Somos muchos. Somos los que no creemos en un sistema que ahonda las desigualdades. Somos los que rehusamos aceptar indiferentes la tragedia que viven tantos millones de personas. Somos los que no aceptamos la continua destrucción del medio ambiente en nombre de un progreso que sólo favorece a unos pocos. Somos los que denunciamos las nuevas formas de sometimiento. Somos los que rechazamos las agresiones militares, realizadas casi siempre en nombre de nobles ideales, pero que encubren siempre oscuros intereses económicos. Somos los que exigimos la emancipación de los de abajo. Somos los que aspiramos a una democracia real. Somos muchos. Algunos de esos muchos estamos haciendo esta revista. También editamos libros. Es nuestra forma, modesta, de contribuir a una transformación social imprescindible. En El Viejo Topo, trabajando, somos pocos. Pero contando los que estáis afuera, somos muchos.

Crisis y revolución
Alejandro Andreassi (Coord.)
Los socialistas europeos analizaron el estallido de la Primera Guerra Mundial con perspectiva histórica, en la línea teórica fundada por Carlos Marx y Federico Engels. Para Lenin, Luxemburgo y Trotsky, dicho acontecimiento era el resultado de un proceso histórico del desarrollo del capitalismo, que no puede reducirse a la confrontación de un país contra otro, sino que tiene alcances internacionales: su escena trascendió las fronteras de los países para envolver el continente europeo y parte de Asia, involucró a los Estados Unidos y produjo cambios en la geopolítica y la economía del mundo.
El segundo aspecto principal para tener en cuenta es el carácter de clase de la guerra, por qué se ha desencadenado y qué clases la sostienen, desde el punto de vista de sus intereses económicos y políticos. Para los marxistas, hay que incorporar el aporte teórico sobre la guerra de Clausewitz sintetizado en el aforismo: “La guerra es la continuación de la política por otros medios”. Es una definición que tiene en cuenta la experiencia de las guerras napoleónicas que transformaron la escena europea.
Había que reconocer los distintos tipos de guerras y analizarlas históricamente, ya que “hay guerras y guerras”, decía Lenin. Lo que conduce a constatar que hay guerras revolucionarias en el ciclo histórico de 1792 y 1871. La guerra revolucionaria nacional por excelencia, en el siglo XIX europeo, fue la del pueblo francés contra la Europa monárquica, atrasada, feudal y semifeudal colegiada.
Para el marxismo, toda guerra está inseparablemente unida al régimen político, y este tiene sus raíces en las relaciones de clase dominantes en la economía y la sociedad. Los revolucionarios franceses se vieron obligados a repensar la estrategia militar ante la agresión de las testas coronadas de la Europa clerical y monárquica contra la revolución. Por ello, no crearon un ejército a la vieja usanza, sino que crearon un ejército nuevo, popular, con nuevos métodos. El pueblo en armas es el nuevo ejército, con distintas jerarquías, sistema de disciplina basado en el honor, la lealtad a la patria y la revolución, con valores democráticos e igualitarios. Los equivalentes en América Latina vienen a ser las guerras de independencia.
La segunda mitad del siglo XIX suele presentarse como la era de paz del capital, soslayando el dominio de la Europa capitalista sobre el mundo colonial, con sus permanentes exterminios y conquistas, que no eran precisamente guerras convencionales. Las guerras en la época moderna están articuladas al desarrollo del capitalismo. Su órgano esencial es el militarismo y su ideología cohesionadora es el nacionalismo exacerbado.

Crisis y revolución, Alejandro Andreassi (Coord.)

ALEJANDRO ANDREASSI CIERI (Buenos Aires, 1948) es profesor del Departament d’Història Moderna i Con temporània en la Universitat Autònoma de Barcelona. Sus líneas de investigación se centran en la historia del trabajo y del movimiento obrero así como de los fascismos europeos. Es autor de «Arbeit macht Frei». El trabajo y su organización en el fascismo (Alemania e Italia), Barcelona, El Viejo Topo, 2004, y entre sus publicaciones más recientes destacan: «El significado del socialismo en los textos de la revolución conservadora alemana», en Rebeldes y reaccionarios. Intelectuales, fascismo y derecha radical en Europa, 1914-1956, Barcelona, El Viejo Topo, 2011; «De pulsiones y autodeterminaciones: algunas reflexiones sobre Sigmund Freud y el Malestar en la cultura», Dipòsit digital de documents de la UAB, 2013; «El KPD en la Guerra Civil española y la cuestión del Frente Popular: algunas reflexiones», Hispania, vol. 37, nº 246, 2014; «Emancipación: breve recorrido por el término», Kult-ur. Revista interdisciplinària sobre la cultura de la ciutat, Universitat Jaume I, Vol. 2, Núm. 3 (2015) on textos de Antoni Lucchetti Farré | Anna Sallés Bonastre | Joan Tafalla | Adrià Llacuna | Soledad Bengoechea | José Luis Martín Ramos | Steven Forti | Alejandro Andreassi | Giaime Pala

Crisis y revolución: El movimiento obrero europeo durante la guerra y la revolución rusa (1914-1921) contiene diversos textos en torno a la revolución de Febrero de 1917 y la oleada revolucionaria europea (1917-1921), y que enmarcan la revolución rusa en el surgimiento de los movimientos sociales de resistencia a la guerra entre potencias imperialistas que se desarrolló entre 1914 y 1918. En aquella guerra se pusieron en práctica las nuevas técnicas industriales y fordistas de matar que consiguieron aniquilar a cerca de 30 millones de personas entre soldados y población civil. Una catástrofe humanitaria y civil que desató una oleada de movimientos de lucha obrera, campesina y popular contra la guerra y contra el sistema capitalista, con la aparición de nuevas formas de organización en la ofensiva revolucionaria: los sóviets, los consejos obreros en Alemania, Italia y Francia, las ocupaciones de fábricas y de tierras, las huelgas generales revolucionarias (1917 en España), las grandes movilizaciones realizadas en los países beligerantes. Los textos recogidos en este libro pretenden huir de las interpretaciones de la revolución rusa como golpe de estado o como conspiración de minorías y acercarse a esta oleada revolucionaria.

 

El libro que presentamos es el resultado colectivo de las diversas ponencias que se presentaron con ocasión de la jornada de estudio sobre La revolución de Febrero de 1917 y la oleada revolucionaria europea (1917-1921), realizada el 3 de marzo de 2017, organizada por la Asociación Catalana de Investigaciones Marxistas, Espai Marx, Fil Roig y El Viejo Topo.

 

“Los textos recogidos en este libro pretenden huir de las interpretaciones de la revolución rusa como golpe de estado o como conspiración de minorías y acercarse a esta oleada revolucionaria haciendo confluir la perspectiva de la historia desde abajo y de la historia política. Ese es objetivo común de los capítulos que forman este libro colectivo, y que contemplan los casos de Francia, de España, de Italia, de Alemania, de Gran Bretaña y de Rusia.” – Alejandro Andreassi, extracto del prólogo a Crisis y revolución.

 

Ricardo Sánchez Ángel. Doctor en historia, magíster en filosofía. Profesor, Universidad Nacional de Colombia

En el propio siglo XIX aparece la guerra civil del proletariado contra la burguesía con la Comuna de París de 1871, cuya experiencia constituye el primer ensayo general de un gobierno de los trabajadores. Durante años maduró la conciencia antimilitarista en la clase trabajadora internacional, y el socialismo en sus distintos matices fue su impulsor en los congresos internacionales: 1. El de París de 1889. 2. El de Bruselas de 1891. 3. El de Zúrich de 1893. 4. El de Stuttgart de 1907. Además, el Manifiesto del Congreso de Basilea por la paz de 1912. En estos congresos y sus declaraciones se fue formando una política y unos planes de acción prácticos contra el militarismo y la guerra, que

económicas y sociales. No fueron solo las anexiones en Europa, sino también en África por alemanes e ingleses, y en Persia por ingleses y rusos. Esta es la clave para comprender el motivo de la guerra. En segunda fila estaban Estados Unidos y Francia, mientras los imperios ruso y austro-húngaro declinaban. Se delimitó el campo de lucha en cabeza de los imperios dominantes: Inglaterra y Alemania, se excluyó de toda responsabilidad a los pueblos en un mensaje ético-político potente: “La guerra no la hacen los pueblos, sino los gobiernos”. Estos y el sistema capitalista son los responsables, los culpables. La Gran Guerra fue una carnicería y el triunfo obtenido por los vencedores fue pírrico. La alternativa de la revolución aparecía como un principio de salvación, el comienzo de una nueva era. Lenin repetía: “La guerra no es un juguete, la guerra es una cosa inaudita, cuesta millones de víctimas y no es tan fácil terminarla”.

 

Las grandes potencias habían recibido una ola de protestas en Viena y Praga, después de la Revolución Rusa de 1905. En el mundo colonial, los pueblos despertaron en seguidilla. Se dieron grandes confrontaciones nacional-democráticas y antiimperialistas en Turquía en 1908, en Persia en 1909 y en China y México en 1910. Era el ensayo general de la revolución anticolonial.

 

Para Rosa Luxemburgo hay un doble proceso histórico que condujo a la Gran Guerra:

 

1.El imperialismo moderno, consolidado en los últimos 25 años y, 2. La guerra franco-prusiana de 1870, con la anexión de Alsacia y Lorena, sumado a la derrota de la Comuna de París en 1871, que provocó la alianza franco-rusa y dividió a Europa en dos bandos contrarios e inició un período de carrera armamentista hasta desatar la guerra mundial.

 

La Revolución rusa y la paz de Brest-Litovsk

 

Para 1917, en plena guerra, los marxistas entendieron que su constatación de Rusia como el eslabón más débil de la cadena de dominación del capital facilitaba la aplicación de su política de transformar la guerra imperialista en guerra civil. Es lo que sucedió, con el triunfo de la revolución, cuyo proceso comenzó en febrero con el derrocamiento del zarismo, dando paso a gobiernos provisionales, y culminó en octubre con la instauración del gobierno soviético.

 

El ejército ruso se encontraba desmoralizado como consecuencia de sus múltiples derrotas en los frentes, al igual que desabastecido de armamentos, alimentación, utillaje y con débiles sistemas de comunicación. La desconfianza hizo de las suyas en todos los frentes: las trincheras eran abandonadas, las órdenes no se cumplían muchas veces y la deserción era común.

 

La crisis política repercutió hondamente en la unidad de mando y en la convicción de los generales y oficiales sobre la eficacia de su estrategia militar. Es verdad que los aliados de Rusia en la guerra, Francia, Inglaterra y luego Estados Unidos, hicieron esfuerzos por remediar la situación, pero fueron paliativos que no lograron cambiar el desenlace.

 

No podía ser de otra manera. La crisis social alimentó la crisis política y la militar. La crisis social se manifestaba de manera radical en el hambre. La escasez cundía en ciudades como Moscú y Petrogrado, también en las ruralidades de la vasta geografía. Igualmente, el impacto de la caída de la monarquía, del triunfo de la revolución, tanto en febrero como en octubre, y el desorden e incluso caos que se vivía en medio de la intensa lucha de clases, crearon imaginarios nunca antes vividos por el monolítico ejército ruso.

 

Todo esto fue el caldo de cultivo sobre el cual la propaganda bolchevique de Paz, pan y tierra obtuvo apoyos significativos en la población trabajadora de las ciudades y los campos, y en forma especial en los cuarteles y trincheras. Los soldados, y parte de la oficialidad, mayoritariamente se fueron convirtiendo al llamamiento de una paz justa y democrática, inmediata y sin anexiones.

 

La máxima expresión del proceso de descomposición del ejército lo constituye la formación de numerosos soviets de diputados de soldados, que empezaron a ejercer directamente la unidad de mando y a tomar las decisiones en todo lo concerniente a la actividad militar.

 

Así las cosas, guerra y revolución aparecen interrelacionadas, donde la voluntad y la organización de los revolucionarios, aprovechando la situación de crisis y desesperación de la sociedad rusa, dirigieron la insurrección y el poder desde abajo en la singular forma organizativa de soviets (consejos de obreros, campesinos y soldados) y proclamaron su voluntad de revolución mundial. Para ello fundaron la Tercera Internacional en oposición a la segunda, cuya bancarrota proclamaron por doquier.

 

Pero en 1917 la guerra continuaba, sin definiciones de triunfo del lado de los aliados y tampoco de las potencias del centro. El nuevo gobierno soviético enfrentó, en un cuadro complejo de contradicciones y desplazamientos, el cerco y la hostilidad de todas las potencias en conflicto. Por ello, muy pronto, tal como lo habían prometido, decretó su política de paz el 25 y 26 de octubre (7 y 8 de noviembre) de 1917, en el Congreso de los Soviets de Diputados Obreros y Soldados de toda Rusia, con la consigna de una paz justa y democrática, de manera inmediata y sin anexiones. A renglón seguido, manifestó la intención diplomática de considerar otras condiciones que le fuesen propuestas por los adversarios. Al mismo tiempo, publicó y anuló todos los tratados secretos firmados por los gobiernos rusos. El decreto iba dirigido tanto a los gobiernos como a los pueblos de los países beligerantes, buscando exhortar a la movilización de los trabajadores.

 

El 14 de noviembre de 1917, el alto mando alemán convino negociar un armisticio. A su vez, el gobierno soviético ordenó el cese al fuego y propuso empezar la negociación el 1º de diciembre. En un mensaje a las potencias occidentales, Trotsky dirigió, como ministro de relaciones exteriores, la advertencia de que si no enviaban a sus representantes “negociaremos solo con los alemanes”.
La sabiduría del decreto de Lenin indica, como lo anota Isaac Deutscher, que los bolcheviques no abrigaban dudas sobre el auge de la revolución europea, pero empezaban a preguntarse si el camino hacia la paz pasaría por la revolución o si, por el contrario, el camino hacia la revolución pasaría por la paz. En este contexto, comenzaron las negociaciones en Brest-Litovsk el 9 de diciembre, con los alemanes y austriacos.

 

Tales negociaciones constituyen un drama en el desarrollo de la revolución y de la guerra, dado que los alemanes planteaban una paz que resultaba vergonzosa a los soviéticos, pues Polonia, Ucrania, Lituania, Kurlandia y Estonia serían anexadas.

 

El Comité Central del Partido Bolchevique se dividió en tres posturas: la de la paz inmediata, aceptando las condiciones alemanas, propuesta por Lenin; la postura de la guerra revolucionaria contra los imperios del centro, propuesta por Bujarin; y la de ni la guerra ni la paz, propuesta por Trotsky. Solo después de duras y largas discusiones, y en medio de la reanudación de la ofensiva alemana el 17 de febrero de 1918, triunfó la posición de Lenin, que para él significaba una manera de reagrupar las fuerzas sociales de la revolución, de la economía y del ejército, para continuar el programa emancipador. La paz venía a ser una tregua, y la analogía histórica era la paz de “Tilsit”, cuando Napoleón obligó a firmar a Prusia su rendición en 1807 y aceptar la división de los ejércitos y el desmembramiento de Alemania. No obstante, los pueblos germanos se reagruparon y a la postre triunfaron, resurgiendo Alemania como nación. El balance sobre la paz de Brest-Litovsk muestra que la postura realista de Lenin permitió indicar a los pueblos del mundo la voluntad pacifista del Estado soviético, sin desconocer, como él mismo lo calificó, el carácter vergonzoso, aunque no capitulador, de esas negociaciones.

 

Las posturas de Trotsky y de Bujarin, a la postre resultaron con perspectivas ciertas porque las monarquías de los estados austro-húngaro y alemán se desplomaron en un año, desplegándose la potente revolución alemana, que fue derrotada, pero que dio paso a un gobierno socialdemócrata. Alemania había obtenido con el tratado solo una victoria pírrica. El tratado fue ratificado en el VII Congreso del Partido Bolchevique en Moscú el 6 de marzo de 1918. Y en Berlín, fue ratificado por los alemanes el 15 de marzo.

 

Terminada la Primera Guerra Mundial, y firmado el Tratado de Versalles del 28 de junio de 1919, que protocolizó la derrota y rendición de Alemania, la Revolución Rusa tuvo que enfrentar la guerra civil interna y el bloqueo de las grandes potencias, ganando la primera y sobreviviendo a la segunda. Para ello crearon el Ejército Rojo: una nueva fuerza militar.