Editorial Trotta inicia su actividad en octubre de 1990. Su propósito inicial fue atender un programa especializado en libros de ensayo, con un marcado carácter interdisciplinar. Posteriormente, su catálogo se fue abriendo a nuevas secciones orientadas hacia la literatura de creación y la poesía.

Una sección de su catálogo está dedicada a reunir las obras completas de autores de alguna afinidad con nuestro proyecto: José Luis L. Aranguren, Paul Celan, Filón de Alejandría, Søren Kierkegaard, Carl Gustav Jung, Américo Castro, Ernesto Cardenal...

Las secciones dedicadas a derecho y ciencias sociales recogen textos en torno al constitucionalismo, derechos civiles, garantismo, filosofía del derecho. Representan esta sección autores, entre otros, como: Perfecto Andrés Ibáñez, Manuel Atienza, Norberto Bobbio, Juan-Ramón Capella, Luigi Ferrajoli, Hans Kelsen, Luis Prieto Sanchís, Boaventura de Sousa Santos…

El apartado de filosofía presta especial atención a la teoría crítica de la cultura, la fenomenología y hermenéutica contemporáneas, la ética y la filosofía de la ciencia, Y se completa con una sección dedicada a «Clásicos de la Cultura». Algunos autores representativos: Hannah Arendt, Ernst Bloch, Jacques Derrida, Jürgen Habermas, Martin Heidegger, Paul Ricoeur, Ludwig Wittgenstein. Y, entre los clásicos: Al-Fârâbi, Ludwig Feuerbach, David Hume, Alexis de Tocqueville, Arthur Schopenhauer.

En su sección dedicada a ciencias de las religiones es de resaltar la publicación de los Textos de Qumrán, de la Biblioteca de Textos Gnósticos y de literatura maniquea, así como distintas monografías sobre fenomenología y antropología de la religión y teología. Algunos autores: Dietrich Bonhoeffer, Manuel Fraijó, José Gómez Caffarena, Alamah Iqbal, Toshihiko Izutsu, Hans Küng, Juan Martín Velasco, Rudolf Otto, Gershom Scholem, Jon Sobrino, Juan J. Tamayo, Jacob Taubes, Paul Tillich, Andrés Torres Queiruga, Julio Trebolle, Simone Weil. Desde su comienzo, la editorial prestó un interés especial a atender la producción de autores y temas provenientes de América Latina, dedicando a ellos dos colecciones: «Enciclopedia IberoAmericana de Filosofía» e «Historia General de América Latina». Con autores como: Enrique Dussel, Osvaldo Guariglia, Luce López-Baralt, Luis Villoro.

Otras colecciones establecen vínculos con las culturas no occidentales: «Al-Andalus. Textos y estudios» y «Pliegos de Oriente». Algunos autores: Averroes, Maimónides, Akinari, Lao Tse.

La colección «La Dicha de Enmudecer» recoge obras literarias de creación y estudios sobre teoría y crítica literaria.

Y pronto presentaremos una nueva colección, «Torre del Aire », que acogerá a libros no urgentes ni excesivamente movilizadores, pero necesarios, que se resisten a convertirse en inexistentes. Y refrescan y mantienen vivas las palabras.

A veces, los medios de comunicación y nuestros lectores se han manifestado generosamente sobre nuestra actividad («…el catálogo-milagro de Trotta…», «…esta es nuestra editorial», «esta idea de edición»). La editorial ha recibido también algunos reconocimientos públicos de nuestra propuesta editorial. En 1999 obtiene el Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural, cuyo jurado valora su trayectoria y su dedicación a temas de alto valor cultural. En 2000 y 2005 se le concede el Premio Nacional de Edición Universitaria. En el año 2002 nuestra edición de las Obras completas de Paul Celan, cuya traducción llevó a cabo J. L. Reina Palazón, recibe el Premio Nacional de Traducción. Y en 2007, el Premio Panhispánico de Traducción Especializada por nuestra edición de El libro de las generalidades de la medicina de Averroes.

En 1998 Trotta crea la Librería Internacional Pasajes, en Madrid, y en 2002 la librería Guadalquivir, en Buenos Aires.

Trotta forma parte del colectivo de editoriales independientes de Madrid que promueve la iniciativa de crear el «Rincón de la Bibliodiversidad», un espacio que las librerías asociadas destinan a exponer las novedades e informaciones de los editores vinculados al proyecto.

El poder de castigar es un poder trágico, pues protege amenazando y contiene la violencia mediante el uso de la fuerza. Halla su legitimación en la tutela de la vida, de la integridad y de la libertad de las personas, que en ausencia de prohibiciones legales y de una potestad sancionadora quedarían a merced de la ley del más fuerte. Pero inquiriendo, imputando, constriñendo y condenando quebranta esa misma inmunidad que guarda. Poder necesario y terrible, su ejercicio siempre puede degenerar en formas opresivas. Invocamos el poder de castigar para defender nuestra seguridad, pero ¿cómo defendernos de él?
Montesquieu, padre de la moderna separación de poderes como garantía del principio de legalidad, se revela en esta relectura de su obra fundamental, Del espíritu de las leyes, como penalista que enseña cómo la libertad ciudadana depende de la bondad de las leyes penales: de la configuración de la esfera de los delitos, de la composición del arsenal de las penas, de la organización jurisdiccional y de las reglas del proceso. La lección política de Montesquieu inspiró a Cesare Beccaria, fecundó el debate ilustrado y contribuyó a la laicización, humanización y racionalización del sistema penal. En él cabe reconocer a un pionero del paradigma del estado de derecho y de la democracia constitucional como sistema de límites a los poderes salvajes.

EL ESPIRITU DEL GARANTISMO MONTESQUIEU Y EL PODER DE CASTIGAR


Perfecto Andrés Ibáñez
Magistrado emérito de la Sala Segunda del Tribunal Supremo, y director de Jueces para la Democracia. Información y debate. Ha sido vocal del Consejo General del Poder Judicial. Entre sus publicaciones, destacan: El poder judicial (1986), escrito con Claudio Movilla; Justicia penal, derechos y garantías (2007); Prueba y convicción judicial en el proceso penal (2009). Es autor de prólogos y traducciones de obras de L. Ferrajoli, D. Zolo, S. Senese, G. Scarpari y V. Accatatis. Para Editorial Trotta ha cuidado las ediciones de C. Beccaria, De los delitos y de las penas (2011), con prólogo de P. Calamandrei; L. Ferrajoli, Poderes salvajes. La crisis de la democracia constitucional (2011) y P. Calamandrei, Inventario de la casa de campo (2012) y Sin legalidad no hay libertad (en preparación).
Colaboró durante más de treinta años en el diario El País.

 

 

 

El poder de castigar es un poder trágico, pues protege amenazando y contiene la violencia mediante el uso de la fuerza. Halla su legitimación en la tutela de la vida, de la integridad y de la libertad de las personas, que en ausencia de prohibiciones legales y de una potestad sancionadora quedarían a merced de la ley del más fuerte. Pero inquiriendo, imputando, constriñendo y condenando quebranta esa misma inmunidad que guarda. Poder necesario y terrible, su ejercicio siempre puede degenerar en formas opresivas. Invocamos el poder de castigar para defender nuestra seguridad, pero ¿cómo defendernos de él? Montesquieu, padre de la moderna separación de poderes como garantía del principio de legalidad, se revela en esta relectura de su obra fundamental, Del espíritu de las leyes, como penalista que enseña cómo la libertad ciudadana depende de la bondad de las leyes penales: de la configuración de la esfera de los delitos, de la composición del arsenal de las penas, de la organización jurisdiccional y de las reglas del proceso. La lección política de Montesquieu inspiró a Cesare Beccaria, fecundó el debate ilustrado y contribuyó a la laicización, humanización y racionalización del sistema penal. En él cabe reconocer a un pionero del paradigma del estado de derecho y de la democracia constitucional como sistema de límites a los poderes salvajes.

 

 

 

 

 

 

A partir del análisis del pensamiento penal de algunos de los más representativos pensadores del siglo de las luces, se quiere mostrar la diversidad de fundamentaciones que, a partir de las filosofías de dichos pensadores, se puede dar a la utilización de la pena como mecanismo utilizado por el Estado, indicando cómo, partiendo de puntos de partida tan diversos como el utilitarismo y el retribucionismo, desde la ilustración se ha dado fundamento al castigo penal moderno, a pesar de que dicha fundamentación no se halle siempre, como se ha pensado, en un deseo de humanizar los mecanismos de castigo.

Al abordar el problema de la justificación teleológica de las penas en el contexto de la reflexión política de las Luces sobre el derecho a castigar se topa enseguida con un lugar común, tan arraigado en la historiografía como en la filosofía del Derecho, lo que invita a medir su resistencia y a evaluar su fiabilidad. Este lugar común consiste en considerar la teoría utilitarista de la función preventiva de las penas como un elemento característico de la doctrina penal de las Luces. Si uso la expresión “lugar común” no es, entiéndase bien, para desacreditar esta tesis, sino sólo para subrayar que es generalmente compartida por los juristas, los filósofos, los historiadores, más allá de las diferencias —a veces relevantes— entre sus diversos paradigmas interpretativos y los juicios de valor asociados a ellos. Tomemos, a título de ejemplo, los estudios de dos importantes especialistas de la moderna penología (lejanos uno del otro por su orientación cultural y política) como son Michel Foucault y Mario A. Cattaneo. El discurso de los reformadores del siglo xviii sobre la justicia penal se presenta por el primero como una ideología que expresa los intereses de la burguesía, como una política del Derecho prevista para consolidar su dominación social.