El Círculo Dorado es el club secreto que han organizado una pandilla de jóvenes jinetes, chicos y chicas de catorce y quince años, que comparten su pasión por los caballos y las aventuras. En esta ocasión, siguiendo lo que parecían las pistas de un inocente juego, acabarán metiéndose de lleno en los misterios y peligros de un lugar olvidado y temido: la Torre del Cuervo. Una novela recomendada para lectores jóvenes, y especialmente para aquellos que disfruten de las buenas aventuras y sean amantes de la naturaleza, los animales, y en particular de los caballos y su fascinante mundo.

EL CIRCULO DORADO

El chico contuvo el aliento. Allí arriba, en lo alto de la escalera, acechaba algo, algo a lo que durante unos segundos había logrado verle la cara (si cara podía considerarse aquel rostro de pesadilla) pero que su sentido común rechazaba como una alucinación o un espejismo. «¡Venga hombre!», intentó razonar en medio del horror que parecía haberle paralizado cuerpo y cerebro impidiéndole pensar con claridad. ¿Una bruja?, o sea, ¿un ser de ficción en pleno siglo XXI en un pequeño y tranquilo pueblo de Madrid? «¡¡¡Imposible!!!», concluyó tranquilizadora la voz del sentido común, y de no haber sido por lo delicado y peligroso situación en la que se encontraba le hubiesen dado ganas de echarse a reír por haber llegado a ocurrírsele semejante estupidez. Aquello que acababa de ver, pensó Diego intentando a duras penas envalentonarse con sus improvisadas deducciones y argumentos, tenía que ser por narices una alucinación bien motivada por el calor de aquella noche de verano, por su imaginación o simplemente por los nervios que tanto él como sus compañeros experimentaban desde que habían comenzado a investigar aquel misterioso caso. Pero, por otro lado, se dijo, limpiándose la frente de las gotas de sudor frío que la perlaban como en mitad de una pesadilla, estaba seguro de lo que había visto y ocultar lo evidente no solo era de insensatos sino que no lo ayudaría a salir a salvo de la peligrosa ratonera en la que se había metido. Así que, adoptando un repentino cambio de opinión en su acalorado y silencioso debate interno, Diego cambió el Fernando Osorio 6 «veredicto» al que había llegado hacía tan solo unos segundos, aceptando la innegable realidad (por muy descabellada que pareciese la idea) de que por desgracia su enemigo, el ser que acechaba y estaba a punto de atacarlo en lo alto de la escalera de piedra, no podía ser otra cosa que un personaje horrible y maligno igualito a los que salían en los cuentos de su infancia, o lo que es lo mismo, a aquellos que en su casa siempre le habían jurado y requetejurado que eran seres de ficción y por tanto inexistentes. «Duerme tranquilo hijo, las brujas no existen», recordaba que solía decirle su padre con una sonrisa aquellas noches en las que, cuando era pequeño y a la hora de apagar la luz, el miedo hacía acto de presencia. «Son solo cosas de cuentos, Diego, invenciones de algún escritor que disfruta haciendo pasar miedo a los niños», corroboraba su abuela apoyando la versión paterna. ¡Y una porra!, pensaba en esos momentos el chaval un tanto mosqueado con aquellos repentinos recuerdos, «así que no existen, ¿eh?, que todo eran cuentos e imaginaciones de algún escritor sin nada mejor que hacer ¿no?…» ¡Pues vaya porquería de información le había dado su querida familia! No lo entendía. La cosa hubiese sido tan simple como contarle la verdad por muy dura que fuese, algo así como: «Sí, hijo, las brujas son reales y están entre nosotros. Y no solo ellas, también los fantasmas, los vampiros, los zombis, los hombres-lobo y demás seres espantosos sobre los que habéis leído u oído algo en algún momento de vuestras vidas. Así que ya sabéis, no andeis haciendo el tonto por lugares solitarios con fama de estar encantados y jugad a cosas normales como el resto de los niños». Ya está. Solo esa frase y ahora no se encontraría en aquel lugar abandonado del mundo y muerto de miedo. Pero, en fin, esto no debería tomarle por sorpresa ya que, después de todo, ¿quién entiende a los adultos? El Círculo Dorado 7 Las voces de Sandra y Borja lo sacaron rápidamente de sus pensamientos: –¡Diego, corre, te va a atacar! –le gritaron con toda la fuerza de sus pulmones. Y como la palabra de los amigos va a misa y si le avisaban de aquella manera tan desesperada era porque la situación así lo requería, el muchacho se precipitó escaleras abajo sin pensárselo dos veces sintiendo como el maligno ser se lanzaba tras él con una ligereza inimaginable para alguien de aquella envergadura... Pero… un momento, ¡stop!, queridos lectores. Vaya educación la mía metiéndoos en una historia como esta sin poneros en antecedentes y, lo que es más importante, sin haber hecho las presentaciones de rigor. Supongo que a estas alturas os estaréis preguntando, con toda la razón, que de qué va todo esto, que qué pintan historias de monstruos, brujas y castillos abandonados en nuestros tiempos, que quiénes son este grupo de chicos y chicas, etc. Y, ¿sabéis una cosa? ¡Pues que tenéis toda la razón del mundo! Una buena historia hay que saborearla con placer y muy despacio, como una crujiente tableta de chocolate o un vaso de vuestro refresco favorito, sin prisas y, desde luego, comenzando desde el principio, que es siempre el mejor sitio desde donde empezar las cosas. Así que vamos a tomárnoslo con calma, retroceder un poco en el tiempo y construir la casa desde los cimientos yendo como primer paso hasta el lugar donde arranca esta aventura: un bonito pueblo muy cerca de Madrid llamado Fuentevieja, porque es precisamente ahí, en Fuentevieja, donde vive una pandilla muy especial, un grupo de siete chicos y chicas que a partir de este momento serán también vuestros amigos y compañeros de aventuras. Diego, al que ya conocéis un poquito, es un chico de trece años y en cierta manera el cabecilla del grupo. Su men- Fernando Osorio 8 te, poblada de sueños y una gran imaginación, está siempre ocupada con alguna idea, plan o aventura que poner en práctica junto al resto de sus amigos, lo que de vez en cuando ocasiona que todos acaben metidos en líos como el que se encuentran en estos momentos. Su estatura, que va aumentando mágicamente a golpe de esos estirones tan típicos de su edad, es similar a la del resto de sus compañeros de clase, lo cual no quita que, medio en serio medio en broma, compitan entre ellos como si fuesen aspirantes a jugar en la NBA y todos se consideren los más altos y los más fuertes, especialmente cuando hay alguna chica delante. Respecto a su constitución podríamos decir que hay alguna que otra discrepancia ya que si bien él la considera «atlética», su abuela la tacha siempre de delgada, circunstancia que la buena mujer intenta cambiar inútilmente a base de enormes platos de alubias, lentejas, empanadas caseras, tartas y todo el arsenal de la mejor comida tradicional que solo las abuelas saben preparar. Diego es rubio y mira el mundo con unos ojos de un azul intenso que, aunque el chaval no lo sepa, empiezan ya a llamar la atención entre alguna que otra «admiradora» de Fuentevieja. El color de su pelo y sus ojos son la única herencia que conserva de su madre, a la que perdió cuando tenía tan solo dos años. Su padre le habla a menudo de ella, de lo bella e inteligente que era y de cómo se enamoró al instante reconociéndola como la mujer con la que quería pasar el resto de su vida. Como el flechazo fue mutuo, la conquista no fue excesivamente complicada, por lo que tras un corto noviazgo se casaron con toda la ilusión y el amor que puede caber en un par de corazones.