Libros de la Umbría y la Solana es una editorial independiente que empieza su actividad a finales del año 2016 con el propósito de recuperar títulos valiosos de la literatura y el pensamiento que a nuestro juicio merezcan una nueva lectura; al tiempo deseamos también publicar obras contemporáneas de calidad que satisfagan las expectativas de los lectores atentos. Los libros que forman parte de nuestro catálogo lo son por una razón, nos han gustado, hemos disfrutado leyéndolos y pensamos que esta es una buena fórmula para construir una colección coherente que resista al tiempo y a las modas.

Nos hemos propuesto a la vez ser la editorial de referencia en España de una literatura particular que como la portuguesa nos parece importante en muchos los sentidos pero que, en general, no ha sido bien tratada en nuestro país. Serán así publicados en colección específica autores clásicos apreciados ya por el lector español, pero también otros menos conocidos que poseen una calidad literaria contrastada en Portugal y en los países lusófonos: en ese sentido, en nuestro catálogo actual convivirán autores modernos como Fernando Pessoa o José de Almada Negreiros con clásicos como el padre António Vieira y contemporáneos como Almeida Faria.

Obras de ayer y de hoy, ediciones esmeradas y traducciones fieles a los originales, con estudios y prólogos complementarios en algunos casos, que irán apareciendo con un ritmo que nos permita cumplir las expectativas de calidad que nos hemos propuesto.

La Umbría y la Solana cuenta con un Consejo Editorial del que forman parte, como editores, Pilar Ramos Vicent y Feliciano Novoa Portela, y como asesores el poeta y crítico Enrique Andrés Ruiz y el profesor y especialista en literatura portuguesa Antonio Sáez Delgado.

José de Almada Negreiros (1893-1970) fue el artista más representativo de la vanguardia portuguesa. Multifacé­tico y activista, Almada hizo ejercicio de muchas artes (pintura, poesía, novela, decorados, ballet, tipografía…) sin hacer distingos entre ellas. Para su primera exposición de dibujos, celebrada en Lisboa en 1913, escribió un co­mentario Fernando Pessoa. En 1917, desde un palco del Teatro da República, pronunció el Ultimatum Futuris­ta às Geraçoes Portuguesas do Século XX. Fue amigo de Ramón Gómez de la Serna, quien lo presentó en la tertu­lia de Pombo. Durante los años que vivió en Madrid, de 1927 a 1932, participó de las actividades de la Sociedad de Artistas Ibéricos y, entre otras muchas cosas, hizo las decoraciones del cine San Carlos, en la calle Atocha, don­de plasmó el repertorio moderno: music hall, trenes, re­flectores y jazz. Una de las nuevas artes que, como a otros artistas de la vanguardia (Eisenstein, Dalí, García Lorca o Dreyer) sedujo a Almada, fueron los dibujos anima­dos. Testimonio de ello fue la conferencia que pronunció cuando, en 1938, fue estrenada en Lisboa la célebre pelí­cula de Walt Disney Blancanieves y los siete enanitos, que había sido producida el año anterior como primer largo­metraje de animación de la historia del cine. El texto de esa conferencia da idea del espíritu con el que un artista tan representativo afrontaba la experiencia de su tiempo.

Enrique Andrés Ruiz

Dibujos animados, realidad imaginada - La Umbría y la Solana

José de Almada Negreiros nació en S.Tomé e Príncipe en el siete de abril de 1893. Era hijo de António Lobo de Almada Negreiros, administrador del Concelho de S.Tomé, y apasionado del periodismo, y de Elvira Sobral. Su madre murió cuando él tenía tres años.
En 1900 su padre fue nombrado director del Pabellón de las Colonias en la exposición universal de París, volvió a casarse y se quedó a vivir allí.
José entró a los siete años como interno en el Colegio jesuita de Campolide. Siguió los estudios en el Liceo de Coimbra en 1911 se matriculó en la Escola Internacional. En 1915 escribió el manifiesto Anti-Dantas en el que criticó de manera brillante la vulgaridad y el academicismo de ciertos medios literarios de la época
En 1913 realizó su primera exposición individual. Colaboró en 1915 en el primer número de la revista Orpheu, junto a Fernando Pessoa.
En 1919 realizó su primer viaje a París.
Pintó en 1925 dos paneles para el famoso café Brasileira en el barrio del Chiado, en lo que sería una muestra más de su polifacético quehacer artístico ya que se dedicó al dibujo, la pintura, la poesía, el teatro, la novela y el ensayo.
En 1927 viajó a Madrid.
En 1933 se casó con Sarah Afonso, con la que tuvo un hijo.
En 1954 pintó el famoso retrato de Pessoa que figura actualmente en la casa museo de éste.
Fue elegido miembro honorario de la Academia Naciona de Bellas Artes en 1966.
Murió en Lisboa en 1970.

BIBLIOGRAFÍA

Nome de Guerra (1938),
A Cena do Ódio, publicado en la revista Orpheu (1915)
Antes de Começar (1919)
Deseja-se Mulher (1927);
Manifesto Anti-Dantas (1916)

Cada cual guarda sus recuerdos, como es natural, situándolos en el pasado, aunque al hacerlo sustituya las emociones que llevaron asociadas los hechos, con la actual melancolía de las cosas idas, en una especie de acuerdo in extremis alcanzado entre la cierta fidelidad que la verdad reclama y la incesante reelaboración que parece exigirnos la vida activa. Pero lo que de verdad se ha perdido cuando accionamos esta mecánica retroactiva, lo que da algo más de seriedad al asunto —pese a la especie de gozo mediano, tibio, la dulce tristeza que obtenemos— es que ese pasado imaginístico en el que ahora nos complacemos, ha derogado y terminado por suplantar a algo que, sin embargo, pudo tener en su día un signo del todo contrario, pues que seguramente se trataba de ideas, acontecimientos u objetos con marcada vocación de futuro, que se orientaban a un horizonte todavía por allanar y descubrir, lanzados como estaban hacia adelante por un movimiento de afirmación positiva. Recordemos en un momento, quienes fuimos sujetos de aquellas emociones, los muchísimos ratos pasados contemplando, de niños, en estado de concentración hipnótica, las tiradas vespertinas de dibujos animados que, en sucesión de episodios, emitía hace cuarenta años la televisión. La cuenta de aquellos personajes sería muy larga y su enumeración es mejor ahorrársela, aunque sólo sea porque quizá expanda enseguida el desagradable y nocivo veneno de las evocaciones que se dicen «generacionales». A grandes rasgos y por resumir mucho, basta decir que estaban los personajes malones de Hannah Barbera y, luego, los mucho más educados y confortables de Walt Disney; los primeros fueron siempre productos para la televisión y los segundos habían ganado, desde la mitad de los años treinta, su prestigio en el cine. Luego llegó la Pantera Rosa y algunas otras invenciones más, pero eso fue algo más tarde. En el origen del recuerdo, aún nos consta que cuando aparecía en la pantalla —muchas veces sin haber sido programada previamente— el castillo fantástico coronado por los fuegos artificiales de la emisión que en España se llamaba Disneylandia, la hipnosis era instantánea. De episodio a episodio, rezábamos a toda prisa para que la plegaria hiciera su efecto antes de comprobar definitivamente que la historieta concluida iba a ser seguida, o no, de otra siguiente; y así hubiéramos permanecido hasta el final del día, hasta el final de los tiempos.

"¡Mis ojos no son míos, son los ojos de nuestro siglo!"

Almada exploró continuamente el autorretrato, poniendo especial énfasis en la representación de sus ojos, que fueron también referencia central en su escritura. En K4 El Blue Square (1917) dice «mis ojos son focos para vigilar el infinito", el poema 'El niño d'Ojos gigantes' (1921) el título se refiere de nuevo a los ojos enormes, y la invención el día claro (1921) escribe: "¡Mira a la derecha en mis ojos, no son míos, son los ojos de nuestro siglo! Los ojos que se pegan detrás de todo.

Esta característica física se ha convertido en metáfora mayor que la mera identidad: los ojos sirven para devorar conocimiento, son una interfaz para la aprehensión del mundo, para su apropiación y transformación en arte. Los ojos desmesurados significaban la capacidad de admiración, de asombro. Esta ingenuidad voluntaria como le llamó Almada, se encuadra en la gran demanda por lo nuevo, común a las vanguardias de principios del siglo XX ya los modernismos. Pero hacer tabla rasa del pasado, como muchos proclamaron, no significó, en muchos casos, su rechazo. Ser moderno era antes tener la capacidad de mirar al antiguo con una mirada liberada de preconceptos acumulados por siglos de historia. La representación de estos ojos expresa así la actitud moderna: la afirmación de la libertad del artista, sin corsés de la historia o de cualquier tipo de convenciones