Descubrirse a uno mismo y a los demás es el mayor desafío que tenemos en la vida, pero el buen viajero del alma encuentra siempre un camino hacia los otros y hacia sí mismo. Esta fábula es la historia de una misteriosa búsqueda que contiene la clave del amor y la felicidad, así como de la comunicación clara y limpia. ¿Estás preparado para el viaje? Emprender la búsqueda del caracol dorado, sin planes ni mapas, es ciertamente una aventura, pero ¿qué sería de la vida sin esa aventura? UN LIBRO IMPRESCINDIBLE PARA APRENDER A SEGUIR LA BRÚJULA DEL CORAZÓN AUTOR es psicoterapeuta y coach. En la actualidad, imparte talleres especialmente sobre Proyecto de Vida, una tarea que le apasiona y a la que dedica la mayor parte de su tiempo. Tras haber estudiado y profundizado en todo aquello que ahora enseña a sus alumnos, ayudar a los demás se ha convertido para él en su objetivo vital. Empresario, viajero y curioso por naturaleza, Mario Reyes ha encontrado la felicidad aprendiendo a conocerse y a conocer a los demás para poder demostrar que nada es imposible si realmente sabemos lo que queremos y trabajamos con el fin de conseguirlo

EL CARACOL DORADO

Mario Reyes es psicoterapeuta y coach. En la actualidad, imparte talleres especialmente sobre Proyecto de Vida, una tarea que le apasiona y a la que dedica la mayor parte de su tiempo. Tras haber estudiado y profundizado en todo aquello que ahora enseña a sus alumnos, ayudar a los demás se ha convertido para él en su objetivo vital. Empresario, viajero y curioso por naturaleza, Mario Reyes ha encontrado la felicidad aprendiendo a conocerse y a conocer a los demás para poder demostrar que nada es imposible si realmente sabemos lo que queremos y trabajamos con el fin de conseguirlo

La vida no nos avisa cuando todo está a punto de cambiar, por eso es importante estar siempre preparado para el viaje. Tumbado dentro de mi tienda de campaña, mientras escuchaba el canto de los pájaros del jardín, no imaginaba que en sólo veinticuatro horas iba a empezar la mayor aventura de mi vida. Sólo faltaba un día para cumplir dieciocho años, y me sentía atacado por una extraña melancolía. No sabía si se debía al hecho de que abandonaba definitivamente la infancia, o tal vez a la incertidumbre de lo que me depararía la edad adulta, pero el caso es que me sentía apático y confuso. Cansado de dar vueltas por mi habitación, había pedido permiso a mi madre para plantar la tienda de campaña en el jardín, tal como hacía cuando era pequeño y me montaba grandes correrías a la puerta de casa. Con la espalda sobre la esterilla, mientras me preguntaba cuál sería mi futuro, mis ojos reseguían las siluetas de las hojas que proyectaban sus sombras sobre el techo de tela. Fue entonces cuando oí que se acercaba aquel vehículo. Rugía lento y pesado, como un animal antediluviano al que le costara desplazar su propio peso. En nuestra calle había sólo tres casas y en raras ocasiones pasaban automóviles que no fueran los de los vecinos, así que agucé el oído desde mi refugio, lleno de curiosidad. El motor se detuvo con algo parecido a un suspiro justo delante de nuestro jardín, lo cual hizo que me pusiera en alerta. Un bocinazo estridente acabó de sacarme de mi letargo. Subí la cremallera de la tienda y salí corriendo para averiguar quién había llegado. Al ver aquella rulot plateada, unida a un viejo vehículo norteamericano, me quedé boquiabierto. Sin reparar en que iba descalzo, atravesé el jardín y empujé la valla de madera. Tras la ventanilla bajada del conductor, un hombre al que no había visto en mi vida me dijo: —Hola, Nicolás, he venido a buscarte.

La rulot del taxidermista

Necesité un largo rato para caer en la cuenta de quién era aquel hombre de cabellos grises, mirada azul y nariz aguileña. Vestía una camisa de franela gastada y un calzado deportivo que parecía haber sufrido las inclemencias de un largo peregrinaje. Abrió la puerta de la rulot y me invitó a pasar. Al encender la luz, sufrí un sobresalto al descubrir, sobre una mesa, una serpiente cascabel en posición de ataque. —No te asustes –dijo el hombre–. Está detenida en el tiempo. Impresionado, dediqué unos segundos a examinar con la mirada los cientos de rarezas que contenía aquella caravana. Expuestos en pedestales o dentro de campanas de cristal, había toda clase de animales disecados: lagartos de mirada enigmática, escorpiones azulados, alacranes, sapos de mil verrugas, escarabajos de tamaño descomunal… —Tú debes de ser Abel –dije fascinado ante aquel museo móvil de criaturas desagradables. —Has acertado –sonrió satisfecho–. Y tú eres mi sobrino. Siento mucho no haber venido a conocerte hasta ahora. Es el momento oportuno.

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En cosa de segundos, la cabeza se me llenó de las historias que me había contado mi padre sobre su hermano mayor. Era el único tío al que no conocía porque hacía décadas que, por su profesión de zoólogo, vivía entre África y Asia. Escribía reportajes para revistas de todo el mundo y, al parecer, también coleccionaba y disecaba bichos. —Estoy muy contento de que hayas venido para mi cumpleaños, tío –le dije tras darle un abrazo. —Vengo para tu cumpleaños, pero no porque sea tu cumpleaños. —¿Qué quieres decir? Abel me puso las manos sobre los hombros y, clavando sus ojos en los míos, me habló con voz muy serena: —Voy a morir, chico –Y al ver que me había asustado, añadió–: Es algo que nos pasará a todos, también a ti, pero yo tengo un pasaje para marcharme antes. El médico me ha dado dos meses de vida a lo sumo. Por suerte, aún me valgo por mí mismo y he podido venir hasta aquí. Paralizado por aquella noticia, como la serpiente que me seguía vigilando de forma amenazadora, no supe qué decir. La situación no podía ser más extraña: alguien de quien había oído hablar desde niño, pero a quien veía por primera vez, se presentaba el día antes de mi cumpleaños para anunciarme que estaba a punto de morir. Consciente de que aquello me superaba, Abel cambió de tema inmediatamente: —Te traigo un regalo, pero tendrás que esperar a mañana. Bueno, en realidad es un regalo y una misión. ¿Podrás cumplirla por mí? La recompensa merece la pena.

EL CARACOL DORADO

 

Un libro imprescindible para aprender a seguir la brújula del corazón

 Descubrirse a uno mismo y a los demás es el mayor desafío que tenemos en la vida, pero el buen viajero del alma encuentra siempre un camino hacia los otros y hacia sí mismo. 

Esta fábula es la historia de una misteriosa búsqueda que contiene la clave del amor y la felicidad. Así como de la comunicación clara y limpia.

¿Estás preparado para el viaje? Emprender la búsqueda del caracol dorado, sin planes ni mapas, es ciertamente una aventura, pero ¿qué sería de la vida sin esa aventura?

 

Nicolás recibe en la fiesta de su 18 cumpleaños la visita de un tío que no ha conocido nunca antes y que, en los estertores de su vida, le encomienda una sorprendente misión: encontrar el rastro del caracol dorado, un animal mítico mencionado por los mayas y que nunca ha sido capturado.

A lo largo de su búsqueda, sin embargo, tropezará con obstáculos aparentemente insalvables. También conocerá a maestros inesperados que le aportarán revelaciones sobre el arte de vivir y relacionarse que superan la recompensa que le espera si regresa a casa con el preciado hallazgo.

 

¿Qué ocurriría si todo el mundo aprendiera los secretos del caracol dorado? ¿Cómo serían las relaciones de pareja?
¿Y las relaciones entre padres e hijos?
¿O en el trabajo?
¿Cómo nos comunicaríamos con los demás?