Para tener «el tedioso hábito de ser siempre derrotada» –la chanza es de Talleyrand–, Austria, o en concreto, los Habsburgo de Viena, se perpetuaron superando trances que habrían tambaleado los cimientos de cualquier otra potencia. Una capacidad de resiliencia enraizada en la inquebrantable lealtad de su formidable ejército, que sobrevivió a la devastación de la Guerra de los Treinta Años y domeñó al invencible Turco; obró milagros garantizando la improbable sucesión de su joven reina y acogotó al mismísimo Federico de Prusia; se convirtió en el enemigo acérrimo de Napoleón, o soportó condiciones inimaginables en los campos de batalla de la Gran Guerra, tras no haber combatido en una generación. No parecen estas las gestas de un ejército perdedor.

Y es que Por Dios y por el Káiser pretende desterrar los prejuicios y tergiversaciones sobre un ejército que integraba soldados procedentes de una veintena de naciones, pero con un grado de cohesión sin igual; paladín del catolicismo, hacía gala de una inusitada tolerancia religiosa al incorporar protestantes, ortodoxos, musulmanes y judíos; puntal del Antiguo Régimen, amparaba la movilidad social y el ascenso a las más altas jerarquías. En definitiva, con Richard Bassett el Ejército Imperial austriaco ha encontrado a su biógrafo.

Por Dios y por el Káiser"El ejército Imperial austríaco 1619-1918"

Richard Bassett es un aclamado historiador, biógrafo y autor británico. Estudió Derecho en el Christ’s College de la Universidad de Cambridge y posteriormente obtuvo una maestría en Historia del Arte en el Courtauld Institute of Art, se especializa en Historia de Europa Central, convirtiéndose en un experto en la materia sobre la que publicará varios libros. Después de graduarse en Cambridge, trabajó como músico profesional en Eslovenia, antes de convertirse en corresponsal para The London Times en Viena, Roma y Varsovia desde 1979 hasta el final de la década de los años ochenta. Sus crónicas y noticias, durante esta época, cubrieron el final de la Guerra Fría y dieron advertencias tempranas de la inminente desintegración de Yugoslavia.
Más tarde se trasladó a Londres y en esta ciudad trabajó diecisiete años, durante los cuales ha dado conferencias en la New Cambridge Habsburg Studies Network y la Royal Military Academy en Sandhurst. También ha enseñado en el Courtauld Institute of Art, en la Universidad de Udine, en la Soros University of Budapest y en varias universidades de Londres, Liubliana, Trieste y Zagreb.
Richard Bassett se convirtió en afiliado del Cambridge University Forum on Geopolitics y es director de comunicaciones estratégicas y corporativas en la sucursal de WestLB en Londres, ciudad en la que vive actualmente. Ha trabajado durante los últimos quince años asesorando a varias de las compañías más grandes de Europa.
La obra de Richard Bassett incluye títulos tan destacados como A Guide To Central Europe (1987), Balkan Hours: Travels in the Other Europe (1991), Hitlers Spy Chief – The Wilhelm Canaris Mystery (2005),  Hitlers Meisterspion (2007), The Open Eye In Learning: The Role Of Art In General Education (1969), Waldheim & Austria (1989) o Por Dios y por el Káiser. El Ejército Imperial austriaco 1619-1918 (2016) publicada por Desperta Ferro Ediciones en 2018.

EL 5 DE JUNIO DE 1619 Y EL KAISERLICHE ARMEE

Kaiserliche Armee («Ejército imperial») fue la denominación que conservaron las fuerzas de los Habsburgo hasta su disolución en 1918. Fue un título creado durante la extraordinaria crisis de junio de 1619. Antes de esa fecha, nadie veía las tropas de los Habsburgo como propiedad personal del soberano. Algunos momentos dramáticos lo cambiaron todo y, desde entonces, se creó un vínculo entre la milicia y el monarca que duró tres siglos. La fuerza de esta nueva relación se puso pronto a prueba, en la Guerra de los Treinta Años. En el momento en que este conflicto catapultó el ascenso de Albrecht Eusebius Wallenstein (1583-1634) hasta convertirlo en el más poderoso caudillo militar de su época, la cuestión de su lealtad adquirió una importancia capital. La dinastía pudo, en última instancia, servirse de sus soldados para eliminar aquella amenaza. Al final de este periodo, el Kaiserliche Armee era ya una realidad incontestable. La primera semana de junio sumerge a Viena en una nube de calor y polvo. Las gargantas se resecan cuando el viento cálido levanta pequeñas nubes de suciedad a lo largo de las carreteras y los caminos. Los vieneses, irritables incluso en las mejores ocasiones, empujan quisquillosos a propios y extraños a un lado, buscando con ansia una sombra que los resguarde. Al oscurecerse las nubes, la humedad agobiante inmoviliza hasta a los gorriones, que se reúnen adormilados en las superficies de los polvorientos patios del Hofburg, el palacio imperial cuyas estancias estaban, están y siempre estarán ligadas a la casa de los Habsburgo. En junio de 1619, Viena aún no había alcanzado su posición indiscutible de capital de un gran imperio europeo. La verdad es que los Habsburgo habían avanzado mucho desde 1218, cuando un modesto conde lla

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mado Rodolfo había sacado a la familia de los estrechos valles suizos donde nació. A través de una serie de batallas, y luego de sugerentes matrimonios dinásticos, había impulsado a aquella familia desconocida y endogámica de los Alpes hasta el puesto de mando de Europa, donde se convertirían en la dinastía imperial más grande de la historia. Otros países han podido disponer de muchas familias para abastecer su necesidad de monarcas –el caso de Inglaterra nos viene a la mente–, pero la historia de Austria y del corazón de Europa no es, en realidad, más que la historia de una familia y únicamente de esa familia: los Habsburgo. Al comenzar el siglo XVII, los Habsburgo ya habían dejado atrás su cénit como potencia mundial. El Imperio «donde no se ponía el sol», cuyos dominios se extendían a lo largo de España, Iberoamérica y Alemania, se había partido al retirarse Carlos V en 1556. Los dominios españoles habían pasado a Felipe II, hijo de Carlos, mientras que los dominios austriacos, ligados al tejido del Sacro Imperio Romano Germánico, habían pasado al sobrino de Carlos, Fernando. En 1554, incluso Inglaterra parecía destinada a incorporarse de forma permanente al sistema de esta familia, cuando Felipe se casó con la reina María en la catedral de Winchester. Pero mientras que los dominios españoles eran una entidad más cohesionada, la rama austriaca, que asumió el derecho «histórico» de la familia a la corona de Carlomagno y el Sacro Imperio, era un rico tapiz de principados, reinos enanos y ducados menores en el que distintas razas juraban obediencia al emperador del Sacro Imperio. El título no era hereditario, por mucho que los Habsburgo pensaran que era de su propiedad. Al emperador lo elegía un consejo de siete príncipes que se reunían en Fráncfort del Meno. El derecho de los Habsburgo a detentar este título, que desde el 6 de enero de 1453 sentían casi como un derecho de familia, nacía de su posesión de tierras hereditarias en Europa Central y, sobre todo, por poseer el título de soberanos del reino de Bohemia. Aunque los Habsburgo austriacos nunca pudieron aspirar de verdad al estatus de potencia global que su familia había conseguido con Carlos V en la generación anterior, iban a asumir una posición muy potente en la historia de Europa. Medio siglo después de la gran división de la herencia de Carlos, Viena aún tenía rivales para configurarse como lugar de residencia de la corte. Graz al sur y Praga al noroeste, eran dos ciudades también importantes para los Habsburgo. En la segunda de ellas, Rodolfo II, filósofo, astrólogo y ocultista, había establecido su capital en 1583, y era tolerante con las «nuevas» teologías de la Reforma. En Graz, el archiduque Fernando, tras su infancia en España y su educación jesuítica en Baviera, había gobernado las tierras de Estiria de la Austria Interior de un modo distinto. Entre aquellos dos polos tan diferentes, la posición de Viena como capital aún no había madurado. Sin embargo, en los calurosos días de junio de 1619, Viena iba

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1 Los coraceros del Káiser

a mostrar una superioridad indiscutible, al convertirse por un momento en el eje de un conflicto crucial. El 5 de junio, mientras el viento soporífero llevaba el polvo a través del palacio Hofburg hacia la gran Schweizertor, la Puerta Suiza renacentista de color negro y rojo, pudo oírse una acalorada discusión cuyo sonido se colaba a través de las celosías abiertas en la oscura mampostería de la parte alta del edificio. Una airada y armada turba de unas cien personas se había reunido en la calle para esperar el resultado de la discusión, intimidando a los guardias y maldiciendo el apellido Habsburgo. En las oscuras salas abovedadas situadas sobre la Puerta Suiza, el destinatario de toda aquella hostilidad estaba sentado en su despacho frente a los jefes de la turba, con actitud desafiante y gesto inescrutable. De diminuta estatura y de gesto contenido, el archiduque Fernando parecía estar en inferioridad frente a los hombres que habían irrumpido en sus habitaciones sin anunciarse. Aquellos hombres eran altos y fuertes, sus manos grandes, huesudas y sin manicura. Sus caras se retorcían con expresiones de enfado y amenaza, y la virtud de la paciencia, si es que alguna vez la habían poseído, no estaba en su ánimo. Eran una banda de nobles protestantes que alrededor de un año antes habían defenestrado a dos representantes de Fernando, Slawata y Martinic, arrojándolos por la gran ventana del castillo Hradčany de Praga, lo que inició el violento desafío a la autoridad de los Habsburgo que desembocaría en la Guerra de los Treinta Años. Su jefe, Mathias Turn, era un gigante que había usado el pomo de su espada para machacar los nudillos de sus víctimas, cuando estas se habían agarrado al borde de la ventana para intentar salvar sus vidas. El hecho de que ambos hombres, tras gritar pidiendo ayuda a Dios –mirabile dictu– cayeran sanos y salvos en montones de estiércol, no se debió desde luego a la amabilidad de Mathias Thurn. La moderación no era su rasgo más característico. Y, ahora, en aquel asfixiante día en Viena, Thurn volvía a no estar de humor para negociar. Sus enormes puños golpearon la mesa que tenía delante. Tal vez era el aristócrata más importante de Bohemia, pero era apasionado, impulsivo y violento. La Reforma que Martín Lutero había comenzado cien años antes, con sus ideas conflictivas, su rechazo a la corrupción del papa, su antisemitismo creciente y su enfrentamiento radical contra la autoridad de Roma, había extendido sus tentáculos a través de Alemania y entrado en Bohemia. La nueva fe había encendido la rabia y las simpatías husitas latentes en la nobleza bohemia. Doscientos años antes, Jan Hus, un sacerdote checo renegado, había provocado la revuelta de los bohemios, para acabar quemado en una estaca en Praga por herejía contra la Iglesia católica. Ahora, bajo la dirección de Thurn, el legado de Hus como desafío a la autoridad católica de los Habsburgo se había revigorizado gracias a la energía de la Reforma. Aquellas chispas iban, literalmente, a prender Europa en llamas.

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FERNANDO DE GRAZ

Fernando de Graz fue alumno de los jesuitas, una de las órdenes establecidas en 1540 por el Vaticano para combatir la herejía y vigorizar la Iglesia. En 1595, a la edad de dieciocho años, llegó, en el Domingo de Resurrección, a una ciudad de Graz ya «reformada». Cuando aquel día asistió a la misa de la antigua fe, tras invitar a la población a que se le uniera, se quedó consternado al comprobar que no se presentaba ni un solo burgués de la ciudad. Estiria, a finales del siglo XVI, era abrumadoramente protestante. Fernando, haciendo gala de toda la dignidad imbuida por su educación, no dio muestras externas de decepción, pero se dispuso de inmediato a cambiar de forma radical aquella situación. Su educación española y su devoción por los jesuitas solo podían producir un resultado práctico. No cabían medias tintas. Fernando proclamó en público que prefería vivir el resto de su vida vistiendo una túnica de saco, y ver sus tierras quemadas hasta las cenizas, antes que tolerar la herejía un solo día. En un plazo de dieciocho meses, el protestantismo dejó de existir en Estiria. Todos los protestantes (y eran decenas de miles) fueron convertidos o expulsados. Entre los últimos estaba el gran astrónomo Johannes Kepler, que se fue a Praga. Se quemaron todos los textos protestantes y todos los tratados heréticos, y se cerraron todos los lugares de culto protestante. La población tuvo un plazo de dos semanas para elegir entre el exilio o la conversión. Las medidas de Fernando, en tanto que ejercicio de coerción no sangriento, tuvieron un éxito sin igual. La nobleza de Estiria se rindió. Cuando Fernando asistió a misa en la Pascua siguiente, toda la población de la ciudad se le unió. Hasta hoy día, como observó Robert Seton-Watson, historiador de los checos y eslovacos, no ha habido «una transformación más dramática en la historia de Europa que la recuperación de Austria para la fe católica».1 Pero Viena, en 1619, no era Graz: la nobleza bohemia y sus apoyos en la Alta Austria no iban a resultar tan flexibles como sus equivalentes de Estiria. El 5 de junio de 1619, podríamos haber disculpado a Fernando, entonces con cuarenta y un años de edad, si hubiera pensado que el Señor le había abandonado. Dentro del palacio los partidarios de Fernando daban muestras de desmoralización y resignación. Solo Fernando y su confesor jesuita conservaban la calma. Durante varias horas, mientras esperaban la llegada de Thurn, el archiduque se había postrado ante la cruz. Parecía un gesto inútil. El resto de Europa daba a Fernando por perdido. Francia, la principal potencia católica, le había retirado cualquier oferta de apoyo. En Bruselas, en los Países Bajos de los Habsburgo, los familiares de Fernando hablaban de reemplazar a aquella «alma jesuítica» por el archiduque Alberto, un hombre mucho menos implicado con las fuerzas crecientes de la Contrarreforma. Incluso Hungría, de la que Fernando era en teoría rey igual que lo era de Bohemia, parecía estar al borde de la