La conquista del Imperio inca a manos de un puñado de españoles sigue fascinando por lo que tiene de empresa quijotesca y desmedida. ¿Cómo pudieron Pizarro, Almagro y poco más de un centenar de hombres someter al Estado más poderoso y mejor organizado de América, capaz de poner en pie de guerra a millares de guerreros, y que había conquistado uno tras otro, implacablemente, a sus vecinos? En Plata y sangre. La conquista del Imperio inca y las guerras civiles del Perú, Antonio Espino, catedrático de Historia Moderna en la Universidad Autónoma de Barcelona, responde a la cuestión con brillantez, en una narración vibrante que aúna el descubrimiento de un mundo ignoto con el análisis de cómo las innovaciones militares que se estaban desarrollando en Europa se adaptaron al nuevo continente.
Unas innovaciones que, además, iban sin solución de continuidad a emplearse en la negra tarea de matarse unos españoles a otros, ante la mirada impertérrita y la colaboración forzosa de unos indígenas cuyo mundo se tambaleaba. Si la conquista fascina, su envés son las guerras civiles que diezmaron a la primera generación de conquistadores del Perú. La ambición, el orgullo y la desmesura, combustibles de unos hombres que se sentían sin límite, estallaron en una vorágine cainita, y cuadros de piqueros y arcabuceros remedaron sobre los cerros andinos las sangrientas batallas de la revolución militar europea. Un ejército desplegado en el campo de batalla no deja de ser un compendio de las características, cualidades, defectos, virtudes y limitaciones de la sociedad que lo organiza y de los hombres que lo componen. Hombres como Pedro de Valdivia, curtido en Italia y conquistador de Chile, Gonzalo Pizarro, que acarició romper con España y coronarse rey, o Francisco de Carvajal, el Demonio de los Andes. Todos ellos encontraron en el Perú mucha plata, sí, pero también mucha sangre.

Plata y sangre.La conquista del Imperio inca y las guerras civiles del Perú


Antonio Espino López
Antonio Espino López nació en Córdoba en 1966. Es historiador y catedrático de Historia Moderna de la Universitat Autonòma de Barcelona, en el departamento de Historia Moderna y Contemporánea. Su especialidad es la historia de la guerra en la Edad Moderna y entre sus temas de investigación destacan la historia de la Guerra, fronteras, violencia, Cataluña, Monarquía Hispánica, América colonial, y el periodo que abarcan los XVI y XVII. Es docente en esta misma institución desde 1993 y publicó su tesis doctoral en 1999: Catalunya durante el reinado de Carlos II. Política y guerra en la frontera catalana (1679-1697).
Entre sus monografías destacan Guerra y cultura en la Época Moderna (Madrid, 2001); La conquista de América. Una revisión crítica (Barcelona, 2013), Las guerras de Cataluña. El Teatro de Marte (1652-1714) (Madrid, 2014) y Plata y sangre. La conquista del Imperio inca y las guerras civiles del Perú (Madrid, 2019).
Antonio Espino López También ha publicado artículos de investigación en revistas como Hispania (Madrid), Bulletin Hispanique (Bordeaux); Cheiron. Materiali e strumenti di aggiornamento storiografico (Milano); Historia (Santiago de Chile); Histórica (Lima), Jahrbuch für Geschichte Lateinamerikas (Hamburg), Anuario de estudios americanos (Sevilla), Magallanica: revista de historia moderna (Buenos Aires), Atalanta: revista de las Letras Barrocas (Sevilla) o Obradoiro de historia moderna (Santiago de Compostela), entre otras.

 

Lo que el lector tiene entre sus manos no es solo una historia militar al

uso de la conquista del Imperio inca, o Tahuantinsuyu, sino también una

evaluación desde la perspectiva de la «Nueva Historia de las Batallas» de

los encuentros producidos en Perú durante los años de las llamadas guerras

civiles entre 1537 y 1554.

A mi entender, la figura más preclara, seminal de hecho, dentro de

esa corriente historiográfica surgida al calor de la New Military History

que podemos llamar «Nueva Historia de las Batallas» fue la del historiador

británico John Keegan. Su libro, excelente y memorable, se titula

El rostro de la batalla.1

Según Keegan, los sujetos de estudio de la historia militar –aunque

yo prefiero hablar de historia de la guerra– han sido múltiples, desde el

interés por la evolución de las distintas armas, pasando por el análisis del

Ejército como institución, de la estrategia, de la táctica… hasta llegar a

interesarse por el estudio de los mandos y de algunos generales en particular.

A menudo, numerosas obras que trataban dichas temáticas perdían

de vista que los ejércitos, en definitiva, se han creado para combatir.

Por ello, concluía Keegan, la historia militar debería en última instancia

tratar sobre la contienda. La historia de las batallas –o de las campañas

militares– tendría una clara primacía respecto a cualquier otra rama de

la historiografía sobre la guerra porque, sencillamente, «no es a través

de lo que los ejércitos son, sino de lo que hacen –es decir, ganar o perder

batallas– como se cambian las vidas de las naciones y de los individuos».2

A partir de este presupuesto, Keegan nos recordaba que desde la

época de Heródoto se escribe sobre su historia; se trataría, entonces, de

seguir esa tradición e incorporar, en la medida de lo posible, las emociones

de los combatientes como parte ineludible del análisis final de la XXII

Plata y sangre

batalla. Resulta obvio que no en todas las épocas se ha generado documentación

que permita dicho propósito. De hecho, antes del siglo XIX

es muy difícil encontrar testimonios directos de combatientes. Cuando se

dispone de algunos materiales, como cartas, diarios personales, memorias

de los generales o partes de los estados mayores, aún el historiador deberá

tener en cuenta que solo dispone de la opinión o la percepción de unas

pocas personas que, además, y no lo olvidemos, tienen una reputación

que mantener. No deja de ser una visión subjetiva de la batalla. O de una

campaña. Por ello, el historiador debe aprender a entenderla a la luz de lo

que todos los participantes sintieron que fue y no según las percepciones

de unos pocos. Solo de esta forma, el historiador puede escapar de lo que

Keegan llamó con gran fortuna «retórica de la historia de las batallas», es

decir, de la batalla mítica o mitificada. Quienes la han practicado terminan

por dar importancia tan solo al resultado final, y a las acciones de

generales famosos, con lo que desprecian, de forma inconsciente, pienso,

la experiencia de los restantes participantes en las mismas.3

El primero en plantearse cómo era el comportamiento humano durante

la contienda parece haber sido el oficial francés Charles J. J. Ardant du

Picq –su obra se titulaba Études sur le combat, publicada de forma póstuma

en 1880–, quien comenzó a repartir un cuestionario entre sus compañeros

en el que les preguntaba por su situación y la de sus hombres durante el conflicto.

Du Picq quería saber la «verdad» sobre la batalla. Ahora bien, dicho

método que, en principio, solo se podía aplicar a soldados en activo, Keegan

lo llevó a la práctica preguntando a fuentes clásicas –como las crónicas sobre

la batalla de Agincourt (1415)– y a los testimonios particulares –cartas y

diarios personales, historias de los regimientos, etc., en el caso de la batalla

de Waterloo– pero con una intención diferente a la que movía a Du Picq.

Keegan aseguraba que no iba a aportar nada nuevo sobre la logística, la

táctica o la estrategia, ni iba a escribir sobre el generalato, como tantas veces

se había hecho ya, sino que centraría su atención en temas como el tipo de

heridas recibidas y su tratamiento, el espacio elegido para la batalla, el mecanismo

de ser cogido prisionero, el sonido del combate, la visibilidad en el

enfrentamiento, la coerción utilizada por los oficiales para que los hombres

resistieran en su puesto a pesar del temor y, sobre todo, los peligros que

representaban para el soldado las distintas clases de armas presentes en el

campo de batalla. Es decir, lo que se proponía Keegan era reconstruir la experiencia

real de la contienda en la medida de las posibilidades de las fuentes

utilizadas –y de su pericia como historiador, que era mucha– y ofrecérsela

al lector. Esa ha sido mi intención, también, en el caso de las batallas de las

guerras civiles de Perú. Si lo he conseguido, solo el lector puede juzgarlo.

XXIII

Introducción

Hubo un ámbito, lejos de Europa, donde los habitantes del Viejo Mundo

se enfrentaron y utilizaron las tácticas y las formaciones de combate que

habían llevado consigo merced a su experiencia militar: Perú en los terribles

años de las guerras civiles (1537-1554). En el presente trabajo me voy a interesar

 

 

por las batallas libradas durante aquellos aciagos años y, en especial,

por la táctica basada en el uso de las armas de fuego, que culminaría en la

batalla de Huarina de 1547, el ejemplo más preclaro de victoria conseguida

gracias a un uso genial de la arcabucería por parte del maestre de campo

del ejército de Gonzalo Pizarro, Francisco de Carvajal (1464-1548), conocido

como el Demonio de los Andes. Veterano de las campañas italianas y,

entre otras, de la batalla de Pavía (1525), además de la de Rávena (1512)

y del famoso saco de Roma (1527), Carvajal no solo fue enemigo de los

almagristas y de los hombres del rey, sino también de los historiadores, pues

según el cronista Agustín de Zárate, cuando comenzó a escribir su historia

de los hechos acaecidos en Perú lo hizo lejos de dichas tierras,

porque solo haberla allá comenzado me hubiera de poner en

peligro de la vida con un maestre de campo de Gonzalo Pizarro

[es decir, Carvajal], que amenazaba de matar a cualquiera

que escrebiese sus hechos, porque entendió que eran mas dignos

de la ley de olvido (que los atenienses llamaban amnistía)

que no de memoria ni perpetuidad.4

Pero para entender mejor lo ocurrido en Perú cabe contextualizarlo

antes refiriéndome, sin ánimo de ser exhaustivo, a la evolución

táctica acontecida en Europa a caballo de los siglos XV y XVI.

CAMBIOS TÁCTICOS EN LAS GUERRAS EUROPEAS

Con la cada vez más numerosa presencia de infantes –piqueros y arqueros–

en los ejércitos europeos de la Baja Edad Media, quien terminó con

la supremacía de la caballería pesada en el combate, desde mediados del

siglo XVI, y de un modo progresivo, fue el infante dotado de arma de

fuego portátil –el arcabucero y el mosquetero–, capaz de atravesar una armadura

metálica con sus balas, el auténtico rey de la batalla, protegido de

las cargas de la caballería por piqueros y, poco más tarde, por una incipiente

artillería de campaña. Pero hasta que se generalizase dicha realidad –si con

el duque de Alba, en 1571, había 2 tiradores por cada 5 picas en el ejército

de Flandes, en 1601 ya eran 3 los tiradores por cada piquero;5 el resto de

los ejércitos siguió esta tendencia: por ejemplo, una compañía prototípica

XXIV

Plata y sangre

del ejército neerlandés, de 135 hombres, incluía 74 infantes con armas de

fuego y 45 piqueros–,6 hubo de pasar un cierto tiempo. Mientras que en

grandes batallas como Fornovo (1495) o San Quintín (1557) la potencia

de fuego no parece que fuera decisiva para la victoria, en encuentros como

Marignano (1515), La Bicocca (1522)7 o Pavía (1525) sí fue muy importante

el concurso de las armas de fuego en manos de la infantería, aunque

quizá no tuviese una trascendencia definitiva.8 En el caso de esta última

batalla, los arcabuceros del ejército imperial, la mayoría de ellos procedentes

de la Península, no solo derrotaron a la caballería pesada francesa, sino

también a sus homólogos del bando galo. En el primer caso, el capitán

Quesada, como resultado del entrenamiento y la disciplina de los hombres,

consiguió sin la ayuda de los oficiales que los arcabuceros abandonasen en

orden sus escuadrones y formasen uno nuevo. «Con aquéllos fue a donde

la gente de armas valerosamente peleaba, con cuya llegada perdieron los

franceses los caballos y las vidas, porque en llegando comenzaron a tirar

a los escuadrones de los enemigos, que aún no andaban bien mezclados

[…]». En el enfrentamiento entre infanterías, los arcabuceros imperiales

llevaban cada uno tres o cuatro mechas encendidas y «en las bocas cuatro o

cinco pelotas, por cargar más presto», ardides que solo la experiencia podía

desarrollar.9 Permanecieron en sus puestos, listos para disparar, pero arrodillados,

esperando la descarga del contrario; este adelantó filas unos diez

pasos y soltó su descarga, «pero como aún no éramos levantados, y ellos no

tiran a puntería, sino con la mano tienen la escopeta, y con la otra ponen

fuego atada la mecha a un palillo, no mataron ni aún hirieron a ninguno; y

en tirando volvieron a meterse en su escuadrón para tornar a cargar». Era el

momento oportuno; entonces, la arcabucería imperial lanzó una primera

descarga con tal acierto que la vanguardia de coseletes del contrario cayó a

la primera rociada: «y tal coselete se halló con cinco arcabuzazos, otros con

dos, y otros con tres y con cuatro, señal que todos llegaron juntos: de suerte

que en el tiempo que tengo dicho cayeron más de 5000 hombres, porque

hubo arcabucero que tiró diez tiros, y otros ocho, y los que menos a siete».

Es muy factible que, tras ser capturado, el rey de Francia, Francisco I, dijese

más tarde «que no le habían roto sino arcabuceros españoles, que doquiera

que llegaba los había hallado».10 Los errores tácticos de los franceses, notables

en esta batalla, pesaron mucho, pero sin duda el acierto de la arcabucería

imperial también. Como señala William H. McNeill,

el fracaso francés en Italia puede ser atribuido en gran medida

a una excesiva confianza en los piqueros suizos, la caballería

pesada y sus famosos cañones de asedio. Los españoles se

XXV

Introducción

mostraron más dispuestos que los franceses a experimentar

con la mosquetería como complemento de las formaciones

de piqueros […],

además de usar con ventaja las fortificaciones de campaña para proteger

a sus infantes de la caballería enemiga y ello desde la época del Gran

Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba.11

El único lastre del mosquetero –y antes que él del arcabucero– era

su poca cadencia de fuego: un disparo entre cada dos y cinco minutos, ya

que ante una carga de caballería solo existía la posibilidad de efectuar un

disparo. En 1594, según Geoffrey Parker, está fechada la solución del problema.

12 Guillermo Luis, conde de Nassau, le explicaba a su primo Mauricio,

hijo de Guillermo de Orange, en una carta, la manera de asegurar una

descarga continua de mosquetería haciendo que los hombres se colocaran

en varias filas y dispararan por turnos, cargando las armas mientras otras

filas mantenían el fuego. Se trataba de copiar una vieja táctica romana a la

hora de arrojar jabalinas, que Nassau había leído en un clásico militar, la

Táctica de Eliano.13 Con ello se revolucionó la formación clásica en combate,

pues de la formación cerrada de mosqueteros flanqueados por piqueros

se pasó a largas filas de varios hombres de fondo para reducir el blanco

presentado al fuego enemigo, al tiempo que se maximizaba el efecto de los

disparos. El encuentro en el que se oficializó de alguna manera dicha circunstancia

se libró en Alemania y fue ganado por el monarca sueco Gustavo

II Adolfo. En la batalla de Breitenfeld (1631), un ejército imperial

(católico) de 21 400 infantes, 10 000 efectivos de caballería y 27 cañones

de campaña, que formó en cuadros de 30 hombres de frente por 50 de

fondo, se enfrentó a un ejército sueco con aliados protestantes alemanes

de 28 000 infantes y 13 000 soldados de caballería, además de 51 cañones

pesados y 4 de campaña para cada regimiento de soldados suecos, es decir,

un total, probable, de 80 cañones. Aunque la batalla duró siete horas, los

aliados alemanes de los suecos acabaron por retirarse, de modo que estos

últimos lucharon en solitario contra los imperiales durante buena parte de

la misma. La mayor potencia de fuego sueca, tanto de los cañones como

de sus mosqueteros, que llegaron a disparar en solo tres líneas de fondo –la

primera línea de rodillas, la segunda, agazapados los hombres, y la tercera

de pie–, causaron la muerte de 8000 soldados imperiales y otros 9000

fueron hechos prisioneros. Fue una derrota aplastante.14

Nos centraremos en el cuarto capítulo del presente estudio en

el análisis de la influencia de tales cambios tácticos en las guerras

civiles de Perú. Pero también señalaré cómo Francisco de Carvajal

XXVI

Plata y sangre

encontró algunas fórmulas para aumentar la cadencia de los disparos

de su infantería mucho antes que el general neerlandés o que el

monarca sueco.

ARMAMENTO EUROPEO Y GUERRAS INDIAS

Uno de los temas más fértiles acerca de la conquista de las Indias ha

versado sobre la contraposición entre las armas europeas y sus homónimas

aborígenes.15 Al buscar una causalidad a prueba de mayores disquisiciones,

buena parte de la historiografía americanista se contentó con

señalar cómo los europeos, en este caso representados por los castellanos,

estaban mucho mejor preparados desde el punto de vista tecnológico que

los mesoamericanos o los incaicos, y a una distancia abismal del resto

de los amerindios, para hacer la guerra. De ahí que estos no tuviesen

ninguna posibilidad de victoria y las guerras, en sí mismas, fuesen de

corta duración y, por ello –continuaba la argumentación–, tuvieran pocas

consecuencias desagradables; pero nada más lejos de la realidad, como veremos.

Ahora bien, las guerras civiles peruanas fueron un conflicto entre

europeos, un asunto propio que se libró siguiendo las reglas de un juego

cruel al estilo de Europa, aunque se pelease en América. Sin duda, los cronistas

cuidaron muy mucho en sus descripciones y análisis de las batallas

peruanas no olvidar el papel que debían desempeñar las diversas armas,

ni a los oficiales más famosos, ni sus crueldades y hazañas. También procuraron

hallar testigos imparciales de los hechos, si ellos mismos no los

habían vivido para narrarlos a sus lectores. Y no fue fácil.16

Sin duda, el uso de caballos en los combates impresionó a los amerindios

en los primeros compases de la guerra. Ahora bien, su escaso

número en casi todas partes no permite hablar de los mismos a la manera

de una «caballería» desplegada como ocurría en Europa. Eso sí, la

hueste indiana se sentiría más estimulada con su presencia,17 mientras

que el indio quizá acabó por ver en el caballo una posibilidad para ganar

prestigio entre los suyos si conseguía matar alguno. En todo caso, se

utilizaron más caballos en la conquista de Perú, donde el terreno no era

el más apto para ellos, en comparación con la de México, y en proporción

muchos más en la de Chile –donde no fueron del todo decisivos,

pues la guerra se hizo eterna, entre otras cosas al usarlos también los

reches– o en el intento de conquistar Florida por parte de Hernando

de Soto, un veterano de la conquista peruana, el cual incorporó 350

en su hueste.18 En cambio, en algunas batallas de las guerras civiles, el

número de équidos presentes, si contamos ambos bandos, fue notable:

XXVII

Introducción

en Las Salinas (1538) participaron 560 caballos; en la batalla de Chupas

(1542) fueron 450 los convocados; en Añaquito (1546), solo las tropas

del rebelde Gonzalo Pizarro contabilizaban 400 équidos y poco más de

un centenar las del virrey Núñez Vela; en Huarina (1547), una batalla

atípica en el fondo, solo participaron unos 350 caballos, pero en Jaquijahuana,

tras un enorme esfuerzo, se convocaron 800 caballos. Incluso,

durante la revuelta de Hernández Girón, en 1554, se utilizarían unas

300 monturas entre ambos bandos.

Al igual que ocurriese con la conquista del Imperio mexica, también

en los primeros compases de la conquista de Perú procuró Francisco

Pizarro disimular la muerte de algún caballo, aunque bien pronto

pudieron colegir sus hombres cómo los indios temían tanto a sus

équidos como «el cortar de las espadas». Por ello, algunos de los ciento

setenta compañeros que seguían a Pizarro comenzaron a murmurar al

iniciar el ascenso a la sierra, «porque con tan poca gente se iba a meter

en manos de los enemigos; que mejor hubiera sido aguardar en los llanos,

que no andar por scierras (sic), donde los caballos valen poco».19

Como bien apunta Charles Mann, aunque siga poniendo por delante

del acero a los caballos como principal argumento de la victoria hispana,

los caminos incas no supusieron ninguna ventaja para los caballos

europeos, ya que estaban construidos para las llamas. Estos animales,

aclimatados a las alturas, pueden subir y bajar escaleras a buen paso, de

modo que «los caminos de los incas cortaban en línea recta el fondo de

los valles y recurrían a largas escaleras de piedra para ascender las cuestas

por la vía más directa», un sistema que destrozaba los cascos de los

équidos y obligaba a desmontar y llevarlos de las riendas,20 momento

en que el caballero y la montura eran muy vulnerables. Los soldados

incas aprendieron a esperar a sus oponentes en las cimas y, mientras estos

subían trabajosamente por aquellas escalas, les lanzaban piedras, las

cuales llegaban a matar a algunos animales y espantaban a otros.21 Francisco

de Jerez lo narró de manera muy gráfica; poco antes del encuentro

con Atahualpa, el gobernador Pizarro se adelantó con 40 caballeros y

60 peones para alcanzar una fortaleza que señoreaba el camino,