UN ASESINATO… QUE DESEMBOCA EN LOCURA


Sandra, atractiva e independiente periodista, se ha entusiasmado con Eduardo, el hijo de un compañero de trabajo, con el que lleva días chateando por redes sociales. Eduardo vive en Alesund, Noruega, y hacia allí viaja Sandra, para conocerlo personalmente.
Lo que ni Sandra ni nadie podía imaginarse es que encontrarían a Eduardo muerto en su cama, asesinado: está atado de pies y manos y con los genitales cercenados dentro de la boca. Sin duda, lo que se iniciaba como una aventura romántica se iba a transformar en la peor pesadilla…
Para Erika Vinter y Lars Ovesen, policías encargados de la investigación, hay dos hechos incuestionables: uno, que quien quiera que haya matado a Eduardo ha emulado las técnicas de la mafia colombiana; dos, que la desaparición de Sandra no parece tener relación alguna con el asesinato. Sin sospechosos y sin un móvil claro, la investigación se presume complicada y hay cabos que parece no van a poder atarse… hasta el final.

AMANECER DE HIELO - Laura Falcó

Laura Falcó Lara (Barcelona, 1969) es licenciada en Filología Inglesa por la Universidad de Barcelona y máster en Dirección de Empresas por ESADE. Entró a trabajar en el Grupo Editorial Planeta en 1995, y tras varios años a cargo del departamento de marketing del
sello Planeta pasó a dirigir las editoriales
Martínez Roca y Minotauro.

En el año 2001 asumió también la dirección de Timun Mas y Libros Cúpula. En 2005 creó Esencia y Zenith, y en 2011 Planeta Gift. En la actualidad preside Prisma Publicaciones y el Conference Office. Además, forma parte del equipo radiofónico del programa La rosa de los vientos, de Onda Cero, con la sección «Ecos del pasado», y colabora en Hora punta (TVE). Como escritora tiene cuatro títulos hasta la fecha: Gritos antes de morir (2012), La muerte sabe tu nombre (2012), Chelston House (2014) y Última llamada (Edhasa, 2016).

«Nadie se cruza en tu vida por casualidad y tú no entras en la vida de nadie sin razón alguna. La casualidad no existe, tan sólo existe la causalidad.»

 

Coincidencias Como cada martes, Agnes llegó a casa de Eduardo sobre las ocho de la mañana. Prefería madrugar y entrar temprano para poder salir antes de las tres del mediodía. Aquel sol, similar al del ocaso, seguía brillando en el horizonte y desdibujando los adoquines de la calle, y lo haría al menos hasta que acabara el maldito solsticio de verano. A pesar de que llevaba ya viviendo allí más de ocho años, no acababa de acostumbrarse al hecho de que no hubiera noche. Eso, y los fríos inviernos con meses y meses sin apenas luz, hacían que todavía echase de menos la Bretaña francesa. Era cierto que aquellos paisajes idílicos, aquellos fiordos, constituían un verdadero lujo para los sentidos, pero el precio que uno debía pagar a cambio era, al menos para ella, demasiado alto. La verdad es que Alesund era un lugar tranquilo donde vivir. A aquella hora de la mañana, las calles estaban prácticamente desiertas, y una sutil y gélida brisa acariciaba sus grises cabellos de forma constante, mientras ella, todavía algo somnolienta, rebuscaba en su bolso las malditas llaves. Daba igual dónde guardase las cosas; aunque las pusiese en uno de los bolsillos internos, cuando las buscaba nunca aparecían. Abrió el portal y alzó la vista con resignación hacia el primer tramo de escaleras. El hecho de tener que subir a un cuarto, piso sin ascensor se le hacía bastante arduo; sus castigadas rodillas acusaban ya los años, aunque parecía bastante más joven de lo que era en realidad. La edad es una de esas pocas cosas que no perdonan. Por suerte, el señor Eduardo era un hombre bastante pulcro y organizado. No le daba demasiado trabajo, y siempre dejaba la casa recogida. De haberse tratado de una familia con niños, jamás hubiese aceptado aquel compromiso; ya no tenía edad para semejantes tutes. De hecho, cuando llegaba a casa por la noche, su espalda se resentía de estar todo el día encorvada y limpiando. Aunque no era enorme, aquel apartamento era bastante grande, más aún teniendo en cuenta que allí sólo vivía una persona. Se notaba que era la casa de un hombre. Colores sobrios, decoración minimalista, aquella curiosa barra de bar en la esquina del salón... Al entrar, Agnes miró sorprendida hacia los grandes ventanales de la estancia principal; las viejas y desgastadas persianas de madera seguían bajadas. Aquel era un piso muy luminoso, y se hacía extraño verlo tan a oscuras. En los dos años que llevaba trabajando para Eduardo Torres, jamás se había olvidado de subirlas por la mañana antes de irse a trabajar. Miró hacia la puerta del dormitorio, y vio que estaba cerrada. Aquello era más extraño aún, de modo que se acercó hasta la puerta procurando no hacer ruido y llamó suavemente con los nudillos. «Tal vez el señor Eduardo se ha dormido, o quizás esté enfermo y en la cama», pensó mientras lo llamaba sin apenas levantar la voz. Nadie contestó al otro lado, pero Agnes detectó un desagradable olor que emanaba del interior de la habitación, y que la obligó a llevarse la mano a la nariz. Dio un paso atrás, extrañada, y se quedó unos segundos paralizada ante la puerta. –¡Qué demonios! –exclamó sin comprender todavía qué podía desprender aquel desagradable olor. Se acercó de nuevo y volvió a llamar, esta vez con más insistencia. Nada. Ninguna respuesta. Sorprendida, y viendo que nadie, contestaba, decidió que lo único que podía hacer era entrar y comprobar qué pasaba. Empezó a abrir la puerta lentamente. –¿Señor Torres? ¿Está usted ahí? Soy Agnes... –musitó la mujer por última vez antes de entrar. Cuando abrió la puerta del todo y entró en la estancia, aquel horrible olor se hizo todavía más intenso, obligándola a arrugar la nariz y a entrecerrar los ojos. Un grito agudo, quebrado y que pudo oírse en todo el inmueble salió entonces de su garganta, al tiempo que un escalofrío recorría todo su cuerpo. Petrificada, sintió que su respiración se paralizaba. Por un instante, Agnes pensó que iba a desfallecer: la escena que tenía delante era indescriptible, dantesca, aterradora. Apoyada en la pared del fondo, temblando junto a la puerta, con los ojos abiertos de par en par, tuvo que hacer verdaderos esfuerzos por no vomitar o desmayarse. Sentía que sus piernas flaqueaban y que su estómago, absolutamente vuelto del revés, se retorcía en su interior. Se frotó los ojos con fuerza; apenas podía creer que lo que tenía delante pudiera ser cierto. Frente a ella, tumbado en aquella enorme cama de madera, desnudo, engullido por un espeso y repugnante mar de sangre, estaba lo que quedaba del señor Eduardo. Aquel rúbeo océano teñía y empapaba el níveo lienzo de las sábanas. Sus brazos blanquecinos se alzaban indefensos hasta el cabezal de la cama, como las ramas de un árbol endeble, grotesco e imperturbable. Sus muñecas, asidas a la madera por unas viejas y oxidadas esposas, se veían descarnadas por los múltiples e infructuosos esfuerzos que aparentemente había realizado al tratar de desatarse, y los tobillos, también inmovilizados con fuerza por gruesas cuerdas a los pies de la cama, dejaban entrever los huesos bajo los restos putrefactos de su piel roída por aquellas inhumanas ataduras. Su cuerpo, completamente desnudo, parecía rebozarse en un rojizo y untuoso manantial que procedía de algún punto situado entre sus piernas y su cintura, y su rostro desencajado, con los ojos cristalizados en una expresión, de horror tras la agonía sufrida, miraba de forma estéril y yerma en dirección a ella. En su boca, entre sus carnosos labios, un trozo de una masa de carne indefinida surgía hacia el exterior. Una masa ensangrentada que sin duda había sido introducida con ahínco y decisión hasta su garganta para taponar su boca por completo y producir la asfixia...