Julio Albi de la Cuesta, embajador de España, académico correspondiente de la Real Academia de la Historia y un autor referente para la Historia Militar de nuestro país gracias a obras como De Pavía a Rocroi, Banderas olvidadas o En torno a Annual y de sobra conocido por nuestros lectores de Desperta Ferro Historia Moderna, desgrana en El Ejército carlista del Norte (1833-1839) la trayectoria del singular instrumento de guerra creado por el carlismo en el norte de España, desde su nacimiento hasta su disolución tras la firma del Convenio de Vergara.

La obra está dividida en tres partes: la primera muestra el marco geográfico, social, económico y político en el que actuó el Ejército carlista del Norte, junto a un análisis de su adversario, el Ejército liberal. La segunda describe el reclutamiento, la organización, la disciplina, la moral y la táctica de las tropas carlistas (Infantería, Caballería, Artillería, Ingenieros, Sanidad y partidas), así como su uniformidad y armamento, y una semblanza de las unidades más distinguidas. La tercera, por último, abarca tres momentos determinantes en la trayectoria del Ejército carlista: el mando de Zumalacárregui, con sus principales batallas hasta su muerte frente a Bilbao; la aventura de la expedición de Gómez y de la Expedición Real, tras la victoria de Oriamendi, al interior de la Península; y el ocaso, con los fusilamientos de Estella, los motines subsiguientes y el Convenio de Vergara.

Para la elaboración de este trabajo el autor ha empleado un sinfín de fuentes documentales, muchas de ellas inéditas hasta la fecha, decenas de testimonios de soldados carlistas escogidos entre varios centenares, y una completa bibliografía, con especial énfasis en las memorias de la época. Una obra, en suma, llamada a convertirse en un referente obligado para conocer en profundidad un episodio clave para la Historia de España.


El ejêrcito carlista del Norte 1833-1839







Julio Albi de la Cuesta






Julio Albi de la Cuesta nació en Burgos el 15 de julio de 1948 y tras licenciarse en Derecho ingresó en 1973 en la carrera diplomática. Ha sido Subdirector General de la Oficina de Información Diplomática y Embajador de España en la República de Honduras, fomentando la convocatoria anual de la “Antología de las Artes Plásticas de Honduras”, la cooperación cultural entre España y Honduras, así como la implicación en la Escuela Nacional de Bellas Artes de Honduras. Julio Albi de la Cuesta ha desempeñado el puesto de Director General de Relaciones Informativas y Sociales del Ministerio de Defensa desde 1991 sustituyendo a Luis Reverter. Tras esto, en 1993 fue nombrado Embajador de España en la República de Ecuador y Cónsul General de España en Nueva Orleáns. Fue también en 2004 Embajador de España en la República del Perú. En agosto de 2010 fue nombrado embajador de España en Siria, sustituyendo a Juan Ramón Serra, donde permaneció hasta el estallido del conflicto

Como historiador, desde 2009 es académico correspondiente de la Real Academia de la Historia y autor y co-autor y editor de numerosos libros de historia militar. Julio Albi de la Cuesta se ha convertido en un autor referente para la Historia Militar de nuestro país por obras clave como De Pavía a Rocroi. Los Tercios españoles, Banderas Olvidadas, En torno a Annual, Campañas de la caballería española en el siglo XIX o El Ejército carlista del Norte. Esta última constituye un riguroso estudio que desgrana la trayectoria del Ejército carlista durante la Primera Guerra Carlista. El impecable uso del idioma de Julio Albi y sus conocimientos históricos lo convierten no solamente en autor de algunos artículos para Desperta Ferro Historia Moderna sino también de un libro de cuentos, Caminantes, y de novelas como La calavera de plata.

En el prólogo de este libro, su autor, en un gesto de humildad y modestia que le honra, afirma que no pretende que sea una “historia de la Primera Guerra Carlista” , sino que su objetivo es “exclusivamente, examinar distintos aspectos del Ejército carlista del Norte, como, entre otros, su génesis, su organización y su rendimiento en combate” . Este también humilde (por no conocer con profundidad el tema) reseñador no puede estar del todo de acuerdo con la primera afirmación, suscribiendo plenamente la segunda. Quizá no sea una “historia general” pero desde luego estamos desde ya ante una obra de referencia en torno a una contienda que destacó por su brutalidad, elevado número de bajas, cariz de guerra civil y por ubicarse, principalmente, en Navarra y las tres provincias vascas, con escenarios ulteriores en Castilla, Aragón y Valencia y Cataluña. Siendo un pormenorizado estudio del Ejército carlista del Norte, es ese norte el escenario principal. Deviene una advertencia al lector curioso hacerse con un buen mapa y unos conocimientos previos sobre la geografía del territorio, así como sobre el marco social y económico; no se preocupe del todo, el autor aporta un buena contextualización del mismo en el primer capítulo, así como del Estado carlista. El volumen, con esos dos capítulos previos, se estructura en dos partes claramente definidas: una primera, con tres capítulos que diseccionan minuciosamente al Ejército carlista del Norte, y una segunda con su desarrollo y evolución a lo largo de la guerra y hasta el Convenio de Vergara (1833-1839). Así, en esa primera parte, enormemente detallista, Albi muestra al lector el reclutamiento y la organización de las tropas carlistas, el tipo de tropas con que se contaba (“provincianos” , castellanos, cántabros), los mandos (el Estado Mayor), las diversas armas (infantería, caballería, artillería e ingenieros) y los aspectos tácticos; no faltan cuestiones como la alta deserción que siempre padecieron sus filas, el mantenimiento de la moral, la sanidad, las pagas (siempre tardías) y el equipamiento (a menudo escaso y mínimo, lo cual dotaba a los carlistas de agilidad frente al soldado liberal o cristino, pesadamente equipado). Puede resultar algo densa esta

 

primera parte para un lector neófito, pero desde luego es muy rica en datos y matices para quien quiera adentrarse en el estudio de este ejército. Frente al componente diligente de estos primeros capítulos, la segunda parte ofrece un relato preciso de las vicisitudes bélicas del conflicto y del ejército carlista, comenzando por las ofensivas de Zumalacárregui en el norte hasta su muerte en 1835, seguidas de una extensión de la guerra a otros escenarios (tratados de soslayo por centrarse el libro en el norte) y el desarrollo de las “expediciones” para desgastar a los liberales en los dos años siguientes (incluida una mal planteada y a la postre frustrada “Expedición Real” hacia Madrid), para asistir, ya desde 1838, al declive de los carlistas, con un Maroto al mando y enfrentado a prácticamente los demás comandantes que servían con don Carlos.

 

Destaca esta parte especialmente por un completo e interesantísimo estudio prosopográfico del Estado Mayor carlista, de Zumalacárregui a Eguía, pasando por Villarreal, el infante don Sebastián, Gergué y finalmente Maroto, lo que apunta a la efímera eficacia del mando carlista tras la muerte de don Tomás; por su parte, en las filas liberales, y tras las derrotas iniciales de Rodil, Espoz y Mina y Fernández de Córdova, se afianzó paulatinamente la figura de Espartero, vencedor en Luchana. Con ambos ejércitos con constantes problemas de equipamiento y armamento, y con deserciones periódicas, las batallas fueron gradualmente favorables para los cristinos (la citada Luchana, el sitio de Bilbao, Peñacerrada, Ramales), mientras que, al margen de los éxitos iniciales de Zumalacárregui, los carlistas apenas pudieron añadir después Oriamendi a su cuenta (además de los esfuerzos de Cabrera en Aragón). El desgaste y las rencillas internas minarían progresivamente la moral de mandos y tropas carlistas, así como permaneció la duda de la traición de Maroto en las negociaciones de Vergara. El resultado es un fascinante volumen, lleno de detalles y datos sobre el Ejército carlista del Norte, la guerra en ese frente, la Corte carlista y el gradual triunfo de los cristinos y, finalmente, del Estado liberal español. Recomendable es poco.

INFORMACION DE LA EDITORIAL DESPERTA FERRO

El siguiente texto sobre la batalla de Oriamendi está parcialmente extraido del libro El Ejército carlista del Norte (1833-1839), de Julio Albi de la Cuesta.

 

George de Lacy Evans (1787-1870) fotografiado en 1855

1837, Primera Guerra Carlista. Tras cuatro años de desgarradora contienda civil y miles de vidas segadas, entre ellas la de Tomás Zumalacárregui, las posiciones de los bandos enfrentados no se han modificado sustancialmente en el Norte, con las grandes ciudades bajo control cristino. Sarsfield, comandante liberal, plantea una ambiciosa estrategia: Lacy Evans marcharía con su Legión Auxiliar Británica desde San Sebastián, Espartero desde Bilbao y él mismo desde Pamplona, en una maniobra concéntrica para aniquilar a los carlistas en el triángulo que formaban las tres capitales.

George de Lacy Evans (1787-1870), veterano de la Guerra de la Independencia y de la campaña de Waterloo, se pone en marcha con sus 12 000 hombres y 14 piezas el 10 de marzo. Tras varios días miserables de marcha por caminos enfangados y bajo una lluvia torrencial, el 15, aprovechando una tregua meteorológica, se lanza al ataque contra las posiciones carlistas. Estas tienen su centro avanzado en Oriamendi, defendido por un fuerte circular, artillado, al que solo se podía acceder mediante escaleras.

 

George de Lacy Evans (1787-1870) fotografiado en 1855

La batalla de Oriamendi, 15 de marzo de 1837

Somerville ha dejado una estremecedora descripción del asalto, en el crepúsculo. Habla del griterío, de los “rostros salvajes” de los hombres; de la cara de uno, “enrojecida por una estupidez demente”; de otro que se tambalea hacia la retaguardia, con el vientre abierto, sujetando sus tripas con la mano; de soldados que, involuntariamente, se hieren unos a otros con las bayonetas caladas. Él mismo recibirá, casi simultáneamente, un impacto en la mochila, mientras otro le roza la frente y un tercero le arranca el tacón de una bota. Todo ello, bajo la cúpula del fuego de la artillería británica, que sigue tirando por encima de sus cabezas más allá del último minuto.

Gracias al bombardeo, que obliga a los defensores a permanecer a cubierto, pueden escalar el parapeto, de tres metros de altura, con sus oficiales al frente. Solo entonces callan los cañones. En el interior de la fortificación, el panorama es dantesco, cuerpos sin cabezas, trozos de cráneos, un oficial con las dos piernas arrancadas… Evans atribuirá el triunfo a “dos batallones del regimiento español de la Princesa y a dos regimientos irlandeses”, el 9.º y el 10.º. Los carlistas, hundido todo su frente, se retiran, casi todos en desorden, hacia Hernani o por el puente de Ergovia.

La población se ofrece a la vista de los ingleses, a su merced. Únicamente tienen que descender de las alturas donde se encuentran para entrar en ella. No lo hacen o porque la última línea carlista es todavía fuerte, según el general inglés, o, como apunta el cronista, temiendo que el inevitable saqueo y la igualmente inevitable borrachera universal deje al ejército inerme frente a una reacción de los de don Carlos.

 

Plano de la batalla de Oriamendi, 1837. Abajo queda la bahía de San Sebastián y arriba a la derecha, Hernani, objetivo de la columna de Evans.

Goiri, que con sus dos batallones vizcaínos había evacuado Choritoquieta, replegándose sobre Hernani, se encuentra allí con su hijo, edecán del infante don Sebastián Gabriel de Borbón y Braganza (1811-1875), sobrino del pretendiente y nuevo comandante en jefe del Ejército carlista del Norte, que le anuncia la llegada de este con refuerzos al día siguiente. Ante esa novedad, regresa a su posición, que no había sido ocupada todavía por los enemigos, formándose un nuevo frente, al que se dota de artillería, desde Astigarraga a Santa Bárbara, pasando por Hernani.

Don Sebastián había salido al paso de Sarsfield. Cuando este se retira, se dirige a Tolosa, donde llega tras una larga caminata por los caminos embarrados. Un consejo de guerra reunido esa misma noche acuerda operar contra Evans. De madrugada, la columna sale de la ciudad. A las seis y media de la mañana, entra en Hernani. Los pies descalzos de muchos hombres van dejando rastros de sangre, pero sus compañeros han ganado tiempo para darles ocasión de llegar, mediante un feroz asalto del 6.º de Guipúzcoa a la altura de Bertizain.

 

La batalla

 

 

 

de Oriamendi, 16 de marzo de 1837

 

El infante don Sebastián de Borbón y Braganza, grabado a partir de la obra de M. Isidore Maguès, 1837. Zumalakarregui Museoa.

Inmediatamente, el infante emprende el contraataque. El momento es perfecto. Los de Evans han pasado a la intemperie una dura noche, en la que la helada había congelado la lluvia caída el día anterior. Un testigo vio a soldados pegados al suelo por sus mantas y sus capotes, endurecidos por el hielo. Tras recibir su ración de aguardiente, se preparan para el avance, pero antes, debido a la longitud de la línea contraria, están ampliando su despliegue, aumentando la distancia entre las unidades. Son 9300 hombres, la mitad españoles. La caballería se reduce a 100 jinetes del 1.º de lanceros de la Legión Auxiliar Británica.

La aparición de los carlistas, cuya llegada ha ocultado el cerro de Santa Bárbara, desconcierta a sus rivales, que se encuentran todavía maniobrando. Antes de que se recuperen, tres columnas avanzan contra ellos. El 4.º de Álava pasa el puente de Ergovia, que no ha sido ocupado por los liberales para no ampliar aún más su despliegue, ya demasiado extendido, y, seguido por las demás fuerzas de la columna, ataca la extrema izquierda aliada, que se desploma. A su vez, Ituarriaga y Quílez progresan contra la derecha enemiga, y Villarreal, palo en mano, encabeza una carga a la bayoneta cuesta arriba contra Oriamendi, que se hará legendaria por su audacia.