La providencia de la naturaleza se ha encargado de que el género humano disponga, por lo general, de un ánimo optimista; es decir, de que sienta y actúe como si los dolores de la existencia fueran menores que sus gozos. Pero, por supuesto, nunca han faltado hombres con la convicción contraria.”
Simmel analiza el fundamento filosófico y el alcance social y psicológico del pesimism

Sobre el pesimismo, Prólogo de Fernando Savater

Georg Simmel
(Berlín, 1858 - Estrasburgo, Francia, 1918) Filósofo y sociólogo alemán. Representante del neokantismo relativista, enseñó filosofía en las universidades de Berlín (1885-1914) y Estrasburgo (1914-1918). Quiso resolver las contradicciones a las que conducía el formalismo del «a priori» kantiano. También se empleó en deducir tipos morales (Introducción a la ciencia de la moral, 1892) y clasificar los sentimientos y las ideas que determinan la reconstrucción histórica (Problemas de la filosofía de la historia, 1892). Por otra parte, contribuyó decisivamente a la consolidación de la sociología como ciencia en Alemania (Sociología, 1908) y trazó las líneas maestras de una metodología sociológica, aislando las formas generales y recurrentes de la interacción social a escala política, económica y estética. Prestó especial atención al problema de la autoridad y la obediencia en su Filosofía del dinero (1900) y diagnosticó la especialización y despersonalización de las relaciones sociales en el contexto de una economía monetarista.

 

Por qué los buenos pesimistas están tan mal vistos? El optimismo generalizado no tiene sentido y además es menos productivo y eficaz. Definitivamente, el pesimismo no es lo que nos han contado. Comportarse de forma “pesimista” consiste básicamente en prever posibles problemas, lo que constituye el primer paso para afrontarlos. Estar pendiente de lo que puede ir mal, en muchas ocasiones, puede hacernos sentir una ansiedad inevitable pero adaptativa porque nos pone las pilas para prepararnos para lo que puede venir. La ansiedad injustificada o extrema sobre el futuro, la obsesión derrotista y, en general, los pensamientos negativos sin utilidad, no forman parte en ningún modo del pesimismo, sino de ciertas psicopatologías y/o de algunas personalidades coñazo.

 

 

 

 

 


Él lo tiene claro: "Pesimismo y optimismo son dos formas de pereza". Frente al escepticismo hace falta compromiso ciudadano, pero no sólo el de las manifestaciones en las calles. Y para eso es necesario que los ciudadanos sean libres, y que se ejerciten en pensar.Que algunos definan el nacionalismo catalán como "ilusionante" le parece un "espejismo", porque en estos tiempos de crisis "no faltan objetivos ilusionantes en un país con estas cifras de paro". Por eso, defiende que la ciudadanía no se quede en el "patio de butacas" y participe en la vida política. "Tan pueblo es el que vota al gobierno como el que se levanta contra él."

Eso sí, critica que haya "mucha gente dispuesta a ajusticiar" y "pocos preocupados por la Justicia", como sucede con las decepciones porque los partidos no cumplen con sus promesas electorales. "A la gente le gustan los demagogos, porque así pueden justificar luego su protesta", lamenta, alegando que en vísperas de un mundial de fútbol, "a nadie hay que explicarle cuáles son las alineaciones".

 

Pero como se acaba de entender, a raíz del párrafo anterior, tanto el optimismo como el pesimismo requieren de un factor común: valorar la realidad. Y es en los juicios de valor, sometidos a la moral y la costumbre de una Comunidad en un momento concreto, donde tanto el optimismo y el pesimismo se transforman, ipso facto, en métodos de transfiguración de la realidad. Ambas cualidades son el cristal a través del cuál la luz de la realidad se refracta, se distorsiona y adquiere cualidades, tanto positivas como negativas -según criterios puramente subjetivos- haciendo del conjunto de la realidad un licor cargado de exóticos perfumes.

 

 

 

Es decir; si aceptamos que al pesimismo le es inherente un juicio de valor, y si aceptamos -nuevamente- que al realismo no le es inherente ningún juicio de valor (sino más bien todo lo contrario), ¿por qué definimos todo aquello que es realista como algo cargado de pesimismo? ¿por qué hemos transfigurado hasta tal grado estos conceptos, expresamente diferentes, para convertirlos en uno mismo? ¿por qué se afirma, a modo de tópico, que ‘la verdad duele’? ¿Acaso la realidad es mala? ¿Acaso definir -o tratar de- la realidad sin emitir juicios de valor positivos es malo? ¿es, en todo caso, el optimismo una virtud sobre la realidad y el pesimismo un defecto sobre la misma?

 

 El optimismo y el pesimismo cargan -o aligeran- la realidad con un saco de expectativas personales, subjetivas y carentes de rigor con el fin de apaciguar, para disfrute propio, la cruda realidad con el modo individual de percibir la misma. Es por esto por lo que el realismo jamás debiere ser tachado de pesimista, oscuro, triste, rudo o desfavorable para el ser.
 Sin embargo, la pregunta abierta es la siguiente: ¿por qué hay que tomar una actitud optimista ante la realidad? Si bien una actitud pesimista puede hundir al practicante en un estado depresivo, llenar su existencia de penas innecesarias y malestar gratuito, ¿por qué hay que tomar la vía del optimismo? ¿no es, acaso, éste, otro modo de vivir una fantasía, en este caso, para bien