El devenir histórico no puede, por desgracia, comprenderse sin lo bélico, aspecto imbricado en la fábrica misma de tantas sociedades, especialmente en la Antigüedad y el Medievo, ámbitos cronológicos en que DESPERTA FERRO se desenvolverá. Esta limitación cronológica responde a nuestro deseo de profundizar en temáticas muy a menudo ausentes en la oferta editorial y para las que estamos convencidos de que hay lectores ávidos. Antigüedad y Medievo en lo cronológico, sin desdeñar ampliar puntualmente nuestras miras cuando el estudio de un tema así lo aconseje. Y en lo geográfico, nos centraremos en Europa, el Mediterráneo, y el Próximo Oriente, igualmente sin desdeñar incursiones en ámbitos como el asiático o la América precolombina, verdaderas terrae incognitae de la divulgación histórica.

Cada número de DESPERTA FERRO se articulará alrededor de un tema específico mediante un completo dossier, que aportará artículos de calado que acerquen al lector las realidades de la historia militar y política. Contaremos para ello con un plantel de colaboradores adecuado para cada tema, desde profesionales de reconocido prestigio en el mundo académico a jóvenes investigadores o amateurs entusiastas, pero de probada solvencia. Dejaremos también hueco para la reconstrucción histórica, entrevistas a todo aquél cuya contribución a la historia militar consideremos interesante y, por supuesto, para las últimas novedades del mercado En el apartado gráfico nuestro empeño es la excelencia en la evocación de tipos y situaciones que ilustren el texto, fieles al registro arqueológico e iconográfico, siendo capaces de llevarnos al allí y entonces. Queremos que esta apuesta por la ilustración histórica de calidad se convierta en una seña de identidad, al igual que la inclusión de un aparato cartográfico adecuado y riguroso.

La Guerra de los Treinta Años. Una tragedia europea (II) 1630-1648

Peter H. Wilson






La Guerra de los Treinta Años desgarró el corazón de Europa entre 1618 y 1648: una cuarta parte de la población alemana murió entre violencias, hambrunas y pestes, regiones enteras de Europa central fueron devastadas en un incesante recorrer de ejércitos, y muchas tardaron décadas en recuperarse. Todas las grandes potencias europeas del momento estuvieron involucradas en un conflicto que desbordó las líneas marcadas por la fe, con la pugna entre los Habsburgo y los Borbones dirimiendo el comienzo del ocaso de una gran potencia, la España imperial, contestada por la pujante Francia. El libro de Peter Wilson es la primera historia completa de la Guerra de los Treinta Años que se alumbra desde hace más de una generación, en un relato brillante y fascinante, de unos años de acero que definieron después de la Paz de Westfalia el escenario europeo hasta la Revolución francesa. La gran fortaleza de La Guerra de los Treinta Años. Una tragedia europea es que permite aprehender los motivos que empujaron a los diferentes gobernantes a apostar el futuro de sus países con tan catastróficos resultados. Wallenstein, Fernando II, Gustavo Adolfo, Richelieu u Olivares, personajes fascinantes, están aquí presentes, como también lo está la terrible experiencia de los soldados y civiles anónimos, que trataron desesperadamente de mantener vida y dignidad en circunstancias imposibles.

El segundo volumen de La Guerra de los Treinta Años. Una tragedia europea, abarca las fases sueca y francesa del conflicto. Wilson expone la intervención de Gustavo Adolfo con rigor y análisis crítico, sin concesiones a la propaganda del León del Norte. Del éxito de Breitenfeld nos conduce a su duelo contra Wallenstein y a su muerte en Lützen. Sigue un capítulo que abarca la caída del generalísimo de Fernando II y la decisiva intervención española que condujo a Nördlingen. Este segundo tomo incluye, asimismo, un relato pormenorizado de las campañas y batallas de la fase final del conflicto: las luchas de Bernardo de Sajonia-Weimar en el Rin, los triunfos suecos en la segunda batalla de Breitenfeld y en Jankau, las campañas de Enghien y Turenne contra Baviera y la lucha en los Países Bajos Españoles, con Rocroi como punto álgido. No falta una descripción analítica de las negociaciones y las consecuencias de la Paz de Westfalia, uno de los hitos de la historia de las relaciones internacionales. Wilson tampoco descuida la necesaria vertiente humana: en los capítulos finales aborda la escalofriante devastación y el sufrimiento que se abatieron sobre aquellos a quienes atrapó el conflicto.

LA GUERRA DE LOS TREINTA AÑOS VOLUMEN II

Peter H. Wilson es un historiador británico nacido en 1963. Su interés investigador se centra en la Historia Moderna de Alemania, especialmente la política, el ejército, la sociedad y la cultura del Sacro Imperio Romano Germánico entre 1495 y 1806. También ha dedicado parte de su carrera investigadora al amplio desarrollo de la guerra a nivel europeo y mundial desde el siglo XVII hasta 1900. Entre su formación destaca su especialización en la historia alemana y militar, que le ha permitido ocupar el puesto de profesor en numerosas universidades británicas y desarrollar labores docentes y de investigación en diversos centros universitarios de Estados Unidos y Alemania, entre los que podemos destacar sus periodos en las universidades de Sunderland, Newcastle o Münster, donde se dedicó a la enseñanza de los primeros siglos de la Edad Moderna.

En 2011 Peter H. Wilson participó en el congreso War and Statecraft que celebra el prestigioso National War College de Washington D.C. Más tarde, en 2015, sucedió al historiador Hew Strachan en el puesto de Chichele Professor de Historia de la Guerra en el All Souls College de la Universidad de Oxford, donde imparte desde entonces las asignaturas de “La Guerra de los Treinta Años” y “El ejército y la sociedad en Gran Bretaña y Francia entre 1650 y 1815”. También ha pertenecido, entre otros, a los consejos editoriales de las siguientes revistas: International History Review (2006-2010), War & Society y British Journal for Military History y es colaborador de Desperta Ferro Historia Moderna. Wilson también es miembro de la Royal Historical Society (FRHistS).

Peter H. Wilson es un autor de reconocimiento internacional cuyas obras han obtenido varios galardones importantes, siendo su obra más premiada La Guerra de los Treinta Años. Una tragedia europea al recibir reconocimientos como: el Society for Military History Distinguished Book Award 2011, Best History Book of the Year por el periódico The Independent; y Book of the Year por el periódico The Atlantic.

 

 

Aunque no disminuyes la importancia de las diferencias religiosas en el conflicto, insistes que, en esencia, esta guerra no fue un conflicto religioso. ¿Fueron estas creencias y la fe una excusa para movilizar a los pueblos a la guerra?

 

No, no creo que la religión fuera una simple excusa para la guerra. Para entender el papel de la religión en este conflicto, primero tenemos que despojarnos de nuestras ideas del siglo XXI sobre el lugar que tiene la fe en los asuntos humanos. Hoy día estamos habituados a diferenciar entre lo religioso y lo secular, distinción impensable en el siglo XVII, cuando nadie podía concebir un universo sin Dios. En su lugar, la diferencia estaría entre los que hoy podríamos considerar “moderados”, y los “militantes”. Todos eran religiosos, y todos querían promover su propia versión de la cristiandad. Sin embargo, los militantes eran más propensos a creer en la doctrina del providencialismo y de sentirse personalmente emplazados por Dios para actuar, y tendían a creer que sus objetivos estaban a su alcance de su mano y que cualquier problema o revés no eran más que prueba de su fe. Por contra, los moderados veían los objetivos religiosos (como la reunificación de todos los cristianos) más distantes y eran más pragmáticos en la elección de los métodos para la consecución de los mismos. Los militantes eran una minoría y, generalmente, no ocupaban posiciones con poder político y rara vez influían directamente en los acontecimientos. Sin embargo, muchos de ellos eran clérigos y sus comentarios y críticas a los actores políticos solía tener gran repercusión, por lo que han dejado una huella desproporcionadamente profunda en las fuentes de que disponemos los historiadores.

 

Dice en un momento que “la influencia de los radicales fue, en ocasiones, desproporcionada si tenemos en cuenta su número”. Es una frase que, sin matiz alguno podría, valer para hoy: Trump, distintos partidos de ultraderecha y populistas por todo Europa, ciertos líderes religiosos extremistas…

 

Esta comparación es válida hasta cierto punto. Los radicales fueron capaces de dar forma a los acontecimientos, especialmente al alentar una sensación de crisis en el seno del Imperio a partir de 1600 manipulando el temor hacia una constitución imperial que ya no ofrecería suficiente salvaguarda a los derechos políticos y religiosos. Los políticos de hoy día operan en condiciones diferentes. Tienen acceso a medios de comunicación mucho más potentes, pero, al menos en teoría, son democráticamente responsables y la población en su conjunto tiene los medios para poner límites a su influencia, siempre y cuando ejerciten sus derechos democráticos de forma responsable.

 

Siempre he asociado la Guerra de los Treinta Años al uso masivo de mercenarios. ¿Fue realmente así? ¿Qué otras innovaciones trajeron el conflicto en el aspecto militar?

 

Sí, los que combatieron en la Guerra de los Treinta Años fueron en gran medida “mercenarios”, si entendemos por ello soldados que se suponían profesionales a sueldo. Algunos estados –especialmente Suecia, Dinamarca y en menor medida otros como Baviera– también recurrieron al reclutamiento o a la selección de efectivos provenientes de las unidades de milicia. Todo esto muestra los intentos de los contemporáneos de librar una guerra convencional, y no ningún tipo de guerra de religión que levantara en armas al conjunto de la población. La mayoría de los mercenarios no eran los aventureros desarraigados del imaginario popular, sino en general súbditos del señor al que servían u hombres que concebían servir a un príncipe extranjero como algo honorable y personalmente ventajoso.

 

Respecto a la principal novedad militar de la Guerra de los Treinta Años, esta fue sin duda la enorme escala del conflicto. Durante la primera década, la guerra rugió en una de cada tres regiones del Imperio al mismo tiempo. Tras la intervención de Suecia en 1630, el conflicto se generalizó por todo el Imperio, donde las coaliciones rivales emplearon varios ejércitos de considerable tamaño simultáneamente. Además, desde 1635 España y Francia estaban librando su propia guerra particular en múltiples frentes, aumentando aún más la escala del conflicto y añadiendo más presión a las instituciones de los estados y a las sociedades.

 

También dedica espacio a la rivalidad entre el cardenal Richelieu y el Conde Duque de Olivares, describiendo, entre otras cosas, la pompa del primero y la imagen de burócrata del segundo.

¿Eran tan diferentes en todo?¿Cuál es su valoración del papel del valido español en el conflicto?

 

Había contrastes obvios, empezando porque Richelieu era cardenal, mientras que Olivares era un aristócrata secular, y sus estilos personales eran muy distintos. Sin embargo, había importantes similitudes entre ambos, sin ir más lejos su posición de “favoritos” al servicio de reyes con profundas carencias que permanecieron considerablemente ajenos a la gobernanza efectiva. Tanto Richelieu como Olivares debían mantener el equilibrio entre los intereses de los grupos de la corte y del país en general, y ambos se enfrentaron a una constante oposición y crítica interna.

 

Olivares era ambicioso, pero también trabajador y dedicado.Comprendió que la victoria total ya no era posible por lo que trató de emplear los aún considerables recursos militares y económicos de España para derrotar a los holandeses mientras mantenía la amenaza francesa a raya. Sin embargo, fracasó por su incapacidad de encontrar el modo de llegar a una paz satisfactoria con los holandeses sin sacrificar la reputación de España. De hecho, esto se hizo cada vez más difícil según avanzaba la guerra y los problemas de España se multiplicaban.

 

 

 

 

 



 

Esta guerra fue un acicate para el nacimiento del periodismo moderno, y la Paz de Westfalia fue un best-seller internacional…

 

El estallido de la guerra en 1618 sirvió de estímulo directo para la propagación de los periódicos y otros medios impresos como las gacetas ilustradas. La gente estaba hambrienta de información y el número de periódicos de periodicidad regular se multiplicó por más de tres durante el conflicto. Los habitantes de otros países, como Inglaterra, también querían saber más sobre lo que estaba pasando. En general Suecia y los países protestantes hicieron un uso de la propaganda impresa de largo más efectivo que sus oponentes, lo cual ha tenido su influencia en cómo los historiadores han interpretado la guerra.

 

La Historia siempre ha sido un campo de batalla para la manipulación política. En este momento, al calor de la tormenta de las fake news y en una era donde se ha perdido la confianza en lo que una vez se consideró autoridades intelectuales, ¿cómo queda el papel del historiador

¿Cómo puede competir contra los influencers de Internet, los tertulianos populistas y todos aquellos especialistas en captar mejor la atención pública?

 

La tarea del historiador es interpretar el pasado de la forma más honesta y exacta posible. El desafío es que rara vez la historia es clara y directa, mientras que la gente quiere explicaciones simples y respuestas sencillas a sus problemas. Los historiadores debemos tratar de conectar de forma eficaz con todo tipo de públicos, sin duda adaptando la forma en que presentamos el mensaje, pero siempre alentando al lector a pensar de forma crítica e independiente y a cuestionar las explicaciones simplistas.

 

¿Cómo vive la actual situación post-brexit de su país? ¿Cómo cree que los historiadores futuros juzgarán esa decisión?

 

¡Qué arriesgado es hacer predicciones! Sin embargo, sobre esta cuestión me temo que es probable que los historiadores arrojen luz sobre en qué medida el oportunismo político influyó a la hora de convocar el referéndum, y cómo se disputó la campaña. Asimismo, también quedará patente cómo el recurso al sentimiento y a la nostalgia se impuso al racionalismo del argumento político y económico. Sin embargo, está por ver cuán profundo e irreparable será el daño económico, cultural y político.