El prematuramente desaparecido Franz Kafka, junto con sus contemporáneos Thomas Mann y Stefan Zweig, nacidos cuando la trayectoria narrativa de Lev Tolstói estaba en su ecuador, y con el continuo faro que representó J. W. Goethe para todos ellos, marcaron el devenir de las letras europeas de su tiempo y del futuro. Una época en la que escribir, leer y vivir se acercaron entre sí.
Estas cinco personalidades fascinantes, de talento genial y vidas turbadoras, son también una oportunidad para revisitar a otros escritores no menos eminentes o carismáticos vinculados con ellos. Friedrich Schiller y Arthur Schopenhauer, Fiódor Dostoievski y Antón Chéjov, Hermann Hesse y Klaus Mann, Joseph Roth y Sándor Márai, Rainer Maria Rilke y Jaroslav Hasek, entre otros, revelan las estrechas conexiones artísticas y biográficas que los aproximaron, en cuerpo y en espíritu, de manera tan interesante como a menudo sorprendente.

Escribir.Leer.Vivir

Toni Montesinos

Toni Montesinos (Barcelona, 1972), crítico literario del periódico La Razón desde el año 2000, ha editado o prologado a una docena de clásicos españoles, latinoamericanos y anglosajones, y publicado más de veinte libros de diversos géneros: poesía, novela, ensayo y crónicas viajeras. Con La pasión incontenible. Éxito y rabia en la narrativa norteamericana (2103) recibió el XI Premio Internacional de Crítica Literaria Amado Alonso. Sus obras más recientes son: Que todo en la vida es cine. Escritos autobiográficos sobre películas (2016), La soledad del tirador (2017) y El triunfo de los principios. Cómo vivir con Thoreau (2017).

Goethe era nuestro Dios», dijo un amigo de Schiller. Se hace eco de ello el biógrafo actual más reconocido de aquel que pasó a ser el genio entre los genios con su Werther; una figura que «era síntoma de un cambio en la vida literaria. Escribir, leer y vivir se acercaron entre sí». En adelante, todos los escritores del espectro europeo mirarán de reojo a la gran autoridad, al gran patriarca de las letras modernas del continente. Lo ejemplifica Thomas Mann, que con esa misma expresión anotada en su diario demostraba su ansia por parecerse al poeta, narrador, dramaturgo y científico de Fráncfort; aunque, según uno de sus mejores estudiosos, no por vanidad o delirios de grandeza —y ya sabemos que de eso iba sobrado el autor de La montaña mágica—, sino con el objeto de disponer de un modelo como referencia para proyectar su obra, alguien con quien poder identificarse. Mann le consagró escritos como el ensayo «Fantasía sobre Goethe», y también se interesó por otro coloso como Tolstói —de puertas adentro, se atrevió a apuntar que este sólo dijo tonterías de Dostoievski—, pero era habitual que a autores contemporáneos suyos no les hiciera el menor caso cuando se trataba de dedicarles recensiones; así, sólo reflexionó acerca de Kafka en un texto cuando era ya bastante mayor, en 1941, tras la petición de que escribiera un prólogo para una edición estadounidense de El castillo. A su vez, Mann se relacionaría con Stefan Zweig, al que tuvo la gentileza de enviarle la novela de la serie del «pequeño señor Friedemann», de 1897, llena de acotaciones, para su incalculable colección de autógrafos y manuscritos de grandes artistas contemporáneos o clásicos