«La sonata Waldstein», «Coger cerezas», «Kierkegaard en Sicilia» o «El maravilloso viaje de Joachim Olbrin» son algunos de los títulos de esta cuidada selección de textos de Béla Hamvas que Adan Kovacsics ofrece a los lectores en lengua española de este gran escritor húngaro que todavía sigue siendo casi un desconocido entre nosotros.
La palabra cristalina que exalta tanto el espíritu como los sentidos hace que los ensayos de Hamvas pertenezcan al grupo de los más significativos de la literatura húngara.
Tratan de los temas más diversos, de música, literatura, arte, religión y filosofía, así como también de plantas, de frutos, de colores, de fragancias. Son una afirmación de la vida y de lo que está más allá de la vida.
La palabra cristalina que exalta tanto el espíritu como los sentidos hace que los ensayos de Hamvas pertenezcan al grupo de los más significativos de la literatura húngara. Tratan de los temas más diversos, de música, literatura, arte, religión y filosofía, así como también de plantas, de frutos, de colores, de fragancias. Son una afirmación de la vida y de lo que está
más allá de la vida. «La sonata Waldstein», «Coger cerezas», «Kierkegaard en Sicilia» o «El maravilloso viaje de Joachim Olbrin» son algunos de los títulos de esta cuidada selección de textos de Béla Hamvas que Adan Kovacsics ofrece a los lectores en lengua española de este gran escritor húngaro que todavía sigue siendo casi un desconocido entre nosotros.

LA MELANCOLIA DE LAS OBRAS TARDIAS

Béla Hamvas (Prešov, 1897 - Budapest, 1968), escritor y filósofo húngaro, estudió filología húngara y alemana y empezó ejerciendo de periodista. Trabajó durante veinte años en la Biblioteca Municipal de Budapest, época en la que publicó numerosos artículos y ensayos en los que defendía el arte abstracto. Sus escritos le acarrearon las represalias del gobierno comunista, que lo privó de su trabajo y prohibió la publicación de sus escritos los últimos veinte años de su vida. Algunas de sus obras más destacadas, como Karnevál, Patmosz y Scientia Sacra, circularon de forma clandestina y sólo empezaron a editarse a partir de los años ochenta

 

 

 

 

 

 El canto de los pájaros He sabido de alguien según el cual la ocupación preferida de los hombres una vez en el más allá, consiste en contarse historias de sus vidas unos a otros. Es la única actividad seria adecuada al lugar, dura eternamente y siempre resulta interesante. Al fin y al cabo, se puede hablar durante siglos de un único acontecimiento: de la tarde de verano que alguien pasó en la barca de un anciano pescador en el mar, de lo que allí vio y experimentó. Obedeciendo a quien me lo contó, ruego, no obstante, a los lectores que ignoren ahora estos antecedentes. Luego lo explicaré todo con un detenimiento digno del más allá y con la verdad que merece el tema. Ahora, sin embargo, no hay ni tiempo ni espacio ni oportunidad para estas historias de importancia inaudita, tan diversas como complejas. No los hay porque estamos hablando del canto de los pájaros. Poco después de que el sol entra en el signo de Capricornio y vuelve a elevarse en los primeros días de enero tras alcanzar su punto más bajo al iniciarse el invierno, el herrerillo se deja oír por primera vez. A veces se dirige a la luz del sol, a veces al tiempo de deshielo. También comienza a dar voces la urraca. El paro carbonero principia más tarde, pero para la Candelaria ya se lo puede escuchar. En muchas ocasiones, vuelven a callar durante semanas. A las primeras señales de la primavera, con las lluvias tibias de marzo, empieza a su vez el mirlo. Al inicio se limita a limpiarse la garganta y a afinar la voz. La tiene entonces muy peculiar, suave, pero al mismo tiempo aguda, como si alguien bostezara con voz de falsete: abre el pico y suelta un breve chillido. Suele ocurrir cuando va dando saltitos entre las hojas, busca una lombriz, se detiene, se limpia la garganta y vuelve a comer. A finales de marzo, las hembras de los mirlos regresan de Persia a ver a sus novios y esposos, los cuales han pasado aquí el invierno. Para entonces, el mirlo ya canta, aunque no de manera impecable ni del todo fluida. El ruiseñor sólo principia en abril, algunas veces solamente después de que florezcan los frutales. Dicen que los cantores callan a comienzos de julio, cuando las crías han salido del huevo. No hay tiempo para cantar, es preciso juntar la comida para los pequeños y hacérsela llegar. En los diez primeros días de julio calla el mirlo negro, el cantor, así como el ruiseñor, el

 

cuco, el jilguero, el herrerillo. Ya no vuelven a silbar y a gorjear, sólo en contadas ocasiones, hasta mediados de septiembre. Una excepción es la alondra totovía. En ocasiones se la oye durante todo el verano, pero en septiembre de fijo e incluso a principios de octubre. Entonces se impone el silencio y el bosque enmudece. Un día de mayo fui a la montaña. Muchas aves habitaban el valle en que vivía, entre la espesa maleza, en los húmedos barrancos. Ya me había maravillado el canto de los pájaros, pero de la misma manera que los prados floridos, los cuales me fascinaban en su conjunto, sin que yo llegara a considerar las plantas una por una. En aquel año, lo recuerdo perfectamente, me llamó la atención un mirlo. Cantaba una y otra vez la misma melodía. Consistía en tres compases, y daba casi completamente ensimismado voces de pasión y triunfo. Eso fue lo que me cautivó. Me senté en la escalera de la casa y escuché. Vaya, volvía a decir lo mismo. Era un grito heroico. Debía de ser el tema principal de alguna sinfonía heroica. Apunté las notas. Ese fue el momento decisivo.

 

 

 

La melancolia de las obras tardias de Bêla Hamvas...Subsuelo Ediciones

Adan Kovacsics
dan Kovacsics (1953) es traductor del húngaro y del alemán. Nacido en Santiago de Chile, es hijo de inmigrantes húngaros. Premiado en numerosas ocasiones por el Ministerio de Educación y Cultura de Austria – por las traducciones de Karl Kraus: Los últimos días de la humanidad (1992), Hans Lebert: La piel del lobo (1994), Heimito von Doderer: Un asesinato que todos cometemos, Hans Lebert: El círculo de fuego (1996), Peter Altenberg: Páginas escogidas (1998), Joseph Roth: Las ciudades blancas, Stefan Zweig: Embriaguez de la metamorfosis (2001), Ingeborg Bachmann: El caso Franza/Réquiem por Fanny Goldmann (2002), Karl Kraus: Dichos y contradichos (2004), Ilse Aichinger: La esperanza más grande (2005) – a finales del año 2004, recibió en Barcelona el Premio Ángel Crespo, uno de los más relevantes otorgados en España, por su traducción de la novela El distrito de Sinistra (Acantilado) del escritor húngaro transilvano Ádám Bodor. Ha recibido asimismo el II Premio de Traducción Imre Kertész (2007), el Premio Nacional de Traducción 2010 del Ministerio de Cultura por el conjunto de su obra y el Premio Nacional de Traducción de Austria por el conjunto de su obra y por sus traducciones de Karl Kraus. Vive en Barcelona y escribe también ensayos sobre las literaturas húngara y austriaca.

El canto de los pájaros He sabido de alguien según el cual la ocupación preferida de los hombres, una vez en el más allá, consiste en contarse historias de sus vidas unos a otros. Es la única actividad seria adecuada al lugar, dura eternamente y siempre resulta interesante. Al fin y al cabo, se puede hablar durante siglos de un único acontecimiento: de la tarde de verano que alguien pasó en la barca de un anciano pescador en el mar, de lo que allí vio y experimentó. Obedeciendo a quien me lo contó, ruego, no obstante, a los lectores que ignoren ahora estos antecedentes. Luego lo explicaré todo con un detenimiento digno del más allá y con la verdad que merece el tema. Ahora, sin embargo, no hay ni tiempo ni espacio ni oportunidad para estas historias de importancia inaudita, tan diversas como complejas. No los hay porque estamos hablando del canto de los pájaros. Poco después de que el sol entra en el signo de Capricornio y vuelve a elevarse en los primeros días de enero tras alcanzar su punto más bajo al iniciarse el invierno, el herrerillo se deja oír por primera vez. A veces se dirige a la luz del sol, a veces al tiempo de deshielo. También comienza a dar voces la urraca. El paro carbonero principia más tarde, pero para la Candelaria ya se lo puede escuchar. En muchas ocasiones, vuelven a callar durante semanas. A las primeras señales de la primavera, con las lluvias tibias de marzo, empieza a su vez el mirlo. Al inicio se limita a limpiarse la garganta y a afinar la voz. La tiene entonces muy peculiar, suave, pero al mismo tiempo aguda, como si alguien bostezara con voz de falsete: abre el pico y suelta un breve chillido. Suele ocurrir cuando va dando saltitos entre las hojas, busca una lombriz, se detiene, se limpia la garganta y vuelve a comer. A finales de marzo, las hembras de los mirlos regresan de Persia a ver a sus novios y esposos, los cuales han pasado aquí el invierno. Para entonces, el mirlo ya canta, aunque no de manera impecable ni del todo fluida. El ruiseñor sólo principia en abril, algunas veces solamente después de que florezcan los frutales. Dicen que los cantores callan a comienzos de julio, cuando las crías han salido del huevo. No hay tiempo para cantar, es preciso juntar la comida para los pequeños y hacérsela llegar. En los diez primeros días de julio calla el mirlo negro, el cantor, así como el ruiseñor, el cuco, el jilguero, el herrerillo. Ya no vuelven a silbar y a gorjear, sólo en contadas ocasiones, hasta mediados de septiembre. Una excepción es la alondra totovía. En ocasiones se la oye durante todo el verano, pero en septiembre de fijo e incluso a principios de octubre. Entonces se impone el silencio y el bosque enmudece. Un día de mayo fui a la montaña. Muchas aves habitaban el valle en que vivía, entre la espesa maleza, en los húmedos barrancos. Ya me había maravillado el canto de los pájaros, pero de la misma manera que los prados floridos, los cuales me fascinaban en su conjunto, sin que yo llegara a considerar las plantas una por una. En aquel año, lo recuerdo perfectamente, me llamó la atención un mirlo. Cantaba una y otra vez la misma melodía. Consistía en tres compases, y daba casi completamente ensimismado voces de pasión y triunfo. Eso fue lo que me cautivó. Me senté en la escalera de la casa y escuché. Vaya, volvía a decir lo mismo. Era un grito heroico. Debía de ser el tema principal de alguna sinfonía heroica. Apunté las notas. Ese fue el momento decisivo.