Russell en un niño tímido, solitario y retraido. Pasando muchas horas en la biblioteca de su abuelo, o en los jardines de la casa no teniendo nada mejor que hacer, el joven Russell comenzó a pensar de un modo crítico sobre las costumbres morales y religiosas tradicionales que le rodeaban, demasiado arcaicas y opresivas para su gusto. No obstante, por miedo a la exclusión, no compartió con nadie estas reflexiones, escribiéndolas posteriormente en escritura fonética y alfabeto griego con el fin de «encriptarlas» de cara a los demás.

 

 

Bertrand Russell, uno de los más grandes filósofos, científicos y críticos sociales y políticos del siglo XX, desgrana en estas trece entrevistas, emitidas en su día por la BBC, sus controvertidas y poco convencionales opiniones sobre una buena porción de los problemas vitales de su tiempo, que, en buena medida lo son también del nuestro. Utilizando la antigua forma del diálogo socrático, Russell nos asombra con su inigualable versatilidad e ingenio. "Caballero andante de la filosofía", como se le ha denominado algunas veces, Russell no se para en barras a la hora de denunciar el prejuicio y la intolerancia que se interpone con tanta frecuencia a los intentos de lograr un mundo mejor. Contempla el escenario de su época, tan parecido al que nos ha tocado vivir, con una mezcla de escepticismo y esperanza. Deja traslucir su pesimismo en algunas ocasiones "Pienso algunas veces, afirma, que sería mejor que la gente no supiera todavía leer y escribir", y su optimismo en otras "Sueño con un mundo de seres humanos felices, todos ellos vigorosos, todos inteligentes, ninguno de ellos opresor, ninguno de ellos oprimido", pero por encima de todo, Russell aparece en las páginas de este libro como un intelectual cáustico, lleno de recursos, inimitable. Asuntos tales como el FANATISMO, la TOLERANCIA, la RELIGIÓN, los NACIONALISMOS, los TABÚS MORALES, el PODER, la POLÍTICA y el CARÁCTER BRITÁNICOS, la FELICIDAD o el FUTURO DE LA HUMANIDAD se presentan y discuten en un lenguaje limpio y espontáneo dotado de gran frescura y vivacidad con frecuentes toques de humor chispeante. Una delicia para el lector.

 

Sin ir al colegio, la educación del joven Russell fue encomendada a diversos tutores y preceptores. En su Autobiografía el pensador inglés cuenta cómo uno de los hechos que más marcaron su infancia fue el estudio, gracias a su hermano, de los Elementos de Euclides, cuya exposición sistemática y deductiva, así como la presencia de ciertos axiomas «no demostrados», marcaría el desarrollo de su pensamiento de por vida, llegándolo incluso a alejar del suicidio en algunos momentos depresivos de su juventud. El amor por las matemáticas le condujo a ingresar para su estudio en profundidad en el Trinity College de Cambridge. En el ambiente universitario, Russell fue perdiendo su inicial timidez para comenzar a expresar a ciertos compañeros sus ideas e inquietudes filosóficas. En el cuarto curso de sus estudios en Cambridge, Russell conoció a G. E. Moore, cuyas ideas acerca de la moral y los valores objetivos le llegaron a influir mucho durante cierto tiempo, antes de abrazar con posterioridad una ética de cuño utilitarista, cada vez más cercana al relativismo y el subjetivismo con el paso de los años.

La vida personal de Russell es, para algunos biógrafos y estudiosos de su figura, casi tan interesante como su obra teórica; encarcelado dos veces por protestas pacifistas (la segunda vez a los 89 años), sufriendo cancelamientos de contratos y persecuciones académicas por parte de prestigiosas universidades. Así, sufrió problemas en 1916 en el Trinity College de Cambridge, en 1940 en el City College de Nueva York, y en 1943 en la Barnes Foundation de Filadelfia. En el caso del City College de Nueva York, Russell fue incluso sometido a un inquisitorial juicio por sus ideas libertinas e impías, que le incapacitaban ser un docente según muchos sectores cristianos de la sociedad. El pensador británico comparó su juicio con el de Sócrates, también acusado de ateísmo y de corruptor de menores. Sin embargo, su juicio tuvo consecuencias menos trágicas que las del filósofo griego, limitándose a la prohibición de enseñar en esa universidad. Ese mismo año, con la publicación de An Inquiry into Meaning and Truth, Russell añadió irónicamente en la sección dedicada a su larga lista de distinciones y honores académicos: «Judicially pronounced unworthy to be Professor of Philosophy at the College of the City of New York».

Russell fue un conocido polígamo simultáneo y sucesivo que no tuvo reparos en escandalizar tanto con sus ideas, como con sus actuaciones, a grandes sectores de la sociedad durante toda su vida. En efecto, en su vida afectivo-amorosa, habiéndose casado cuatro veces y teniendo tres hijos, reconoció haber mantenido relaciones (o conexiones, para ser más precisos) con un gran número de mujeres a lo largo de su vida. Con su segunda mujer, Dora (conocida posteriormente por su actividad pacifista, progresista y feminista), viajó a Rusia y China, resultando de ambos viajes importantes reflexiones por parte de Russell, como pueda ser el desprecio a la figura de Lenin y a la revolución bolchevique. Con Dora abrió una escuela privada, Beacon Hill, en la que la pareja aplicó unos postulados tan progresistas y revolucionarios que llevaron a la escuela al desastre. Es interesante mencionar también que Russell y Dora, firmes creyentes de la naturaleza polígama del ser humano, acordaron que ambos pudiesen tener conexiones eróticas con otras personas, pacto que se rompió al quedarse Dora embarazada dos veces del mismo amigo periodista, Griffin Barry. Este curioso evento llevó a Russell a dejar a Dora por Patricia Spence, una de sus estudiantes de Oxford que ejercía de institutriz de sus hijos desde 1930. Patricia, cerca de 40 años más joven que Russell, tuvo con con él a Conrad Sebastian Robert Russell, famoso historiador y eminente figura del Partido Liberal Democrático. Después de una tormentosa relación la pareja se separó en 1949, divorciándose finalmente en 1952. No obstante, Russell, aun contando ya con 80 años, pero todavía sintiéndose en posesión de un espíritu joven y primaveral, se casó inmediatamente con Edith Finch, su cuarta y última mujer.

Aunque Russell fuese encarcelado dos veces a lo largo de su vida y sufriese una puritana caza de brujas en algunas universidades, tuvo un enorme reconocimiento y fama pública. Después de los incidentes universitarios en Estados Unidos, Russell fue mimado por su país en 1949 con la prestigiosa Orden al Mérito inglesa. En 1950, Russell, con su Orden al Mérito aún caliente, recibe el Premio Nobel de Literatura, alcanzando una fama internacional aun mayor, aunque por aquel entonces Russell no había escrito aún ninguna obra de ficción, pero motivos ideológicos, debido a la ausencia de un Premio Nobel de Filosofía, llevaron a esta concesión. En 1957 recibió también el Premio Kalinga a la divulgación científica.

Sin embargo, a nivel social, la faceta más conocida de Russell resulta con casi toda probabilidad la de su intensa labor como pacifista, ejerciendo una intensa labor pública en la Primera Guerra Mundial, en la Guerra de Vietnam o ante el desarme nuclear, junto con gente de la talla de Einstein, el cual, desde que alcanzó la fama, se metía más cada vez en asuntos de índole filosófica, y no siempre con acierto. No obstante, no es preciso pensar que Russell fue un convencido pacifista a lo largo de su vida, ya que nada más y nada menos que al acabar la Segunda Guerra Mundial recomendó hacer una «guerra preventiva» contra la Unión Soviética antes de que ésta obtuviese la bomba atómica, cosa que consiguió finalmente en 1949, convirtiéndose por tanto en el segundo país de la historia responsable de la detonación de un artefacto nuclear. Algo parecido podría decirse de su liberalismo económico o político. El propio Russell, al final de su vida, reconocía lo siguiente:

Me he imaginado a mí mismo a veces como un liberal, a veces como un socialista, o a veces como un pacifista, pero nunca he sido ninguna de estas cosas, en ningún sentido profundo. Siempre el intelecto escéptico, cuando más lo he querido acallar, me ha susurrado dudas. (Russell, B., The Autobiography of Bertrand Russell, George Allen and Unwin, New York, 1998, pág. 260).

La fama pública de Russell pudo comprobarse nuevamente en las necrológicas de periodistas, ideólogos o filosófos con ocasión de su muerte. No ocurrió, por ejemplo, como con otro «titán» del siglo XX que también vendió millones de ejemplares de sus libros: Marvin Harris, cuya muerte fue en gran parte silenciada por una prensa alérgica a elogiar a un autor que tuviese relación con las palabras «materialismo» o «marxismo», aun años después de finalizada la Guerra Fría. En España, Javier Muguerza comentaba así la noticia de la muerte de Russell:

«La desaparición de la entrañable figura de Bertrand Russell ha conmovido a la opinión mundial como probablemente ningún otro pensador contemporáneo podría haberlo hecho.» (J. Muguerza, «Adiós a Bertrand Russell», 1970.)

No hay que olvidar tampoco que Russell aparecía con normalidad en periódicos y publicaciones del franquismo, pues, aunque el pensador británico fuese enérgicamente anticlerical y antirreligioso, las autoridades o ideólogos correspondientes siempre podían rescatar al Russell anticomunista, en el contexto de la Guerra Fría, o al Russell empirista y divulgador científico, en el auge de expansión de la ideología positivista o cientificista.

No obstante, es cierta la acusación de que otros autores, como Wittgenstein, han sido objeto de muchos más estudios en España que Russell. Muguerza, en su nota necrológica afirmaba también:

«En nuestras Facultades de Filosofía pueden contarse con los dedos de una mano las tesis doctorales dedicadas a estudiar el pensamiento de Russell, y sobran desde luego los de las dos manos para contar las dedicadas al estudio de la filosofía analítica que Russell contribuyó a fundar a comienzos de siglo.» (J. Muguerza, J., «Adiós a Bertrand Russell», 1970.)

En 2013, muchos años después del fallecimiento de Russell, y varias tesis doctorales y estudios realizados sobre su figura más tarde, sigue habiendo un gran desequilibro entre los recursos académicos invertidos en analizar la obra de Russell frente a otros filósofos del siglo XX, varios de los cuales no existirían sin el propio Russell.

Los análisis políticos, éticos y sociales de Russell suelen oscilar entre el realismo y el psicologismo reduccionista, decantándose generalmente por este último. También es de interés señalar que el propio Russell nunca consideró a sus tratados sobre ética o política como verdaderamente filosóficos, aunque fueron estos escritos los que verdaderamente le dieron más fama. Ayer, profundo conocedor de la obra de Russell, concluía a este respecto que:

«Fue, pues, fundamentalmente a través de su actividad política y como propagandista social y moral que consiguió la fama mundial de que disfrutó hasta el final de su vida, pero es debido a su obra filosófica, y especialmente a la que consumó en su juventud y temprana madurez, que tendrá su puesto en la historia.» (A. J. Ayer, Bertrand Russell, University of Chicago Press, Chicago, 1998, pág. I.)

Sin embargo, la consideración de que los escritos éticos, sociales o políticos de Russell no son filosóficos carece de rigor a juicio de muchos críticos, ya que tan filosóficas son las ideas de libertad, destino humano, ética o felicidad, por desbordar las categorías científicas estrictas, como las ideas de ciencia, materia o conocimiento. En todo caso, de lo que no cabe duda es de que la obra filosófica de Russell es inmensa, abarcando varias decenas de libros y cientos de artículos. Con excepción de la estética, el filósofo británico trató acerca de los principales problemas de la filosofía a lo largo de una longeva y prolija carrera intelectual. En su ciclópea obra, en efecto, pocas materias científico naturales, sociales y filosóficas han quedado pendientes por tratar. Es por ello que se puede afirmar, sin temor a equivocarse, y como ya hemos sugerido, que la filosofía analítica y anglosajona del siglo XX, con Wittgenstein y sus discípulos a la cabeza, no existiría tal como la conocemos sin la obra de Russell. No obstante, el pensador inglés siempre estuvo preocupado por cuestiones ontológicas y metafísicas fundamentales, enfrentándose por ello a las posiciones más radicales del Círculo de Viena o de Wittgenstein que pretendían asesinar el grueso de la filosofía, dejándola únicamente como mero análisis de proposiciones científicas y crítica de las pseudoproposiciones metafísicas; un pasatiempo que, naturalmente, dejaba intactos multitud de problemas filosóficos esenciales a ojos de Russell.

Russell también fue ampliamente conocido por su filosofía de la lógica y de las matemáticas, disciplinas a las que dedicó varios libros, siendo el más famoso de ellos los Principia Mathematica, escrito en 1910 junto con A. N. Whitehead. Sin embargo, otras obras sobre este tema mucho menos famosas, como The Principles of Mathematics de 1903, revisten también un enorme interés filosófico. En todo caso, el intento de reducir las matemáticas a principios de la lógica simbólica por parte de Russell, siguiendo a Frege, fue visto pública y académicamente con un enorme recelo después de las críticas de Gödel y otros. Desde el materialismo filosófico, el criterio de demarcación entre la lógica y las matemáticas, consideradas como ciencias materiales y no formales, se basa en la distinción entre operaciones autoformantes y heteroformantes.

Sin duda, otra faceta muy conocida del pensador británico fueron sus fuertes críticas a la religión. Actualmente, pensadores como Dawkins, Dennett, Christopher Hitchens (fallecido en 2011) o Sam Harris –conocidos popularmente como «los cuatro jinetes del ateísmo» por gran parte de la prensa–, han protagonizado una penetrante moda editorial de libros contra las religiones que han rescatado gran parte de los argumentos clásicos de Russell a favor de la irreligiosidad y la inexistencia de Dios. Russell dedicó, desde el temprano comienzo de su andadura filosófica, un gran esfuerzo por tratar de analizar la religión y la idea de Dios, las cuales siempre estuvieron muy presentes en su dilatado itinerario intelectual. El pensador británico, desde su ontología contingentista, consideró que tanto la idea como la existencia de Dios eran posibles, considerándose, según él mismo, «agnóstico en la teoría pero ateo en la práctica». Esto lo situaría, a ojos de pensadores como Carnap o el primer Wittgenstein, como un metafísico clásico (o dicho de otro modo: Russell estaría más cerca de Popper que del positivismo lógico ante el problema de Dios). Pero el agnosticismo de Russell se presenta muy problemático, o incluso contradictorio, para algunos autores. Para aquellos que distinguen, siguiendo la tradición de Pascal a Carnap, entre el «Dios de los filósofos» y el «Dios de las religiones» (o entre el «Dios de las mitologías» y el «Dios de la metafísica»), el Dios de la teología cristiana, al estar vertebrado no sólo por categorías tomadas de la teología bíblica y dogmática, sino también, y de modo nuclear, por conceptos de la metafísica griega, presenta una problemática filosófica mucho más compleja que la de los dioses del Olimpo, las hadas, los elfos o una tetera, por lo que la comparación que hace Russell de Dios con estos entes no resultaría sino una frivolidad filosófica. Desde el materialismo filosófico, el agnosticismo de Russell resultaría contradictorio al sostener la posibilidad de la esencia de Dios, pero presentarse a la vez como problemática su existencia. El ateísmo esencial, al sostener la imposibilidad de la idea de Dios a través de la constatación de las contradicciones entre sus atributos, sostiene que la idea de Dios es, en realidad, una pseudoidea, como pseudoconcepto es el de decaedro regular. Las preguntas sobre si Dios existe o no parten ya de la esencia posible de Dios, posibilidad que es lo que tendrían que demostrar quienes realizan esas preguntas (que resultarían capciosas al demostrar, por hipótesis, la posibilidad de Dios, en tanto capcioso sería preguntar si el Ser necesario existe). Pero es esta posibilidad lo que niega el ateísmo esencial propio del materialismo filosófico, que se enfrenta por tanto no sólo al agnosticismo teórico de Russell, sino también al mero ateísmo práctico de la existencia (un ateísmo existencial que sólo tendría validez ante dioses ónticos finitos y posibles como los olímpicos). Conviene destacar que «los cuatro jinetes del ateísmo» se encuentran mucho más cercanos, como ocurría con Russell, del ateísmo existencial que del esencial (que a lo sumo atisban en tesis como la constatación de la contradicción entre Dios y el Mal).

 

 

 

opinion de un inexperto aprendiz, valenti fainê

Uno de los libros del cual más puedes aprender, ágil ameno ilustrativo, correcto, fácil comprensible, ante un señor libro como este , la lectura el estudio y el aprendizaje es lo más importante corto porque  además enseña al que no sabe y tiene respuesta para toso , rica sabiduría la de   Bertrand Russell,un10,10