En el momento en que publica su novela Historia de un amor turbio (1908), Horacio Quiroga (Salto, Uruguay, 1878-Buenos Aires, Argentina,1937) ha madurado personal y literariamente; ha experimentado el revés de la fortuna en empresas literarias cercanas al Modernismo como la Revista del Salto (1899-1900); ha colaborado con cuentos y notas ilustradas en revistas porteñas; ha conocido la región de Misiones y, por último, se ha enamorado de la joven Ana María Cirés.

En Historia de un amor turbio Quiroga camina hacia su «maduración», patente en sus cuentos. Se observan puntuales regresiones e incursiones a estilos pasados o venideros. Por esto, podemos encontrar en esta novela rasgos posrománticos, modernistas y realistas.

Vale la pena rescatar Historia de un amor turbio para la historia de la Literatura porque Quiroga plasma en ella su interpretación de Poe, marcada con la huella de Charles Bau­delaire. Asimismo, el autor salteño trata de reflejar en ella su lectura de Dostoievski. Este afán de internacionalizar las letras de su país, creando personajes que los mueve en un entorno propio y cercano, sobradamente justifica la relectura de esta novela

Obras de Horacio Quiroga

Escritos recogidos de algunos medios

El reconocido escritor Horacio Quiroga (Salto, Uruguay, 1878–Buenos Aires, 1937) llegó a la selva misionera como fotógrafo, acompañando a Leopoldo Lugones en un relevamiento de las ruinas jesuíticas. Poco después y fascinado por el paisaje de la selva, adquirió varias hectáreas cerca de San Ignacio y se estableció con su familia en el lugar que sería su laboratorio literario y fotográfico. El sitio es la ambientación de Cuentos de la selva.

Quiroga vivió allí entre 1909 y 1916 con su primera esposa, Ana María Cirés, en una amplia casona construida con sus propias manos, y entre 1932 y 1936 con María Elena Bravo, su segunda mujer.

Cuando uno va a emprender la lectura de un libro normalmente siempre echa un vistazo a la contraportada para hacerse una idea del universo en el que va a entrar. Así puede intuir más o menos si la historia será de su agrado o si, en cambio, prefiere devolver la novela al estante y pasar a la siguiente, pero ¿qué ocurre cuando el libro no trae siquiera una sinopsis y nos adentramos en sus páginas como quien emprende una auténtica aventura, sin saber nada del tema o del estilo del autor?

Paladear además a un autor con una trayectoria reconocida a sus espaldas también es toda una aventura: cada nuevo párrafo es un paisaje y avanzar por él es como adentrarse en rincones desconocidos en los que otros ya dejaron huella y que ahora recorreremos nosotros con nuestras pisadas.

Quiroga es un buen cuentista, eso siempre lo he oído por boca de otros, viene además avalado por los cuentistas más clásicos que siempre lo nombran entre sus referencias. Y claro está: cuando algo va ligado a la palabra clásico es imposible que no se encienda en mí un pilotito rojo. Al fin y al cabo los clásicos siempre me han traído historias sabrosas.

Uno confía además en los grandes cuentistas que te recomiendan algo como se puede confiar en un amigo que te da un gran consejo: sabes que lo que te va a decir sale directamente del corazón, con ese brillo peculiar que impregna sus pupilas cuando te cuenta algo y ves que se le va la vida en ello. Imposible pues que no queden asociadas las recomendaciones a aquél que te las regala (¿cómo olvidar, por ejemplo, todas las referencias al jazz que tiene Rayuela?).

Historia de un amor turbio es una novela estrictamente romántica: se cuenta el enamoramiento de una niñita de 9 años (Eglé) por boca del objeto de deseo, el propio protagonista, que nos cuenta la historia en primera persona y desde una perspectiva de pasado. Éste no se da cuenta del amor que la niñita le profesa y acaba achacando su estado a la edad.

Sólo después de varios años él volverá a su casa para reconquistarla. Las principales escenas se darán cita en la casa de Eglé mientras la madre asiste al cortejo y la hermana toca el piano…

Existen ciertos puntos de la novela donde no queda demasiado claro a quién desea el protagonista, si a Eglé o a su hermana, pues flirtea con ambas. Esto provoca celos varios y frases cortantes en el transcurso de la narración que no hacen sino despistar al lector porque pueden albergar varios sentidos y finales: ¿cuál será la elegida finalmente? ¿con cuál se quedará?

Una buena novela cortita para empezar con este autor (de hecho, creo que de su producción no ha escrito nada más largo). No sé si todo lo que ha escrito tendrá el mismo toque romántico de esta novela, pero tengo ganas de comprobar cómo se mueve  en las distancias cortas.

Una mañana de abril Luis Rohán se detuvo en Florida y Bartolomé Mitre. La noche anterior había vuelto a Buenos Aires, después de año y medio de ausencia. Sentía así mayor el disgusto del aire maloliente, de la escoba matinal sacudiendo en las narices, del vaho pesadísimo de los sótanos de las confiterías. El bello día hacíale echar de menos su vida de allá. La mañana era admirable, con una de esas temperaturas de otoño que, sobrado frescas para una larga estación a la sombra, piden el sol durante dos cuadras nada más. La angosta franja de cielo recuadrada en lo alto, evocábale la inmensidad de sus mañanas de campo, sus tempranas recorridas de monte, donde no se oían ruidos sino roces, en el aire húmedo y picante de hongos y troncos carcomidos. 
De pronto sintióse cogido del brazo.
—¡Hola, Rohán! ¿De dónde diablos sale? Hace más de ocho años que no lo veo... Ocho, no; cuatro o cinco, qué se yo... ¿De dónde sale? 
Quien le detenía era un muchacho de antes, asombrosamente gordo y de frente estrechísima, al cual lo ligaba tanta amistad como la que tuviera con el cartero; pero siendo el muchacho de carácter alegre, creíase obligado a apretarle el brazo, lleno de afectuosa sorpresa. 
—Del campo —repuso Rohán—. Hace cinco años que estoy allá...
—¿En la Pampa, no? No sé quién me dijo...

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—No, en San Luis... ¿Y usted?
—Bien. Es decir, regular... Cada vez más flaco —agregó riéndose, como se ríe un gordo que sabe bien que habla en broma de la flacura—. Pero usted, —prosiguió— cuénteme: ¿qué hace allá? ¿Una estancia, no? No sé quién me dijo... ¡También! ¡Sólo a usted se le ocurre irse a vivir al campo! Usted fue siempre raro, es cierto... ¿A que usted mismo trabaja? 
—A veces.
—¿Y sabe arar? 
—Un poco. 
—¿Y usted mismo ara? 
—A veces... 
—¡Qué notable!... ¿Y para qué? 
El muchacho obeso gozaba, muy contento, a pesar de la tortura del cuello que lo congestionaba, del pantalón que bajo el chaleco lo ceñía hasta el pecho, ahogándolo. Sentíase felicísimo con la ocasión de un hombre raro que no se ofendía de sus risas.
—Sí, el otro día leía una cosa parecida... Astorga, eh? Tolstoi, eh? Qué bueno!
Y a pesar de todo era un buen muchacho quien le hablaba, lo que hacía pensar de nuevo a Rohán en la dosis de corrupción civilizadora que se necesita para convertir en ese imbécil escéptico a un honrado muchacho. Por ventura, Juárez había pasado a mejor tema, informando a Rohán en tres minutos de una infinidad de cosas que éste nunca hubiera soñado averiguar. Rohán lo oía como se oye sin querer, cuando uno está distraído, la charla lejana de los peones en la chacra. De pronto Juárez notó que la mirada de su amigo pasaba fija sobre él, y callándose miró a su vez. Dos chicas de luto avanzaban por la vereda de enfrente. Caminaban con la firme armonía de paso que adquieren las hermanas, el cuerpo erguido y las cabezas serias y decididas. Pasaron sin mirar, la vista fija adelante. Rohán las siguió con los ojos.

 

opinion de valenti fainê

Quien puede discutir a un maestro de maestros, por su arte su filosofía su forma de escribir o narrar las cosas, importantísimo libro reeditado por ALFAR editorial, en el que prevalecerá en la memoria, las diferentes narrativas y las aventuras de uno de los Grandes no dejen de obtenerla