En un mar de muertos, Barlott se haya agonizando junto a su familia luego de haberse tomado la Avenencia, una pastilla mortal. Extrañamente, sobrevive a sus efectos y descubre que no fue el único: su hermana también. Desde ese momento, Barlott tiene que idearse un plan para acabar con la vida de su hermana, ya que post guerra los peligros como animales mutos y Cazadores de Blancos, además del hambre, abundan, y morir, es el único consuelo que le queda luego de las desgracias que sufrió. Vamos a ver si es capaz de ganarle a la fuerza interna que tiene el ser humano para aferrarse a la vida, aun cuando creemos que no hay esperanzas.

EL CAZADOR DE BLANCOS

Nicolás Catalán es un autor Chileno del libro El Cazador de Blancos Prefacio, el primer libro que antecede a una trilogía y ya está disponible en Chile por 3mil pesos. TWITTER: https://twitter.com/NicolasCatalanL

 

Cuando me despierto, lo primero que veo son los cuerpos de mi familia. Pálidos y huesudos, agonizantes. Me inclino tratando de recordar qué fue lo que gatilló que estemos aquí, pero mi cabeza duele como si me estuvieran perforando el cerebro. Hasta que recuerdo que hace un rato tomamos la Avenencia, para suicidarnos, porque ya no es sensato seguir viviendo.

 

Me levanto un poco. El paisaje que veo es normal; gente agonizando, un mar de muertos y humaradas todavía saliendo de algunos puntos. Pero hay algo que no se acopla en mi cabeza: yo sigo vivo, cuando debería estar muerto. Esto no es bueno. Observo a mis hermanos. Todos están pálidos. Nuestra madre descansa con mi hermana pequeña, los tres más grandes estamos a su espalda. Éramos una buena familia antes de la guerra; éramos. Me pongo de pie poco a poco. Debería hacer algo, pero no sé qué. Se supone que cuando te tomas la Avenencia debes morir a los quince minutos como máximo. Ahora estoy inmerso en la incertidumbre. Tal vez debería ir por otra pastilla, porque la inercia tarda su tiempo. Me acomodo la chaqueta de cuero de ciervo que era de mi padre, y que elegí para morir hoy. También me pongo el gorro de lana rojo que Ally, mi hermana pequeña me tejió. Ella quería que falleciera calentito, no puedo negar que fue un buen obsequio; con cuidado de no pisar los muertos, salgo al Puerto, o lo que queda de él. Nuestra ciudad es un pueblo fantasma. Alguna vez estuvo llena de gente que vendía productos marinos y artesanía, hoy no queda nada de eso. Lo que se encuentra en su lugar son uno que otro desesperado intentado encontrar alimentos en alguna casa, o familias vistiéndose lo mejor posible para irse a morir a la Costanera. Sus manos no se separan hasta que mueren y sus ojos se cierran con lágrimas. Claro que hay otros que prefieren morir en el silencio y la comodidad de sus casas, pero todos coinciden en una cosa: muerte, antes que te encuentre un Cazador de blancos. El Puerto no queda muy lejos de la Costanera. De hecho, está a un par de metros, lo que retrasa más mi caminar es la cantidad de cuerpos que tengo que ir esquivando. Algunos vienen recién incorporándose a la fiesta, otros están respingando. Apresuro el paso. No quiero permanecer mucho tiempo más observando este infierno. El Puerto apesta a pescado podrido y plástico quemado, aunque se respira más un ambiente a tristeza y pesar. Aquí las familias vienen a buscar las Avenencias que un ex soldado del ejército reparte. Él mismo las fabrica y las personas las canjean por algo que les queda de comida o alguna cosa útil que sea de su interés. Como nosotros éramos cinco, nuestra madre tuvo que darle casi todo lo bueno que quedaba en casa. Como un termo, su vestido de novia y un juego de dagas que mi padre y yo utilizábamos en días de caza. Mi padre también tenía un arco, pero ese tuvimos que cambiarlo por pan. A veces traía ciervos de cincuenta kilos, que nos daban carne para semanas enteras. Incluso alcanzaba para regalarle a conocidos y vender casa por casa. Pero cuando las flechas se le terminaban y la demanda era alta (lo que casi siempre ocurría), mi padre utilizaba dagas. Alcanzó a enseñarme algo de su conocimiento antes de que una bomba lo hiciera explotar en la guerra. Pero no fue lo suficiente como para seguir abasteciendo a la familia; luego, aparecieron los mutos y encontrar algo era aún más difícil. Mi padre debió quedarse en casa, yo debería haber ido en su lugar. Estoy seguro que hubiera sacado a la familia adelante. Yo la destruí. Supongo que ahora tendré que cambiar mi chaqueta, es lo único que tengo de valor. Me meto en la larga fila. Veo el gris de las latas de comida y las ollas. Algunos llevan pares de zapatos para cambiar. Yo quisiera tener un par de esos, la última vez que recuerdo haberlos tenido fue como hace un año. Fue una decisión valiente de mi parte cambiar mis únicos zapatos por un litro de leche y un kilo de avena en el Mercado. Pero cuando vi la felicidad en la cara de Ally, me sentía recompensado. A menudo cambiamos nuestras cosas en el Mercado, que queda un poco más arriba. Allí se produce todos los días un trueque constante con todo tipo de cosas. Una vez oí que un hombre llegó con un chocolate, yo no creo que pudiera existir semejante extrañeza. El Mercado, en todo caso, ya no existe. Los Cazadores de blancos llegaron hasta ahí y lo destrozaron. En parte fue bueno, porque de haber seguido funcionando, mi madre habría terminado por cambiar su ropa interior al cabo de un poco de comida. Llego al final de la fila. Don Viktor, el soldado, me queda mirando con una ceja alzada. Debe estarse preguntando cómo es que sigo con vida. Quizás, y esto lo digo muy seguro, sea la primera persona en el mundo que sigue viva luego de la Avenencia. Me saco la chaqueta y se la enseño. Él se la pasa a su esposa, una señora gorda con dientes negros y pelo enmarañado, y ésta se la queda viendo detenidamente. La voltea y sacude, luego la pone en un baúl. Esto significa que he sido aceptado. Podré volver con mi familia y zanjar el asunto.