“Hace dos mil cuarenta y cinco años, a principios de otoño, un hombre apareció muerto en el foso de una fortaleza legionaria romana, no lejos del fin del mundo. Vestía uniforme, pero no era militar.
A. M. Sereno Celso, centurión novato, fue el encargado de llevar adelante las pesquisas para esclarecer las circunstancias del crimen y averiguar la identidad del asesinado. Sus esperanzas de disfrutar de un apacible destino en provincias se desvanecieron como el humo, mientras el recuento de muertos, entre asesinados y falsos accidentados, iba en aumento y se veía envuelto en una investigación frustrante y arriesgada”.

CABALLOS DE OCTUBRE


TERESA PIQUET es el pseudónimo literario escogido por esta Licenciada en Geografía e Historia y Doctora en Arqueología, profesión que sigue ejerciendo en la actualidad. Autora de diversas publicaciones en su ámbito de investigación, con Caballos de Octubre amplía su campo narrativo a la literatura de ficción. Su pasión por contar historias, por la Historia de España, la Antigua Roma y la Arqueología militar han acabado fraguando en los personajes que pueblan su universo novelesco, ubicado en el tiempo de la Hispania romana

Biografía

Soy Licenciada en Geografía e Historia y Doctora en Arqueología, profesión que ejerzo como free-lance; y autora de numerosas publicaciones - ensayos, artículos en revistas especializadas - en mi ámbito de investigación. Para mi primera incursión en el campo de la narrativa de ficción, he escogido el nombre de una de mis antepasadas, Teresa Piquet, como pseudónimo literario. Mi pasión por contar historias, por la Historia de España, la antigua Roma y la Arqueología militar han acabado fraguando en los personajes que pueblan mi universo novelesco, ubicado en la Hispania romana, en una serie titulada "Un inquisidor en el fin del mundo", de la que "Caballos de Octubre" es la primera entrega. Desde 2015 tengo abierto un blog , donde mis personajes y yo departimos sobre casi todo, con mucha retranca, a medio camino entre el presente y el pasado.

Veinte años más tarde, a punto de retirarse, Sereno escribió una serie de comentarios sobre los principales casos que había resuelto, dirigidos a su sustituto en el puesto. Los primeros, éstos que tenemos aquí, los tituló October equii (Caballos de Octubre). A través de ellos, el personaje narrador relata sus años de servicio en el lejano Occidente, donde la actividad policial la llevaba a cabo el ejército, en una Hispania todavía en formación, durante las últimas décadas del siglo I antes de Cristo.
Sereno cuenta las historias que suceden a la sombra de la Historia, con humor, ironía y un cierto desapego estoico; escribiendo, sin proponérselo, una crónica tragicómica, en tono de épica cotidiana, de la vida en los lugares donde sirvió. Junto a él, los protagonistas principales son los miembros de la Legión Décima Gémina, una de las legiones que estuvo de servicio en las Hispanias durante los años en los que transcurre la acción.
De la Historia, con mayúsculas, aparecen personajes reales, que sirven para dar verosimilitud a situaciones y tramas; pero, al igual que los hechos históricos, se les trata con un punto de ironía iconoclasta, muy del gusto del humor romano.

Finalmente, en un mundo en el que, como escribiera el poeta Virgilio, “todo está lleno de Júpiter”, hemos de contar necesariamente con los dioses, - mayores, menores e ínfimos; genios y espíritus; propios y extraños, siempre en boca de todos. Y con la sombra omnipresente de Julio César, el “padrino  de la Legión X.


TERESA PIQUET  Autoraes el pseudónimo literario escogido por esta Licenciada en Geografía e Historia y Doctora en Arqueología, profesión que sigue ejerciendo en la actualidad. Autora de diversas publicaciones en su ámbito de investigación, con Caballos de Octubre amplía su campo narrativo a la literatura de ficción. Su pasión por contar historias, por la Historia de España, la Antigua Roma y la Arqueología militar han acabado fraguando en los personajes que pueblan su universo novelesco, ubicado en el tiempo de la Hispania romana

 

 

 

ENTREVISTA A TERESA PIQUET, POR VALENTÍ FAINÉ

Encantada de responder a tus preguntas y de pasar este rato contigo y con tus lectores, Valentí.

 ¿Cuánto tiempo te ha costado reunir tanta argumentación, investigación, personajes de la misma, lugares…? En resumidas cuentas, forma parte ya de tu trabajo y estudio, supongo.

Sí, supones bien. La investigación histórica forma parte de mi trabajo, y, a la vez, es algo vocacional. Digamos que he conseguido reunir pasión y profesión. Por eso no puedo cuantificar el tiempo que he dedicado a esos aspectos: mi caso no es el de la novelista que se documenta para escribir una obra ambientada en la Antigüedad, sino que para mí, como arqueóloga, la Antigüedad es mi objeto de estudio, el lugar donde paso mis días. Escribo, pues, sobre lo que conozco muy bien y, además, me encanta, por lo que, lo confieso, no me cuesta ningún esfuerzo escribir ficción histórica.

¿Qué representa para ti como historiadora y como autora del libro, Julio César? Dentro de toda la historia, es el que destaco más, en este caso también, como no, Marco Antonio, dos personajes que se han ido haciendo grandes de tanto escribir de ellos.

Ambos son dos figuras clave del final de la etapa republicana de Roma, y, por supuesto, del mundo occidental de su tiempo. Y ya eran grandes hombres de su momento, mucho antes de que los estudiosos y escritores de la posteridad comenzaran a verter ríos de tinta sobre ellos. Ocuparon los más altos cargos del gobierno de Roma y estuvieron a la cabeza de la expansión de su control sobre extensas regiones de Europa, el norte de África y el Próximo Oriente. El poder tan enorme que tuvieron en sus manos y sus logros particulares los hacen muy atractivos como personajes, tanto para los historiadores como para los que se dedican a la ficción. A ello contribuye también el que ambos, cada uno en su estilo, fueran hombres de carácter, con personalidades ricas y complejas, a las que la literatura, sobre todo a partir de las obras que les dedicara William Shakespeare, ha ido añadiendo capas y más capas de ficción y admiración, hasta dotarles de un aura de iconos de la antigua Roma. En “Caballos de Octubre” he querido que representen no lo que significan para nosotros, sino lo que significaban para la gente que vivía en los últimos años del siglo I antes de nuestra era. Entonces eran los referentes políticos y militares del pasado inmediato, porque la novela comienza en el otoño del año 30 antes de Cristo, y, en esas fechas, tanto César como Antonio ya habían muerto. Pero ambos habían sido muy importantes para buena parte de mis personajes novelescos, ya que la Legión X, en la que militan, había sido la favorita de Julio César, y también había estado al mando de Marco Antonio, por lo tanto, aunque en ausencia, y por alusiones, a ellos también los considero como personajes de mis novelas. “Personajes honorarios” que, como podrán comprobar los lectores, seguían muy presentes en la memoria de los vivos.

 

Repito un poco la pregunta: Julio César, los Pompeyo, Craso, los Antonio, Lépido, o el joven César Octaviano,…  como anfitriones de la historia defínemelos, después de haber estudiado, tantísima, historia, me gustaría saber la opinión de una gran profesional.

Gracias por lo de gran profesional; es todo un halago… Aunque, ja, ja, ja, creo que todavía soy poco mayor para merecer el calificativo: dejemos que pasen unos años y pueda seguir acumulando merecimientos. En cuanto a los personajes históricos que mencionas, son la lista de los grandes hombres que mi personaje narrador, Sereno, incluye en el prefacio con el que abre sus “comentarios”, y lo hace para situarlos en su justo contexto temporal. Se supone que él narra los acontecimientos veinte años más tarde, para alguien a quien todavía no conoce, por lo que no sabe su edad, ni qué conocimientos tendría de lo que había sucedido, así que describe el panorama de la historia reciente, de, digamos, lo que había pasado en sus años mozos; cuando, lógicamente, los hombres que habían estado en lo más alto de las instituciones de Roma, eran la referencia obligada. En esos años, la política había estado muy polarizada y el poder se lo habían, unas veces, disputado, y otras, repartido, dos triunviratos sucesivos. Los triunviros eran hombres poderosos que habían conseguido posicionarse por encima de la que tradicionalmente era la principal institución política de Roma, el Senado. El primer triunvirato lo habían formado Julio César, Pompeyo y Licinio Craso, tratando de mantener un difícil equilibrio de poder entre los tres. Al fallecer el último en una fallida campaña bélica en Oriente, podríamos decir que Roma se había quedado pequeña para que la compartieran César y Pompeyo. La situación se polarizó aún más y los enfrentamientos entre los partidarios de uno y otro acabaron en guerra civil. Por lo que respecta a Pompeyo, mi personaje ser refiere a esta familia en plural, “los Pompeyo”, porque al coetáneo de Julio César le apoyaban sus dos hijos adultos, también muy implicados en la política del momento y en la guerra civil. Como todo el mundo sabe, César y sus partidarios ganaron esa guerra, y él se convirtió en el hombre más poderoso de Roma. Tras el magnicidio que acabó con su vida, la situación política prosiguió agitada y convulsa. Se intentó conciliar de nuevo a las partes enfrentadas con otro triunvirato, esta vez formado por Marco Antonio, Emilio Lépido y César Octaviano, aunque con un cuarto en discordia, el superviviente de “los Pompeyo”, Sexto. El narrador se refiere no directamente a Marco Antonio, sino a su familia, “los Antonio”, ya que en esos agitados años, varios miembros de ésta, - sobre todo su hermano Lucio -, protagonizaron las contiendas políticas y militares. Y, finalmente, ese César Octaviano que te extrañaba, no es otro que el que el futuro conocería como Augusto. Era sobrino nieto de Julio César, y su nombre fue Octavio Turino hasta que su tío abuelo lo adoptó, pasando entonces a llamarse Julio César Octaviano. Como puedes ver, me pongo a hablar de ellos y no paro… Como novelista,… ya lo irán comprobando los lectores, ja, ja, ja. Aunque podría dar unas pinceladas a una especie de “retrato de familia” de todos ellos. Veamos… Julio César: estadista, militar, literato, reformista, administrador, legislador,… un genio, capaz de destacar en cualquier cosa que se propusiera, excepto en las finanzas; Pompeyo: un gran militar y estratega, pero con demasiados escrúpulos como para ser un buen político; Craso: buen político, pero incapaz de comprender que la estrategia política no le servía en el terreno militar, y que el dinero lo compra todo, pero hasta ciertos límites; Marco Antonio: gran militar y estratega, buen político, pero poco calculador y sin sangre fría ni suficiente paciencia; Lépido: supo jugar bien sus cartas, pero no consiguió acabar la partida y acabó, cadáver político, vegetando en un brillante cargo religioso; Sexto Pompeyo: la venganza es un plato que se sirve frío, pero la codicia rompe el saco; Octaviano: animal político, inteligente, calculador, habilísimo negociador, supo rodearse de los que eran mejores que él en otras áreas, como, por ejemplo, Agripa, el último gran estratega del siglo, que suplía sus carencias en el terreno militar y le ganó todas sus guerras.

¿Qué has aportado de más en este gran novelón, que los demás autores no hayan contado, en el sentido histórico, otra cosa sería la ficción, y como no, la obra, este repaso tan original y personal tuyo?

Yo lo que hago es presentar estos grandes personajes al lector tal y como les veía la gente de su tiempo. Podríamos decir que les bajo del pedestal de la fama y me tomo un café con ellos, dejando a un lado las capas y capas de siglos de análisis e interpretaciones históricas. Por otra parte, no son los protagonistas, ni siquiera los personajes principales de mis historias, sino que les dejo en un segundo plano, trayendo al primer plano a los que en la Historia con mayúsculas son los, digamos, figurantes sin frase. Los personajes históricos, los que todo el mundo conoce, están en la novela para dar verosimilitud al relato, situándolo en su contexto temporal, pero, como comenté antes al referirme a Julio César y Marco Antonio, cuando comienza la acción, todos ellos eran ya ilustres difuntos (o cadáveres políticos). Menos César Octaviano, que será el referente político y cronológico permanente, ya que fue un hombre longevo. No obstante, sus apariciones en las novelas son casi siempre por alusiones, o, como mucho, de “personaje invitado”, y siempre como el Octavio de carne y hueso, un hombre campechano, avispado y jovial, al que le encantaban los chistes y las carreras de caballos; no como el Augusto marmóreo, revestido de todos los poderes del estado romano, que nos recuerdan constantemente las estatuas. Ese toque iconoclasta también lo llevo hasta el tono de la novela que, en contra de lo usual en novela histórica, es decididamente tragicómico. Hago una especie de homenaje a estos antepasados nuestros recuperando su sentido del humor, que está siempre presente, y marca un acusado contraste con las partes dramáticas de la obra. Establezco así un distanciamiento con la tradición de este género, que nació con una potente vocación épica y dramática, hija del romanticismo decimonónico. Estamos en el siglo XXI, así que quizás ya va siendo hora de superar los tópicos de estos últimos doscientos años, y volver a mirar a nuestros antepasados directamente a la cara.

 

Me he fijado con la meticulosidad que defines lugares, rincones, casas, personajes, procesos históricos,… tienes que haber leído muchísimo y estudiar mucho a los personajes, batallas, muertes,… ¿es una investigación en toda regla?

He leído muchísimo. Siempre he sido una gran lectora,… ¿ves?, ese calificativo sí que me lo he ganado ya a pulso. Bromas aparte, cuando uno se dedica a las ciencias humanísticas, parte de su trabajo es precisamente leer con detenimiento, e incluso ojo crítico, todo lo que se ha escrito desde el invento de la escritura hasta nuestros días. Quiero decir que cada investigador tiene que conocer a fondo las fuentes escritas originales de la época que estudia, o sobre la que trabaja; así como lo que han escrito otros investigadores antes y a la par que él sobre los mismos temas. Seguro que conoces del dicho de que el diablo está en los detalles,… pues los arqueólogos también. La meticulosidad es una especie de deformación profesional, porque la Arqueología es una ciencia del detalle. Trabajamos casi siempre con fragmentos y vestigios de objetos, de edificios e incluso de animales y de personas, lo que requiere mucha atención hasta en lo más ínfimo, para, a partir de ello, poder ir reconstruyendo las realidades del pasado. Eso hace que los arqueólogos acabemos teniendo una mirada propia, y muy peculiar, sobre todas las cosas. Lo que describo en la novela es el mundo antiguo, y su vida cotidiana, vistos a través de los ojos de una arqueóloga.

¿Cómo te está acogiendo el lector?

Muy bien. No me puedo quejar. El público está acogiendo muy bien tanto mis presentaciones, - y eso que les doy unas auténticas palizas históricas, ja, ja, ja,… -, como el libro, del que ya he recibido varias buenas críticas, y muchos comentarios favorables y elogiosos de los lectores, que me los hacen llegar a través de diversos medios (en persona, por correo, o por medio de las redes sociales), y que me dicen que ya están esperando la siguiente entrega.

¿Qué otra bomba nos estás preparando?

¿Bomba?... ¡Una caja entera!... ja, ja, ja. “Caballos de Octubre” es la primera entrega de una serie, titulada “Un inquisidor en el fin del mundo”. Y amenazo con que va a ser larga, pues los veinte años que el narrador pasó de servicio en las Hispanias dieron para mucho.

felicMi itación personal: este libro me está enseñando más de lo que creía.

Gracias, Valentí. Eso también me lo han dicho varios lectores, incluso personas a las que jamás les había gustado la Historia,… pero es que el enseñar divirtiendo es un buen método, y nunca falla. En las presentaciones es el que aplico, sobre todo cuando se trata de hablar para todos los públicos. En la novela, digamos que enseño de manera subliminal, ja, ja, ja.