A finales de 1957, el territorio de Ifni es atacado por bandas del Ejército de Liberación Marroquí. Los soldados españoles, mal equipados y sin armamento ofensivo, se ven obligados a retroceder y establecer un perímetro defensivo alrededor de Sidi Ifni. Son posiciones de montaña: trincheras y cuevas excavadas en un terreno duro y hostil. Sin las más mínimas condiciones de higiene o comodidad.
El monte Buyarifen está defendido por la VIII CIA del II Tabor de Tiradores de Ifni, a la que pertenece el alférez protagonista de la novela. Durante la Nochevieja, encuentran el cadáver del teniente Villalba entre las alambradas: lo han degollado. El alférez da por hecho que sólo ha podido ser el enemigo, pero una inspección del terreno le hace pensar que quizás no ha sido así. Sus sospechas recaen sobre el brigada Barrientos, excombatiente de la Guerra Civil y la División Azul, un hombre rudo y violento. Pero le falta un motivo.
Como trasfondo, esta novela habla de una guerra olvidada, ignorada y escondida. Los soldados no sólo tenían que luchar contra el enemigo.

Lo que nos dejamos en Ifni

 

Hernández Salguero conoce bien la historia de la guerra de Ifni y en su novela Lo que nos dejamos en Ifni presenta un panorama distinto a lo novelado hasta entonces sobre la ciudad. En 1957, tras abandonarse casi todo el territorio, se crea una línea defensiva de la ciudad de Sidi-Ifni en forma de arco apoyado en el mar. En ese perímetro se situaban posiciones que trataban de proteger la ciudad. Y en una de ellas, en el monte Buyarifen, donde un puñado de españoles pasa la Navidad a cubierto de los disparos del enemigo, sitúa la acción: Todos ojerosos y con cara de sueño. Todos sucios famélicos y desarrapados, con más pinta de pordioseros que de soldados... Miraba las caras y la mayoría había perdido su natural jovialidad. Se habían convertidos en seres serios, montaraces de rostros sombríos y curtidos, en lo que queda después de la derrota tras años de combates y a miles de kilómetros de la patria sin posibilidad de recibir ayuda; solo que ellos no habían sido derrotados, apenas llevaban un mes luchando y su patria les podía abastecer de ayuda y suministros, si tuviera medios. Pertenecían a un ejército que no había evolucionado nada en veinte años (página 19). El autor quiere dar una imagen lóbrega, angustiosa, de la vida en el lugar con un capitán al mando que resulta la caricatura de un malo de dibujo animado, tal vez debió el autor cuidar más esas personalidades enfermizas para dar una sensación de realismo mayor. Pero era necesario establecer un antagonista al alférez de IPS y al viejo brigada veterano de tres guerras. Y en ese ambiente casi de miseria se injerta una historia de delitos.