Tel. 658 160 824 - comunicacion@despertaferro-ediciones.com Sobre Desperta Ferro Ediciones Desperta Ferro Ediciones es una editorial independiente fundada en 2010 por tres historiadores que decidieron hacer de su vocación, la Historia, un modo de vida y apostar por un producto cultural de calidad y en papel. Actualmente la editorial cuenta con cuatro cabeceras de revistas (Desperta Ferro Antigua y Medieval, Desperta Ferro Historia Moderna, Desperta Ferro Contemporánea y Arqueología e Historia) y desde 2015 con una línea de libros en la que, en apenas dos años, han visto la luz una quincena de títulos entre los que destacan obras de referencia como Ciudades del Mundo Antiguo, de Jean Claude Golvin, La guerra en Grecia y Roma, de Peter Connolly o Choque de titanes. La victoria del Ejército Rojo sobre Hitler, de David Glantz, de próxima aparición (catálogo completo aquí). De esta forma, lo que comenzó como un modelo de autoempleo se ha convertido en un motor de generación de puestos

Esta obra de Pat Southern y Karen Dixon es la mejor síntesis disponible acerca del ejército romano en los últimos siglos del Imperio, desde los tiempos de la Anarquía Militar hasta la caída del Imperio de Occidente, con una mirada a la prolongación y evolución de su sistema militar con Justiniano en Oriente. En palabras de las autoras: “El objetivo de este libro es aunar la evidencia que tenemos respecto a la historia, organización y métodos de combate del ejército […], intentando también documentar la apariencia física de los soldados desde un punto de vista arqueológico e histórico”. Como argumento central, El Ejército romano del Bajo Imperio analiza las transformaciones que la estructura del ejército experimentó entre los Severos y el siglo VI, fijándose especialmente en su resiliencia y adaptabilidad, capacidades que permitieron a Roma sobreponerse a sucesivas crisis y plantar cara a enemigos de muy diversa índole, desde los germanos de allende el limes renano a los jinetes acorazados sasánidas. En sus páginas, El Ejército romano del Bajo Imperio aborda debates tan discutidos como el impacto de la barbarización o la defensa de las fronteras y la creación de los comitatenses y limitanei. A este tronco se suman capítulos tanto relativos a los hombres que combatieron bajo las Águilas como a los recursos materiales con que contaron: reclutamiento, condiciones de servicio o moral, por una parte, y equipamiento, fortificaciones o guerra de asedio por otra. Las autoras se han basado tanto en las fuentes escritas como en iconografía y en los más recientes descubrimientos arqueológicos

El Ejército romano del Bajo Imperio, de Pat Southern y Karen Dixon.

El Ejército romano del Bajo Imperio fue, en última instancia, el resultado de las reformas de Diocleciano y de otras medidas de mayor alcance llevadas a cabo por Constantino. Sin embargo, cualquier estudio sobre sus orígenes debe comenzar a finales de la segunda centuria, para ilustrar el trasfondo de las reformas realizadas por estos dos emperadores. Existen ciertos hitos en los orígenes del Ejército tardío que los investigadores modernos han situado, de un modo convencional, en los reinados de Marco Aurelio, Septimio Severo y Galieno. Cualquier valoración sobre el desarrollo de dicho ejército debe tener en cuenta estos puntos de referencia, aunque con una condición: debemos ser conscientes de que las sucesivas reformas militares, que tuvieron lugar entre los reinados de Marco Aurelio y Constantino, no se llevaron a cabo como parte de un proceso constante, dividido en etapas, destinado a la consecución de una meta prefijada. Nuestra perspectiva histórica nos permite discernir, en los cambios organizativos realizados por Marco Aurelio, Septimio Severo, Galieno y Diocleciano, las formas embrionarias de lo que sería el ejército posterior; de modo que puede dar la impresión de que existen unos eslabones bien definidos en la cadena evolutiva que conecta los contingentes que Marco Aurelio movilizó en el Danubio con los ulteriores ejércitos de campo de Constantino. Esto no se ajusta a la realidad, estrictamente hablando, y ha sido objeto de debate durante casi un siglo. Los cambios realizados en la estructura de mando del ejército, así como en la organización de las tropas, debieron de estar relacionados con los problemas a los que tuvieron que hacer frente en cada momento o, de manera más concreta, con los problemas inminentes que afrontaron y que lograron superar. En ningún momento cabría esperar que el alto mando realizase predicciones a largo plazo sobre la naturaleza de las amenazas futuras y, en consecuencia, adoptara las medidas preventivas necesarias de forma anticipada. Huelga decir que si existen eslabones en la cadena entre las reformas militares de finales del siglo II o de principios del III y las del IV, estos son retrospectivos y empíricos, basados en los sucesos pasados y en lo que resultó más eficaz para anular las distintas amenazas. La tarea del arqueólogo y del historiador supone tratar de evaluar hasta qué punto, si existe alguno, se puede afirmar que las reformas militares en verdad no guardan relación unas con otras, que carecen de precedentes y que son originales.

El Imperio romano alcanzó su mayor extensión territorial en el reinado de Trajano, quien lanzó importantes ofensivas en Dacia y en Oriente. Sus pacíficos sucesores, Adriano y Antonino Pío, realizaron ajustes en las fronteras que dieron lugar a nuevas ganancias territoriales, aunque estas no fueron significativas y más bien pueden considerarse una labor de racionalización para facilitar la defensa. Adriano cayó en desgracia tras abandonar algunos territorios conquistados por Trajano, probablemente, porque consideró que los recursos imperiales eran insuficientes para defenderlos. Durante años, en general, el imperio se mantuvo en paz y de este modo el orador Elio Arístides se mostró entusiasta con la estabilidad de las fronteras romanas. Sin embargo, esta paz no duraría mucho tiempo. El Imperio romano alcanzó su mayor extensión territorial en el reinado de Trajano, quien lanzó importantes ofensivas en Dacia y en Oriente. Sus pacíficos sucesores, Adriano y Antonino Pío, realizaron ajustes en las fronteras que dieron lugar a nuevas ganancias territoriales, aunque estas no fueron significativas y más bien pueden considerarse una labor de racionalización para facilitar la defensa. Adriano cayó en desgracia tras abandonar algunos territorios conquistados por Trajano, probablemente, porque consideró que los recursos imperiales eran insuficientes para defenderlos. Durante años, en general, el imperio se mantuvo en paz y de este modo el orador Elio Arístides se mostró entusiasta con la estabilidad de las fronteras romanas. Sin embargo, esta paz no duraría mucho tiempo. El Imperio romano contaba con distintos tipos de fronteras. Algunas eran completamente abiertas, con unos límites apenas definidos; a veces una simple calzada servía de línea divisoria; varias seguían el curso de un río y otras estaban defendidas por barreras físicas. Estas defensas no respondían a un diseño uniforme, salvo por el hecho de que la mayoría se encontraba reforzada por una o más zanjas. El Muro de Adriano, en Inglaterra, es una obra de una complejidad extrema, compuesta por tres elementos diferenciados: un foso orientado hacia el norte, un ancho muro de piedra provisto de torres, fuertes y milecastles repartidos a lo largo del trazado y, finalmente, una zanja de mayor entidad orientada al sur, conocida como el vallum. No sin motivo, a todo ello se le ha considerado una defensa excesiva. Otr