Editar en tiempos azarosos es en sí mismo un azar. Pero también, y eso es lo más satisfactorio, es un doble reto: para el editor, que se propone, con todas las cautelas, ser un modesto Virgilio –uno más– de ese infierno en que ha devenido la modernidad, y para el lector, al que se invita a ejercer su derecho a construirse un juicio crítico de la realidad.

Ediciones del Subsuelo nace con vocación literaria en dos de sus vertientes, el ensayo y la narrativa; en ambos, la palabra –tan maltratada en los últimos tiempos– adquiere su máxima dimensión como definidora de contenidos y como portavoz de ese confuso, contradictorio trasfondo de la voluntad de ser por y para el mundo; uno y otra contarán con obras cuidadosamente seleccionadas entre aquellas cuya independencia de criterio, audacia creativa y conexión con la realidad mejor respondan a nuestro propósito.

Ediciones del Subsuelo comienza un viaje que esperamos sea largo y venturoso. A él invitamos a los lectores; juntos nos gustaría recorrer esos paisajes luminosos, amargos a veces, siempre admirables, de la capacidad humana para transfigurar lo que le rodea

A partir de 1908, pocos años antes de que Karl Kraus prescindiera de colaboradores en la revista y esta cobrara así su forma definitiva, comenzaron a aparecer en Die Fackel unos textos breves bajo el título genérico de Glosas. Se trataba de textos en los que Kraus comentaba, en general satíricamente, frases, noticias, editoriales publicados en la prensa. Quien conozca ni que sea mínimamente su obra sabrá que eso constituye en sí mismo una de las características sustanciales de su labor. El periodismo era para él el ejecutor de la degradación de la lengua, el necesario cooperador verbal, por acción u omisión, de la violencia, el impulsor, finalmente, de una guerra mundial.

GLOSAS de Karl Kraus Subsuelo Ediciones

Karl Kraus (Jicin, Bohemia, 1874 - Viena, 1936) fue el espíritu más crítico, satírico y mordaz de la Viena de fin de siglo. En 1899 fundó la revista Die Fackel, la principal publicación de crítica cultural de su tiempo, de la que fue su único redactor desde 1911 hasta 1936. A partir de 1910, Kraus ofreció lecturas públicas de sus escritos a las que acudían numerosos intelectuales y adeptos a su obra. También es autor de ensayos, como La tercera noche de Walpurgis, de aforismos, glosas, poemas y del drama satírico Los últimos días de la humanidad.

Mediante esta publicación, Kraus acusó la falsa moral de su época, atacó a los nefastos gestores y burócratas, especialmente en el terreno de la política económica, se metió con lo indigno de la cultura acomodada y, especialmente, inició su cruzada personal contra otros periodistas porque en la prensa radicaba, según él, el origen de todo, dado que ayudaba a fijar y alentar todos los males anteriormente expuestos.

Joseph Roth y Egon Erwin KIsch, ejemplos de periodismo combativo y de calidad:http://kaosenlared.net/wp-content/uploads/2018/07/Karl-Kraus-620x310.jpg

 

Y la destrucción del lenguaje es el primer paso para obtener una plena descomposición social que permita campar a sus anchas a los advenedizos. Kraus entendía que esa prensa a la que atacaba furiosamente era la culpable del deterioro, por su laxitud en la redacción de los textos, por el poco cuidado, por la falta de atención y la corrupción del oficio que él intentaba mantener honrado y honroso en todo lo alto mediante el ardiente fuego de su Antorcha.

El olfato destructivo de Kraus es notable, no en vano, y en palabras de su traductor Adan Kovacsics, vertidas en una entrevista realizada por Carlos Fortea:

“Kraus fue uno de los grandes escritores apocalípticos del siglo XX”.

Es decir, Kraus intuía el derrumbamiento que se aproximaba. ¿Qué quiero decir con esto? Pues que el austriaco ya veía el problema inmensamente destructor que acarreaba el empobrecimiento del lenguaje. Una nación con un lenguaje devastado es una nación que está herida moralmente. Y la herida moral puede llevar, como de hecho llevó, a comportamientos aberrantes.

Karl Kraus no era ajeno a una intuición que fue una triste realidad: los sistemas totalitarios y tiránicos se apoderan del lenguaje, lo someten a su filtro, lo esclavizan colocándolo a su servicio y al de su propaganda, con lo que el lenguaje extravía por completo su significado primordial mutando en una antilengua.

Por ejemplo, la distopía escrita por Orwell es pródiga en ejemplos de procesos que conducen aldeslenguaje. Así, encontramos en las páginas de 1984 conceptos que luego han sido claves a la hora de formular una poética de la distopía como neolengua doblepensar, crimental, el hablar con graznidos a la manera de los patos, pathablar o cuaquear, sustentado todo ello en una Policía del pensamiento y por un Ministerio de la Verdad cuyos esfuerzos van dirigidos a crear un idioma reducido de palabras mediante la destrucción sistemática de los términos.

El lenguaje es un arma muy poderosa para el Estado, que intentará someterlo a sus intereses porque, tal y como afirma Kovacsics en la entrevista citada anteriormente:

“El empobrecimiento del lenguaje es un problema moral, un problema político, existencial, estético. El lenguaje deja de conectarse con el pensamiento y con la experiencia, se torna automático, maquinal, recurre continuamente al tópico, el cual, según Kraus, mata la imaginación y la capacidad de sentir y de compadecerse”.

Imposible no establecer una comparación, llegados a este punto, con el proceso de establecimiento de la Neolengua que propone Orwell en 1984, basada en añadir prefijos, pero monótonos, simples, iguales, desgastados e inexpresivos, que sustituyen a toda una pléyade de adjetivos.

Aún se encuentran muchos más experimentos de idiomas totalitarios en la literatura de distopías; me refiero a textos como La naranja mecánica, de Anthony Burgess y Nosotros de Evgueni Zamiátin. En La naranja mecánica, una parte de los protagonistas, la parte más asocial, emplea un vocabulario denominado como nadsat, especie de jerga de los inadaptados, de aquellos que mediante la ultra-violencia están escapando al control estatal. En Nosotros, de Zamiátin, el lenguaje del Estado totalitario conduce a la deshumanización y al sometimiento.

Estamos, así, ante lo que el escritor rumano Norman Manea denomina y denuncia como la lengua de madera del régimen de Ceauşescu en su libro El regreso del húligan, o lo que el checo Ivan Klímacalifica de lenguaje yerkish en su novela Amor y basura. Los Estados totalitarios han conseguido igualar por abajo, con la pobreza de las expresiones de sus deslenguajes, todo el sistema político que controlan. No en vano, Norman Manea denomina a este lenguaje empobrecido el código de los cautivos. No cabe duda, podemos considerar el sistema totalitarista como un sistema sintáctico.

Kraus lucha contra este deterioro tan peligroso desde sus Glosas, un conjunto de textos breves que incluía en su Die Fackel y con los que pretendía llamar la atención sobre determinados aspectos de una forma muy concreta: el presunto avance tecnológico, ese progreso que también se ve reflejado en el acceso a la información, puede provocar una sobre información que acabe en deshumanización.

Sus Glosas son reflexiones sobre noticias que han aparecido en la prensa, pero algunas veces no necesita ni siquiera poner en marcha ningún discurso ni razonamiento, con tan solo copiar la noticia o una frase de una declaración, la glosa está compuesta, porque la barbaridad, lo cómico, lo atroz, se revela muchas veces por sí solo.

De los viejos números de Die Fackel ha extraído y traducido Adan Kovacsicsestas Glosas que ahora publica Ediciones del Subsuelo. No ha sido una tarea fácil teniendo en cuenta que Kraus escribió, se calcula, más de 1.000 piezas de este tipo. Las glosas fueron a partir de 1908 -año en que empezaron a aparecer en la revista- un género en sí mismo. Eran textos más o menos breves en los que Kraus atizaba inmisericordemente a la prensa, y en especial a la Neue Freie Presse, periódico liberal judío de Viena -el de mayor tirada durante la monarquía de los Habsburgo- que contó, entre otros, con colaboradores como Stefan Zweig, Theodor Herzl o Arthur Schnitzler.

Cuenta Kovacsics que con la selección ha querido trazar de algún modo las diferentes épocas de Die Fackel, así como sus temas centrales: “el lenguaje, el periodismo, la guerra y la hipocresía moral”. También, añade, fue decisivo “el brillo que emanaba cada uno de los textos”. Hay muchos ejemplos. Está esa obsesión de Kraus por patrullar los tópicos. “En épocas de bancarrota intelectual, lo que se emite en vez de la moneda ilustrativa es el papel moneda del tópico”, escribe a propósito de las informaciones sobre la guerra que lee en los periódicos, todas ellas envueltas en frases hechas o en metáforas marineras. “Desde que los comerciantes superan escollos y los parlamentarios llegan a buen puerto, los almirantes dejan de hacerlo”, ironiza.

También con la cursilería se divierte Kraus. Algunas citas aparecen desnudas, sin comentario suyo que las sancione, pero es obvio por qué están ahí. Bertold Brecht llegó a decir que a Kraus le valía una cita para pronunciar una sentencia. En otras ocasiones apenas un par de frases apuntalan una noticia dada, como esa en la que se nos informa -vía Neue Freie Presse- de que por tercera vez florece un manzano en una pequeña localidad al sur de Viena. “Es como si a un caníbal le asomaran lágrimas porque una náufraga ha llegado embarazada a tierra firme. No, peor aún: ¡como si la Neue Freie Presse se conmoviera porque un manzano florece!”.

Kraus le atribuía al periodismo una responsabilidad principal en lo que ocurría; es decir, para él los periódicos provocaban los sucesos en vez de informar sobre ellos. El cuidado de lenguaje era en su opinión un asunto moral. “El periodismo era para él el ejecutor de la degradación de la lengua, el necesario cooperador verbal -por acción u omisión- de la violencia, el impulsor, finalmente, de una guerra mundial”, explica Kovacsics.

Esa postura implacable hizo de Kraus un personaje muy atractivo en los mismos círculos intelectuales que él atacaba en sus textos y en sus lecturas públicas (dio unas 700 lecturas y conferencias, siempre a rebosar de público). “Lo leían con fervor Schönberg, 
WittgensteinWalter Benjamin y tantos otros”, cuenta el traductor del libro. En los años veinte y treinta, con el Imperio austrohúngaro ya desaparecido, su ascendente se mantuvo intacto. Así, Rose Ausländer lo siguió leyendo allá en Czernowitz, a mil kilómetros de la vieja capital imperial.

Adan Kovacsics.

Kraus, al estilo de Egon Kirsch, se basa en noticias de sucesos, de tribunales, en anuncios matrimoniales o de búsqueda de pareja, en los sucesos del día a día que aparecen en los periódicos y a los que la gente, normalmente, no presta demasiada atención. De hecho, ante la pregunta formulada a un escritor británico de novela negra acerca de sus fuentes para idear semejantes argumentos apasionantes, el escritor aseguró que todos los días dedicaba varias horas a leer la prensa, y siempre encontraba pequeñas noticias que eran un filón para sus novelas: pequeñas noticias que pasan desapercibidas para quienes no poseen ese espíritu periodístico casi detectivesco que era una de las cualidades de Kraus.

Con ese olfato, Kraus denuncia en sus Glosas, y en palabras de Adan Kovacsics, un progreso:

“que no era un proceso evolutivo, sino una postura, una actitud que se caracterizaba por la estupidez, por la tendencia a tragarse cualquier cosa y por una mezcla absurda e irreflexiva de elementos hipermodernos y anticuados”.

Es como si nos estuviéramos definiendo ahora, generación del Iphone, de la posverdad y de las fake news, somos el grupo de personas mejor informadas de la historia y, por ello, las más expuestas a la mayor trama de desinformación que haya existido.

Y somos así porque nunca hemos sido mucho de escuchar. Los avisos han estado siempre ahí, aunque no hayan entrado a formar parte del temario, por ejemplo, de la carrera de Ciencias de la Información(tan rimbombante ella), en donde pueden pasar cinco años de estudio sin que se mencione a Kraus, Roth o Egon Kisch, por citar tan solo a tres de los buenos que, indudablemente, hay muchos más.

Karl Kraus.

Karl Kraus es un completo desconocido para el lector español, tanto como lo es Egon Kisch y, un poco menos, Joseph Roth. Sin embargo, y también de la mano de Adan Kovacsics, la editorial El acantiladoya había publicado un compendio de artículos publicados en Die Fackel y la editorial Minúscula una colección de aforismos titulada Dichos y contradichos.

Entrevista a Adan Kovacsics, traductor de 'Glosas' de Karl Kraus